1. Introducción
La narrativa de la escritora costarricense Carmen Naranjo Coto (1928-2012) ha contado con una buena atención tanto por parte de los lectores como por parte de los críticos literarios. Con su pluma comprometida, Naranjo fue capaz de poner sobre la mesa los problemas más hondos del país y sus ciudadanos. En particular, la autora hizo del espacio urbano su espacio de escritura. A partir de las relaciones con la ciudad, presenta a sujetos que, en conflicto con el espacio, experimentan una serie de sentimientos que los enfrentan consigo mismos, entre los cuales está la soledad, la angustia y el hastío.
Esto, claro, no es exclusivo de Naranjo, sino que otros autores contemporáneos latinoamericanos también lo han explorado en sus literaturas. Ejemplo de esto son los cuentos de la mexicana Elena Garro y el peruano Julio Ramón Ribeyro, en los que la relación sujeto-urbe está muy presente. Por un lado, en Garro se puede ver en cuentarios como La semana de colores (1964) o Andamos huyendo Lola (1980), en los aparecen personajes que actúan marcados por el ambiente que los rodea. En Ribeyro, por otro lado, se observa en Los gallinazos sin plumas (1955) o Cuentos de circunstancias (1958). Resulta evidente el hecho de que la temática ciudad-sujeto ha sido explorado en otras latitudes, lo cual permite establecer un diálogo entre la producción costarricense (y, por extensión, la centroamericana), que en ocasiones no cuenta con mucho reconocimiento en comparación con otra que, sin duda, lo tiene.
La novelística de Carmen Naranjo ha sido ya estudiada desde esta óptica urbana1, pero no así su cuentística2, género donde se plasman muchas de sus preocupaciones en torno a la humanidad, el sentido de la vida y la influencia del espacio en la actitud de los sujetos. Asimismo, la crítica les ha dado particular atención a cuentarios muy conocidos, a saber, Ondina (1983) y Otro rumbo para la rumba (1989), con cuentos particulares como «Ondina» o «Y vendimos la lluvia», respectivamente, mientras que se han dejado de lado otros cuentarios en los que se hace evidente la relación entre los sujetos y la ciudad. A la luz de esto, en este trabajo se pretende abordar el análisis del par sujeto-urbe en dos cuentos de Naranjo, con especial atención en las implicaciones que tiene uno en el otro. Los textos literarios por estudiar son «La invitación» y «Se me lavó la voluntad», ambos escritos en la década de 1960 y publicados en 1998 en el cuentario Pasaporte de palabras. Este libro, aunque poco conocido, es muy rico tanto a nivel formal como de fondo.
En las primeras páginas del texto, en la sección denominada «Confesión de la autora», que funciona a modo de prefacio, Naranjo comenta que este conjunto cuentos, «juegos de silencios y palabras» (p. 15), lo escribió justo después de terminar la novela Los perros no ladraron (1966), uno de sus textos más conocidos y en los que más se evidencia el sobrecogimiento que experimenta el sujeto dentro de la ciudad. Esto da una buena idea del contenido de estos cuentos y de su valor para poner en evidencia aquella relación. Así las cosas, la interrogante que guía este trabajo es: ¿cómo el espacio urbano influye en el estado anímico y la identidad de los sujetos representados en los cuentos «La invitación» y «Se me lavó la voluntad», de Carmen Naranjo?
Se propone el análisis de la manera en la que el espacio urbano influye no solo en la construcción de los sujetos ficcionales de esos cuentos, sino en su esencia misma. En este sentido, interesa explorar la construcción y deconstrucción de identidades, así como los distintos estados psicológicos y anímicos experimentados por los personajes. Con esto, se intentará evidenciar la relación existente entre la ciudad y el ciudadano, con énfasis en lo que la primera puede llegar a causar en el segundo. Para hacer el análisis, es necesario contar con una aproximación teórico-metodológica interdisciplinar, por lo cual se consideran postulados literarios, filosóficos, sociológicos y psicológicos. Este artículo se ha dispuesto en tres partes: en la primera de ellas se esbozarán los principios teórico-metodológicos que guían este análisis; en la segunda, se realiza propiamente el estudio de ambos textos; en la última, se presentan los hallazgos y conclusiones más importantes del trabajo.
2. Aproximación teórica
En este apartado, se esbozan las teorías y conceptos usados para llevar a cabo este análisis. Como insumos principales, se toman los postulados literarios, filosóficos, psicológicos y sociológicos, todos los cuales guían y sustentan esta investigación.
2.1 Urbe-sujeto-psique
La relación entre la ciudad, los sujetos y la psique de estos últimos es fundamental para este trabajo, por cuanto articulan el análisis. Con esto en mente, lo primero que se debe considerar es que «los problemas más profundos de la vida moderna se derivan de la demanda que antepone el individuo, con el fin de preservar la autonomía e individualidad de su existencia» (Simmel, 1988, p. 47). Este deseo de preservación aparece como una necesidad para enfrentar las fuerzas sociales «que comprenden tanto la herencia histórica como la técnica de la vida» (Simmel, 1988, p. 47). Precisamente, lo anterior conduce a una preocupación básica: la resistencia a que el sujeto sea suprimido y destruido en su individualidad por cualquier razón ya sea sociopolítica o ideológica (Simmel, 1988). Dicho esto, es vital aclarar que la urbe individualiza a los sujetos, pero que esa individualidad tiene bases sociológicas «que se definen en torno a la intensificación del estímulo nervioso, que resulta del rápido e ininterrumpido intercambio de impresiones externas e internas» (Simmel, 1988, p. 47).
Puesto que el ser humano es un ser diferenciante, «su mente se ve estimulada por el contraste entre una impresión momentánea y aquella que la precedió» (Simmel, 1988, p. 48). Todo esto depende también de la relación que existe entre la ciudad y el ámbito rural, pues un sujeto de la metrópoli, en palabras de Simmel (1988), requiere una cantidad de conciencia diferente de la que le extrae la vida rural, ya que en esta última el ritmo de la vida fluye de manera más tranquila y homogénea. El sujeto de la ciudad actúa con la cabeza y no con el corazón debido a que «su conciencia superior y el intelecto asumen la prerrogativa por encima de los sentimientos psíquicos» (Simmel, 1988, p. 48). Por tanto, no extraña que en todas las relaciones racionales el hombre se equipare con los números, es decir, que se conciba solo como un elemento más, el cual es indiferente en sí mismo. Esto por cuanto «solo los logros objetivamente medibles resultan de interés» (Simmel, 1988, p. 49), lo cual se evidencia bastante bien en los cuentos que se analizan en este trabajo, como se verá más adelante.
Ahora bien, Simmel (1988) señala un concepto que resulta clave para este trabajo. Se trata de que, según él, «no existe otro fenómeno (p)síquico que sea tan incondicionalmente exclusivo de la metrópoli como la actitud blasée»3 (p. 51). Esta actitud es el resultado de estímulos nerviosos que no solo son muy cambiantes, sino también contrastantes, y su esencia «radica en el entorpecimiento de la capacidad de evaluación» (Simmel, 1988, p. 52). Esto se puede conectar con los planteamientos de Freud (2010), para quien el yo va hacia adentro, hacia un lugar donde no tiene límites definidos, pero en el que sí sirve de fachada a una entidad psíquica inconsciente denominada ello.
Para el psicoanalista austríaco, el propósito de vida que persiguen todos los hombres en su propia conducta es aspirar a la felicidad y no dejar nunca de ser felices. Esta aspiración tiene dos fases, un fin positivo y otro negativo: por un lado, evitar el dolor y el displacer; por el otro, experimentar sensaciones placenteras intensas (Freud, 2010). El término felicidad, dice, solo se aplica al segundo fin, pues «una situación anhelada por el principio de placer solo proporciona una sensación de tibio bienestar» (Freud, 2010, p. 72). En cambio, es mucho más fácil experimentar la desgracia, por cuanto el sufrimiento puede amenazar por tres lados: desde el propio cuerpo, desde el mundo exterior y desde las relaciones con otros seres humanos. En sintonía con Freud (2010), el sufrimiento que proviene de esta última fuente es el más doloroso, pues «tendemos a considerarlo como una adición más o menos gratuita, pese a que bien podría ser un destino tan ineludible como el sufrimiento de distinto origen» (p. 73).
De esta manera, el aislamiento voluntario «es el método de protección más inmediato contra el sufrimiento susceptible de originarse en las relaciones humanas» (Freud, 2010, pp. 73-74). En este proceso, la cultura tiene una gran culpa, pues el ser humano «cae en la neurosis porque no logra soportar el grado de frustración que le impone la sociedad en aras de sus ideales de cultura» (Freud, 2010, p. 85). Entonces, aunque a veces se considere que la libertad individual es un bien cultural, en verdad no lo es (Freud, 2010). Es más, el desarrollo cultural restringe la libertad, al tiempo que la justicia exige que nadie escape de tales restricciones (Freud, 2010). Por esto, el ser humano se vuelve agresivo, pero esa agresión «es introyectada, internalizada, devuelta (…) al lugar de donde procede» (Freud, 2010, p. 124). El ataque se dirige contra el propio yo y se incorpora a aquel, el cual, actuando como un superyó, se opone a la parte restante, donde no solo asume la función de conciencia moral, sino donde «despliega frente al yo la misma dura agresividad que el yo, de buen grado, habría satisfecho en individuos extraños» (Freud, 2010, p. 124).
2.2 El sujeto (pos)moderno y los problemas del yo
En palabras de Touraine (2015), la idea en torno a la modernidad ha sido definida como lo contrario a una construcción cultural, por lo que «se presenta de manera más polémica que sustantiva» (p. 199). Esa modernidad, a su vez, implica la anti-tradición, la subversión de las convenciones y la entrada en la edad de la razón (Touraine, 2015). También, en ella, el individuo «no es más que la unidad particular donde se mezclan la vida y el pensamiento, la experiencia y la conciencia» (Touraine, 2015, p. 203). Con frecuencia el sujeto se ve afectado por la «enfermedad de la civilización» (Touraine, 2015, p. 204).
El sujeto, afirma Touraine (2015), quebranta tanto la conciencia limpia como la sucia, al tiempo que no siente ni culpabilidad ni goce de sí mismo. Además, el sujeto no triunfa nunca: si tiene la ilusión del triunfo «se debe a que ha suprimido al individuo, así como ha suprimido la sexualidad o los papeles sociales y se ha convertido en el superyó, el sujeto proyectado fuera del individuo» (Touraine, 2015, p. 204). El individuo solamente es sujeto en virtud del dominio de sus obras, las cuales le ofrecen resistencia (Touraine, 2015).
Estos postulados pueden unirse con la concepción del yo que tiene Giddens (1997). En la opinión de este, el yo no es una entidad pasiva determinada por influjos externos, pues «al forjar sus identidades propias, y sin que importe el carácter local de sus circunstancias específicas de acción, los individuos intervienen en las influencias sociales, cuyas consecuencias e implicaciones son de carácter universal y las fomentan de manera directa» (Giddens, 1997, p. 10). Esto es relevante por cuanto los cuentos de Carmen Naranjo se insertan en la posmodernidad, donde la insignificancia personal, es decir, la sensación de que no hay nada valioso en la vida, aparece como un problema psíquico elemental (Giddens, 1997).
Sobre la consideración de la narrativa de Naranjo como una posmoderna, Cubillo Paniagua (2021) establece que esta característica responde al hecho de que en sus textos, los personajes se vinculan con sus propios cuestionamientos, con sus propias desapariciones y con sus puestas en abismos y crisis. Al mismo tiempo, aparece el hecho de que los textos de Naranjo se desarrollan en la ciudad, donde el sujeto y la urbe se (con)funden. Se puede afirmar que todos los cambios propios de la modernización en la ciudad de San José desde 1960, así como su influencia en el ámbito social, se ven bien representados en la narrativa de Naranjo, quien retrata los procesos de cambio «de un modo particular, profundo y digno de la más detenida atención» (Cubillo Paniagua, 2021, p. 128).
Dicho lo anterior, también en esta narrativa surgen una serie de problemas que se relacionan con el yo, en particular con la concepción del sujeto en medio de todo aquello que lo rodea. Entre ellos, los que se asocian a la angustia y la identidad. Sobre la primera, Giddens (1997) sostiene que esta «se ha de entender en relación con el sistema de seguridad global que el individuo desarrolla y no solo como un fenómeno situacional específico ligado a unos riesgos o peligros concretos» (p. 61). Así, «la angustia no deriva de la represión inconsciente: al contrario, la represión y los síntomas del comportamiento asociados a ella están generados por la angustia» (Giddens, 1997, p. 62). Ahora bien, sobre la segunda, la identidad, Giddens (1997) asegura que esta es un fenómeno más o menos informe, pues «no puede referirse meramente a su persistencia a lo largo del tiempo» (p. 71), sino que exige una conciencia refleja (Giddens, 1997). En este sentido, el yo de la posmodernidad tiene una identidad frágil y quebradiza (Giddens, 1997), lo cual se evidencia bastante bien en los textos de Naranjo, como se verá en el desarrollo.
2.3 La disolución del sujeto en la literatura
Por último, queda referirse a la disolución del sujeto en la literatura. De acuerdo con Mèlich (1998), la literatura posmoderna ha hecho eco de un desencantamiento del mundo, el cual conlleva una crisis de subjetividad e, inclusive, la propia disolución del sujeto. Así pues, el sujeto que se ha representado en la literatura del siglo XX «es un individuo que ha sido sacado fuera de la vida en comunidad y que es arrojado a un mundo de cambio y flujo incesantes» (Mèlich, 1998, p. 174). En esta línea,como corrobora Pimentel (2012) un texto literario es una especie de «laboratorio privilegiado para experimentar en torno a la identidad» (p. 103). Entre los aspectos fundamentales en el estudio de los sujetos literarios, es el nombre propio (Pimentel, 2012).
Este es el punto de partida de una identidad narrativa, en tanto que, durante la narración de los relatos, es lo único que se mantiene como tal (Pimentel, 2012). Con más especificidad, el nombre propio «es lo que permite identificar al personaje como el mismo en y a pesar de los cambios que pudiera sufrir a lo largo del relato» (Pimentel, 2012, p. 101). En esto coincide Campillo (2001), para quien el nombre propio singulariza, marca, hace a alguien visible ante los demás. La relevancia que esto aporta a este trabajo recae en que en los dos cuentos de Naranjo los sujetos bien carecen de nombre propio o bien lo niegan. Como atestigua Valenzuela (2016), en algunas obras literarias, son justamente ellas mismas las que vinculan al sujeto con la nada. Para expresarlo de otra manera, el sujeto se vincula con su propia desaparición y se concibe la realidad como una construcción contingente (Valenzuela, 2016). Por consiguiente, «el sujeto del relato está, no en la enunciación narrativa, sino en la representación de la interioridad de un personaje, desde su propia perspectiva» (Pimentel, 2012, p. 105).
El yo que se construye en esta literatura no es un sujeto tradicional, sustancial, «sino un sujeto herido, fragmentado y roto. (…) La identidad del “yo” está amenazada. La palabra entra en crisis y ya no sirve al ser humano para dar cuenta de la vorágine de la vida cotidiana» (Mèlich, 1998, p. 177). Todo esto ocurre en la ciudad, que es el gran símbolo de la modernidad. En la urbe, el sujeto experimenta su disolución y es allí donde «descubre la ausencia de fundamento, el vacío de un valor que le sirva de punto de referencia. En la ciudad se experimenta el vértigo, el cambio incesante» (Mèlich, 1998, p. 182).
El mundo posmoderno «que se nutre de toda la diversidad de discursos posibles, que tiene oído para todas las voces, que se muestra como un mundo fragmentado en vías de desaparición solo es verosímil si se narra a través de su propia fragmentación» (Valenzuela, 2016, p. 436). En este sentido, la preocupación del sujeto que se enfrenta a la realidad de su propia división «es una preocupación plenamente posmoderna que encaja a la perfección con la de un mundo que es cada vez más difícil de interpretar» (Valenzuela, 2016, p. 297). Para Valenzuela (2016), la posmodernidad ha creado a un sujeto incierto, dividido y múltiple, y así es como se representa en los textos literarios.
Dentro de los mundos literarios, los sujetos experimentan cambios de identidad, incertidumbre y fragmentaciones. Sobre este aspecto, valga traer a colación los postulados de Maffesoli (2004), quien afirma que el yo siempre es otro. Esto implica, dice el autor, que haya que acudir a la figura del doble, a un juego de máscaras de identidad. En «La invitación», la cuestión de la identidad está muy presente, en tanto que esta se pierde y el sujeto mismo no se sabe él, sino otro. Lo mismo ocurre con la incertidumbre y la fragmentación, pues estas son casi inherentes a esa nueva presentación de los sujetos en la literatura del siglo XX. Martín-Barbero (2004) declara que en la época posmoderna los sujetos están siempre expuestos a una sociedad que les exige mucho, lo cual conduce a que haya «individuos inseguros llenos de incertidumbre y con fuertes tendencias a la depresión, al estrés afectivo y mental» (Martín-Barbero, 2004, párr. 11). Asimismo, la identidad del sujeto contemporáneo es la de un individuo «que sufre de una constante inestabilidad identitaria y una fragmentación de la subjetividad cada día mayor» (Martín-Barbero, 2004, párr. 15), todo lo cual se evidencia en los textos literarios aquí estudiados.
3. Desarrollo
Una vez esbozados los principios teóricos para realizar el análisis, es necesario implicar la teoría con los textos literarios. Para hacer esto, el presente apartado se ha dividido en tres partes. En primer lugar, se presenta la manera en la que se construyen los sujetos ficcionales en los cuentos. En segundo lugar, cómo se configura el espacio y qué influencia tiene este en aquellos sujetos. Finalmente, interesa detenerse en el modo en que el hastío y otras emociones hacen que los sujetos desaparezcan, se diluyan en sí mismos y para los demás.
3.1 Seres sin nombres, seres perdidos: los sujetos ficcionales de los textos literarios
Tanto en «La invitación» como en «Se me lavó la voluntad» los personajes principales son masculinos. En el caso del primero, su nombre no se conoce sino hasta el final del cuento, aunque en ese momento el mismo protagonista lo niega. En el segundo, del todo no hay un nombre, de forma que el sujeto carece de identidad. Sobre ambos, no se conocen muchos detalles más que el hecho de que son seres solitarios, sumidos en sí mismos. A este respecto, valga mencionar que los personajes de Naranjo, según Zavala (2009), han sido considerados como antihéroes desilusionados, abatidos y violentos. Sin embargo, lo que ocurre es que «la construcción de los personajes de esta autora rebasa la lógica de oposiciones binarias tradicionales (…) y muestran una serie de matices y ambigüedades, desequilibrios y opacidades, y espacios de contradicción y conflicto interno» (Zavala, 2009, p. 106).
En «La invitación», el personaje se presenta como un ser absolutamente solitario, encerrado en su casa desde hace ya mucho tiempo, aunque no se indica cuánto. Al inicio del cuento se lee «Ya le tenía miedo a su soledad. Creía haber tomado el color verde de las paredes de su cuarto. Todo resultó tan sencillo. Suprimió la respuesta a los timbres que parecían mover las cosas en aquel pequeño aposento» (Naranjo, 1998, p. 48). De esto se puede inferir que el tiempo que lleva en ese lugar es mucho, tanto que él mismo ha tomado el color del lugar. Además, es muy interesante esa primera oración, «ya le tenía miedo a su soledad», pues indica que ella ha afectado todos los planos a su alrededor y que, de uno u otro modo, es el aspecto que condiciona su vida.
Alrededor de todo el texto, se atiende que el personaje se dedica solo a extender libros abiertos por el piso de su cuarto, a ver por la ventana y a dialogar consigo mismo. En ocasiones, el narrador es él, pero en otras se trata de uno omnisciente. Este traslape (que ocurre también en el segundo cuento) hace que el relato sea complejo y dinámico. Constantemente, el personaje está confrontado con el porqué de la vida. El protagonista dice «Quiero vivir y no me interesa si los otros saben o no que estoy vivo» (Naranjo, 1998, p. 48). Sobre esto, cabe recordar que Simmel (1988) argumenta que el hombre metropolitano desarrolla una especie de escudo que lo protege de cualquier amenaza que pretenda desubicarlo o desestabilizarlo. El hecho de que el protagonista de este cuento indique que no le importa si los demás saben o no que está vivo evidencia ese escudo, por cuanto bloquea todo aquello externo.
Este hombre tiene que arreglárselas para vivir, o, mejor dicho, para sobrevivir consigo mismo. Aquí, la construcción del personaje se da precisamente a partir de su soledad y de su incapacidad de ser, lo que confirma con sus palabras: «Nada hay tan terrible como sentirse fuerte, capaz de hacer algo, y no hacer nada, y malograrse sin razón» (Naranjo, 1998, pp. 48-49). Un aspecto fundamental es que el protagonista se cuestiona lo que podría pasar si alguien llega a su casa y lo busca: «No podría mostrarle ese color verde de sus dientes, de su pelo, de su cara. El verde de las paredes se le habían fundido hasta en el alma» (Naranjo, 1998, p. 50). Es una persona que experimenta el miedo, pero ¿qué puede hacer en contra de ello? Está convencido de que nada. No sabe cómo acabar con el amargor que la soledad le causa en su boca, ni con los rasgos que aquella le ha dejado en la cara.
Él sabe que tampoco va a salir de su casa, porque hacerlo sería un intento inútil. Esto queda bien representado con la narración de que leía siempre los mismos fragmentos de sus libros, que ya se los sabía de memoria, pero que a pesar de la necesidad de comprar otros, no podría resistir una conversación con alguien más. En su misma cabeza, él se encuentra sumido en la creación de diálogos. Se imagina que va a una librería, porque quiere libros, muchos libros, pero que ante la pregunta del librero sobre el género que busca, él contestaría «¡Váyase al demonio! Quiero estar solo, absolutamente solo» (Naranjo, 1998, p. 50), aunque sabe bien que no puede salir a decir tales absurdos. También contemplaba escenarios en los que salía y nadie lo reconocía, «donde llegaba y nadie lo notaba, donde decía su nombre y se encontraba con el olvido» (Naranjo, 1998, p. 52).
El acontecimiento más relevante se esconde en el íncipit del cuento: «Con letras góticas modernizadas recibió el pequeño mensaje. Una hora, un día» (Naranjo, 1998, p. 48). Se trata de una invitación, pero no es sino hasta el final del cuento cuando esto se retoma. El protagonista se pregunta qué es el papel y por qué lo invitan a un evento:
-Alguien me ha querido tomar el pelo. No hay ninguna razón para que se me invite a un acto tan formal (…) Se equivocaron. Esta invitación no es para mí. ¿Dónde puse el sobre? El sobre estaba junto a la puerta hecho un puño redondo. Lo desarrugó con precisión. “Luis Alonso Castro, Ex- Gerente” (Naranjo, 1998, p. 53).
Es hasta este momento, muy cerca del final del cuento, cuando aparece su nombre por primera vez, esa marca que lo singulariza. No obstante, no lo reconoce como suyo. Esto dice mucho de la construcción del personaje, pues está tan perdido en sí mismo que ni siquiera es capaz de construirse con una marca fija.
En el caso de «Se me lavó la voluntad», el personaje que construye Naranjo es uno que divaga por la ciudad mientras lava voluntades, como se expresa en el íncipit. A diferencia del cuento anterior, en este la persona carece de nombre. En cambio, su construcción se da en parte a través de adjetivos negativos que otros le adjudican: bruto, estúpido, imbécil, idiota, necio, vago. Si en el cuento anterior quedaba clara la actitud blasée que indicaba Simmel (1988), en este es aún más evidente. Aquí toda la concepción del personaje se da en un tono gris, indiferente. El protagonista de este cuento tiene dificultades para mantenerse en un empleo, hacer tareas básicas, relacionarse con su entorno y vivir de manera permanente en un lugar.
En «Se me lavó la voluntad» los diálogos no están marcados. El texto es uno solo, es decir, las intervenciones del narrador omnisciente se mezclan con la voz del protagonista y con las de otros personajes. Así, se lee «Ya no es posible aguantarte un día más. Ya no es posible. A todos nos tenés obstinados» (Naranjo, 1998, p. 103). A partir de estas intervenciones, él personaje principal construye su autoimagen. En relación con esto, interesa recordar que Freud (2010) sostiene que cuando el pierde el amor del prójimo, de quien depende, «pierde con ello su protección frente a muchos peligros, y ante todo se expone al riesgo de que este prójimo, más poderoso que él, le demuestre su superioridad en forma de castigo» (p. 125).
Este aspecto está representado en el cuento de Naranjo, pues el hombre es rechazado abiertamente por la sociedad, incluso cuando no actúa: «¿Cómo pude lavar la voluntad en mi silencio, sin hacer más ruido que el de cruzar las piernas y ver el cielo raso con goteras que dejaron sugerentes figuras?» (Naranjo, 1998, p. 103). Esto le genera dolor, pues sin importar sus esfuerzos, no logra realizarse. Por caso, sus empleadores le dan nuevas oportunidades y él las toma, pero en poco tiempo falla en sus tareas y esto despierta una serie de insultos y caminos sin rumbos fijos. Sobre ello, valga considerar de nuevo las afirmaciones de Zavala (2009), para quien la perspectiva narrativa de Naranjo renuncia al acomodo o a la visión idílica de la realidad y, en cambio, se centra en seres incomunicados, reducidos a la soledad, violentos, proclives a los juegos de poder, a la maldad y a la degeneración.
Los sujetos retratados por Naranjo expuestos en estos cuentos son seres de una gran profundidad psicológica. Ellos no modifican el ambiente, sino que viven sobrecogidos por la nostalgia del ser, como indica Touraine (2015). Hacen lo que les toca hacer, lo que la urbe y la sociedad esperan que hagan, pero sin triunfar. Esto queda bien plasmado en «Se me lavó la voluntad», donde el personaje principal, luego de conseguir un trabajo en una iglesia, dice: «También eso se acaba. No toco las campanillas a tiempo. No cambio el libro. Se me riega el platillo de las monedas. Me equivoco con los limpiones. Me duermo cuando habla del pecado y de la culpa» (Naranjo, 1998, pp. 106-107). Ante la incertidumbre y la angustia, se encierran en sí mismos y sufren en silencio. En suma, en la gran ciudad se convierten en seres invisibles.
3.2 El espacio que asfixia: construcción e influencia
Cubillo Paniagua (2023) sostiene que la década de 1960 marcó una transformación notable en las formas de narrar predominantes en Costa Rica hasta ese momento, así como en los espacios representados y las temáticas desarrolladas. De todo esto da cuenta la escritura de Carmen Naranjo, pues en su propuesta narrativa la autora realiza una crítica aguda a la organización social de la época y los efectos que esta genera en el individuo (Cubillo Paniagua, 2023). Allí, en medio de la urbe, como dice Simmel (1988), el hombre se convierte en un simple engranaje de una enorme organización que le arrebata de las manos todo progreso, espiritualidad y valor para transformarse. Esto puede traducirse en un malestar en el ser humano, el cual se mezcla con otros elementos para crear una sensación de angustia existencial, como se verá a continuación.
Es innegable que los espacios representados en los cuentos de Naranjo son urbanos. Por un lado, en «La invitación», aunque el personaje nunca abandona su casa, se sabe que está dentro de la ciudad y que, antes de encerrarse allí, era un hombre de negocios (en concreto, el exgerente de alguna empresa). Por otro lado, en «Se me lavó la voluntad», todo el espacio es la ciudad, distintas partes de ella, pues el individuo no está solo en un lugar, sino que vive en un constante desplazamiento. En ninguno de los dos casos se brinda información precisa sobre el lugar, es decir, no se cuenta con coordenadas espaciales, por lo que podrían corresponderse con cualquier urbe latinoamericana. A pesar de esto, el espacio en ambos relatos es asfixiante y condiciona las actitudes de los protagonistas.
Antes se mencionó que otros autores latinoamericanos han explorado también esta temática. Por ejemplo, en el cuento «El niño perdido» (1980), de Elena Garro, los personajes experimentan la sensación de asfixia producida por el entorno. En este cuento, uno de los personajes, un niño, huye de su casa debido a los maltratos de su familia, y vaga por la ciudad, por calles que le generan desconfianza y temor. Moverse es una manera de escapar. Entonces, el desplazamiento es eje del relato, lo cual tiene en común con el texto de Naranjo. Del mismo modo ocurre en «Los gallinazos sin plumas» (1955), de Julio Ramón Ribeyro, donde los personajes se enfrentan a diario a una ciudad hostil y explotadora que les exige más de lo que ellos pueden hacer para sobrevivir. En el relato, la instancia narrativa manifiesta: «A las seis de la mañana la ciudad se levanta de puntillas (…). Las personas que recorren la ciudad a esa hora parecen que están hechas de otra sustancia, que pertenecen a un orden de vida fantasmal» (Ribeyro, 2009, p. 53). Todo esto evidencia las coincidencias entre textos y autores, así como el diálogo que se puede establecer entre unos y otros.
Dicho esto, cabe mencionar que en «La invitación» el protagonista y el espacio son prácticamente uno solo, lo cual se evidencia en que aquel cree haber adquirido el color de las paredes. El narrador deja ver que la casa que habita este personaje es un espacio desordenado:
Apuntes en hojas amarillas, desordenadas, grasientas. Amontonamiento de libros y papeles que asomaban las puntas entre las franjas verticales. En la ventana la sombra varonil de un pico. Dos o tres lápices se esconden y aparecían entre aquel desorden. Un olor a tabaco aprisionado y denso. Unas migajas de pan y de arroz sobre las mesas. (Naranjo, 1998, p. 49)
Como es esperable, ese desorden incide en su actitud. El aislamiento lo condujo al estado más lamentable de soledad, uno que despierta miedo y angustia con respecto al mundo exterior y a todo lo que hay en él. Valga recordar que la angustia y el miedo se diferencian en que el segundo surge como respuesta a una amenaza concreta, mientras que la primera no tiene en cuenta el objeto, sino que es un estado generalizado de las emociones de un individuo (Giddens, 1997).
Este exempresario experimenta ambas emociones y lo que propicia eso es el espacio. Estar encerrado en su propia casa hace que recuerde en repetidas ocasiones el pasado, ese tiempo que ha dejado atrás y al que no puede volver. El narrador del texto explica que del mundo al que solía pertenecer solo quedó un retrato, que está escondido detrás de unos libros azules: «Era de otra época, ya tan lejana. Cuando la soledad le dolía, le dolía en las manos, en los pies y en los ojos, miraba con lentitud aquellas caras muertas, inertes, sin palabras» (Naranjo, 1998, p. 49).
Otro aspecto fundamental es que el único contacto que tiene con el exterior es una ventana. En concreto, en ella apreciaba un pino, al cual concebía como su reflejo. Con el pasar del tiempo, empezó a hablar con el pino, hasta que se dio cuenta de que el árbol no estaba solo como él: «¡Bah! Ese pino no supo ser árbol. Le tuvo miedo a su propia salsa, como todos» (Naranjo, 1998, p. 51). A partir de este momento, el hombre no lo apreciaba más, tampoco leía, sino que se sentaba en un rincón oscuro de su cuarto a contemplar el infinito, donde además «hay un sollozo que se alarga y cae retumbante entre las páginas amarillas» (Naranjo, 1998, p. 53).
Un caso un tanto distinto se da en «Se me lavó la voluntad». En este cuento, como se ha indicado antes, el personaje nunca está en un solo lugar, sino que se mantiene en movimiento constante por la ciudad. Al inicio del texto se puede leer:
La casa era un rincón. Un simple rincón en la calle. Un complicado escondite con una puerta y una ventana. Un sitio pequeño y oscuro. El pan escaseaba. Nunca tuve ganas de trabajar por eso me quedaba quieto en el rincón. (Naranjo, 1998, p. 103)
Llama mucho la atención que conciba la casa como un simple rincón en la calle. Esta sensación puede equipararse a la casa del protagonista de «La invitación», quien se esconde también en un rincón. La diferencia entre ambos reside en que el personaje principal de «Se me lavó la voluntad» comienza a crear sus propios rincones, como se lee casi inmediatamente después del fragmento anterior: «Ahora estoy acomodado en una esquina y si me corren hay otras a lo largo de las calles» (Naranjo, 1998, p. 103). De esto se puede deducir que ha dejado la casa y que ahora habita la calle, lo cual no es un detalle menor si se considera el impacto que esto puede tener en una persona.
Si bien consigue un empleo, muy pronto debe buscar otro y, por ende, también una nueva casa: «Se acaban las calles (…) Ahora tengo que pensar en algo. El rincón puede desaparecer» (Naranjo, 1998, p. 104). Al final, lo consigue: logra que un hombre le permita dormir en su propiedad. Se instala ahí y enuncia:
El rincón está lleno de olores muy fuertes. Ahora sé que los perfumes también se pudren como los bananos abandonados. También he descubierto que al viejo no se le puede lavar la voluntad porque no tiene. En las tardes llega a mi rincón cansado, y huele a tortillas molidas con cerveza fermentada. (Naranjo, 1998, p. 105)
En ese nuevo espacio hay ventanas (como en el caso del protagonista del otro cuento), desde las cuales puede ver carros, luces, caminos, basura y «pedazos de la vida» (Naranjo, 1998, p. 105). No obstante, ese nuevo rincón también se le acabaría pronto y tendría que irse a la calle. Este ciclo se repite hasta el final del cuento, con la excepción de que, cada vez que encuentra un nuevo empleo y rincón, su situación empeora y la concepción de él que empiezan a tener aquellos a su alrededor se convierte en una muy dañina. De ahí que afirme con frecuencia que a todo aquel que conoce le lava la voluntad, incluso a los trabajadores de la iglesia o a los que se sientan en el parque.
En este espacio tan urbano aparece una de las frases más fuertes de todo el cuento: «¡No quiero verlo más por aquí! Váyase pronto. A los vagos como usted hay que vigilarlos de cerca. Son unos asquerosos llenos de vicios» (Naranjo, 1998, p. 107, el énfasis es propio). Esto, a la luz de los postulados de Freud (2010), resulta de particular interés, pues para este autor la cultura carga con gran parte de la culpa por la miseria que sufren los sujetos. Freud (2010) cuestiona: «¿De qué nos sirve, por fin, una larga vida, si es tan miserable, tan pobre en alegrías y rica en sufrimientos, que sólo (sic) podemos saludar a la muerte como feliz liberación?» (p. 87). La urbe ha destruido al protagonista de «Se me lavó la voluntad» y se podría argumentar que también al de «La invitación», pues a fin de cuentas es ella la que configura todo
3.3 Escapar, negar, desaparecer: el hastío y la disolución del sujeto
En los dos apartados anteriores, se ha mostrado cómo están construidos los protagonistas en los cuentos de Naranjo y el modo en que estos se relacionan con la urbe, que aparece como el espacio de la acción. En este apartado, interesa fijarse en la manera en que el sujeto experimenta sensaciones fuertes (como el hastío) y cómo poco a poco esto genera que se disuelva. Esta disolución, por supuesto, no implica que los sujetos, literalmente, fallezcan, sino que ellos mismos dejen de sentirse aptos para vivir en la sociedad y para conseguir algo que los haga felices o plenos.
En el cuento «La invitación», esto se nota desde aquel fragmento en el que el protagonista indicaba que solo quería vivir, pero sin ningún interés en que los demás supieran si estaba vivo o no. Incluso, en todo el cuento hay varias frases que conducen a aquella disolución. Para ilustrar una de ellas, el personaje principal declara, sin más, que la soledad implica «haber nacido para vivir de nuestra muerte» (Naranjo, 1998, p. 48). Entonces, se puede inferir que la vida antigua, aquella que se esconde detrás de los libros azules y de la cual solo quedan retratos, le daban esa vitalidad y ganas de ser.
Ahora, en su encierro, el sujeto no cuenta con ninguna razón para alcanzar la plenitud. Resulta muy interesante el hecho de que nunca se sabe qué ocurrió con su profesión, por qué ya no trabaja o por qué está encerrado en su casa. Esto es relevante porque dentro de la metrópoli los logros solo son tal si son objetivamente medibles (Simmel, 1988). Dicho de otro modo, aunque el lector del cuento no sepa si el protagonista renunció o fue despedido, sí sabe que la falta de aquella profesión ha derivado en una decepción y una profunda soledad.
Esa sensación se hace tan grande que ya nada le importaba: «Él mismo no tenía ya sentido, había tenido demasiados. Tampoco encontraba las palabras. Completamente solo había perdido su propia percepción» (Naranjo, 1998, p. 49). Este hombre, encerrado en su casa, solo conversa consigo mismo, expresión máxima de la soledad: «En las mañanas se decía “presente”. Tenía que decirse a sí mismo: “aquí estoy”. Ningún otro ser lo podía hacer por él» (Naranjo, 1998, pp. 49-50). Al mismo tiempo, se cuestiona si los que en algún momento fueron conocidos suyos se preguntaban por él o por la causa de su desaparición, pero en el fondo sabe que no lo hacen. Todos estos pensamientos, en sus palabras, tenían sabor a muerte. Ya no tiene nada, excepto la voluntad de estar solo.
En este cuento, el hastío y la disolución están dadas por el encierro en sí y no tanto por la apatía que le puede generar al protagonista la convivencia junto a los demás. Se ha acostumbrado a su cuarto, a su rincón, a su ventana, a sus libros, pero quizás la consideración de que eso sería su ruina nunca estuvo presente. Él confirma que su soledad es una realidad absoluta, una que empezó a temer «cuando se dio cuenta de que ya no dialogaba consigo mismo» (Naranjo, 1998, p. 50). Para él, se agotaron las preguntas y las respuestas, a tal punto que no resistía su propia voz en aquella inmensidad de silencio. Una vez más, esto coincide con la propuesta de Simmel (1988), quien sostiene que si un alguien respondiera de manera positiva a todas las personas y situaciones con las que tiene contacto dentro de una ciudad, su interior se fragmentaría y estaría expuesto a fuerzas psíquicas inimaginables.
La soledad lo llevó al punto en el que no podía reconocerse. Cuando ve una fotografía, no sabe quién es. Piensa que a lo mejor es uno de tantos, pues «siempre se es uno de tantos» (Naranjo, 1998, p. 52), pero que incluso si estuviera en la fotografía, ya no podría ser quien había sido. Esto, aunado al hecho de que no pueda reconocer el nombre que aparece en el sobre que llegó a su casa indican la disolución total del sujeto. Cuando ve escrito «Luis Alonso Castro» en el papel, dice: «Ese nombre me suena pero no puede ser el mío. El mío es… ¿Cuál es mi nombre?» (Naranjo, 1998, p. 53). De hecho, el cuento termina con esa interrogante, «¿cuál es mi nombre?». Podría decirse que en este relato la nada se presenta ya como la única posibilidad del ser.
En «Se me lavó la voluntad», en contraste, se ve con mucha más fuerza esa repulsión a la sociedad, así como la necesidad de escapar, de negar y de desaparecer. Es interesante analizar cómo inicia el cuento: «Contemplar el mar. Un anhelo más. La higiene mental del refrescamiento. El mar todo lo lava. Entonces soy como el mar. He lavado todas las voluntades» (Naranjo, 1998, p. 103). Ya desde este momento se observa que el sujeto se concibe como un ser extraño. Lavar voluntades, es decir, modificar el ánimo de los demás, en especial hacia un lado negativo, se asocia a esa sensación de hastío, de no encajar en el mundo.
Para él, su suerte es tal que cree que le ha lavado la voluntad incluso a Dios: «Tengo que haber lavado la voluntad de Dios antes de nacer. Tengo que haber fallado a los que me recogieron como un pedazo de carne. Tengo que haber desilusionado a los que no pudieron enseñarme las primeras letras» (Naranjo, 1998, p. 103). De esto se infiere que su desamparo es total y que no se sabe digno de nada. Inclusive, resalta mucho la necesidad de mencionar que seguro él le falló a aquellos que lo recogieron como un pedazo de carne, o sea, a aquellos que lo adoptaron cuando era niño.
El yo, como lo concibe Giddens (1997), se corresponde a la perfección con el personaje principal de «Se me lavó la voluntad», pues es frágil y está fragmentado. La causa de esto son los constantes rechazos, el saberse inútil, el ver que no puede cumplir con ninguna tarea que se le ponga y que a causa de esto tiene que cambiar con mucha frecuencia de rincones o casas. Si se quiere, se le puede considerar un tipo de flâneur4, ese que vaga por las calles, que anda sin rumbo y sin objetivos, al que le ocurren una serie de cuestiones que lo posicionan contra sí.
Esto se evidencia en todo el texto, sobre todo cuando muestra: «De nuevo a la calle. Nada por ningún lado. Pido algo y me dicen que no. No insisto. Insistir es un esfuerzo en vano. Llegará algún rincón. Siempre hay rincones desde que levantaron los pueblos» (Naranjo, 1998, p. 105). El personaje, de uno u otra manera, entiende que no está hecho para lo que la urbe impone, que su vida es incompatible con aquella. Simmel (1988) argumenta que aquel que se cree libre debe saber que esa libertad se da bajo ciertas condiciones, como «el hecho de que en ningún lugar se llega a sentir tanto la soledad y la desubicación como entre la multitud metropolitana» (p. 56).
Esta sensación es justo la que experimenta . En términos de Giddens (1997), el conocimiento de la realidad de un sujeto no surge de su percepción per se, sino que aparece como consecuencia de las diferencias establecidas en la práctica diaria. Es por esta razón que el hombre, consciente de que ha lavado la voluntad de muchas personas, ahora reconoce que también él ha sufrido las consecuencias de ello. La muestra de esto la da el último fragmento del cuento: «Me voy. La pura verdad es que también a mí me lavaron la voluntad» (Naranjo, 1998, p. 107). En este caso, la afectación es a la inversa y es aquí donde más se ve la influencia que tiene el espacio en el sujeto y cómo genera que este decida desaparecer, que su angustia lo lleve a su disolución.
4. Conclusiones
En el transcurso de este trabajo, se ha intentado dar respuesta a la interrogante planteada en la introducción: ¿cómo el espacio urbano influye en el estado anímico y la identidad de los sujetos representados en los cuentos «La invitación» y «Se me lavó la voluntad », de Carmen Naranjo? Luego de haber hecho el análisis, se puede asegurar que el espacio urbano influye en los sujetos de los cuentos en tanto que aquel propicia que se desarrolle en los segundos una serie de emociones que los llevan a un deterioro tal que desemboca en su propia disolución. A continuación, se exponen los hallazgos principales de este trabajo, así como las reflexiones que ha suscitado la lectura de los textos literarios y de la teoría utilizada para estudiarlos.
En primer lugar, se exploró la forma en que se construyen los sujetos en ambos cuentos. Estos tienen varios puntos en común: son los protagonistas de sus historias (narran, en ocasiones, en primera persona), viven en la ciudad, son varones, no se tienen detalles personales (más allá del nombre de uno de los dos), son seres solitarios y sumidos en sí mismos y se las arreglan para sobrevivir. Los personajes construidos por Naranjo experimentan en carne propia la opresión de la ciudad y, por tanto, en ellos se condensa la crítica de la escritora a la sociedad apabullante de finales del siglo XX en Costa Rica, a pesar de que no se da información específica sobre coordenadas espaciales.
En segundo lugar, se analizaron los espacios (siempre urbanos), en particular la casa y la calle. En el caso de «La invitación», se intentó esbozar el procedimiento en que el espacio cerrado se hace uno con el individuo y lo consume por completo. El personaje principal de ese cuento se ha acostumbrado tanto a su soledad y a su habitación que se sabe ya del mismo color que las paredes. Se encuentra desprovisto de toda voluntad, excepto, en sus palabras, de la voluntad de estar solo. En el caso de «Se me lavó la voluntad», el protagonista no se encuentra encerrado, sino que más bien divaga por las calles, siempre en busca de un rincón donde estar. En ese divagar, la calle no se presenta como su aliado, sino casi como su enemigo, ese lugar donde todos lo rechazan y lo cargan con una serie de adjetivos negativos.
En tercer lugar, se intentó indagar en el modo en que se representa en los cuentos el hastío y la disolución del sujeto, así como las ganas de desaparecer y huir. Los protagonistas de ambos cuentos se hallan en un estado de desconocimiento y desgana. Ninguno de los dos sabe cuál es su posición en el mundo, no saben para qué son buenos, no saben si alguien más piensa en ellos y tampoco reconocen su nombre ni su lugar de pertenencia. Ambos están perdidos en su propio interior y cuando por fin son capaces de reconocerlo ya es demasiado tarde, con lo cual la única salida es la disolución. El protagonista de «La invitación», no encuentra más opción que decirse «presente» cada día, para recordarse su existencia, que ya era casi nula. Por su parte, el de «Se me lavó la voluntad» incluso cree que le ha lavado la voluntad a Dios, es decir, que está desprovisto hasta de protección y acompañamiento divino.
En síntesis, se puede concluir que las preocupaciones de estos hombres se pueden trasladar a un plano más general. En otros términos, estos personajes, en su individualidad, representan al colectivo. Los personajes creados por Naranjo son invisibilizados, están desprovistos de todo, bien porque se autoexcluyen (como en el caso de «La invitación») o bien porque son excluidos (como en «Se me lavó la voluntad») de una sociedad que no les aporta más que sufrimiento. Naranjo (1998) argumenta que los cuentos incluidos en Pasaporte de palabras responden a la necesidad de enseñar su quehacer dentro de la literatura experimental en la que tanto la sobrecogieron los hallazgos sobre la filosofía íntima del lenguaje, las observaciones profundas de la humanidad, siempre eterna y transeúnte, y la necesidad de encontrarle sentido a la vida.
Con lo dicho hasta ahora, se espera contribuir a la crítica literaria en torno a la obra literaria de Carmen Naranjo, la cual se muestra muy rica. En ella, se esconden muchas preocupaciones sociales que aún no han sido exploradas y que, sin duda, permiten indagar no solo en el pensamiento de Naranjo, sino también en la maestría de su pluma y los aportes que con ella ha hecho a las letras nacionales. Aquí, se ha mostrado solo un pequeño ejemplo de los estudios que se pueden realizar, pero se espera que motive a otros investigadores a explorar estas temáticas.













