1. Introducción
Pareciera que, en tiempos recientes, las identidades narrativas como la venezolanidad, la argentinidad, la peruanidad, entre otras, se presentan como un símbolo cercano y lejano a su vez, reclamadas por el lenguaje académico y utilizado libremente en el lenguaje común, palabras frecuentes, aunque de significados casi desconocidos que han comenzado a cobrar cierta vitalidad en todos aquellos que se encuentran interesados en profundizar sus conocimientos sobre las identidades nacionales, especialmente sobre la identidad venezolana. En otras palabras, todo parece indicar que la venezolanidad, la argentinidad, etc., se han convertido en un concepto de obligatoria referencia para aquellos que se encuentran interesados en aproximarse a las respuestas sobre quiénes son los representantes de estos adjetivos y cuáles son sus principales características, al menos en términos discursivos.
No obstante, pese a que el uso de estas palabras parece haberse popularizado, tal popularización aparentemente no ha sido acompañada de una investigación exhaustiva -al menos hasta lo que nuestra limitada capacidad ha permitido comprobar- sobre los significados de estos términos y sus posibilidades dentro del discurso. En cambio, parece que el significado de estas hermosas palabras estuviese siempre dado por supuesto. De esta forma, lo más común es encontrarse con discursos que hablan de la venezolanidad, por ejemplo, en un sentido abstracto e indefinido, otorgándole características diversas las cuales van desde lo metafórico hasta lo regulativo, sin descartar las descripciones explicativas u ontológicas, pero sin llegar nunca a explicar sobre qué se está hablando propiamente.
Como consecuencia de esto, en este tipo de discursos, especialmente en aquellos que otorgan a estas identidades nacionales un carácter ontológico, es común tropezarse con explicaciones tautológicas del tipo «es que así son (somos) los venezolanos» o los argentinos, o los chilenos, como una forma de dar por terminada cualquier discusión sobre su idiosincrasia. Empero, en la mayoría de los casos, dichas conclusiones han sido alcanzadas sin haberse podido explicitar el concepto que se ha utilizado para describirlos, es decir: se ha utilizado la venezolanidad o cualquier otra de estas identidades nacionales como un significante vacío1, el cual es significado exclusivamente a través de comparaciones y metáforas sucesivas, no en su riqueza creadora, como demostrara el maestro Jorge Luis Borges (2017) a lo largo de sus libros y conferencias, sino desde la remembranza del juego de la simpatía del siglo XVI manifiesto por Foucault (2013), donde los significados eran descubiertos a través de semejanzas que se encadenaban de manera infinita como si de un crucigrama se tratase, con la particularidad de que este crucigrama en vez de descubrirnos la palabra significante, lo que hace es revelarnos descripciones de descripciones.
Ante este hecho, lo que proponemos en esta investigación es elaborar una definición necesariamente antipática que nos permita separar lo otro para evitar la dictadura de lo mismo, recordando así la certeza de Ludovico Silva (2011) -y a riesgo de desmeritar las ricas posibilidades de creación de las metáforas- quien señaló con agudeza al estudiar el estilo literario de Marx, que si bien las metáforas bien utilizadas engrandecen la explicación de los contenidos, cuando estas se toman por las explicaciones mismas solo contribuyen a enrarecer la discusión.
Por lo tanto, conscientes de este panorama, el primer objetivo que nos hemos propuesto a alcanzar en esta investigación es el de intentar definir de manera precisa a qué nos estamos refiriendo cuando hablamos de estas identidades narrativas, especialmente sobre la venezolanidad.
2. ¿Qué es la venezolanidad?
Tomando como referencia la investigación realizada por Sambarino (1980) sobre las identidades latinoamericanas, es posible decir que la venezolanidad, como la argentinidad, la peruanidad, etc., es un singular abstracto que alcanza al menos dos significados: uno derivado de su adjetivación, es decir, cuando es utilizado para describir los rasgos característicos de lo venezolano, y otro relacionado con su sustantivación, o lo que es lo mismo decir, cuando es utilizado como sinónimo para nombrar lo venezolano. De esta forma, descubrimos además que la palabra «venezolano» es un sustantivo general concreto que nombra a un sujeto u objeto existente, idealmente relacionado con Venezuela, mientras que la «venezolanidad» es un singular abstracto que puede ser utilizado tanto para la caracterización de lo venezolano, como para nombrar lo relacionado con él.
Ahora, resulta claro que el debate sobre el significado de los gentilicios no se agota en su expresión exclusivamente lingüística o tropológica. En cambio, al hablar sobre la venezolanidad, este signo tan singular que adjetiva y sustantiva a su vez, nos vemos obligados a adentrarnos en el terreno fértil de las discusiones filosóficas, pues ¿de qué otro modo podríamos responder de dónde provienen estas características que son asociadas al ser venezolano entonces? ¿Es que acaso podríamos aventurarnos a intentar asegurar que se trata de un regalo de la naturaleza? Más aun ¿nos atreveríamos a argumentar de algún modo que estos rasgos que son adjetivados o nombrados a través de la venezolanidad son esenciales u ontológicos del ser? Al respecto, como bien demuestra Sambarino (1980) en su investigación, lo cierto es que los caracteres que son enumerados a través de singulares abstractos como la venezolanidad son siempre un conjunto de caracteres históricos y culturales construidos por el hombre en sociedad, por lo tanto, hablamos de caracteres que son tanto dinámicos, como movibles a través del tiempo.
En otras palabras, el concepto de venezolanidad no contiene, ni puede contener, ningún contenido ontológico referido a rasgos naturales inamovibles del «ser» venezolano, simplemente porque no existe ninguna característica sociohistórica-cultural que pueda ser heredada naturalmente. Lo que significa, entre otras cosas, que no existe un motivo válido para aceptar la definición de identidad de quienes, ante la pregunta de por qué los venezolanos son de una determinada manera, solo alcanzan a responder con frases tautológicas del tipo «es porque los venezolanos son (somos) así», «porque siempre han (hemos) sido así» o «porque los venezolanos son (somos) así por naturaleza».
Ahora, que la venezolanidad limitada a sus capacidades reales en tanto singular abstracto que nombra y describe caracteres sociohistóricos-culturales no posea ningún rasgo ontológico, no implica, como bien sabemos, que no pueda ser aceptada la existencia de un «ser» venezolano en lo que a su dimensión retórica se refiere2. Solo que, a diferencia de la explicación ontológica descartada, el «ser» retórico se asume desde el principio como una «ficción promedial aproximada y de relativa continuidad multigeneracional, históricamente cambiante» (Sambarino, 1980, p. 103).
Así, una vez hemos descubierto que la venezolanidad no es un rasgo natural e inamovible de la identidad, sino el singular abstracto que describe y nombra lo venezolano a través de los caracteres socialmente construidos e históricamente cambiantes que se expresan por medio de los distintos discursos disponibles, tendremos también la oportunidad de aprovechar esta definición para explorar la venezolanidad como identidad narrativa.
2.1. La venezolanidad como identidad narrativa
Estudiar la venezolanidad como identidad narrativa no es otra cosa que asumir que estamos frente a una identidad configurada a través de los distintos discursivos disponibles, entendiendo el discurso en un sentido amplio como «el espacio en el que se construyen e interpretan los significados» (Bolívar, 1997, p. 25). Una descripción abierta que nos invita a aceptar la posibilidad de asumir la venezolanidad como una identidad mediatizada, dinámica y nunca definitiva, lo que implica, al menos dentro de los márgenes de esta investigación, que al hablar de la venezolanidad no estaremos considerando el hecho fáctico de las prácticas, costumbres, formas de ordenación y organización de lo venezolano, sino los discursos que se tejen en torno a esas prácticas, costumbres, formas de ordenación y organización.
Al respecto, habrá que mencionar desde el principio que las implicaciones de asumir la venezolanidad no solo como un singular abstracto que nombra y describe lo venezolano, sino principalmente como una identidad narrativa, son realmente interesantes. En primer lugar, aceptamos que de ser cierta nuestra hipótesis de trabajo, los discursos de la venezolanidad que habremos de explorar a lo largo de nuestras futuras investigaciones son tan solo algunos de los posibles discursos de la venezolanidad existentes. En segundo término, que los posibles discursos existentes de la venezolanidad serán tantos como discursos en torno a lo venezolano puedan elaborarse. Más aún, es importante recordar que los descubrimientos discursivos no se limitan solo a la cantidad de discursos disponibles, pues como bien ha destacado Chumaceiro (2007) las relaciones siempre complejas entre la semántica y la pragmática del texto facilitan que incluso los discursos «singulares» puedan estar sujeto a distintas interpretaciones.
Por otra parte, asumir estos postulados sobre la diversidad de opciones que nos ofrecen las identidades narrativas nos invita no solo a un camino interesante, sino también a un camino lleno de posibles «equivocaciones» y «peligros». Sobre estas equivocaciones y peligros, Paul Ricoeur (1986, 2006) dice que las primeras podrían estar acechando en la medida que desde la «hermenéutica de la sospecha» la identificación a través de representaciones discursivas podría ser considerada como una simple ilusión de la verdadera identidad. Asimismo, el camino escogido podría estar lleno de «peligros» cuando descubrimos que los receptores de los discursos se exponen a transitar de forma desorganizada entre los diferentes relatos de la venezolanidad existentes, lo que contrario a definir su identidad pudiera terminar por borronearla hasta «desaparecerla».
Empero, pese a estas advertencias iniciales, en los aportes realizados por el mismo Ricoeur (1986; 2006), rápidamente descubriremos que esta aparente desaparición identitaria no se presenta de manera absoluta. En cambio, lo que estaría ocurriendo es que quedaríamos en presencia de una identidad ipse desnuda, la cual se nos estaría mostrando frente a nosotros sin el auxilio de la sedimentación realizada por la mismidad. En otras palabras: en el transitar de los distintos discursos existentes sobre la venezolanidad sería altamente probable que en algunos pasajes del recorrido terminemos por quedarnos frente a una identidad variable que se nos presenta sin la ayuda de las identidades tipo ídem caracterizadas por su permanencia temporal e históricamente mediada.
Ahora, lo cierto es que para nosotros ni las posibles «equivocaciones», ni los posibles «peligros» anunciados representan gran amenaza, al contrario, al evidenciarse el dinamismo existente en los discursos que giran en torno a la venezolanidad como singular abstracto que describe o nombra lo venezolano se estaría demostrando precisamente que la venezolanidad se puede entender como una identidad narrativa, o lo que es lo mismo decir: la síntesis dialéctica entre la mismidad o identidades tipo ídem y la ipseidad o identidades tipo ipse. En palabras de Paul Ricoeur (2006):
Habiéndola situado en ese intervalo (entre la mismidad y la ipseidad), no nos asombrará ver a la identidad narrativa entre dos límites, un límite inferior, donde la permanencia en el tiempo expresa la confusión del ídem y del ipse, y un límite superior, en el que el ipse plantea la cuestión de su identidad sin la ayuda y el apoyo del ídem. (p. 120)
Llegados a este punto, es razonable conceder un debate más abierto a la «sospecha» de quien legítimamente podría estarse preguntando acerca de la veracidad de las narraciones que conforman dichas identidades ¿O es qué no existe algún criterio metodológico que nos permita diferenciar los relatos aparentemente «auténticos» de los aparentemente «inauténticos»? ¿Tendrán acaso el mismo valor los relatos históricos que los relatos que sean simple invención en la imaginación de un autor literario?
3. Relato histórico, ficción literaria y orden del discurso
Para poder responder a las preguntas planteadas desde la sospecha legítima de quienes se preguntan por la veracidad de los relatos que conforman una identidad narrativa, habrá que necesariamente argumentar en tres terrenos distintos, pero relacionados entre sí. En primer lugar, será ineludible problematizar la idea de «verdad» detrás de los hechos históricos narrados, así como las formas en que estos pasan a ser comunicados a posteriori por los historiadores. En segundo término, tendremos que explorar la relación existente entre el relato histórico y la ficción literaria. Y, finalmente, será necesario realizar algunos comentarios sobre el orden del discurso y las normas que lo validan.
3.1. La narración en la historia
Leer libros de historia suele ser un ejercicio fascinante, más cuando el historiador logra explicar los hechos de una forma tal que nos sumerge en el relato transportándonos a través de la imaginación hacia el lugar mismo de los eventos ocurridos. Ahora, ¿alguna vez se han preguntado sobre la veracidad de los hechos mencionados en el relato histórico? Es decir ¿alguna vez se han interesado en comprobar que lo que han leído en un libro de historia ha ocurrido de la misma forma en la que es narrado? No hay dudas de que se trata de preguntas que enseguida se multiplican gracias a la misma imaginación que nos transportaba al lugar de los hechos relatados por el historiador y que nos hacen cuestionarnos sobre si acaso el autor que narra el relato de las guerras ha sido siempre partícipe del frente de batalla o si, aun siendo partícipe del frente de batalla, cómo podríamos saber que nos dice la verdad, cómo un historiador contemporáneo escribe sobre eventos que han ocurrido años antes de su propia experiencia vital.
Para poder entender la dimensión del debate que se presenta en torno a la veracidad de los relatos históricos, lo primero que habrá que mencionar es una cuestión que, por evidente, podría ser dejada sin significación cuando en realidad en ella radica la centralidad del asunto: y es que todos los relatos históricos, sin excepción, son narrados una vez han transcurrido los eventos que son descritos en el relato mismo.
De este modo, una vez hemos revelado el hecho de que los acontecimientos históricos son narrados a posteriori, se convertirá en un requisito obligatorio el adentrarnos en la aventura de descubrir las consecuencias más inmediatas de introducir la noción de narración dentro del análisis histórico. Y para cumplir satisfactoriamente con esta tarea, habremos de remitirnos necesariamente a la obra de Arthur Danto, quien en su libro Historia y narración (1989) demuestra como los relatos históricos no solo se encargan de organizar los datos del pasado, sino también de interpretarlos.
En este sentido, según lo relatado por Danto (1989), para los historiadores sería imposible tener una representación exacta y completa del pasado a menos que, en un hipotético caso de fantasía, alcanzaran a construir una máquina del tiempo que les permitiera no solo avanzar por cada uno de los eventos ya ocurridos, sino también sobre todos y cada uno de los eventos por ocurrir. Pero ¿qué tienen que ver los eventos por ocurrir con los eventos ya pasados? Sobre esta característica específica de la investigación histórica, Birulés (1989) dice lo siguiente:
Los acontecimientos históricos sólo adquieren significado histórico gracias a su relación con acontecimientos posteriores, a los que el historiador concede importancia en función de sus intereses presentes. Esto, por supuesto, significa que no hay historia -en el sentido narrativo del término- del presente, porque el futuro está abierto; no sabemos cómo organizarán nuestro presente los futuros historiadores o incluso nosotros mismos. Pero si el futuro está abierto, entonces, en algún sentido podemos decir que el pasado también lo está. (p. 26)
Para ser más exactos, lo que nos expresan tanto Danto (1989) como Birulés (1989) es que el relato histórico es, en realidad, una interpretación que realiza el historiador de los datos disponibles de los eventos pasados, los cuales pueden cambiar su significación en la medida que el futuro está siempre abierto a nuevas posibilidades. Una explicación interesante que nos deja abierta la oportunidad de considerar la historia no como un hecho cosificado, sino como un conjunto de datos siempre disponibles para ser reinterpretados según los nuevos acontecimientos que se vayan suscitando. Una hipótesis llamativa que nos permitirá comenzar a develar la relación existente entre la narración histórica y la narración literaria. Y a propósito de esta relación inicial entre la narración histórica y la narración literaria, Paul Ricoeur (2000) nos menciona lo siguiente:
El vínculo de la historia con el relato no puede romperse sin que la historia pierda su especificidad entre las ciencias humanas. Diré, en primer lugar, que el error fundamental de aquellos que oponen historia y relato se debe al desconocimiento del carácter inteligible que la trama confiere al relato, algo que Aristóteles había sido el primero en subrayar. Una noción ingenua del relato, como sucesión deshilvanada de acontecimientos, se encuentra siempre en el trasfondo de la crítica al carácter narrativo de la historia. Dicha crítica sólo aprecia el carácter episódico y olvida el carácter configurado, que constituye la base de su inteligibilidad. Al mismo tiempo, se ignora la distancia que establece el relato entre él y la experiencia viva. Entre vivir y narrar existe siempre una separación, por pequeña que sea. La vida se vive, la historia se cuenta. (p. 192)
Por lo tanto, la introducción de la noción de narración en el análisis histórico lo que nos viene a demostrar es la imposibilidad de hacer una reproducción pura y exacta de los eventos pasados. Eventos que no se viven necesariamente y que aun habiéndose vivido no pueden sino ser narrados a posteriori. Obligándolos a estar siempre sujetos a la interpretación que realice el investigador, siguiendo, por supuesto, lo que Danto (1989) ha llamado el objetivo mínimo del quehacer de todo historiador: dar descripciones verdaderas sobre los eventos ocurridos.
De esta forma, hasta aquí, nos hemos propuesto el deconstruir el discurso tras el análisis histórico intentando demostrar su objetividad relativa, no para desmeritar la narración histórica, sino para ir esclareciendo poco a poco la discusión en torno a la validez de los discursos que se construyen en torno a las identidades narrativas; un elemento clave que ayudará a evidenciar la continuidad que podría existir en las identidades narrativa construidas a través de los distintos discursos disponibles, independientemente sean estos sociohistóricos o literarios. Pero ¿a qué nos estamos refiriendo exactamente cuando hablamos de continuidad entre los textos sociohistóricos y los textos literarios? Para responder a esta pregunta, será necesario avanzar en nuestra segunda línea de debate.
3.2. Relato histórico y ficción literaria
Más allá de que la sensación individual de satisfacción que podríamos experimentar tras leer un buen libro de historia o una rica trama literaria podría ser la misma, resulta evidente que estamos frente a dos tipos de textos diferentes. Empero ¿cuál es esta distancia primera que los separa de inmediato antes de que podamos descubrir cualquier abstracción que los una? Pues, de entrada, en su concepción primigenia, tendremos que asumir que el relato histórico describe eventos realmente ocurridos mientras que la ficción literaria nos habla sobre eventos creados a partir de la mimesis de una acción ficcional o ficcionada. Ahora ¿esta condición de diferencia existente es a su vez suficiente para ubicarlos en polos completamente antagónicos? ¿No podría suceder en cambio que, aun siendo diferentes, los relatos históricos y los relatos literarios pertenezcan a un mismo conjunto con posibilidades de mediación similares ante la realidad?
En este sentido, a favor de las coincidencias existentes entre uno y otro tipo de relato tendremos que, en primer lugar, tanto el relato histórico como la ficción literaria recurren a la construcción de una trama en el sentido del mythos3 aristotélico para manifestarse. En segundo término, asumiremos también que ambos tipos de escrituras contribuyen a su modo en la configuración de la realidad. En palabras de Ricoeur:
Al igual que la ficción narrativa no carece de referencia, la referencia propia de la historia no deja de tener una afinidad con la referencia «productora» del relato de ficción. No es que el pasado sea irreal, sino que la realidad pasada es, en el sentido propio del término, inverificable. En la medida en que ya no es, el discurso histórico sólo la aborda indirectamente. En este punto, se impone la afinidad con la ficción. La reconstrucción del pasado, como ya había dicho Collingwood enérgicamente, es obra de la imaginación. También el historiador (…) configura tramas que los documentos permiten o no, pero que en sí mismos nunca contienen. En este sentido, la historia combina la coherencia narrativa y la conformidad con los documentos. Este vínculo complejo caracteriza el estatuto de la historia como interpretación. Se abre, así, una vía a una investigación positiva de todos los cruces entre las modalidades referenciales asimétricas, aunque igualmente indirectas o mediatas, de la ficción y de la historia. Gracias a este juego complejo entre la referencia indirecta al pasado y la referencia productora de la ficción, la experiencia humana, en su dimensión temporal profunda, no deja de ser refigurada. (Ricoeur, 2000, p. 195)
Empero, pese a los puntos de encuentro entre el relato histórico y el relato literario en tanto que ambos relatos a su modo interpretan y refiguran la realidad, un hecho que nos invita a pensar incluso que aun perteneciendo a géneros diferentes podrían pertenecer a un mismo conjunto, no menos cierto es que, aun siendo esto verdadero, la diferencia medular entre uno y otro está mediada por la ficción innegable de ciertos relatos literarios. Sin embargo, esta diferencia en apariencia insalvable entre uno y otro merece una oportunidad de reconciliación ¿O es que acaso la ficción literaria habrá de ser inevitablemente asumida como sinónimo de irrelevancia caricaturesca o inexistente?
Al respecto de estos cuestionamientos, decía Cortázar (2012) que «toda literatura es siempre una expresión directa o indirecta de algún aspecto de la realidad» (p. 178). Vargas Llosa (2010), en las antípodas políticas de aquel, nos dirá otro tanto en su Elogio de la lectura y la ficción al expresar que «la literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos». Otro tanto argumentó Ludovico Silva (2016), cuando en su ensayo titulado Realidad y literatura en la Venezuela Contemporánea invitaba a pensar el realismo de la literatura latinoamericana en general, pero con especial énfasis en la ensayística venezolana, como un modus vivendi o, mejor dicho, como una totalidad que en amplio juego dialéctico implica la conjunción entre los textos de los escritores y la realidad sobre el terreno.
En otras palabras, cuando hablamos de ficción literaria es necesario partir del principio de que esta no hace referencia a lo «no real», puesto que, con la sola pretensión de verdad que ejerce a través de la mimesis de la acción, el relato literario ya comienza a cumplir una función de mediación ante la realidad misma. En palabras de Barrera (2007):
El escritor no es solamente un hablante cualquiera que manifiesta su manera particular de conformar el universo a través de los textos que produce. Más que eso, en el sentido hegeliano, el autor literario es un vocero autorizado -social y culturalmente- para actuar como (re)productor de imaginarios colectivos y esos imaginarios se materializan en los textos literarios que pone a disposición de los lectores (Barrera, 2003). De esa manera, sin que ése sea necesaria o intencionalmente su propósito principal, por la vía de la ficción, ofrece también modos de organizar la realidad histórica, por ejemplo. Y también sin haberlo buscado explícitamente, puede contribuir a la re-construcción de hechos no registrados (o al menos registrados de otra manera) por lo que se conoce como «historia oficial». (p. 151)
Asimismo, en el marco de nuestra investigación referida a las posibilidades discursivas de la venezolanidad en cuanto identidad narrativa, es importante recordar que la identidad «no se conoce de un modo inmediato sino indirectamente, mediante el rodeo de toda clase de signos culturales, lo que nos lleva a decir que la acción se encuentra simbólicamente mediatizada» (Ricoeur, 1986, p. 353). Siendo el relato, tanto histórico como literario, alguna de las formas dentro de las cuales se presenta dicha mediación. Así permite al lector avanzar en una serie de «variaciones imaginativas» las cuales, según establece Ricoeur (1986), se convierten en las variaciones de la propia identidad.
Por lo tanto, lo que intentamos asegurar en este apartado es que la venezolanidad entendida como una identidad narrativa se puede nutrir tanto del relato histórico «verdadero», como de la mimesis de la acción presentada en el relato literario «ficticio», ya que, si bien se trata de dos tipos de textos distintos, ambos se encuentran construidos a través de discursos con posibilidades similares de mediación ante la realidad.
Finalmente, una vez que hemos desarrollado nuestra explicación sobre la objetividad relativa del relato histórico, así como la relación existente entre el relato histórico y la ficción literaria en tanto que ambos son expresados a través de discursos con posibilidades similares de mediación ante la realidad, será menester adentrarnos en la discusión acerca de la validez de los discursos disponibles desde otro ángulo, lo que necesariamente abrirá paso a nuestra tercera línea de debate referida a las normas e instituciones que ordenan el discurso.
3.3. Validez y orden de los discursos
La «hermenéutica de la sospecha» no descansa. Por eso, aceptamos de buen término la posibilidad de que las explicaciones realizadas en torno a la objetividad relativa del relato histórico y la relación existente entre este y el relato literario sean aún insuficientes para los que sienten que ambos tipos de discursos no podrían poseer nunca la misma validez.
En este punto, estamos conscientes de que los lectores insatisfechos podrían seguirse preguntando: ¿Cómo podrían ser igualmente válidos un relato histórico, realizado con la seguridad de un método de investigación y avalado por pares académicos, y un relato literario, si bien realizado por un escritor prolijo, siempre ficticio o ficcionado? y ¿quién le otorgó esa autorización -como manifestó Barrera (2007)- al escritor literario para ser vocero autorizado de los imaginarios colectivos?
Por supuesto que estamos frente a preguntas que no solo son válidas, sino que, además, alcanzan a evidenciar, aunque de manera parcial y sin desnudarlo del todo, el entramado de cuestiones que surgen en torno a la validez de los discursos. Por lo tanto, para alcanzar este objetivo, es decir, para desnudar por completo el orden que atraviesa el discurso, será de gran utilidad invertir las preguntas formuladas a modo de ejemplo, aunque resulte un tanto caricaturesco y provocador el ejercicio: ¿Cómo podrían ser acaso igualmente válidos los relatos literarios, los cuales siguen las normas impuestas por una determinada tradición y se encuentra avalado por un conjunto de instituciones editoriales, y un relato histórico que ha sido escrito apoyándose en datos en apariencia certeros, pero siempre sujetos a la libre interpretación del historiador? Además ¿quién le otorgo al historiador el poder de ser el único vocero autorizado de la verdad histórica?
Quizás ahora que tenemos objeciones cruzadas que cuestionan o al menos problematizan la validez de ambos tipos de relatos por igual, los lectores afiliados a la «sospecha» se sientan más animados a debatir sobre los órdenes e instituciones que median sobre los discursos. De hacerlo, todos terminaríamos por descubrir que las evaluaciones por pares académicos y las aprobaciones editoriales son, en realidad, expresiones distintas de un mismo tipo de orden encargado de imponer ciertos filtros a los discursos disponibles. Filtros que han sido creados con la intención de enrarecer, mediar e incluso transformar el discurso con el objetivo de presentarlo ante el gran público como un texto digerible según su contexto histórico y no como la expresión salvaje de un escritor afiebrado.
De esta manera, si en principio la venezolanidad entendida como un singular abstracto que caracteriza y nombra lo venezolano no pone ninguna limitación sobre qué tipos de discursos han de ser utilizados para encarnar esta descripción, lo que permite tomar como referencia tanto los hechos verídicos del relato histórico, como los hechos ficticios o ficcionados del relato literario, esto no significa de ningún modo que no puedan llegar a existir, como de hecho ya existen, ciertas barreras que intentan y en la mayoría de los casos logran establecer una serie de pautas y restricciones sobre la validez de los discursos disponibles.
En este sentido, como ha demostrado Michel Foucault (1997, 1970, 2010, 2013) a lo largo de una prolija y extensa investigación, la validez de los relatos que en apariencia han sido formulados de manera libre y sin restricciones no se encuentra determinada necesariamente por la verdad objetiva de su proposición. En cambio, la validez de estos discursos estará dada más bien por una voluntad de verdad ejecutada a través de una serie de normas e instituciones que se encargan de dominar el discurso. En sus propias palabras: «siempre puede decirse la verdad en el espacio de una exterioridad salvaje; pero no se está en la verdad más que obedeciendo a las reglas de una «policía» discursiva que se debe reactivar en cada uno de sus discursos» (Foucault, 1970, p. 15) 4.
Dicho de otro modo, habremos de reconocer que la validez de los discursos tanto históricos como literarios estará siempre mediada por una serie de normativas (académicas, editoriales, sociales, etc.) que son impuestas más allá de lo que diga el discurso mismo. Ahora ¿es acaso posible evadir este velo restrictivo que enrarece el discurso con normas exógenas al discurso? Para poder responder a esta pregunta habrá que necesariamente rescatar los cuatro principios básicos establecidos por Foucault (1970) con el objetivo, si bien no de eliminar, al menos de aminorar los efectos restrictivos de esta logofobia:
El primer principio, también conocido como el «principio de trastrocamiento», nos invita a aceptar desde el comienzo el hecho de que todos los discursos se encuentran mediados por una fuente de legitimidad configurada para otorgar validez solo a aquellos discursos que cumplen con los parámetros establecidos por la misma fuente. El segundo principio o «principio de discontinuidad», nos asegura que la presencia de una fuente de legitimidad que funciona de manera excluyente no implica necesariamente la existencia de otros discursos ocultos que esperaban nuestra llegada para ser finalmente revelados. El tercero principio o «principio de especificidad», nos exige abordar el discurso como un objeto de estudio en sí mismo, dejando atrás la ilusión de que podríamos saber de antemano todo acerca de él. Por último, el «principio de exterioridad» nos invita a asumir nuestra tarea, no con la intención de permanecer en las profundidades del discurso, sino que, «a partir del discurso mismo, de su aparición y de su regularidad, ir hacia sus condiciones externas de posibilidad» (Foucault, 1970, p. 22).
De esta manera, habremos de asumir que los discursos que escojamos para estudiar algunas de las expresiones disponibles de la venezolanidad en cuanto identidad narrativa estarán siempre validados por una serie de pautas externas al contenido mismo del discurso. Pautas que no pueden ser escogidas por nosotros y, sin embargo, nos tendremos que atrever a atravesar: demostrándolas, desnudándolas, describiéndolas y desmontándolas. No para regocijarnos en su interior, sino para establecer las condiciones de su positividad, explorando los elementos que, gracias a su reiterada aparición y regularidad, nos permitan identificar los principales rasgos que los discursos que decidamos investigar otorgan a la venezolanidad.
En este punto, somos conscientes -como también lo era Foucault (2010)- que no estamos frente a una tarea fácil. Existe el peligro que en vez de descubrir un lugar confortable donde cobijarnos tras la creatividad de nuestra propuesta, terminemos en un terreno inhóspito e inexplorado, alejado de la seguridad del método y gravemente cuestionados por la «policía» discursiva. Puede también que, al final de la jornada, no alcancemos la heroicidad del Ulises foucaultiano (1997) y sucumbamos ante el encanto de las sirenas fracasando en la misión de triunfar en los estudios del lenguaje. Pero no somos ingenuos -o quizás lo somos demasiado-: sabemos que nuestro propio relato ha de pasar por las «alcabalas» encargadas de ordenar el discurso, con la suerte paradójica que, de atravesarlas exitosamente, habremos desnudado la existencia de estas con un discurso aceptado por ellas, alcanzando de este modo a validar la relación que hemos tratado de demostrar entre el relato histórico y el relato literario como fuentes legítimas de las cuales se nutren por igual las identidades narrativas.
4. Análisis crítico del discurso
En los apartados precedentes hemos tenido la oportunidad de definir lo que para los fines de esta investigación habremos de entender por la venezolanidad. Además, también hemos iniciado un debate fértil que nos ha permitido demostrar la relación de continuidad existente entre los relatos históricos y los relatos literarios en tanto que ambos se presentan como fuentes legítimas de las cuales se nutren por igual las identidades narrativas. Ahora, para finalizar esta aproximación inicial al estudio de estas identidades, se vuelve indispensable establecer algunas cuestiones acerca del método que deberíamos utilizar para realizar los análisis discursivos correspondientes.
En este sentido, podemos decir que explorar la propuesta foucaultiana del orden del discurso nos ha resultado favorable en un doble sentido: en primer lugar, la investigación realizada por Foucault (1970) nos ha permitido demostrar con mayor exactitud el objetivo principal de nuestra tercera línea de argumentación dedicada al debate fértil con la sospecha legítima de quienes se preguntaban por la validez de los discursos utilizados para construir las identidades narrativas. En segundo término, en la exposición sobre la validez y el orden discurso pudimos descubrir también los principios metodológicos básicos que propone Foucault (1970) para realizar un análisis discursivo que logre sortear, o al menos dejar en evidencia, la existencia de ciertas normativas exógenas al discurso mismo. Así, estos principios metodológicos básicos, recordemos: el principio de trastrocamiento, el principio de discontinuidad, el principio de especificidad y el principio de exterioridad, nos proponen dos tipos de análisis distintos, aunque claramente relacionados entre sí: por un lado, tendremos el conjunto del análisis crítico, mientras que, por el otro, tendremos el conjunto del análisis genealógico. En palabras del propio autor:
Por una parte, el conjunto «crítico» que utiliza el principio de trastocamiento: pretende cercar las formas de exclusión, de delimitación, de apropiación (…); muestra cómo se han formado, para responder a qué necesidades, cómo se han modificado y desplazado, qué coacción han ejercido efectivamente, en qué medida se han alterado. Por otra parte, el conjunto «genealógico» que utiliza los otros tres principios: cómo se han formado, por medio de, a pesar de o con el apoyo de esos sistemas de coacción, de las series de los discursos; cuál ha sido la norma específica de cada una y cuáles sus condiciones de aparición, de crecimiento, de variación. (Foucault, 1970, p. 24)
De esta forma, sugerimos que, de Foucault (1970), los investigadores interesados en explorar las identidades narrativas como la venezolanidad, deberían tomar algunas de las herramientas metodológicas indispensables que les servirán de acompañantes en la aventura práctica de los estudios de casos que realicen. Empero, estas herramientas no serán sus únicas aliadas, ya que también podrían estar acompañadas por el método de análisis crítico del discurso (ACD) formulado por Bolívar (1997, 2003, 2007), quien nos invita a entender el ACD como un método que favorece la concepción social del discurso, prestando especial atención al contexto5 en el cual se nos presenta.
En este sentido, dentro de las ventajas de adoptar el ACD como método de investigación, se encuentra el hecho de que este método de trabajo cuenta con una propuesta concreta de abordaje del texto. En palabras de Bolívar (1997):
El ACD se pone en práctica siguiendo por lo menos tres etapas: la descripción, la interpretación y la explicación. La primera se ocupa de la descripción formal de los textos; la segunda de su interpretación en cuanto a la interacción, los participantes, los propósitos, las presuposiciones, etc.; y la tercera se enfoca en la explicación de esa interacción en un contexto social y político particular. (p. 37)
Como vemos, entre la propuesta crítica de Foucault (1970) y el análisis crítico del discurso de Bolívar (1997) no existe contradicción, sino refuerzo: mientras que el primero nos dice que hay que establecer las formas de exclusión, delimitación y de apropiación de los discursos, la segunda nos hace saber que el objetivo del ACD es lograr la interpretación de la interacción de los discursos dentro de un contexto social y político particular. Dicho de otro modo: ambas metodologías buscan establecer las condiciones de existencia del discurso.
Por lo demás, si hasta aquí hemos establecido una división entre el conjunto crítico y el conjunto genealógico del análisis, entre el conjunto crítico de Foucault (1970) y el análisis crítico del discurso de Bolívar (1997), ha sido solo por una cuestión técnica de incisión metodológica para establecer claramente en que consiste una y otra propuesta. Sin embargo, en la práctica, deberíamos asumir estás técnicas de forma conjunta viéndolas como distintas expresiones de un único método de análisis del discurso.
5. Conclusiones preliminares
Hasta este punto consideramos que hemos podido establecer una definición clara y precisa de la venezolanidad, entendiéndola para los fines de esta investigación como el singular abstracto que describe y nombra lo venezolano a través de los caracteres socialmente construidos e históricamente cambiantes que se expresan por medio de los distintos discursos disponibles. Asumiendo al discurso en un sentido amplio como «el espacio en el que se construyen e interpretan los significados» (Bolívar, 1997, p. 25), lo que nos permitió entenderla como una identidad narrativa construida a través de los distintos relatos disponibles acerca de lo venezolano.
Ahora, para poder justificar la utilización de los distintos discursos disponibles independientemente de su género literario, en los capítulos precedentes iniciamos un debate fértil con la sospecha legítima de quienes se preguntaban por la validez de estos discursos. Demostrando, primero, la objetividad relativa del relato histórico y su relación con la literatura a través del concepto de narración y trama narrativa. Segundo, señalando que, si bien los relatos históricos y los relatos literarios son representados a través de dos tipos de textos distintos, no menos cierto es que estos textos pertenecen a un mismo conjunto con posibilidades de mediación similares sobre la realidad. Finalmente, a lo largo de este artículo, hemos intentado demostrar que la validez de ambos tipos de relatos no está relacionada con la verdad objetiva de los mismos, sino con una voluntad de verdad ejecutada a través de una serie de normas e instituciones exógenas al discurso.
No obstante, para lograr identificar los rasgos de la venezolanidad presentes en los distintos discursos disponibles será importante no solo identificar los caracteres socialmente construidos e históricamente cambiantes expresados a través de los relatos que nombran y describen lo venezolano, sino también dejar en evidencia la posibilidad de existencia de estos discursos, es decir, sus condiciones de positividad. Para lograr este objetivo de forma satisfactoria, hemos sugerido un método de análisis discursivo que fusiona el conjunto del análisis crítico y genealógico de Foucault (1970) con el análisis crítico del discurso de Bolívar (1997, 2003, 2007).
Sin más, una vez que hemos edificado este conjunto de referentes teóricos, ha llegado el momento de que juntos comencemos el abordaje de nuestros futuros estudios de caso referidos a las construcciones de las identidades narrativas expresadas a través de los distintos discursos disponibles.













