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Káñina

On-line version ISSN 2215-2636Print version ISSN 0378-0473

Káñina vol.49 n.1 San Pedro de Montes de Oca Jan./Apr. 2025

http://dx.doi.org/10.15517/rk.v49i1.64573 

Artículo

Entre líneas verticales y horizontales. Muerte simbólica y autodestrucción suicida en La vida inútil de Pito Pérez

Between vertical and horizontal lines. Symbolic death and suicidal self-destruction in La vida inútil de Pito Pérez

Diana Hernández Castillo1 
http://orcid.org/0009-0001-0873-2017

1Ciudad de México, México. Candidata a doctora en Ciencias Sociales y Humanidades por la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Cuajimalpa (UAM-C). Correo institucional: diana.hernandez.c@cua.uam.mx

Resumen

En este artículo se analiza la autodestrucción suicida del protagonista de la novela La vida inútil de Pito Pérez del escritor mexicano José Rubén Romero (1890-1952). Para ello, se recurre a un cruce interdisciplinar entre estudios literarios y filosofía. Utilizando como referente teórico la obra de Adriana Cavarero, Inclinations, y retomando dos posturas frecuentes en el ser humano (erguido e inclinado) se determina cómo la «Humanidad» (la sociedad michoacana posrevolucionaria) se erige como un gran ente erguido y verticalizado que, con su falsa moral, costumbres y creencias, orilla e inclina a Pito Pérez a vivir (o preferir) situaciones que culminaron en sucesos dañinos y/o destructivos hacia su persona. Romero, al formar parte de esa «Humanidad», con su verticalidad instiga aún más a Pérez a optar por una conducta suicida a través de un «pasado-presente» que manipula sus recuerdos para (re)direccionar, y flexionar, sus memorias hacia los vicios y la corrupción. De este modo, es posible entender la vida de Pérez como un largo proceso de autodestrucción suicida provocado por diversos agentes y procesos político-sociales.

Palabras clave: José Rubén Romero; inclinación; verticalidad; autodestrucción suicida; alcoholismo y mendicidad

Abstract

In this article we analyze the suicidal self-destruction of the protagonist of the novel La vida inútil de Pito Pérez by the mexican writer José Rubén Romero (1890-1952). To do so, we resort to an interdisciplinary cross between literary studies and philosophy. Using as a theoretical reference the work of Adriana Cavarero Inclinations and taking up two frequent postures in the human being (upright and inclined) we will determine how “Humanity” (the post-revolutionary Michoacan society) stands as a great upright and verticalized entity that, with its false morals, customs and beliefs, leads and inclines Pito Perez to live (or prefer) situations that culminated in harmful and/or destructive events towards his person. Romero, being part of that “Humanity”, with his verticality further instigates Perez to opt for suicidal behavior through a “past-present” by manipulating his memories to (re)direct, and bend, his memories towards vices and corruption. In this way, it is possible to understand Pérez’s life as a long process of suicidal self-destruction provoked by various political-social agents and processes.

Keywords: José Rubén Romero; inclination; verticality; suicidal self-destruction; alcoholism and begging

1. Introducción

A menudo se han escrito múltiples trabajos, disciplinares, interdisciplinares, multidisciplinares, e inclusive, transdisciplinarios, que abordan la problemática de la autodestrucción suicida a partir del individuo que lleva a cabo esta acción, así como los factores, o elementos, externos e internos que «empujaron» /orillaron a esa persona a cometer tal acto. Respecto al ámbito de las humanidades, ¿qué pasaría si observáramos la realidad social de determinados actores, así como su mundo o, mejor dicho, universo compuesto a través de líneas verticales y horizontales1? ¿Dichas líneas, en el caso de los estudios literarios, perfilarían el origen, desarrollo y desenlace de los personajes en un texto? Por otro lado, ¿ello nos ayudaría a comprender la conducta suicida en la ficción?, ¿podría la vida misma convertirse en un intento de suicidio o acontecer como un suicidio a largo plazo?

En este tenor, José Rubén Romero es un escritor mexicano que nació en Cotija, Michoacán. A lo largo de su vida ocupó diversos «puestos administrativos. Participó en el movimiento maderista (…) (el presidente) Pascual Ortiz Rubio lo nombró su secretario particular (…) Ingresó a la Secretaría de Relaciones Exteriores y a la Academia Mexicana de la Lengua» (López, s/f, s/p). En su tierra natal, al ser un caminante como sus paisanos, «se trastocó en un lugareño de muchos pueblos (…) contempló su reflejo en lo pequeño. Posó su lente en lo microsocial, en La vida inútil de Pito Pérez» (Estrada, 2007, p. 147).

Justamente, una de sus obras más famosas detalla las andanzas de Jesús Pérez Gaona (apodado Pito Pérez) un vagabundo alcohólico que deambula por algunos municipios y localidades de Michoacán. Cabe destacar que en este estado mexicano existieron poblados conservadores que no aceptaban las ideas liberales y socialanarquistas de Pérez (Estrada, 2007). Conocido como «el señor de la picaresca», y gracias a su cercanía con la política mexicana, Romero envió una copia de La vida inútil de Pito Pérez al expresidente de México, Miguel Alemán Valdés (1900-1983). Éste último le «agradeció el envío con una pequeña libreta con billetes de mil pesos» (Pagés, 2007, p. 159). Así, desde que se publicó en 1938, esta obra tuvo, y tiene, éxito en el medio literario, musical, teatral y cinematográfico mexicano, puesto que se hicieron varias películas, obras de teatro y la novela se ha reeditado varias veces con diferentes portadas. En esos medios, Pérez ha sido (re)producido como el estereotipo de la mendicidad y la vagancia por excelencia. Tales estereotipos presentes en la literatura y las artes invitan a pensar que su protagonista ha desarrollado un apego, un gusto, una inclinación al vicio y la vagancia de manera voluntaria.

Pero ¿en realidad fue así?, ¿Pérez encontró satisfacción en llevar una vida disipada llena de excesos, pobreza, desamor y abusos de autoridad?, ¿cómo se estereotipa, visual, textual y musicalmente a alguien que, en una primera lectura, posturalmente se inclina de manera natural hacia la corrupción y los vicios a través de varias reediciones de la novela, obras teatrales, películas y bandas de rock2?, ¿con qué miradas, pasadas y presentes, se ilustra la corporalidad inclinada de un alcohólico vagabundo y cómo se originó tal proceso? Si emprendemos una nueva (re)lectura, mejor dicho, una reflexión interdisciplinaria que se ciña al cruce entre los estudios literarios con la filosofía, descubriremos que Pérez, gracias a las acciones de otros personajes, es obligado a abandonar su postura vertical natural para adoptar una postura artificial inclinada hacia la destrucción de su vida. Si, siguiendo lo dicho por Cavarero (2016), existen «diferentes configuraciones que codifica(n) de diversas maneras (…) (ese) esquema elemental, al grado de superponer múltiples líneas en el mismo eje», un eje vertical en el caso de Pérez, ¿podrían estas líneas volverse posturas inclinadas (a modo de una sobreinclinación exagerada) que van «más allá de su eje ‘natural’» (p. 86), dislocándolo?

Por tanto, el presente trabajo ofrece una reflexión, cuyo enfoque teórico-metodológico atañe al cruce interdisciplinar entre la literatura y la filosofía, que trata de abordar nuevas miradas, y enfoques, acerca de la problemática de autodestrucción suicida en la literatura mexicana. Nuestro objetivo primordial es comprender las inclinaciones y verticalidades que yerguen o flexionan a los personajes literarios y, derivado de ello, determinar por qué eligieron terminar su vida de manera trágica. Asimismo, se trata de verificar si la vida de un personaje desdichado puede examinarse como un acto suicida de larga duración.3

2. Los orígenes externos de la inutilidad y la creación de un universo con líneas yuxtapuestas

Con la llegada del siglo XXI, editorial Porrúa elaboró tres reediciones de La vida inútil de Pito Pérez. Al observarlas detenidamente, es evidente que en las portadas de esos libros Pito Pérez está ilustrado, y representado, como un personaje retador, despreocupado y desarrapado. Inclusive, siempre se encuentra inclinado: recargado sobre una pared, o muro, con la vista desviada hacia el horizonte o la nada. De hecho, la última edición muestra a este personaje con un gesto burlón.4 Ello (pre)condiciona la lectura y forma una imagen que acompaña al título: la inclinación a lo inútil.

Por otro lado, al contrario de lo que se ha dicho, al hojear la novela se observa que Romero no describe a Pérez como un individuo entrañable ni admirable con quien se pueda simpatizar (Ceballos, 2011). Para el novelista -y aquí empieza el trazo de un mundo compuesto de líneas verticales y horizontales- Pérez siempre será un personaje deleznable que, según su criterio, al poseer una «‘mala inclinación’» hacia el vicio y la depravación (Cavarero, 2016, p. 2) traspasa las fronteras de la normalidad para ser empujado o, mejor dicho, sobreinclinado, hacia una muerte simbólica. Esta muerte desembocará en una muerte real, una muerte inútil a los ojos de Romero. Aunque los «ecos» de un Romero real se hacen presentes en su producción literaria (Iduarte, 1946), estos no necesariamente denotan empatías. En realidad, Romero adopta una postura cada vez más vertical, y menos natural, cuya rigidez se exacerba al detallarse las tensiones y oposiciones acaecidas entre ambos personajes, sucesos que acontecen en el campanario de una iglesia donde Romero cita a Pérez con el propósito de «forjar imágenes» (Romero, 2007, p. 13).

3. En los confines de la nación. La imagen retorcida e inclinada

En la novela, Romero se proyecta biográficamente como poeta y es asumido como tal por Pérez. Ello hace que este último le tenga cierto grado de respeto por ser un hombre culto y letrado. Es decir, la intelectualidad de Romero es el principal elemento que le permite erguirse y verticalizarse ante sí mismo y ante Pérez. No obstante, conforme avanza la novela, esa verticalización será cada vez menos natural, más rígida e inflexible al grado de traspasar, como una daga, la vida de Pérez. Siguiendo este hilo conductor, aunque el novelista, a lo largo del texto, describe a Pérez como un ser miserable por su vestimenta y corporalidad, reconoce su inteligencia. En este lugar (el campanario), en un primer momento, Pérez intentará erguirse con el propósito de lograr verticalizarse ante Romero.

Ahora bien, la inteligencia de Pérez (inteligencia percibida por Romero al inicio de la novela), aunque revela verdades indiscutibles, se ve anulada por su alcoholismo y mendicidad incluso por el mismo Pérez: «-Es usted inteligente, Pito Pérez, y apenas se concibe cómo malgasta usted su vida bebiendo (…) (a lo que Pérez responde) -¡Qué inteligencia ni qué demontre!» (Romero, 2007, pp. 13-14). Por consiguiente, su razón se vuelve objeto de escepticismo y negación. Sin embargo, el alcohólico, al enunciarse como amigo de la verdad, logra charlar con Romero en una iglesia

al borde del campanario (…) Mis zapatos nuevos junto a los de Pito Pérez brillaban con su necio orgullo de ricos (…) Pito los miró con desdén y yo sentí el reproche de aquella mirada. Nuestros pies eran el compendio de todo un mundo social, lleno de injusticias y desigualdades (Romero, 2007, p. 15).

A pesar de esa primera tensión entre Pérez y Romero, este último logra comprar la conversación de Pérez con bebidas alcohólicas, pero, por la crítica a su forma de vivir y de beber, así como el autodesprecio de Pérez al denominarse como «un desgraciado (…) he visto a las gentes reír con mi dolor», Romero construye y erige una verticalidad malvada al sentenciarle: «¡Así somos los hombres de malos: ofrecemos un aperitivo a un hambriento, pero nunca una pieza de pan!»(Romero, 2007, pp. 15-17). De este modo, con la verticalidad perversa de Romero, Pérez se «vuelve hacia afuera, se asoma fuera del yo” (…) hacia el exterior, ya no es recto: se inclina hacia delante respecto de la línea vertical que lo sostiene (la de Romero) y que, al permitirle equilibrarse, lo convierte en un sujeto autónomo e independiente» (Cavarero, 2016, pp. 5-6). Por eso, desde la perspectiva de Pérez, este (en su autonomía e independencia) «vende» sus recuerdos y memorias para que sean transformados en una historia novelada. Es decir, esa historia se irá consolidando a partir de la narración del continuo sometimiento de su postura, de una inclinación que en una primera lectura podía rastrearse como natural. Ello le permite a Romero comprender que la inclinación de Pérez no es una postura natural, sino artificial y que se puede seguir inclinando, flexionando y doblegando cada vez más. En esta línea, Romero se percata de que esa inclinación artificial es necesaria para alimentar su desdén hacia Pérez, pues son las paupérrimas condiciones sociales de este último las que le permiten equilibrarse y autonomizarse en presencia del novelista. Dicho lo anterior, Pérez construye un «eje vertical» precario equilibrándose en sus memorias.

Ahora bien, sus memorias son usadas en su contra al «forjar imágenes» flexionadas hacia lo retorcido y lo corrupto. Mientras Pérez rememora su vida y sus experiencias, la verticalidad de Romero lo condenará a habitar los márgenes tanto de Michoacán como de la nación mexicana en diversos lugares indecibles e indeseables. Aquí podríamos discutir si «la figura del yo erguido en posición erguida (…) está negada por naturaleza» (Cavarero, 2016, p. 9) a los sectores marginales donde la «Humanidad» (entendida como la sociedad michoacana posrevolucionaria en la novela) se erige como un ente erguido y verticalizado que, con su falsa moral, costumbres y creencias, flexiona a Pérez al abismo derrumbándolo por completo hacia la elección de una muerte voluntaria desde su juventud.

En esta línea, con el vagabundeo y el consumo desmedido de bebidas alcohólicas, Pérez emprende una travesía cuyo eje rector será la descalificación de su persona («Hilo lacre» por ejemplo5), descalificación inclinada al vicio y la corrupción. De esta manera, muchas de las situaciones vivenciadas por el protagonista concluirán trágicamente: encarcelamiento, despojos, exclusiones, amores no correspondidos y un alcoholismo que, en los últimos años de su vida, fue propiciado por el mismo Romero. Como se mencionó líneas más arriba, aunque Pérez se sabe inteligente al mismo tiempo se definirá, a sí mismo, como un loco. Y esa inteligencia será objeto de disputas en ese universo de líneas verticales y horizontales, ya que para Pérez es su intento de erguirse. Este intento de verticalización crea una serie de fricciones en Romero cuando él le cuestiona «¿Para qué le sirve su inteligencia?» (p. 16), palabras que lo inclinan nuevamente a la inutilidad. Pero ¿hacia qué tipo de inutilidad?

4. El lugar que es un «no-lugar»: la inutilidad

Anteriormente se apuntó que Pérez había mirado con desdén a Romero gracias a su calzado. Por consiguiente, el novelista representó lingüística y discursivamente a Pérez como a alguien miserable que, conforme avanza la narración, atraviesa diversos escenarios para inclinarlo, y confinarlo, hacia una inutilidad que refiere a un «no-lugar». Este «no-lugar» acontece en «sitios geográficos espontáneos marcados por acontecimientos» que se vuelve, no solo un «paradigma de los vicios», como las corrupciones, los descarríos y los excesos (véase Nava la Corte, 2019, p. 6), sino también un espacio que legitima el lugar de lo que no tiene lugar, como lo despreciable, lo desechable, lo sucio y lo mugroso. De hecho, Romero mismo consolida ese «no-lugar» con las descalificaciones a Pérez: «desapareció (…) como un centavo mugroso por la hendidura de una alcancía» (Romero, 2007, p. 17). Ello indica que el cuerpo de Pérez, en su totalidad (y ya sea con su presencia o ausencia), construye un lugar sociopolítico y cultural donde se vuelca e inclina, legítimamente, la inmundicia michoacana.

En este sentido, es posible reflexionar sobre cómo se fue construyendo Pérez a través de la mirada de Romero. El escritor se concibió a sí mismo como un poeta y un «hombre de letras» al representarse como un dandi, término que tiene que ver con la apariencia, la vestimenta y la elegancia (véase Bastida, 2016, s/p.; Nicolás, 2009, pp. 1-14.). Por su parte, Pérez, desde el comienzo de la novela, posee ecos de un dandismo inclinado hacia lo desagradable: «luciendo (…) una corbata de plastrón, que semejaba nido despanzurrado, y un clavel rojo en el ojal, como mancha de sangre sobre la sucia chaqueta» (Romero, 2007, p. 18). Ambos individuos, revestidos como letrados, humanistas y dandis, continúan el diálogo que vertebra el libro donde Romero interroga a Pérez con preguntas muy concisas. Algunos de estos cuestionamientos se vuelven controversiales porque Pérez los replica con dotes humanistas. Conoce sobre historia mexicana, letras alemanas y españolas, así como mitología griega, pero sin poseer una formación académica sólida y/o comprobable. Sin embargo, Pérez brinda pistas para deducir de dónde adquirió algunos conocimientos: en una iglesia y una oficina del gobierno. A través de la narración de un «pasado presente», un pasado que al decir de Yébenes (2023) «se entiende como lo que ha sido presente» (p. 25. Las cursivas son parte del texto), Pérez cuenta cómo la sociedad michoacana, la «Humanidad» como él la denomina, comenzará a doblegarlo e inclinarlo hacia su autodestrucción. En la iglesia experimenta el desprecio del sacerdote y de sus compañeros. En la oficina, sufre vejaciones por parte de su superior, quien se apropia de sus ideas. Cabe destacar que, por la manera en que Pérez narra sus experiencias, Romero lo yergue sarcásticamente: «¡Es usted más poeta que yo, Pito Pérez!» (Romero, 2007, pp. 25-45). Pero cuando Pérez muestra más erudición humanística, Romero lo silencia censurándolo para empujarlo y sobreinclinarlo hacia los márgenes de la sociedad michoacana. Una prueba de ello es que cuando Pérez sostiene un discurso sobre Goethe y Dante, Romero le comenta: «perdone que interrumpa sus disquisiciones diabólicas, pero estoy ávido de saber cómo fueron sus éxitos y sus desastres amorosos» (p. 49).

Conforme Pérez va rememorando su vida, en el diálogo que constituye toda la novela, su postura se va irguiendo gracias a la verticalización que Romero le otorga a medida que lo va interrogando. Pero es una verticalidad constituida a base de distorsiones y humillaciones, pues Romero dirige la conversación de forma tal que convierte a Pérez es un sujeto autónomo con tal de asegurar la reafirmación de su propia verticalidad perversa, inflexible, condenatoria y severa. Finalmente, por las tensiones con Romero, quien guiará la plática hacia la marginalidad, Pérez se verá confinado al territorio de la inutilidad, de la muerte simbólica y de la desaparición de este espacio religioso (el campanario de la iglesia), así como de la sociedad michoacana. Por tanto, nos preguntamos: ¿en qué se convierte Pérez al verticalizarse? Mientras las charlas no cesen, él no podrá detener su verticalidad. A causa de los vicios y excesos narrados en sus memorias, su eje vertical no se puede romper ni fragmentar. En este tenor, en el clímax de su postura erguida, Pérez tendrá una primera caída (Cavarero, 2016), una borradura y desaparecerá por casi diez años (ver Romero, 2007, pp. 69-75).

5. La verticalidad ennegrecida y manchada que culmina en suicidio

Posteriormente, Pérez reaparecerá nuevamente en Morelia. Cuando Romero se reencuentra con él, y lo observa, lo sobreinclina aún más cuando describe su vestimenta transformándolo en un ser despreciable que apenas puede sobrevivir: «enjuto, ennegrecido por el sol, con la cabellera tan larga que le besa los hombros» (Romero, 2007, p. 74). Dicha apariencia amenaza su equilibrio (Cavarero, 2016) y corre el riesgo de hacerlo caer nuevamente, esta vez sin recuperación alguna. Para celebrar su reaparición, Pérez acude a una taberna con Romero, quien lo vuelve a dotar de una verticalidad ennegrecida que le otorga una gran borradura. ¿Qué nos dice esta verticalidad manchada? Pérez puede embriagarse y charlar con una postura erguida, incluso con una «sensación de invulnerabilidad» (Cavarero, 2016, pp. 81-83). Así, bajo la influencia invisible de Romero, él se siente independiente, confiado y autosuficiente (Cavarero, 2016).

Pero, al ser concebido por una «Humanidad» conservadora que no tolera los vicios y abraza la falsa moral, esta última le otorga un peso enorme a su forma de vivir. Por consiguiente, lo castiga empujándolo hacia abajo para destruir su verticalidad cuando él se ve abrumado «por el peso de sus (vicios, erudición y) deseos» (Cavarero, 2016, p. 93). Es a causa del peso de sus descarríos que, de acuerdo con las creencias de la sociedad, la erudición, la verdad y la sabiduría no pueden existir en un cuerpo exconvicto, mendigo y alcohólico. Aunque Pérez lucha por mantener una postura erguida, por ejemplo, cuando Romero le advierte sarcásticamente que lo dejó «en filósofo cínico y ahora lo encuentro convertido en orador político» (Romero, 2007, p. 76), le es imposible mantener su verticalidad. Romero se la arrebata al tratar de derrumbarlo aún más con múltiples descalificaciones que se convierten en violentas sobreinclinaciones hacia la locura: «¡Pito Pérez, insigne borracho, es usted un loco!», «ahora que nos está usted contando estas cosas, Pito Pérez, ¿no tendríamos razón si pensamos que se ha extraviado la suya?». Dicho esto, Pérez le pregunta directamente a Romero por qué no puede ser considerado poeta y si él puede decirle:

cuál es mi realidad y cuál mi ficción (…) Yo estoy seguro de que existe todo lo que veo, y que la muerte me presta sus ojos para que me divierta, como un anticipo sobrenatural, con el panorama de otros mundos. (Romero, 2007, pp. 83 y 85)

Ello indica que Pérez entabla una lucha, fallida, entre la necesidad de erguirse ante el aplastamiento de la sociedad michoacana. De este modo, el novelista derrumbará a su interlocutor al categorizarlo como el otro excluible que ha estado en la cárcel y que tiene una relación sentimental con un esqueleto usado en un hospital por los estudiantes de medicina. Ello crea una fuerte tensión en el diálogo entre ambos individuos, tensión que se resolverá con el suicidio provocado de Pérez: «-¡Está usted loco de remate, Pito Pérez! (…) -Mucha conversación y poco vino- contestó Pito Pérez. -Sirva usted unas copas para todos -ordené-, aunque me parece algo paradójico brindar a la salud de la muerte. Hagámoslo por Pito Pérez y su respetable consorte…» (Romero, 2007, pp. 88-90). Decimos que es un suicidio provocado gracias a las acciones de Romero quien, al regreso de Pérez, juzga y (re)direcciona las memorias de este último para flexionarlo, y dirigirlo, hacia el desamor, el alcoholismo, la amargura, la soledad, la autodestrucción y finalmente la muerte.6 Una vez que Pérez fallece, los vecinos

descubrieron el cadáver sobre un montón de basura, con la melena en desorden, llena de lodo, la boca contraída por un rictus de amargura, y los ojos muy abiertos. (…) Una chamarra sucia y un pantalón raído, sujeto a la cintura con una cuerda, eran las prendas que cubrían el cadáver. (Romero, 2007, p. 91)

Con la narración de la vida y el suicidio de Pérez se advierte que sus diversas inclinaciones y verticalidades incitadas por otros actores sociales desembocaron en una última superposición de «múltiples líneas (…) en el mismo eje» (Cavarero, 2016, p. 86): la extinción de su vida expuesta en una «posición cadavérica»7 tal y como la describió Romero. El hallazgo del cadáver de Pérez detalla cómo ese universo de líneas trazó una serie de posturas que se inclinaron «más allá de su eje ‘natural’» (Cavarero, 2016, p. 86) a lo largo de toda su vida. Su suicidio revela una postura final totalmente horizontal y poco natural al formar múltiples líneas totalmente inclinadas y horizontales que se contraponen al eje vertical de la Humanidad, quien, a su vez, con su postura erguida, posibilitó y legitimó la autodestrucción de Pérez. Ahora bien, el cadáver de Pérez debe permanecer, necesariamente, en un «no-lugar». Mejor dicho, debe desaparecer: «Y mezcladas con el polvo de la tierra se perdieron, para siempre, las cenizas inútiles de un hombre...» (Romero, 2007, p. 93). Dicho esto, la muerte de Pérez es la culminación del universo de líneas yuxtapuestas del Michoacán conservador de la primera mitad del siglo XX.

Por otro lado, Pérez deja un testamento donde le hereda a la «Humanidad» solo amargura y amenazas, pues él argumenta que fue su víctima al despojarlo de su nombre y cercarlo como un payaso, al ser robado por ella, tanto económica como emocionalmente. Con estas palabras se descubre que en la relación de Pito con la «Humanidad», esta última, con su verticalización, lo desequilibró para su propio beneficio: obtener premios, reconocimientos, matrimonios, libertad y educación para otros individuos (Romero, 2007, pp. 91-92). En este tenor, queda expuesta como ladrona de vida y de beneficios, así como controladora y manipuladora de vidas para su desarrollo o muerte. Siguiendo este hilo conductor, en su último estertor, Pérez se asomó «fuera del yo (…) hacia el exterior» (Cavarero, 2016, pp. 5-6), para convertirse en «pura inclinación; un cuerpo atraído y doblado por la fuerza irresistible» (p. 91) de la sociedad michoacana. De este modo, el poder externo a él posibilitó que se inclinara a cometer un acto terrible, como el suicidio, un acontecimiento manipulado y controlado por la Humanidad. Dicho lo anterior, ¿la existencia de Pérez se podría definir «únicamente» por su verticalidad manchada y su sobreinclinación a la muerte? (Cavarero, 2016, pp. 92-94), ¿podría existir sin la verticalización de Romero y de la sociedad michoacana? Así, con lo analizado en este artículo, lo anteriormente descrito permite cuestionar qué tan naturales o artificiales son sus inclinaciones y flexiones hacia la autodestrucción suicida. Seguimos lo dicho por Cavarero (2016) cuando advierte que «al romper la necesidad de la verticalidad, la inclinación genera el universo visible, tanto las cosas animadas como las inanimadas: el mundo. Y, gracias a la inclinación, la humanidad misma puede cobrar vida y comenzar» ( p. 96). O, como en este caso, puede inducir agonía, autodestrucción y muerte.

6. Conclusiones

A lo largo de este trabajo se ha propuesto esbozar una reflexión que brinde nuevas explicaciones que posibiliten comprender el suicidio en las humanidades, específicamente en los estudios literarios. Y nos cuestionamos, ¿cómo categorizar aquellos suicidios disfrazados de muertes naturales, violentas, simbólicas e incomprensibles?, ¿cómo (re)leer los suicidios que conllevan acontecimientos y sucesos externos, que en realidad son procesos de muerte, que inclinan a un personaje al suicidio? En La vida inútil de Pito Pérez la fuerza de la «Humanidad» es tal que devora a sus enemigos para inclinarlos, y sobreinclinarlos, mediante una serie de flexiones artificiales para que opten por el suicidio. Para ello, la sociedad debe confinarlos poco a poco a una vida agónica, una vida miserable que acontezca en los márgenes y los «no lugares» de lo indecible, lo invisible y lo deleznable. Sin embargo, queda por profundizar con qué discursos, acciones, características y cualidades los personajes vulnerados se defienden ante el intento de doblegarlos social, cultural, política y/o económicamente. En el caso de Pérez, verdad e inteligencia fueron sus mejores armas en una sociedad corrupta, hipócrita e ignorante. Pero, por los estereotipos y descalificaciones, así como la presencia aplastante de los valores y creencias rancias del Michoacán posrevolucionario, Pérez nunca ganó esas batallas. Dicho lo anterior, las principales conclusiones apuntalan a entender la vida de Pérez como un gran proceso de autodestrucción suicida, provocado por diversos agentes y procesos político-sociales (como las ideas de Romero y el conservadurismo michoacano) existentes en la sociedad mexicana de la primera mitad del siglo XX.

Por otro lado, se podrías discutir si la apariencia, la inteligencia, la incomprensión y la intolerancia pueden ser ejes rectores que nos permitan estudiar la conformación, y consolidación, de espacios y «no lugares» sociopolíticos erigidos a partir de los personajes que optaron por el suicidio. ¿Qué políticas corporales y mortuorias encontraremos? Es decir, ¿cómo se construyen lugares a partir de lo antihigiénico, lo sucio y lo despreciable no solo de un actor social, sino de los estereotipos del alcoholismo, la mendicidad, la pobreza y el encarcelamiento? Cabe destacar que muchas de estas construcciones tuvieron origen en el contexto y las ideas latentes en el autor al momento de concebir, redactar y publicar su obra, factores que no fueron el objetivo por examinar en este trabajo. Pero valdría la pena cuestionarse si acaso Romero internalizó y reprodujo, en su producción literaria, algunas problemáticas propias del pensamiento conservador michoacano y las replicó en su novela. Es decir, hacer una historia intelectual de las obras y vida de Romero. Es posible que tales pensamientos, subjetividades podría decirse, condicionaron el desarrollo de las temáticas, personajes y narradores de sus textos. Como Romero fue un hombre cercano a la política mexicana, participó en conflictos armados y presenció diversos fenómenos sociales en su estado natal, sería importante estudiar, a futuro, las subjetividades sociopolíticas, e intelectuales latentes en su ideología. Es posible que tales ideas estuvieran presentes al momento de desarrollar no solo al personaje de Pito Pérez, sino también a sí mismo en su novela (para ahondar más en esto último, véase Murrieta, 2001, p. 211; Ceballos, 2011, p. 206). Por otro lado, es posible delimitar que tan subjetivas fueron sus ideas, pues estas permitirían comprender cómo se configuraron los discursos políticos del medio intelectual y literario mexicano del siglo XX a partir de las descalificaciones, inclinaciones y verticalidades, hacia uno o varios sectores sociales, y qué tanto las adoptó el novelista.

Ello posibilitaría preguntarnos por qué lo piensa así y no de otra manera. Con el nexo entre los estudios literarios y la filosofía se comprenden a los personajes de una obra literaria sin quebrantarlos o deconstruirlos. Mediante la inclinación y verticalización no solo podemos determinar hacia qué, o quiénes, se flexionan o yerguen, también el por qué. En este artículo se entabla una estrategia metodológica que examina, mediante un universo de líneas yuxtapuestas, la imposición de una invisibilidad y una borradura hacia el alcoholismo y la mendicidad que pareciera desembocar necesariamente en una muerte inútil. Sin embargo, La vida inútil de Pito Pérez encarna una serie de luchas por visibilizarse y erguirse ante las inclinaciones inducidas política, social y culturalmente. Tales luchas son resistencias fallidas que, como dice Yébenes (2023), revelan los pequeños destellos de vida en esas «zonas muertas» (p. 85) en esos «no lugares» de lo indecible y de la confinación a lo deleznable e invisible; resistencias que acontecen en la vida de Pérez, una vida que es un gran acto suicida. Ello puede revelar otros métodos interdisciplinarios que podrían aplicarse para elaborar nuevos análisis en diversos personajes de la literatura mexicana y latinoamericana.

Referencias

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1Concebimos estas líneas a partir del concepto unívoco que las define: la verticalidad como algo recto y erguido y la horizontalidad como algo acostado o tendido.

2A inicios del siglo XXI, en México surgió una banda de rock llamada Pito Pérez. Su álbum Con más poder contiene una canción titulada «Pito Pérez».

3Ambas posturas, presentes en esta novela, posibilitan una articulación teórica que clarifica cómo tales posiciones pueden orillar a la autodestrucción y la muerte, tanto simbólica como real, de un individuo. Dicha articulación retoma la obra de Cavarero en diálogo con La vida inútil de Pito Pérez. Es decir, el texto en sí proporciona los elementos teóricos para examinar tanto la verticalidad como la horizontalidad a partir de algunas ideas de Cavarero. Ello consolida nuestro binomio literatura-filosofía.

4Nos referimos a las ediciones de 2002, 2006 y 2017.

5Pérez explica el descontento que le causa ese apodo: «Me dicen Hilo Lacre, ¡Hilo Lacre!, apodo de barillero, de hombre zafio, y no de artista, como yo”»(Romero, 2007, p. 77). Asimismo, en los últimos intentos violentos que sobreflexionan a Pérez, Romero le dirá: «¡Desventurado Pito Pérez, su razón se enreda y se desenreda, lo mismo que una bola de hilo lacre!...» (p. 87).

6De hecho, la primera muerte de Pérez, la simbólica, se puede intuir desde el título y el inicio del libro cuando Romero define su vida como una existencia inútil.

7Por «posición cadavérica» entendemos a los «cuerpos sin vida (que) siempre adoptan una posición final (…) para lo que se toma como base el plano horizontal del cuerpo (lo que se denomina decúbito)». Véase Oviedo et. al., 2018, p. 29.

Recibido: 29 de Abril de 2024; Aprobado: 13 de Agosto de 2024

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