1. Introducción
Entre las variadas opciones de las que disponemos para definir a la sociología, una fórmula convencional es apelar a los llamados «padres fundadores»: Karl Marx, Émile Durkheim y Max Weber.1
Manuales y libros introductorios, además de programas y planificaciones de enseñanza universitaria, usualmente organizan sus contenidos a través de una sucesión de fundadores de corrientes teóricas y escuelas de pensamiento. En este tipo de textos solemos hallar apellidos casi siempre masculinos, como los de Comte, Spencer, Simmel, Mead, Schutz o Parsons, si recordamos algunas de las «celebridades» a las que apelan trabajos como los de Ritzer (1993) o Coller (2003), solo por remitirnos a dos referencias bibliográficas, una norteamericana y otra ibérica. En la Argentina, recientemente Sidicaro (2022) ha remarcado la relevancia de insistir en los tres nombres ilustres y sus proyectos político-intelectuales, debido a que sus obras todavía contienen claves para comprender el orden social contemporáneo.
Más allá de las precauciones que merecen tales propuestas (ya que, a fin de cuentas, arrastran presupuestos epistemológicos supeditados a las figuras de los «genios creadores»), cabe el interrogante acerca de la presencia de los denominados padres fundadores en discursos de otra índole. Entre ellos, la literatura puede constituirse como un ámbito de enunciación peculiar desde donde abordarlos, pues habilita la opción de dejar a un lado la circunspección inherente a los textos de enseñanza de la disciplina.2
En lo que sigue, por lo tanto, posamos nuestra atención sobre tres novelas escritas por sociólogos argentinos de diferentes cohortes: Autobiografía médica (2009 (2007)), de Damián Tabarovsky (Buenos Aires, 1967-), Besar a la muerta (2014), de Horacio González (Buenos Aires, 1944-2021), y Cataratas (2015), de Hernán Vanoli (Buenos Aires, 1980-).3 Se trata de tres ficciones en que la presentación de la sociología y de los precursores está despojada de las obligaciones de los géneros discursivos abocados a introducir y demarcar la disciplina de manera comedida. El tratamiento responde, en cambio, a reglas de composición literaria y, como veremos, tiende a aproximarse a formas humorísticas e irónicas. En particular, nos detenemos en segmentos de las novelas en que Marx, Durkheim y Weber son incorporados, por medio de distintos mecanismos, en la superficie discursiva de la ficción, ya sea mediante parafraseos (que pueden llegar a ser casi citas textuales, como ocurre en la novela de Tabarovsky), mediante alusiones explícitas en conversaciones o en flujos de conciencia de personajes, mediante referencias a conceptos esenciales de la sociología o, en el extremo, mediante la inclusión de un padre fundador como personaje fictivo (tal como acontece en la novela de González).4
2. Marx
De los tres padres fundadores de la sociología, Marx y la tradición teórico-filosófica derivada de su obra, el marxismo, ocupan un significativo lugar en las letras argentinas, por medio de una participación diseminada en diferentes ficciones contemporáneas.5 Entre diversas presencias en la forma de paratextos y alusiones, seleccionamos un escrito en que la apelación se manifiesta a través de un parafraseo -casi una cita textual-, aunque no cuenta con una atribución autoral explícita: esto es lo que sucede en Autobiografía médica (2009 (2007)), de Damián Tabarovsky.6
La trama de tal novela se centra en la figura de Dami (el nombre del protagonista y el vocablo «autobiografía» en el título indican, por supuesto, la opción de una lectura en clave de autoficción), un sociólogo que trabaja en MG, una consultora de investigación de mercado «especializada en medios de comunicación» (Tabarovsky, 2009, p. 15). Asistimos a lo que parece un momento de ascenso y reconocimiento laboral, ya que Dami es designado como subdirector de un observatorio de tendencias socioculturales. Él se encarga de ejecutar las investigaciones para los primeros clientes, «(u)n diario (…) y una compañía multinacional de ropa y zapatillas» (p. 27), y la minuciosa escritura del primer informe. Sin embargo, unos días antes de una presentación crucial ante los representantes de la empresa multinacional, siente un dolor en la espalda: una hernia de disco. La lesión le impide ser parte de la presentación, de la que se hace cargo la directora, por lo que él pierde el mérito de la investigación y del informe que había confeccionado. La situación se repite cuando se aproxima la fecha de presentación del segundo informe, aunque, en esta ocasión, la ausencia se debe a una gastroenteritis (derivada del abuso de calmantes ingeridos para mitigar el dolor de espalda previo). Finalmente, Dami es despedido y comienza un ciclo de alternancias de otros trabajos -vendedor ambulante, productor televisivo y nuevamente consultor-, que, a su vez, se interrumpen en la medida en que sucesivas enfermedades y nuevos dolores corporales generan limitaciones en el cuerpo del protagonista: en la visión (dicromatismo), en la espalda (hernia de disco), en el estómago (úlcera duodenal), en el pie (uña encarnada), en una situación de cansancio extremo generalizado (citomegalovirus) y en un sarpullido (cuyos alcances y diagnóstico exacto no llegan a ser precisados).
Lo que nos interesa en esta ocasión es, en particular, una incrustación de un parafraseo, pero que es prácticamente una cita textual, de un fragmento de El capital, de Karl Marx.7 Luego de perder su empleo como consultor, leemos un tramo de la novela en que las cavilaciones de Dami se entremezclan con las de un erudito narrador heterodiegético (y sin dudas en tensión con lo «autobiográfico» de la novela), que en varios pasajes introduce digresiones reflexivas que se separan e incluso se burlan de los pensamientos del protagonista:
«En chino, crisis significa peligro y oportunidad», pensaba a menudo (pensamiento burdo, pero ¿qué esperar de un experto en marketing?). Pero la retórica es una cosa, y el proceso de producción del capital (mercancía y dinero) es otra. La retórica funciona en el plano de las ideas, los imaginarios sociales y los discursos. (Tabarovsky, 2009, p. 77)
Inmediatamente a continuación, el narrador inserta, casi copiada, una cita de Marx, sin hacer la correspondiente atribución autoral:
En cambio, el carácter misterioso de la mercancía estriba, pura y simplemente, en que proyecta ante los hombres el carácter social del trabajo de éstos como si fuese un carácter material de los propios productos de su trabajo, un don natural social de estos objetos y como si, por lo tanto, la relación social que media entre los productores y el trabajo colectivo de la sociedad fuese una relación social establecida entre los mismos objetos, al margen de los productores. Lo que aquí reviste, a los ojos de los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre objetos materiales no es más que una relación concreta establecida entre los mismos hombres. (Tabarovsky, 2009, p. 77)8
Tras la cita casi textual, el narrador prosigue con un retorno a la situación laboral concreta de Dami: «En una palabra: estaba sin trabajo. Mucho bla, bla, bla; muy lindo todo, todas sus autojustificaciones y sus discursos, pero si en unos días no enganchaba algo no tendría con qué pagar las cuentas. La realidad se había hecho presente y ahora golpeaba a su puerta» (Tabarovsky, 2009, p. 77). La inclusión de este último fragmento, luego del pasaje copiado de Marx, implica una suerte de distanciamiento y, al mismo tiempo, otorgamiento de la razón al filósofo prusiano. Es decir, los trabajadores alienados no pueden ser conscientes de su alienación. Pero el propio narrador clausura la cita de Marx con un retorno a la apremiante situación de Dami: la necesidad de pagar cuentas no permite tomar dimensión de la alienación (y, si nos permitimos una vuelta metarreflexiva que habilita Autobiografía médica: la distancia entre vida cotidiana y teoría social puede remitir, en última instancia, a una alienación de la propia sociología con respecto a su referente, la sociedad).9
Del parafraseo casi textual de Marx inserto en Autobiografía médica, pasemos a algunas alusiones presentes en Cataratas (2015), de Hernán Vanoli.10 Con participaciones genéricas superpuestas que remiten al relato de viajes, al de aventuras, a la ciencia ficción, al policial y a la novela de espionaje, entre otras, se trata de una densa, múltiple y delirante historia acerca de un futuro distópico, pero próximo y de algún modo posible, en que el suceso que organiza la trama es un evento académico, el «XXII Congreso de Sociología de la Cultura a celebrarse en Iguazú» (Vanoli, 2015, p. 19). Ya desde las primeras páginas, nos encontramos con diversos indicadores acerca de un mundo ficticio del porvenir: un «aceite con hormonas de hipocampo» (p. 13); Google Iris (p. 13 y ss.), una extensión totalizante de Google, prácticamente yuxtapuesta a los cuerpos humanos, ya que contiene un servicio de mensajería adosado a las uñas y un visor adaptado a los ojos humanos, casi sin mediación de algún tipo de hardware; Mao, una absorbente «red social de elite» (p. 16), también caracterizada negativamente como un «gimnasio neuronal envenenado» (p. 20); y «palomas rosadas con hocico de gato y cuatro alas de mosca» (p. 16; fauna a la que más adelante se añaden otras especies: caracoles gigantes, monos araña, etcétera). Con el transcurrir de las páginas, estas apuestas imaginativas se multiplican y se manifiestan a través de una proliferación de diversos motivos y capas temáticas: nuevas enfermedades (la «esquistosomiasis derivada»), sectas, transformaciones medioambientales y urbanas, apelaciones a la historia y la política argentinas, intentos de revolución social, actos terroristas, espionaje infinitesimal, venta ilegal de datos personales, transgresiones, delitos -incluso homicidios-, turismo, paternidad, relaciones cosificadas, traiciones, etcétera, y sin olvidar, por supuesto, una de las principales dimensiones de la novela: la representación socarrona de detalles de la alienada vida académica. Dentro de esta faceta de Cataratas como novela académica, hay una profusión de nombres propios de pensadores y teorías, en buena medida debido a que el elenco principal de personajes son cientistas sociales especializados en sociología de la cultura.11
La novela no contiene alusiones al nombre de Marx, pero sí al marxismo, presente en tres ocasiones a través de los pensamientos de Gustavo Ramus. La primera se da en el marco de sus vacilaciones acerca de la presencia constrictiva de su jefe (Ignacio Rucci) en el congreso y de su proyecto vacilante de paternidad por venir. Ramus se interroga acerca de sus motivaciones para participar en las sociabilidades y las seducciones del evento académico:
Ya no tenía tantas ganas de quedarse algunas noches en Iguazú, apostado en el bar donde las investigadoras irían a celebrar su soltería relativa, llenar sus corazones de bebida y discutir los avatares del posmarxismo con un inexorable destino de sábanas transpiradas. (Vanoli, 2015, pp. 105-106)
Otra ocasión transcurre en medio de una escena de confusión: luego de ingresar en un ámbito de apuestas ilegales de riñas de palomas con hocicos de gatos, hay una intervención de «la fuerza civil de las Naciones Unidas» que usa un «uniforme militar con la pipa de Nike y cascos con visores infrarrojos» (Vanoli, 2015, p. 253). Ramus, en medio del caótico desalojo, tiene pensamientos inesperados acerca de por qué decidió convertirse en becario de investigación y, en dicho flujo desordenado de conciencia, leemos que «tuvo un momento de íntima reconciliación con el marxismo» (p. 254).12
Sin embargo, quizá la más llamativa de las tres referencias al marxismo en el flujo de conciencia de Ramus sea la segunda en orden de aparición: una llamativa ensoñación que incluye «ciegos cardúmenes de peces que masticaban fotocopias marxistas» (Vanoli, 2015, p. 242). Si vamos desde el comienzo del párrafo, la cita dice:
Gustavo Ramus imaginó que huía y nadie se daba cuenta. Su pequeño contrafrente con progresivas señales de deterioro, sus libros húmedos, su iconografía chavista cubierta de smog. Imaginó que los arqueólogos del futuro encontrarían su casa tras una violenta inundación que sepultaría Buenos Aires y luego harían un documental para Discovery Channel sobre el Homo academicus, un residuo barrido por la poderosa corriente de la selección social. Gustavo Ramus imaginó ciegos cardúmenes de peces que masticaban fotocopias marxistas. (pp. 241-242)
Este fragmento, que además contiene una prolepsis sobre la hipotética extinción de las subjetividades académicas, provoca un indudable efecto humorístico (al igual que los dos anteriores). De todas formas, la presencia de Marx, más precisamente del marxismo, se reduce a este tipo de apariciones evanescentes, apenas algunos destellos en el flujo de conciencia y de ensoñaciones de uno de los personajes de Cataratas. Algo similar ocurre, como veremos a continuación, con la fugaz aparición de Durkheim.
3. Durkheim
En oposición a Marx y el marxismo, Durkheim parecería ser, entre los tres integrantes de la «santa» tríada sociológica, el menos transitado por las letras argentinas.13 Cobra especial valor, por lo tanto, un pasaje de Cataratas en que el sociólogo francés es evocado a partir de una situación límite: un homicidio. El nombre emerge como una suerte de epifanía de Marcos Osatinsky, responsable del asesinato, que piensa en una suerte de reapropiación pragmática del legado teórico de dicho padre fundador:
La única verdad era que había matado a Ignacio Rucci y ahora debía huir. ¿Podría llegar a un pacto con la muerte? Tenía que descomponer el enorme problema en partes e irlo resolviendo de a poco, como indicaba el método científico. El asesinato era un hecho social y debía tratarlo como a una cosa, se lo había enseñado el bueno de Emilio Durkheim. El primer paso era hacer la denuncia. El segundo volver al congreso y aguantar hasta que terminase, soportar ponencias sobre temas irrelevantes y fragmentarios: la angustia del becario cifrada en un lenguaje muerto. Resistir la tentación de volverse antes y soportar la separación de Alicia Eguren, que regresaría a Buenos Aires. (Vanoli, 2015, p. 214)
En este pasaje, leemos aquella máxima establecida en Las reglas del método sociológico: la unidad elemental de lo social es el hecho social (Durkheim, 2001, ver pp. 38-52),14 al que hay que tratar como una cosa, en el sentido de que es un fenómeno dotado de una existencia real y con independencia de sus manifestaciones individuales (ver pp. 53-72).15
La referida alusión a Durkheim es la única a lo largo de Cataratas. Constituye un gesto de risible complicidad ante un eventual lector con una mínima formación en sociología y acarrea, en el contexto de la delirante novela, un indudable efecto humorístico, suscitado por la apropiación de la teoría sociológica para proyectar la consecución de impunidad en un homicidio. Este guiño cómplice es uno más entre una gran cantidad de referencias que la novela contiene sobre nombres estelares de las ciencias sociales, así como una sumatoria de modalidades de introducción de la sociología en la literatura: Cataratas también contiene construcciones de subjetividades de personajes que se apoyan y hacen catarsis desde la sociología y a pesar de ella -«El lenguaje sociológico me empobrece. No puedo ni sentir culpa» (Vanoli, 2015, p. 197), piensa Marcos Osatinsky-; también los personajes actúan a partir de los conceptos de la disciplina (en el extremo, como vimos, el método sociológico sirve para «resolver» la comisión de un homicidio); y, más allá del predominio del tono sardónico, la novela está repleta de incrustaciones de teoría social y de reflexiones sobre teoría sociológica -por ejemplo, un pasaje en que Ignacio Rucci revaloriza las teorías con metáforas organicistas, en detrimento de perspectivas sobre lo social ancladas en lo comunitario (ver pp. 110-111)-.16
En el marco de dicho sistema amplio de empleos de la sociología en función de la ficción, en este espacio nos interesa una en particular, la relativa a la «santa» tríada de aquellos convencionalmente apuntados como iniciadores de la disciplina. La fugaz aparición del nombre de Durkheim se añade a una alusión previa a Weber, así como a las ya revisadas en torno a Marx, por lo que Cataratas se convierte en una suerte de gran chiste que engloba a los tres ilustres referentes de la sociología.17
4. Weber
Antes de la breve alusión a Durkheim, Cataratas contiene una a Weber, pero no en el flujo de conciencia de un personaje, sino en una conversación entre Marcos Osatinsky y Gustavo Ramus:
Murmuraron sobre la visita de un intelectual español que había traducido buena parte de los trabajos de Max Weber al quechua, y que hacía dos semanas había hecho un escándalo porque un colega becario había llegado veinte minutos tarde a buscarlo por el hotel para un paseo por La Boca. (Vanoli, 2015, p. 63)
De nuevo, la cita es sencillamente una mención efímera, que funciona en el marco de una cuantiosa sumatoria de referencias a autores y corrientes teóricas que se suceden a lo largo de la novela. En particular, esta aparición de Weber en una conversación manifiesta una de las maneras de inserción de la sociología en la ficción: como motivo, antes que como matriz explicativa eficaz sobre el orden social. A esta dimensión de la sociología como motivo de la ficción, se añade, otra vez, el componente humorístico, en este caso vinculado con la tensión que se concentra en el intelectual español, a raíz del contraste entre su elevada erudición y su escasa competencia para desenvolverse en una situación cotidiana: el retraso de una persona para llegar a una cita -y a esto se suma, además, la breve referencia a algunas ilegítimas actividades extralaborales que ejecutan los becarios de investigación, ilustradas en este ejemplo mediante el desempeño de uno de ellos como guía turístico (el sufrimiento constante de los becarios de investigación es uno de los temas cruciales de Cataratas)-.
La presencia de Weber en una conversación inscripta en la literatura argentina ya contaba con un episodio previo, en una ficción publicada un año antes que la de Vanoli: Besar a la muerta (2014), de Horacio González.18 Se trata de una novela conversacional o, al menos, en parte conversada y en parte monologada, ya que consta de tres voces que se alternan largos turnos de habla: el Padre Poggi, el ex Padre Enrique de Santiesteban y el profesor Juan Carlos Rupestre. El primero es el anfitrión de un asado que comienza a la noche y termina al día siguiente. Los temas de la charla son la política, la religión, el peronismo, Evita, la Argentina… y también tiene su lugar de relevancia, como tema y motivo de la ficción, el dictado de clases y la vida política en la universidad. Nuestro interés en esta última cuestión implica que, en lo que sigue, nos enfoquemos en la figura de Rupestre (en parte concebible como alter ego y autoparodia de Horacio González), que es presentado como un especialista en Max Weber y, en particular, en La política como profesión, aunque en la ficción se aclara que «no se limitaba a este solo tema, de por sí sumamente intrincado a pesar de lo que piensan tanto los alumnos que lo frecuentan con desidia, como muchísimos profesores abúlicos» (González, 2014, p. 37). Así, en Besar a la muerta se reitera la figura del académico especialista en Max Weber, pero González profundiza y lleva al extremo este recurso. Nos interesamos en cuatro aspectos de este movimiento: la representación de algunas dimensiones del dictado de clases en la universidad; la inclusión en la ficción de las fichas de clase del docente; la discusión y ponderación de un concepto weberiano singular, el tipo ideal; y, por último, la aparición del propio Weber como personaje fictivo.
Las apreciaciones en torno a la vida universitaria comienzan en el segundo capítulo de la novela, en que se nos presenta a Rupestre como un profesor que se dirige, en transporte público (un colectivo de la línea 152), a dar una clase en la Facultad de Ciencias Sociales (se sobreentiende, por los datos contextuales realistas, que se trata de dicha facultad de la Universidad de Buenos Aires, en la sede de la calle Marcelo T. de Alvear, en donde, durante años, se dictaron las clases de la Carrera de Sociología). Dentro del transporte, medita de manera dispersa y revisa algunos pasajes de La política como profesión, «que una vez más intentaba repasar, como lo había hecho centenares de veces, siempre encontrando algo nuevo» (González, 2014, p. 39). Una vez en el aula, seguimos leyendo las cavilaciones del docente, centradas en una laxa reflexión acerca del momento de inicio de una clase, en que se produce el pasaje «de la no-clase a la clase», es decir, «(d)el cuchicheo disperso a la palabra del profesor» (p. 40). La meditación, en tercera persona, se interrumpe para ofrecer un pasaje a la primera (por lo que no resulta difícil, de manera análoga a lo que ocurre con la novela de Tabarovsky -y también con la de Vanoli-, la opción de leer una dimensión autobiográfica y, especialmente, autoparódica del autor). Así, leemos el ritual del avergonzado saludo y el desperezamiento previo al comienzo de la clase:
¿Quién dice esto? El profesor Juan Carlos Rupestre. Soy yo. Soy mi pobre yo, soy mi anhelo fracasado de narrar de manera omnisciente. Yo: el titular de Teoría Social Avanzada II. “¡Buenos días!” Lo más embarazoso es el saludo al comenzar la clase; no hay forma de hacerlo sin que parezcamos estúpidos. Algo se rompe del día real con este torpe augurio. Algunos responden desganadamente y tienen razón. El farfullo general cesa y ocurre un hecho sutil: el pasaje de la confusión de palabras a una palabra directriz.
El flujo de conciencia del profesor continúa con reflexiones sobre el saludo como práctica necesaria, más allá de las contrariedades que le genera, y con su negativa a tomar lista de asistencias. Finalmente, no sin oscilaciones y rodeos, Rupestre da paso a la clase, sobre la que leemos su reflexión (auto)irónica a medida que se despereza, así como el comienzo de su desarrollo oral sobre Weber:
Y bien, ahora empieza la clase, que si somos cuidadosos, debe tener un título. “Alcances del nominalismo sociológico”. ¡Voy a explicar lo que es el nominalismo! El nominalismo en Max Weber. Empiezo con voz queda y a medida que adquiero seguridad, estoy modulando mejor. “Max Weber es un pensador nominalista…”, me había escuchado decir. Sin embargo, las palabras brotan inmaduras, desarregladas. Los alumnos asisten en un hondo silencio, algunos se revuelven en sus asientos. No me entienden. (p. 42)
El fragmento copiado se halla en el final del segundo capítulo. Recién en el noveno se retoma la clase sobre nominalismo y el narrador continúa con la autoparodia levemente denigrante, en la que reconoce cierto nivel de incomprensión de sus clases por parte de los estudiantes. Además de retratar y parodiar la experiencia áulica (y la exposición docente enfocada en la teoría social y en la obra de Weber), las representaciones de la vida universitaria también se ocupan de un contexto de toma de la facultad (suerte de subtrama desplegada en los capítulos octavo y doceavo). El mayor giro humorístico se da cuando Pin Lin Chou (personaje presentado desde el capítulo quinto, anteriormente supermercadista, cuyo «bolichín había sido saqueado en una de las tantas jornadas tumultuosas que vivía el país» (González, 2014, p. 51)), luego de escuchar las clases de Rupestre y tomar apuntes, pasa él mismo a dictar lecciones sobre Weber, en el marco de una toma de la facultad. El propio Pin Lin Chou autoparodia su condición china, mofa que se expresa en el texto, por ejemplo, mediante el intercambio de las letras «r» por «l»: «Vednil buscal profesor Lupestre» (p. 182). Sin embargo, se informa a los lectores que el habla del español con acento foráneo es un efecto buscado por el personaje: «Hablá sin parodia, Pin, aquí todos ya saben que sos un eximio profesor que usa un castellano perfecto para dar clases sobre Max Weber…» (p. 182).19
El dictado de clases se vincula con el segundo aspecto que nos interesa: la inclusión, en la ficción, de fichas de clase, lo cual supone una preocupación no solo sobre la sociología, sino especialmente sobre su enseñanza. En el capítulo onceavo, el Padre Poggi le pide permiso a Rupestre para revisar sus notas. Así, a lo largo de unas páginas (ver pp. 97-104), leemos cinco fichas en torno a la obra y la vida de Max Weber (fichas que también incluyen divertidas acotaciones catárticas de Rupestre, casi como si guionara sus propios chistes): la primera versa sobre el problema del nominalismo en Max Weber (cuestión que incluye un cotejo con la obra de Jorge Luis Borges) y el concepto del tipo ideal; la segunda, sobre el precoz desarrollo intelectual de Weber -«Había leído a Maquiavelo y a los clásicos griegos a los 12 años» (González, 2014, p. 99)-; la tercera, sobre el interés de Weber en la religión y la teología; la cuarta, sobre algunos trabajos de juventud de Weber acerca de gremios medievales y campesinos en ámbitos agrarios; la quinta, sobre las relaciones tensionadas entre Weber y un renombrado poeta coetáneo, Stefan George, líder del Círculo de George.20
La inserción de fichas de clase en la ficción se conecta de manera muy estrecha con la tercera cuestión que nos interesa resaltar de Besar a la muerta: la inclusión de conceptos sociológicos. La primera de las fichas, de hecho, apunta a esta cuestión, mediante una diatriba contra todos aquellos que despotrican contra el tipo ideal,21 uno de los conceptos weberianos esenciales:
Su noción del “tipo ideal” fue criticada por todo aquel que se considerase dentro de la correcta doctrina metodológica. ¡Torpes! ¿Quién no destiló su odio o frustración profesoral a demoler alguna vez una idea simple y a la vez eficaz sobre el conocimiento? Becarios recién recibidos, sociólogos de opereta, marxistas de dos por cuatro, pensamientos parasitarios que jamás se asomaron al milagro, a la dádiva del saber, profesores malolientes que repiten en su senectud atemorizada un cliché de la época en que eran izquierdistas y proclamaban que el “tipo ideal” no puede dar cuenta de la realidad en conflicto… todos ellos, cacatúas… (González, 2014, p. 98)
Más allá del tono humorístico e irónico, la invectiva contra los detractores se orienta a defender el concepto del tipo ideal. A diferencia de Tabarovsky, que cita a Marx para distanciarse, y de Vanoli, que recuerda el concepto durkheimiano de hecho social de manera sarcástica, González opta por burlarse de quienes se mofan de dicho concepto weberiano. Así, al menos en este fragmento, la literatura se presenta como una arena extrasociológica en la cual disputar y defender conceptos nodales de la sociología -lucha que González efectúa en otros escritos ensayísticos, no ficcionales, en los que también se sirve del tipo ideal, tal como acontece en un pasaje de La ética picaresca (González, 1992, p. 90)-.
Pero la defensa en la ficción de un concepto metodológico nodal de la sociología weberiana no es el cenit de la presencia de uno de los padres fundadores en Besar a la muerta. Todavía resta la mención a un hilarante libro fictivo: «Inspirado en la clase (sobre Weber) de Pin (…), a Rupestre se le había ocurrido escribir un libro weberiano un poco en serio y un poco en solfa» (González, 2014, p. 115). En el contexto de una conversación de bar entre amigos, «Juan Carlos Rupestre anunció que estaba escribiendo un libro que había titulado Conversaciones con Max Weber, y que ya lo estaba “cerrando” (así dijo)» (p. 116). A continuación, procede a dar cuenta de los contenidos centrales de dicha creación:
Instigado a que cuente el tema del libro, Rupestre no notó ironía en ese envite y resumió: se trata de un periodista argentino de la revista Caras y Caretas, joven de 28 años, a quien en 1915 le llegan noticias en la Argentina sobre la obra de Max Weber, y se dispone a ir a Heidelberg a visitarlo y hacerle una larga entrevista sobre la nueva ciencia social llamada “sociología”. Luego de variadas peripecias lo encuentra viejo y solitario en su residencia con vista al río Neckar, y se produce un gran diálogo, en el que Weber le confiesa sus imposibilidades, las vacilaciones de su obra, los amores perdidos, el triste destino de Alemania, a la par que le hace preguntas sobre la cuestión agraria en la Argentina. El periodista responde como puede, y a su vez, como toque final, quiere saber si Weber conoce a los sociólogos argentinos, como José Ingenieros y Ernesto Quesada. ¿Qué tal? (p. 116)
Además del inexorable humor que genera el resumen del libro fictivo, suerte de autoparodia de la propia novela de González (al menos en el sentido de buscar y propiciar una conversación que no termina de fluir), Conversaciones con Max Weber incluye, en el clímax humorístico de Besar a la muerta, al mismo Weber como personaje de la ficción. Pero la apuesta humorística de González ahonda en su pulsión de risa, ya que el libro del profesor Rupestre contiene anécdotas hilarantes que son, a su vez, reivindicadas por un grupo de estudiantes y militantes políticos que reciben Conversaciones con Max Weber de manera muy optimista:
Un extraño grupo estudiantil llamado De vuelta de todo (DVT) había tomado el libro de Rupestre como libro de cabecera (…). Memorizaban trechos enteros de la noveleta, como el momento en que el periodista argentino casi se ahoga en el río Neckar y el propio Weber se arremanga los pantalones para sacarlo, gritando zweitrationaität, zweitrationaität, con lo que quería significar que esa acción era una acción racional con arreglo a fines. (p. 118)22
Inmediatamente, prosigue la recapitulación de otro episodio en que, otra vez, Weber acude al rescate del periodista argentino, que se descompone y vomita en una cena de gala. A partir de estas anécdotas de la ficción dentro de la ficción, incluso el profesor Rupestre llega a ocupar el lugar de Weber en una puesta teatral:
Estos cachivacheros episodios eran juzgados por la DVT como desacartonadores de la mala enseñanza weberiana, y en general, una alerta contra el pésimo nivel de enseñanza en la Universidad, por lo que incluso llegaron a ser teatralizados por otro grupo estudiantil que practicaba políticas alternativas de “dramaturgia implicada” -así la llamaban-, donde no vacilaron en ofrecerle el papel de “Max Weber” al propio profesor Rupestre, en gran parte debido al modo gracioso y erróneo en que este pronunciaba la palabra zweitrationaität, además, por supuesto, de ser el autor del, a esta altura, célebre y absurdo novelón. (p. 119)
Como en casi toda la novela, este fragmento da cuenta de una serie de autoironías y gestos humorísticos: sobre la enseñanza de la sociología, sobre la universidad argentina, sobre ciertos modelos de estudiantes extravagantes y, por supuesto, sobre la figura del propio Rupestre, autoridiculizado jocosamente en su papel teatral como Max Weber.
5. Conclusiones
Partimos de la observación de que la literatura puede constituirse como un ámbito de enunciación particular desde donde abordar a los denominados «padres fundadores» de la sociología. Con esta propuesta, recortamos un corpus de tres novelas: Autobiografía médica (2009 (2007)), de Damián Tabarovsky, Besar a la muerta (2014), de Horacio González, y Cataratas (2015), de Hernán Vanoli.
En nuestro análisis, nos detuvimos en cierto tipo de procedimientos de incorporación de tales figuras al discurso literario: parafraseos y citas textuales (sin atribución autoral, como ocurre en Autobiografía médica); alusiones explícitas en conversaciones o en flujos de conciencia de personajes (como aquellas que leemos en Besar a la muerta y Cataratas, en que la sociología y los sociólogos se convierten en motivo y tema de la literatura); referencias a conceptos clave (el fetichismo de la mercancía, el hecho social o el tipo ideal); incluso la introducción de un padre fundador como personaje fictivo (Weber en la novela de González).
Tales maniobras suscitan un efecto de sustracción de solemnidad, en general por medio de un tratamiento humorístico. Esto no ocurre tanto en Autobiografía médica (cuyo tono enunciativo posee una suerte de liviandad existencial, aunque sin predominio humorístico), pero sí en Besar a la muerta y Cataratas, en las que la ironía tiene una función dominante, aunque con diferente signo en cada caso. La novela de González emplea modos socarronamente simpáticos (incluso en clave de reivindicación, como sucede con la ficha de clase sobre el concepto del tipo ideal), mientras que la de Vanoli, en contraposición, es mordaz y descalificadora en su sostenido tono sardónico de representación de miserias, inquinas y resentimientos (un tono que, vale acotar, recubre no solo a los padres fundadores, sino también a los sociólogos, a las ciencias sociales y a la humanidad en general).
En las tres novelas hay una preocupación acerca de la teoría social (preocupación conectada, por supuesto, con las poéticas de jaqueo y/o borramiento de las fronteras entre ficción y ensayo que, de diferentes formas, sostienen Tabarovsky, González y Vanoli). Si bien la reflexión y la producción de conocimiento es un atributo posible de la literatura, los pasajes revisados remiten a un interés más acotado en torno a la sociología y la teoría sociológica. Así, otro factor común de estas ficciones es que apelan a conceptos y desarrollos teóricos centrales de Marx, Durkheim y Weber: en Autobiografía médica, el fetichismo de la mercancía y su secreto; en Cataratas, el hecho social y su tratamiento como cosa; en Besar a la muerta, el tipo ideal y la acción racional con arreglo a fines. La literatura, por lo tanto, habilita una preocupación reflexiva sobre la teoría social y, de manera más puntual, permite la incrustación de conceptos canónicos de la teoría sociológica (más allá de que este movimiento suele venir aparejado con una carga de humor).
Vale destacar una peculiaridad sobre Cataratas, que se desprende del desarrollo de nuestro escrito, aunque hasta ahora no lo habíamos remarcado: es la única novela en que los tres iniciadores de la sociología se hacen presentes de alguna forma, en medio de conversaciones, flujos de conciencia y ensoñaciones. Así como en la teoría sociológica son positivamente ponderados los intentos de síntesis e integración teórica (liderados por diversos referentes en la historia de la disciplina, como Parsons, Habermas o Bourdieu, entre otros), podríamos sugerir que Vanoli ejecuta este movimiento en la literatura. Sin embargo, el tono de mofa de sus alusiones acarrea que, en la ficción, al menos en Cataratas, la literatura integre a los tres padres fundadores con un resultado humorístico de tendencia un tanto denigrante.
Para casi terminar, tres oraciones de síntesis: observamos que la literatura puede funcionar como medio para quitar solemnidad a uno de los núcleos identitarios de la sociología: los denominados padres fundadores, sus obras y sus legados teóricos. El tratamiento ficcional, al menos en las tres novelas pesquisadas, posibilita un abordaje irreverente de la disciplina, en general dotado de recursos humorísticos. Ahora bien, queda planteado un interrogante concatenado (en parte consignado en la novena nota al pie), relativo a si estos modos irreverentes de convertir a la sociología en motivo y tema de creaciones artísticas no supone acaso un sutil señalamiento acerca del agotamiento de la disciplina (se trata, sin dudas, de una pregunta por demás delicada y que en este espacio apenas nos limitamos a dejar por escrito, aunque, por si hiciera falta aclarar, tampoco sabríamos responderla en caso de contar con una mayor disponibilidad de páginas).
Ahora sí, para concluir, un corolario postrero: como ya sabíamos, la literatura permite hablar de los padres y mostrarlos de una manera menos endurecida. Pero, gracias a las novelas de Tabarovsky, González y Vanoli, llegamos a saber que esta opción vale, de manera más específica, para hablar de los padres de la sociología, para reírse de ellos y, por qué negarlo, también reírnos de nosotros mismos.














