Introducción1
Las dos cartas de relación de Pedro de Alvarado que se conocen fueron escritas el 11 de abril y el 28 de julio de 1524: la primera, en Utlatán; la segunda, en la recién fundada Ciudad de Santiago. Se sabe que hubo otras dos anteriores relativas a la misma expedición, pero se perdieron en época temprana y apenas se tiene noticia de su contenido2.Dicha expedición partió de México el 6 de diciembre de 1523 con Pedro de Alvarado como teniente de gobernador y capitán general, y fue ordenada por Hernán Cortés para descubrir y conquistar las tierras en torno a las ciudades de Utlatán y Guatemala, de las cuales los españoles habían tenido noticias que eran muy ricas y estaban muy pobladas. De ahí que las cartas vayan dirigidas a Cortés, quien, antes de partir, le había ordenado aAlvarado que le hiciese relación de sus avances. En sus propias palabras (“Cuarta relación”): “También encomendé al dicho Pedro de Alvarado tuviese siempre especial cuidado de me hacer larga y particular relación de las cosas que por allí le aviniesen para que yo la invíe a Vuestra Alteza” (Cortés,1993, p.495). En suma, a pesar del poco interés que ambos textos han despertado en los estudios coloniales, se trata del testimonio de uno de los principales protagonistas de la “conquista española” y, en concreto, del primer testimonio español de la conquista o invasión de Centroamérica desde Norteamérica, las tierras que actualmente corresponden al territorio mexicano de Chiapas, Guatemala y El Salvador, y de lo que, en el periodo colonial, devino el Reino de Guatemala3.
Este trabajo se había planteado, inicialmente, un acercamiento a las cartas de Alvarado desde el paradigma actual de los estudios coloniales, esto es, tal y como se ha ido gestando esta materia desde los años ochenta, intercambiando las nociones de “autor” y “texto” por las de “sujeto” y “discurso”4.Ahora bien,a medida que se avanzaba en la investigaciónse halló que, previo al análisis del discurso y de la configuración del sujeto discursivo que lo sustenta, era fundamental repasar el estado de la cuestión y el problema textual que se deriva de lo poco atendidas que han sido estas relaciones. Es por eso queel artículo se divide, finalmente, en dos partes: una primera sobre lo que se ha hecho hasta ahora y lo que falta por hacer, con énfasis, sobre todo, en cuestiones de crítica textual que se considerananterioresa todo tipo de análisis, y una segunda que se centra en los principales rasgos discursivos que se desprenden de los dos textos, para lo cual se parte de la noción de “autor semiculto” introducida por la lingüística italiana y del concepto de “discurso caballeresco”tal y como lo han elaboradoRolena Adorno y José Antonio Mazzotti en sus trabajos. Valga insistir en que ni una parte ni otra pretenden ser, en ningún caso, exhaustivas, sino, como indica el título, “una aproximación”, de modoque los problemas y particularidades señaladossirvan de aliciente para una edición crítica en condiciones y futuros estudios más detallados5.
Estado de la cuestión
Tres son, en nuestra opinión, las posibles causas del desinterés que los estudiosos de distintos ámbitos han mostrado por las cartas de relación de Pedro de Alvarado. En primer lugar, el peso de la leyenda negra que envuelve a la figura histórica del conquistador. Leyenda que tiene, ciertamente, base real en muchos testimonios de la época, tanto españoles como indígenas (García, 1985;Restall y Asselbergs, 2007), pero que no parece haber sido suficientemente revisada desde una perspectiva crítica moderna, ni debería, en cualquier caso, ser una traba para el estudio de los textos.
En segundo lugar, cabría aducir la falta de “valor literario”de las cartas que, desde el punto de vista de la “literatura colonial”, le habría restado valor estético a estos escritos. Indudablemente,las cartas de Alvarado pueden llegar a ser decepcionantesleídas desde un punto de vista literario, sobre todo si se comparan con las de Cortés o con algún otro modelo de relación epistolar culto de la época. Así, se ha dicho que “las cualidades del conquistador de Guatemala parecen haber estado en campos muy ajenos a las narraciones histórico-literarias” (Gall, 1968, p. 74), como si fuese eso lo que se hubiese propuesto su autor, o que “el estilo de Alvarado es monótono y cansino” (García, 1985, p.109), entre otras opiniones que podrían citarse6.Mas a esto cabría objetar que depende del punto de comparación adoptado-por ejemplo, desde el punto de visto de lo oral en lo escrito, las cartas de Alvarado presentan un testimonio excepcional-, además de que, como se ha demostrado, la crítica estética es inadecuada como método para estudiar las letras coloniales (Adorno,1988, p.24). Por último, y se unen aquí los dos factores anteriores, cabría decir que las cartas de Alvarado han quedado a la sombra de las de Cortés, ofuscadas por su éxito, pues el conquistador de México alcanzó una fama y notoriedad inmediata mucho mayor que la de su compañero de armas, y esto en muy diversos aspectos, incluido el literario.
En este sentido, debe destacarse la labor de García Añoveros a mediados de los ochenta, quien, consciente del vacío historiográfico en que había caído la figura de Pedro de Alvarado, publicó en esa década varios trabajos dedicados a ahondar en el estudio del personaje (véase García en la bibliografía citada). De ellos, mención particular merece su investigación “Don Pedro de Alvarado: las fuentes históricas, documentación, crónicas y bibliografía existente” (1987a), ya que al reunir las fuentes disponibles sobre el conquistador, así como las escritas de su propia mano, facilita la tarea de los futuros investigadores que quieran adentrase en el corpus textual relativo al que fuese gobernador de Guatemala.
Sin embargo, los aportes a partir de esas fechas no han sido numerosos. Con alguna que otra salvedad, entre las que debe citarse el libro de José María Vallejo García Hevia (2008) dedicado a los juicios de residencia contra Pedro de Alvarado, siguen sin aparecer monografías sobre el autor y, particularmente en el ámbito de los estudios coloniales, apenas ha habido tres o cuatro acercamientos a sus cartas de relación:los trabajos de DonatellaFerro (1998; 1999), María Tenorio (2002) y Elba Magaña Morton (2009).De estos cuatro, los dos estudios de la primera autora son los más consistentes, aunque se posicionan todavía en una visión muy apegada al estudio de los textos como “literatura”. Basado en las definiciones de Walter Mignolo sobre los escritosde la conquista (1982), y teniendo en cuenta las cartas de relación de Cortés, Ferro(1997) trata de definir tipológicamente las dos relaciones de Alvarado, al paso que comenta el contenido de los dos escritos y el estilo del autor. Dos años después, y a raíz de ese primer trabajo, dedica un segundo artículo a la traducción al italiano que de las cartas de Alvarado hizo Juan Bautista Ramusio, cuya primera publicación vio la luzen Venecia en 1555.
El artículo de Tenorio tiene la particularidad de ser el primeroque se centra en los textos de Alvarado-no solo las cartas, también otros escritos-desde el punto de vista de los estudios coloniales actuales. Esto es, estudia a su autor como sujeto y el contenido de varios de sus textos como discurso. A partir de ahí, utilizando las ideas de Bajtín enLa cultura popular en laEdad Media y en el Renacimiento,su propósito es analizar “la corporeidad material del sujeto construido en el discurso”. El planteamiento es interesante, pero los ejemplos analizados muy pocos. El artículo es, de hecho, muy breve y, a falta de más ejemplos por analizar, las conclusiones no son iluminadoras7.
La tesis doctoral de Magaña, consciente de lo poco estudiada que había sido la figura del conquistador y los escritos de loscontemporáneos que versaban sobre él, “intenta”, según se indica en la introducción, “examinar la vida de Pedro Alvarado, su personaje revelado en sus propias palabras, y vistas, entendidas y analizadas por sus contemporáneos, y por modernos escritores de la conquista española en el Nuevo Mundo” (2009, p.9). Empero, los resultados de esta investigación son, cuando menos, dudosos, entre otras razones: por la falta de documentación, la superficialidad con que comenta algunos escritos-comentarios que devienen paráfrasis-, la redacción desigual, y lo inconsistente de sus argumentos y conclusiones8.
En resumen, en lo que se refiere a las cartas y documentos de Pedro de Alvarado que se conservan, queda aún mucho trabajo por hacer. Nadie se ha ocupado aún con suficiente ahínco de sus dos cartas de relación, objeto de estudio del presente trabajo, que se plantea más como una “aproximación” que como un estudio definitivo, entre otras cosas, por los problemas de tipo filológico que se comentarán a continuación. Igualmente, no se haconfrontado el discurso de Alvarado con los discursos indígenas que se han conservado de la invasión a Guatemala-especialmente, con el llamado Memorial de Sololá-, o el modo en que se configura el sujeto de Alvarado en sus escritos y esos textos indígenas con otras narraciones de la época. Más aún, sería de interés estudiar la forma en que, paralelamente a la configuración de la leyenda negra del personaje, se forja también una imagen cuasimitológica de él, especialmente en uno de los historiadores criollos más importantes del Reino de Guatemala, el controversial Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, quien dedicó una parte importante de su Recordación Florida a la figura de Alvarado. Por otro lado, y antes de adentrarse en el estudio de los textos, es imprescindible recalcar la falta de ediciones filológicamente fiables para llevar a cabo el análisis. Es una cuestión que no debe sorprender a nadie, pues al haber sido las cartas de relación desatendidas por la literatura colonial y la historiografía, los filólogos no se han ocupado de editar el texto convenientemente, y esta afirmación sirve para el resto de escritos conservados del conquistador. Cierto es que las cartas de relación, en concreto, se han seguido reeditando hasta tiempos recientes, pero nunca en las condiciones adecuadas, pues existen varios testimonios, impresos y manuscritos, que no han sido nunca cotejados9.
Las cartas fueron impresas apenas un año después de ser escritas: el 20 de octubre de 1525, en Toledo, junto a la Cuarta relación de Cortés y otra carta de Diego de Godoy10.Como señaló Delgado, es probable que el editor, Gaspar de Ávila, decidiese añadir las relaciones de Alvarado y Godoy para engordar el volumen, pues la Cuarta relación es de menor extensión que las dos que se habían impreso previamente (1993, p. 72)11.Una segunda edición de este libro fue impresa en Valencia el 16 de julio de 152612. A su vez, si bien los originales se han perdido, se conservan dos copias manuscritas de las relaciones en los mismos códices en que se han conservado las cartas de relación de Cortés y Godoy:son los denominados Códice de Viena y Códice de Madrid(Delgado,1993, pp.64-70)13.Aunque no se sabe con seguridad, estos manuscritos son, probablemente, transcripciones directas de los originales, al menos en el caso de las cartas de Cortés (Delgado,1993, pp.68-69), pero no hay razones para pensar que no lo sean también de las de Alvarado. Comentando los escritos de Cortés, Delgado afirma que ambos códices son independientes, pues el de Madrid “aporta datos que faltan en el de Viena” (1993, p.69). Además, su cotejo de las ediciones impresas y de los manuscritos demuestra que existen variantes importantes entre unos y otros, lo mismo que existen variantes en el caso de las cartas de relación de Alvarado, según hemos podido comprobar al realizar unas cuantas calas de prueba.
En definitiva, un trabajo de cotejo y anotación de variantes, como se ha hecho con los textos de Cortés, se presenta como una tarea imprescindible para la reconstrucción fidedigna de las cartas de Alvarado. Aún más, por trabajoso que sea, para seguir el criterio filológico más riguroso sería importante tratar de cotejar todas o el mayor número de copias impresas conservadas, a fin de ver si en el proceso de impresión se introdujeron variantes, práctica común en la época (Moll, 2000,p. 25). Por el contrario, todas las ediciones que se han hecho hasta la fecha, con la excepción de Gall (1968, pp.77-89), que publicó una versión paleográfica modernizada de la primera carta en el Códice de Viena, se han realizado a partir de la impresión de 1525 o de alguna otra que ni siquiera esespecificada, lo cual dio lugar a malentendidos y equivocaciones.Es el caso, por ejemplo, de la edición de la Biblioteca de Autores Españoles (Vedia,1852, pp. 457-462, con varias reediciones) o la de José Valero Silva (1954),las cualesreproducen los títulos de tipo descriptivo que le dio a ambas cartas el académico Andrés González de Barcia más de dos siglos después (González,1749, pp. 157, 161). Esto es, a pesar de lo que pueda creerse, esos epígrafes no son los que se le dieron en las impresiones del siglo XVI. En 1525 y 1526 las cartas solo llevaban los siguientes encabezados, respectivamente: “Relación hecha por Alvarado a Hernando Cortés” y “Otra relación hecha por Pedro de Alvarado a Hernando Cortés”. Fue González de Barcia quien en la primera mitad del siglo XVIIIcompuso los más largos y luego repetidos por muchos: “Relación hecha por Pedro de Alvarado a Hernando Cortés, en que se refieren las guerras y batallas para pacificar las provincias de Chapotulan, Checialtenengo y Utlatan, la quema de su cacique, y nombramiento de sus hijos para sucederle, y de tres sierras de acije, azufre y alumbre” y “Relación hecha por Pedro de Alvarado a Hernando Cortés, en que se refiere la conquista de muchas ciudades, las guerras, batallas, traiciones y rebeliones que sucedieron, y la población que hizo de una ciudad; de los volcanes, uno que exhalaba fuego, y otro humo; de un río hirviendo, y otro frío; y cómo quedó Alvarado herido de un flechazo”. De González de Barcia los tomó la Biblioteca de Autores Españoles, ya que reproduce, modernizado, el texto que fijó este otro; y de la Biblioteca los tomó Valero Silva, quien se limita a seguir este otro texto; pero en ninguna de las dos ediciones se encontrará comentario alguno respecto a esto14.
Por todas estas razones,es necesaria una edición filológica de las cartas de relación de Alvarado. No se han cotejado nunca los ejemplares antiguos conservados, ni se han explicado jamás asuntos fundamentales como las reglas de modernización o puntuación empleadas en la transcripción; por no hablar de la falta de una anotación coherente que aclare también problemas lingüísticos. El trabajo de análisis discursivo que sigue a continuación, como cualquier otro análisis de tipo textual que se haga o se haya hecho hasta la fecha de estos textos, queda sujeto, por tanto, a las posibles flaquezas o inconsecuencias del texto de estudio. En cualquier caso, a la espera de una edición crítica en condiciones, todas las referencias que siguen corresponden a la edición de Valero Silva de 1954, tanto por agilizar este trabajo como por facilitarle a los lectores interesados la localización de las citas (por lo mismo, se elimina el año en las referencias y se deja tan solo el número de página).Se han compulsado las citas extensas con el Códice de Viena y la edición de 1525 y, aunque se han encontrado algunas variantes, no se han anotado porque ni alteran en lo esencialnuestros argumentos ni creemos que este sea el lugar adecuado para ello.
3. Pedro de Alvarado y el discurso caballeresco
Como se mencionó, las cartas de Alvarado han sidomenospreciadas por su estilo y lenguaje en comparación con otros textos canónicos de la conquista, especialmente al compararlas con las de Cortés. Consideramos que una de las razones principales por la que esto sucede es por la incapacidad de Alvarado de reproducir exitosamente el tipo discursivo que está tratando de seguir -al menos en su forma más elaborada por la tradición culta-el de la carta de relación o carta relatoria, cuyas exigencias retóricas y estructura fundamental se conformaban según el modelo epistolar de la época(Mignolo, 1982, p. 67)15. Es decir, Alvarado no es un “experto” en la práctica de la escritura, en la producción de textos, sino, más bien, lo que la lingüística italiana ha definido como “autor semiculto”:un autor de escasa cultura, “sin formación literaria y sin práctica en el oficio de escribir” (Oesterreicher,1994, p. 158, quien reconoce igualmente que el término, por su amplitud, incluye muchas gradaciones; véase también Oesterreicher, 2004, p. 734). Así, en las cartas de relación de Alvarado son evidentes ciertos rasgos de oralidad propios de la inmediatez comunicativa: disposición y trato irregular de la materia narrada;repetición de palabras y expresiones fijas, entre las que destaca el uso abusivo del pronombre ‘yo’; uso excesivo de la conjunción ‘y’ para encadenar frases y largos periodos, a pesar de que en la época fuese práctica común; anacolutos; inconsistencia en el uso de la primera persona, que vacila entre el plural y el singular de manera incoherente, etc.
Para quien no haya leído las cartas de Alvarado, características como el uso abusivo del pronombre ‘yo’ o el de la conjunción ‘y’ pueden recordarle a las cartas de Cortés, en las que estas palabras se repiten también con frecuencia. Sin embargo, se trata de un asunto distinto. Es cierto que Cortés se dibuja también en sus cartas como protagonista prominente y cuasiúnico de sus hazañas (KrugerHickman,1987, pp.147-150), como lo hace Alvarado, pero no setrata aquí de una cuestión de contenido, sino a una serie de características estilísticas de las que no se ha hecho más que enumerar unas cuantas de forma muy genérica -en un estudio más detallado podrían indicarse muchas otras siguiendo el listado de rasgos universales de lo hablado y de variantes diatópicas, diastráticas y diafásicas que enumera Oesterreicher (2004,p. 736)-: todas sumadas es lo que nos permite definir al conquistador de Guatemala como autor semiculto. En fin, no hay espacio en este trabajo para detenerse en un estudio comparativo de los estilos de Cortés y Alvarado, pero valga recordar que lo que en uno ha sido valorado como una gran estrategia narrativa de persuasión (véase, por ejemplo, la tesis de KrugerHickman, 1987, en particular, pp. 147 y ss.) o ha sido objeto de comparación, por ejemplo, con la prosa de Julio César o la estética de Juan de Valdés (Alcalá, 1950, pp. 133-147); en el otro, por excesivamente repetitivo y desestructurado, ha dado lugar a los comentarios negativos que ya se han expuesto (supra, n. 5). Por otra parte, tampoco es el objetivo de este estudio,en este momento,comentar todos los rasgos de oralidad que se aprecian en las dos cartas de relación estudiadas, sino tan solo aquellos que se consideranmás relevantes para definir al sujeto discursivo que se desprende de ellas.
Por ejemplo, en lo que se refiere a la estructura, es evidente que el autor ha tratado de seguir unmodelo similar en ambas cartas, es posible que siguiendo una serie de preguntas especificadas por Cortés previamente16;grosso modo, el siguiente: saludo, justificación de las contiendas, descripción de las batallas, descripción del paisaje, peticiones a Cortés, despedida. En cualquier caso,la estructura encaja, en sus líneas principales, con el modelo epistolar de la época, heredero de la Edad Media: salutatio, exordium, narratio, petitio, conclusio. Empero,esta estructura está insuficientemente delimitada en el texto y es a veces contradictoria:hay digresiones exageradas y no se ofrece la misma importancia a los distintos tipos de información. Alvarado se explaya, verbigracia, en los detalles de las batallas, pero presta poca atención a la descripción del paisaje, las tierras que descubre o los individuos que las pueblan. Igualmente, se reiteran persistentemente las advertencias que dice hacerles a los indígenas, lo que justifica las posteriores batallas y las tomas de esclavos, un punto que se ahondará más adelante.
Con todo, uno de los rasgos más significativos en cuanto a la voz discursiva es el de la inconsistencia que se da en el uso de la primera persona, el cual pasa del singular al plural sin transición alguna. Este es uno de los rasgos más marcados de la oralidad y la falta de rigor con que fueron escritas estas cartas: la vacilación del sujeto discursivo entre un ‘yo’ que ‘ordena’, ‘juzga’, ‘ve’, ‘dirige’, ‘sentencia’ o ‘funda ciudades’; y un ‘nosotros’ que ‘lucha’, ‘avanza’ y ‘se defiende’ todos a una. Por supuesto, no se trata de un rasgo de estilo conscientemente buscado. La tendencia de Alvarado es a imponerse como sujeto único de la narración, como protagonista exclusivo de la expedición. Como si hubiese viajado solo, Alvarado usa el singular para exponer acciones que inexcusablemente incluían a un grupo mucho más amplio: “Y aquí estuve dos días corriendo la tierra, y a cabo de ellos me partí para otro pueblo llamado Quezaltenago, y aqueste día pasé dos ríos muy malos, de peña tajada” (p. 26). No obstante, es su inconsistencia en la escritura la que le traiciona y revela el contingente de hombres que con él marchaban. Tras lo recién citado, sigue: “Y allí hicimos paso con mucho trabajo, y comencé a subir un puerto” (p. 26). La presencia del plural aumenta significativamente en las descripciones de las batallas, pero no elimina nunca la percepción protagónica del yo singular. A modo de ejemplo:
Salieron obra de tres o cuatro mil hombres de guerra sobre una barranca, y dieron en la gente de los amigos y retrajéronla abajo, y luego los ganamos; y estando arriba recogiendo la gente para rehacerme, vi más de treinta mil hombres que venían a nosotros, y plugo a Dios que allí hallamos unos llanos, (…), los esperamos, hasta tanto que llegaron a echarnos flechas y rompimos en ellos; (…), y hicimos un alcance muy bueno, y los derramamos, y murieron muchos de ellos, y allí esperé toda la gente, y nosrecogimos, y fuíme a aposentar una legua de allí a unas fuentes de agua (pp. 26-27;énfasis propio)17.
Junto a este uso abusivo de las formas singulares en primera persona para acciones realizadas por grupos, lo que bien podrían describirse como el antónimo del plural de modestia, son remarcables las repeticiones del pronombre ‘yo’, otro rasgo de oralidad que insiste al mismo tiempo sobre el protagonismo que el sujeto discursivo se otorga-recuérdese el “carácter egocéntrico” que tradicionalmente se le ha atribuido al discurso oral (Serrano, 2014, p. 325, con referencias a la bibliografía previa)-. Por ejemplo, en la primera carta:
Y como me vieron pasado a lo llano, se arredraron no tanto, que yo no recibí mucho daño de ellos, y yo lo disimulaba todo, por prender a los señores, que ya andaban ausentados; y por mañas que tuve con ellos, y con dádivas que les di para más asegurarme, yo los prendí (p. 29; énfasis propio).
Y de forma similar en la segunda, cuando se dirige a los pobladores de Utlatán, que estaban siendo acosados por los de la ciudad de Atitlán:
Yyo les respondí que yo los enviaría a llamar [a los de Atitlán] de parte del Emperador nuestro señor; y que si viniesen, que yo les mandaría que no les diesen guerra ni le hiciesen mal en su tierra, como hasta entonces lo habían hecho; donde no, que yo iría juntamente con ellos a facerles la guerra y castigarlos (p. 36; énfasis propio).
Más aún, Alvarado no habla como representante de su ejército o sus soldados, sino como señor o capitán de ellos. Se trata de un sujeto que posee las tropas bajo su mando y que distancia a su persona de ellas constantemente. De este modo, dice:“Mis mensajeros, yo venía (…) a conquistar y pacificar [o] que de mí y de los españoles de mi compañía serían muy favorecidos” (pp. 23-24; énfasis propio)18.Y, en la segunda carta: “Hice alarde de toda mi gente de pie y de caballo” (p. 24), o “me hirieron muchos españoles, y a mí con ellos” (p. 42).
A todo lo anterior cabe añadirla gran carencia de nombres propios en las cartas. Este déficit podría contrastarse, como otras cuestiones, con la mayor frecuencia de nombres que aparecen en las cartas de Cortés, pero,sobre todo, debería compararsecon textos mucho más cercanos al de Alvarado, tanto en sus circunstancias como en su estilo y objetivo, como es el caso de la carta de Diego de Godoy impresa también en los volúmenes de 1525 y 1526. De hecho, en la primera carta solo se encuentraun nombre y no tiene ningún protagonismo, pues simplemente le sale al paso a Alvarado al explicarle a Cortés por qué no le envió el azufre que había encontrado: “Y por enviar a Argueta y no querer esperar, no envío a vuestra merced cincuenta cargas de ello” (p. 31)19. En la segunda aparecen cuatro nombres, pero son todos de capitanes, y esto porque el conquistador de Guatemala explica cómo distribuyó sus fuerzas y las órdenes que dio cuando no podía combatir por haber sido herido. Además, cabe añadir que tres de estos capitanes eran sus hermanos-Jorge, Gonzalo y Gómez de Alvarado-, mientras que el cuarto, Pedro Portocarrero, su hombre de confianza y futuro yerno (Lovell y Lutz,2001, p. 49)20.
En fin, sehan apuntado hasta aquí algunos de los rasgos del sujeto discursivo que las marcas de oralidad dejan vislumbrar. Alvarado se presenta como sujeto protagonista cuyo ‘yo’ inunda toda la narración. El ‘nosotros’ no parece más que un uso involuntario, cuya alternancia con el ‘yo’ es incoherente y propia de un registro escrito poco cuidado. Estos pocos ejemplos bastan para demostrar la falta de técnica escritural del conquistador, quien parece haber tenido un conocimiento muy básico de las fórmulas y de los recursos retóricos escritos de su época. En estas cartas todo es traslúcido, llano y directo: el interés del conquistador por justificarse, su visión protagónica y egocéntrica del mundo, incluso sus peticiones a Cortés al final de cada una, que evitan todo formulismo y van directas al grano21.Muy al contrario de las conocidas relaciones de Cortés, cuya intención y sinceridad han sido tan discutidas por la crítica-véase, verbigracia, la revisión queKrugerHickman (1987) hace de la conocida lectura de Beatriz Pastor en Discurso narrativo de la conquista de América (pp. 32 y ss.)-, no parece quedar espacio para ambigüedades o sentidos ocultos en frases tan directas como las que al final de la segunda carta le dirige Alvarado a su superior, recriminándole que no haya informado al rey de sus logros (pp. 47-48): “Y de esto nadie tiene la culpa sino vuestra merced[le dice]por no haber hecho relación a su majestad de lo que yo le he servido” (p. 47).
Cabe destacar que, al carecer del aparataje retórico de otros textos, las cartas de Alvarado se presentan como una especie de “producto en bruto”del principal discurso de la conquista. Nos referimos a lo queel profesor José Antonio Mazzotti, siguiendo a Rolena Adorno,denomina, “por comodidad operativa”, “el discurso caballeresco”(2011, pp.102-104), en el cual se refleja el pensamiento caballeresco y cristiano forjado en la Edad Media: una serie de categorías que impregnaron la mentalidad medieval y sirvieron para justificar la expansión de la Corona en América tras el periodo de la Reconquista, y cuyo tema abarcador era la cultura y la práctica de la guerra, así como la idea de expandir la religión cristiana22.A este respecto, valga insistir que el concepto de “discurso caballeresco” no se refiere a una manifestación literaria en el discurso de los conquistadores, sino, como ya se ha dicho, a una serie de categorías que impregnaron la mentalidad medieval y sirvieron para justificar la expansión de la Corona en América tras el periodo de la-así llamada-Reconquista. Esas categorías se registran en un corpus textual más amplio que el puramente literario-cuyo exponente máximo, en época de Alvarado sería el Amadís de Gaula-, incluyendo, entre otros, los tratados de caballerías medievales que escribieron Alfonso X, Raimundo Lulio y el Infante Juan Manuel (Mazzotti, 2011, pp.102-104; 2017)23.Entre los máximos representantes de ese discurso, con sus diferencias y matizaciones, Mazzotti cuentalas cartas de Hernán Cortés y la Historia de Bernal Díaz. Entre medio, como pieza indispensable en la reconstrucción de ese discurso, habría que situarlas cartas de Pedro de Alvarado24.Para demostrarlo, se comentarán varios términos e ideas clave que se repiten en sus textos, por más que esto suponga regresar a algunos tópicos frecuentes en los escritos sobre el Nuevo Mundo. Lo queinteresa destacar aquí, precisamente, es la llaneza con que queda expuesta esta serie de ideas inherentes al discurso de la conquista.
Por ejemplo, toda la sección inicial de la primera carta conservada es sintomática de esa mentalidad caballeresca a la que se ha hecho referencia, contiene muchos motivos que se repiten y desarrollan más adelante:
Y después de haber enviado mis mensajeros a esta tierra, haciéndoles saber cómo yo venía a ella a conquistar y pacificar las provincias que so el dominio de su majestad no se quisiesen meter, y de ellos como a sus vasallos, pues por tales se habían ofrecido a vuestra merced, les pedía favor y ayuda por su tierra, que haciéndolo así, que harían como buenos y leales vasallos de su majestad, y que de mí y de los españoles de mi compañía serían muy favorecidos y mantenidos en toda justicia; y donde no, que protestaba de hacerles la guerra como a traidores rebelados y alzados contra el servicio del Emperador nuestro señor, y que por tales los daba; y demás de esto, daba por esclavos a todos los que a vida se tomasen en la guerra (pp. 23-24).
Nótese la estratificación social que permea el discurso de Alvarado, harto conocida. Se trata de un orden establecido durante la Edad Media en Europa, y que el conquistador se siente obligado a instaurar y defender en las nuevas tierras conquistadas: en la cima, el “Emperador nuestro señor”; en lo más bajo, los vasallos, que deben someterse a su servicio; en el medio, como ejecutor y protector de ese orden, él y sus soldados. Si los vasallos cumplen con el emperador serán “favorecidos y mantenidos en toda justicia”, si no serán tratados como “traidores rebelados y alzados” y, en consecuencia, reducidos a esclavitud. Tal es el esquema, repetido en varias ocasiones en sus cartas (pp. 36, 41, 44), que le sirve para justificar las conquistas, las matanzas y la toma de esclavos; esquema que responde, como es evidente, a los principios jurídicos defendidos en la época por personalidades como Juan López de Palacios Rubios, y que habían dado lugar al texto del “requerimiento”25.
El suyo es, pues, el discurso de la ley y el orden, de la autoridad y la verdad. Alvarado actúa en nombre del emperador (p. 37), y esto le permite castigar o perdonar:
Y luego vinieron y se pusieron en mi poder; y yo les hice saber la grandeza y poderío del Emperador nuestro señor, y que mirasen que por lo pasado yo en su real nombre lo perdonaba, y que de allí adelante fuesen buenos, y que no hiciesen guerra a nadie de los comarcanos, pues que eran todos ya vasallos de su majestad (pp. 37-38).
Le permite, asimismo, actuar desde una posición moral superior que, a diferencia de los indígenas, conoce lo que está bien o mal y puede predicarle estos valores en tono paternalista: “Y mandé que fuesen de ahí adelante buenos” (p. 39), “y les rogué que fuesen buenos” (p. 41), “yo envié mis mensajeros a los señores de allí a decirles que no fuesen malos” (p. 44), etc.Además, existe, sin tapujos, un espíritu de conquista que solo se justifica en el servicio a la Corona: “Y deseando calar la tierra y saber los secretos de ella, para que su majestad fuese más servido, y tuviese y señorease más tierras, determiné de partir de allí” (p. 39).
A todo ello ha de sumarse la fe religiosa del caballero, igualmente convencido de que Dios está de su parte y de que es él quien le guía y ayuda en sus batallas y conquistas. Por ejemplo: “Y plugo a Dios que allí hallamos unos llanos” (p. 26),“y pienso, con el ayuda de nuestro Señor, presto lo atraeremos al servicio de su majestad” (p. 31), “y otro día de mañana nos encomendamos a nuestro Señor, y fuimos por la población adelante” (p. 37), etc. La fe religiosa de Alvarado es tal, que llega a solicitar a Cortés que organice una profesión en su ayuda:
Que estamos metidos en la más recia tierra de gente que se ha visto; y para que nuestro Señor nos dé victoria, suplico a vuestra merced mande hacer una profesión en esa ciudad de todos los clérigos y frailes, para que nuestra Señora nos ayude, pues estamos tan apartados de socorro, si de allá no nos viene (p. 32).
En este contexto, no sorprende que Alvarado se dirija a los indígenas como a infieles: “Sino que Dios nuestro Señor no consiente que estos infieles hayan victoria contra nosotros” (p. 28), lo que entronca con la mentalidad de la lucha contra los musulmanes, la filosofía de la conquista de América y la justificaciónde batallas y matanzas en el continente (a modo de síntesis puede verse:Zavala, 1947, pp. 24-41). Estees untema sobre el que giraron los grandes debateslegislativos y religiosos en la península y sobre el que insistieron los cronistas de Indias. Recuérdese la famosa afirmación de Francisco López de Gómara en la dedicatoria de suHistoria general de las Indias (1552) a Carlos V: “Comenzaron las conquistas de indios acabada la de moros, porque siempre guerreasen españoles contra infieles” (López, 1979, p. 8).
Además, todo se hace por la Corona, pero también por los méritos que se espera recibir a cambio. El de Alvarado, como el de todos, según estaba establecido desde época medieval, es un discurso que espera recibir frutos de su trabajo en forma de honra, títulos y dinero. Al final de la última carta informa que “la gente de españoles de mi compañía de pie y de caballo lo han fecho tan bien en la guerra que se ha ofrecido, que son dignos de muchas mercedes” (pp. 31-32). Y un poco más abajo, tras pedirle que hagan una procesión para recibir ayuda divina en su conquista, añade: “También tenga vuestra merced cuidado de hacer saber a su majestad cómo le servimos con nuestras personas y haciendas y a nuestra costa; lo uno para descargo de la conciencia de vuestra merced, y lo otro para que su majestad nos haga mercedes” (p. 32). Todos estos reclamos se vuelven más agrios en la segunda carta, cuando el conquistador de Guatemala le recrimina a Cortés no haber informado al rey de sus logros.
Es a partir de estas últimas recriminaciones, sobre todo, que se ha querido ver en los escritos de Alvarado una especie de competencia no declarada con Cortés (Valero,1954, p.16). Desde luego, se debe tener en cuenta, como anotan Restall y Asselberg (2007), que los efectos de la herida que sufrió el conquistador en su lucha con los pipiles parecen evidentes en la acritud con que estáredactada la segunda relación conservada (p. 42). Recuérdese que Alvarado escribe en este mismo texto:
Que me dieron un flechazo que me pasaron la pierna, y entró la flecha por la silla, de la cual herida quedé lisiado, que me quedó una pierna más corta que la otra bien cuatro dedos; y en este pueblo me fue forzado estar cinco días para curarnos (p. 42).
Algo sobre lo que vuelve a insistir en las peticiones finales: “Y cómo en su servicio [el de su majestad] me han lisiado de una pierna” (p. 47). En este sentido, es posible que frases como las siguientes no solo deban leerse a título informativo de los méritos obtenidos, sino como una demostración personal de las capacidades que el teniente de gobernador y capitán generalse asigna con respecto a su superior, fruto igualmente de su mal humor:
Que, según soy informado, es la ciudad[de la provincia de Tlapallan] tan grande como esa de Méjico, y de grandes edificios, y de cal y canto, y azoteas; y sin esta, hay otras muchas (…) [e] y crea vuestra merced que es más poblada esta tierra y de más gente que toda la que vuestra merced hasta agora ha gobernado (pp. 46-47).
Con todo, un punto más debe resaltarsesobre estas comparaciones que hace Alvarado, y es que estén dirigidas o no a demostrarle a Cortés lo que él es capaz de hacer, demuestran un cambio de referente en la mentalidad de la conquista o, en otras palabras, la consolidación verbal de una realidad.Esto se ve más claramente en la primera carta, donde parece más difícil aducir una competición entre uno y otro. Cuando Alvarado indica:“Y allí me aposenté y estuve reformándome y corriendo la tierra, que es tan gran población como Tascalteque [Tlaxcala], y en las labranzas ni más ni menos, y friísima en demasía” (p. 27), se observa que el conquistador, cuya cultura letrada parece haber sido más bien escasa, no necesitaba ya de leyendas o comparaciones con España o Europa, sino que tenían un nuevo punto de referencia para describir la realidad americana, laque habían conocido durante la conquista de México.
4. Conclusiones
Resumiendo, las cartas de Alvarado muestran un sujeto egocéntrico y protagónico, cuyo pensamiento encaja punto por punto con el discurso caballeresco elaborado en la Edad Media y perpetuado durante la conquista de América. Sin gozar del manejo de la retórica que demuestra Cortés, y careciendo igualmente del detallismo y la prolijidad narrativa deBernal Díaz, estos dos textos se muestran imprescindibles en la reconstrucción del discurso caballeresco por la inmediatez con que parecen haber sido concebidos y escritos, con lo cual se muestra el pensamiento caballeresco de uno de los protagonistas principales de la conquista. En relación con esto, la carencia de una formación letrada más amplia no le impide a Alvarado convertirse en un exponente importante de esta mentalidad.Las nociones de bien y mal que maneja el conquistador, la convicción de que lucha contra infieles y de que la Corona y la Iglesia tienen privilegio sobre esas tierras a priori, la estratificación social en que piensa el mundo, o la confianza en que Dios y el rey recompensarán sus actos en el cielo y en la tierra son algunos de los rasgos principales de este discurso. Alvarado es retratado también como un sujeto semiculto, cuyo uso de la tradición textual a la que quiere acoplarse, la de las cartas relatorias, es más bien rudimentario. Los rasgos de oralidad que se cuelan en su escritura permitenver al trasluz su persona y las categorías que ordenan su pensamiento, así como el modo en que se iba configurando en los conquistadores la realidad del Nuevo Mundo.