Introducción
Antes de la pandemia por COVID-19, la clase de educación física era la única instancia, a lo largo de la semana, donde los escolares realizaban alguna práctica de actividad física vigorosa, o que permitía el desarrollo de hábitos saludables, mediante una comprensión educativa profunda sobre los beneficios de este tipo de prácticas (Abarca-Sos et al., 2015). Sin embargo, durante la pandemia y por los motivos sanitarios que esta implicó, una de las acciones realizadas para reducir la transmisión e infección de COVID-19 fue el cierre de los centros escolares (Viner et al., 2020), por lo que los preescolares y escolares de todo el mundo tuvieron que permanecer en sus hogares (López-Gil et al., 2021). Este aislamiento modificó los comportamientos de estilo de vida, traduciéndose, habitualmente, en una nutrición poco saludable, comportamiento sedentario, disminución del tiempo al aire libre y un mayor tiempo de pantalla, conductas que pueden ocasionar un aumento en los indicadores de sobrepeso y obesidad (Balanzá-Martínez et al., 2020), así lo demuestra un estudio realizado por Pietrobelli et al. (2020) en 41 niños y adolescentes italianos con obesidad (índice masa corporal o IMC > 25 kg/m2) retirados de las actividades escolares estructuradas y confinados en sus hogares a causa de la pandemia COVID-19; indicaron un aumento significativo en la ingesta de papas fritas, carne roja y bebidas azucaradas, y una disminución en las actividades deportivas entre 2.30 ± 4.60 horas (Pietrobelli et al., 2020).
Estos efectos negativos de la pandemia por COVID-19 sobre la nutrición y la actividad física no están al margen de la realidad en Latinoamérica, ya que un sondeo rápido realizado por la UNICEF indica que uno de cada dos jóvenes de América Latina y el Caribe ha tenido dificultades al acceso a alimentos saludables y ha disminuido la actividad física (UNICEF, 2021). En el caso particular de Chile, una muestra final de 416 adolescentes (62.1% mujeres; edad 15.4 ± 2.6) respondieron una encuesta online de 47 preguntas sobre hábitos alimentarios y de actividad física; entre los resultados, se destaca que hubo un aumento (14.9%) en la frecuencia de comer viendo televisión o estudiando y un aumento en el tiempo sentado de 4.7 a 5.8 horas durante el encierro (Calabriano et al., 2022). Otro estudio (Reyes-Olavarría et al., 2020) desarrollado en la población chilena (mujeres, n = 528 y hombres, n = 172 entre 18 y 62 años) sobre los cambios en el estilo de vida (como los hábitos alimentarios y los patrones de actividad física) provocados por el encierro durante la pandemia de COVID-19, encontraron un aumento en el peso corporal asociado positivamente con el consumo de alimentos fritos (≥ 3 veces por semana), un bajo consumo de agua y un tiempo de sedentarismo ≥6 h/día (Reyes-Olavarría et al., 2020).
Para solucionar o paliar las afecciones de la pandemia en la salud física de los escolares, los centros educativos representan una oportunidad para promocionar la actividad física, porque los niños permanecen gran parte de su tiempo en ellos (Abarca-Sos et al., 2015). De hecho, la asignatura de educación física tiene como propósito que los estudiantes logren, de manera progresiva, ser personas físicamente activas y promotores sociales de un estilo de vida activo y saludable (Curriculum Nacional, 2020). En esta misma línea, Sormunen et al. (2022), plantean la necesidad de recuperar los espacios perdidos en los últimos años de pandemia, siendo uno de los puntos a considerar la importancia de los establecimientos escolares como promotores de salud. Argumentos necesarios para reestructurar la educación y los establecimientos educacionales con este propósito incluyen: potenciar los espacios de recreación, asignaturas y talleres enfocados a la promoción en salud, lo que aportaría al cuidado de la salud mental (Yüksel et al., 2020), el rendimiento escolar de niños y adolescentes, reflejados en procesos de memoria y de aprendizaje (Phillips, 2017).
Por lo tanto, la clase de educación física juega un papel clave en la promoción de la actividad física, no solo por sus beneficios para la salud física, sino también por sus beneficios para la salud psicológica y social, que también se vieron afectadas durante la pandemia en la población general y particularmente en los escolares (Gil-Espinosa, 2020). Además, desde la neurociencia aplicada a la práctica de ejercicio físico, se ha propuesto que puede mejorar el rendimiento escolar (asociado negativamente a la obesidad) porque favorece la estimulación de una proteína llamada factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF por sus siglas en inglés: Brain Derived Neurotrophic Factor) que mejora los procesos de memoria y de aprendizaje (Ramsbottom et al., 2010; Goldfield et al., 2018; Harveson et al., 2019) y también puede funcionar como un antidepresivo (Phillips, 2017).
No obstante, se deben tener algunas consideraciones previas a los nuevos esfuerzos de ejercicio físico que realicen los escolares. Chen et al. (2020) y Hammami et al. (2020), en sus estudios sobre recomendaciones en el regreso de los niños y adolescentes chinos de edad escolar a la actividad física a raíz de COVID-19, sugieren que la restauración de las actividades físicas y deportivas debe ser progresiva (aumento gradual en el número de días y cantidad de tiempo) comenzando con series o actividades cortas que sean más atractivas para los niños y jóvenes, para que eventualmente sea suficiente cumplir con las pautas o recomendación de actividad física (60 min/día, de moderada a vigorosa, incluidos 3 días/semana con actividades que permitan desarrollar un mayor fortalecimiento muscular y óseo en niños y adultos entre 6 a 17 años) mientras se minimiza el riesgo de lesiones (Chen et al., 2020; Hammami et al., 2020).
Por último, se recomienda que las clases de educación física incorporen modalidades de ejercicios con características tanto aeróbicas como de fuerza. Los ejercicios aeróbicos (por ejemplo, correr de manera continua) pueden ser de gran ayuda para reducir los efectos colaterales del síndrome metabólico (diagnóstico cuando existe un aumento de la circunferencia de la cintura combinado con cualquiera de los dos siguientes factores: alteración de los lípidos (niveles de triglicéridos ≥150 mg/dL; colesterol de lipoproteínas de alta densidad <40 mg/dL en hombres o <50 mg/dL en mujeres), modificación de la presión arterial (≥130 mmHg sistólica o ≥85 mmHg diastólica o en tratamiento para la hipertensión) o nivel elevado de glucosa (≥100 mg/ dL, incluida la diabetes)) principalmente al mejorar la pérdida de peso, reducir la grasa corporal y aumentar la masa corporal magra (Monda et al., 2020). Por otro lado, los ejercicios de fuerza en niños y adolescentes aumentan la fuerza muscular y ósea, generan cambios deseables en la composición corporal, una mejora en las habilidades motoras y el rendimiento deportivo y también el entrenamiento de fuerza es potencialmente más atractivo y fácil de administrar dentro de un entorno escolar (Yu et al., 2016). Se sugiere, además, que los programas de ejercicios de fuerza enfaticen en el fortalecimiento del núcleo (centrándose en los músculos del tronco, por ejemplo, los músculos abdominales, lumbares y glúteos) que son más apropiados para los niños, ya que benefician la adquisición de habilidades deportivas específicas y mejoran el control postural (McCambridge y Stricker, 2008).
Conflicto de interés: los autores declaran no poseer conflictos de interés.
Financiamiento: este trabajo no recibió aporte de fondos de ninguna institución, publica, privada, comercial ni sin fines de lucro.














