Introducción
En el último cuarto del siglo xviii, Europa fue escenario de un complejo y muchas veces contradictorio proceso de efervescencia intelectual, transformación institucional y conflicto ideológico. En medio del auge de las ideas ilustradas y del desarrollo de nuevas formas de sociabilidad, emergió en el electorado de Baviera una sociedad secreta que marcaría profundamente el imaginario político y religioso de la época: la Illuminaten orden, comúnmente conocida como los “Iluminados de Baviera”. Fundada en 1775 por Adam Weishaupt, esta organización promovía un racionalismo radical, hostil al dogmatismo religioso y especialmente al influjo de la Compañía de Jesús. Su meteórico ascenso, rápida expansión y posterior persecución oficial dieron lugar a un escándalo que trascendió las fronteras del espacio germánico, dando origen a una de las más persistentes construcciones ideológicas de la modernidad: la teoría del complot masónico.
Este artículo busca examinar cómo el descubrimiento, la persecución y la caída de los Illuminaten en Alemania sirvieron de catalizador para la elaboración de un relato conspirativo que no solo se consolidó en el mundo germánico, sino que se proyectó hacia Francia y otros territorios europeos. A través de una revisión crítica de fuentes impresas contemporáneas -libelos, folletos, literatura masónica- se analiza cómo diversos actores intelectuales y políticos construyeron un discurso que vinculó a la masonería, y en particular a sus corrientes místicas, con una amenaza oculta de carácter religioso y político.
El punto de partida del análisis es el conflicto entre dos sensibilidades presentes en la masonería alemana de fines del siglo xviii: por un lado, las corrientes místicas, afines a la tradición rosacruz, templaria y hermética, muchas de ellas de inspiración católica o vinculadas a tradiciones ocultistas; y por otro, la vertiente racionalista, ilustrada y anticlerical, que encontró en los Illuminaten su expresión más radical. La confrontación entre ambos bloques no solo se expresó en los debates doctrinarios internos de las logias, sino también en una lucha por el control simbólico y político del campo masónico europeo, lo cual derivó en campañas públicas, infiltraciones mutuas y una prolífica producción editorial. La guerra de escritos entre místicos y racionalistas masónicos, a menudo atravesada por acusaciones cruzadas de conspiración, fue terreno fértil para el desarrollo de narrativas de sospecha y para la creación de una memoria polémica de la masonería.
La disolución oficial de la Orden de los Illuminaten por parte del Electorado de Baviera, en 1785, lejos de sofocar el problema, alimentó las sospechas de una red subterránea de poder. A partir de ese momento, diversos autores comenzaron a sugerir que la orden no había desaparecido, sino que se había reconfigurado bajo formas aún más secretas y extendidas. En el contexto de una Europa pre-revolucionaria, marcada por el temor al desorden social, la circulación de estas ideas contribuyó a cimentar la tesis de una conspiración de inspiración masónica y racionalista que trabajaba en las sombras para subvertir el orden político y religioso establecido.
Especial atención se presta en este artículo a la forma en que este debate se trasladó a Francia en vísperas y durante la Revolución. Figuras como Jean-Joseph Mounier, Nicolas de Bonneville y el conde de Mirabeau desempeñaron un papel fundamental en la reinterpretación del conflicto masónico germano y en su adaptación al contexto francés. A través de sus escritos se consolidó la visión de los Illuminaten como mártires de la Ilustración perseguidos por fuerzas oscuras - jesuitas, esotéricos, absolutistas- y al mismo tiempo se reforzó la idea de un complot global, dirigido desde las sombras, capaz de socavar monarquías y religiones por igual.
Este trabajo se inscribe dentro de una historiografía crítica que, en las últimas décadas, ha reevaluado tanto el impacto real de la Illuminaten orden como su papel simbólico en la construcción de imaginarios conspirativos modernos. Investigaciones como las de Reinhart Koselleck, Margaret Jacob o Pierre-Yves Beaurepaire han puesto de relieve cómo las sociedades secretas fueron interpretadas como amenazas o promesas, dependiendo del horizonte ideológico de quienes las describían. Al articular historia política, historia de la masonería y estudios culturales, este artículo propone una relectura del caso bávaro como un episodio fundacional en la genealogía de las teorías del complot contemporáneas.
El enfrentamiento entre místicos y racionalistas
Los Illuminaten durante toda la década de 1780 impulsaron una campaña en contra de los de los jesuitas y de diversos grupos místicos como los Rosacruz de Oro1, a quienes denunciaban como un instrumento oculto de la compañía de Jesús. Si bien los racionalistas alemanes solían ser respetuosos de las religiones, al catolicismo lo consideraban como “el refugio natural e inviolable de la superstición”2. De este modo, Aufklarer radicales y masones protestantes se ocuparon de denunciar el complot católico3.
Para ello, publicaron numerosos artículos y libros donde revivieron una vieja teoría de 1580, publicada en el libro “Rosa jesuítica”4. El texto, sostenía que la Orden Rosacruz era un instrumento de los jesuitas que habían creado para intervenir clandestinamente en la sociedad. Esta teoría tuvo bastante eco durante el siglo xviii y sentó las bases para los ataques de los Illuminaten en contra la Compañía de Jesús.
La nueva versión de la teoría sostenía que los jesuitas luego de su disolución se mantuvieron activos en logias Rosacruz de Oro, la Estricta Observancia y en el Rito Escocés Rectificado. Vale decir, en todas aquellas corrientes místicas en boga por aquel entonces en la masonería alemana.
Para Adam Weishaupt, la disolución de los jesuitas los hizo aún más peligrosos debido a que tuvieron que realizar sus actos en las sombras. Así, a través de los Rosacruz de Oro, cooptaron todas las instancias de formación de la sociedad del Antiguo Régimen (colegios, universidades, preceptorados privados) y órganos del Estado, como la justicia, la policía, las finanzas.
Los Illuminaten comenzaron su campaña de impresos en marzo de 1781, cuando Adolph Von Knigge publicó sus primeros artículos antijesuitas en el diario “la correspondance de Schloezer” de donde destaca Tentativas des ex jesuites pour rétablir en Baviere la barbarie et l’Ordre Jesuitique. Posteriormente, gracias al apoyo de los Illuminaten, publicó dos folletos: Avertisement aux princes allemands pour les mettre en garde contre l’esprit et le poignard des Jesuites y Des Jesuites, des Francs- Maçons et des Rose- Croix allemands.
A estos impresos les siguió una obra de Johan Joachim Christoph Bode5, quien sostenía que los discípulos de Loyola inventaron la masonería durante el siglo xvii para luchar contra el protestantismo triunfante de Cromwell, y luego de la segunda revolución de Inglaterra, crearon la masonería escocesa y la templaria para trabajar en la restauración de los Estuardo y restablecer la hegemonía católica6.
En esa misma línea, otro destacado miembro del Aufklarer germánico, Frederik Nicolai, publicó traducido al francés su obra Essai sur les accusations intentées aux Templiers et surle secret de cet Ordre, avec une dissertation sur l’origine de la Franc-Maçonnerie, a través de la cual refutaba la vinculación templaria con la masonería.
En términos generales, se trataba de desarmar las bases de la masonería ocultista, denunciar la infiltración jesuítica en los sistemas de altos grados y cooptar a los miembros de la Estricta Observancia bajo el alero de los Illuminaten.
En otro frente, los iluminados se ocuparon de atacar a las corrientes de altos grados masónicos, principalmente a los de carácter católico-templario, como la Estricta Observancia, así como a las tendencias místicas y esotéricas. Además de vincularlas con los jesuitas, infiltraron sus organizaciones, se ocuparon de radicalizar las disensiones internas y los utilizaron como cantera de reclutamiento de miembros para la Orden.
Así sucedió, por ejemplo, con la obra De conventu Generali Latomorum publicada en 1782 por Jean- Pierre Louis Beyerle, en la cual atacaba duramente el desarrollo del convento de Wilhemsbad acusando a Willermoz de “destruir todos los sistemas, sin examinar las pruebas o las probabilidades, para no dejar subsistir más que uno solo”7.
Beyerle, partidario de la tendencia Templaria y miembro del Rito Escocés Rectificado, denunció públicamente a través de su impreso las tentativas hegemónicas de la Reforma de Willermoz, quien por su parte publicó al año siguiente un libro con una amplia respuesta a las acusaciones8.
Como un modo de apoyar el disenso, August von Knigge, publicó en 1784 una traducción al alemán de la obra de Beyerle.
De este modo, los congresos masónicos sirvieron como un espacio para el reclutamiento de miembros y el enfrentamiento entre posiciones antagónicas.
El convento de Wilhensbath, por ejemplo, sirvió para desafiar a las corrientes esotéricas con la finalidad de conseguir nuevos adeptos. Dentro de la minoría racionalista que asistió, destaca el asesor de la corte imperial de Wetzlar, el barón Franz Dietrich von Ditfurth, quien participó del convento como miembro de la Estricta Observancia, pero que a su vez formaba parte de los Illuminaten desde 1780.
De hecho, con su intervención en el convento se produjo el momento de máxima tensión entre la vertiente racionalista y las otras sensibilidades de carácter místico. Si bien no se conserva el texto, la reacción de Willermoz es suficientemente gráfica de su tenor:
…el hermano “ab orno” (Ditfurth) viene de exponernos un discurso escandaloso, impío, contrario a la fe cristiana y sedicioso, indigno de ser oído por masones y buenos sujetos. Por lo tanto, propongo de solicitarle que revoque su discurso y que adscriba a otros principios si él desea continuar reuniéndose con nosotros9.
Debido al escándalo que produjo su exposición, abandonó el congreso luego de responder los ataques dirigidos en su contra:
Hermanos míos, yo creía estar entre hermanos en un convento masónico y no en una asamblea católica del siglo VIII. Es por ello que yo he dado ese discurso, creyendo que si me equivocaba sería corregido con dulzura y no condenado como un herético10.
Los Illuminaten igualmente tuvieron presencia entre los Philalethes de París. En 1787 Johann Joachim Christoph Bode visitó la logia y pasó varias jornadas en sus archivos y biblioteca, con el fin de encontrar los fundamentos de una masonería pura, completamente independiente de regímenes altos grados. De allí surgió su Essai su l’origine de la Franche Maçonnerie.
Bode en París fue testigo del creciente mundo de alquímicos, esotéricos y mesmerianos magnetistas. En su diario de viaje, afirma haber alejado a los líderes de los Philalethes de sus quimeras: “tengo el placer de ver que no trabajé en vano (…) de su superstición sobre las ciencias ocultas y el bautismo, esos tres hermanos han sido ganados y están preparados para aceptar las ideas de la nueva razón sana”11.
Durante su estadía inició en el rito de los Illuminaten a Savalette de Langes, a su secretario Lesage y al financista Jean-Baptista Taillepied. Igualmente recibió a Mirabeau, a Alexandre Louis Roettiers de Montaleau (restaurador del Gran Oriente de Francia durante el Directorio), y a François Antoine Lemoyne d’Aubermesnil, consejero en el Parlamento.
Si bien a su regreso a Alemania la actividad de los Illuminaten ya estaba completamente extinguida, su viaje a París sirvió posteriormente como prueba de la influencia de la Orden en el advenimiento de la Revolución.
La caída de los Illuminaten y el inicio de la teoría del complot
A pesar del éxito que tuvo la estrategia de los Illuminaten en sus primeros años, al poco tiempo comenzaron los problemas. En primer lugar, la importante expansión que lograron en el espacio germánico no les permitió mantener el carácter secreto de la organización, por lo que el rumor de su existencia llegó prontamente a oídos de las autoridades; en segundo lugar, el combate que llevaron a cabo contra los jesuitas y los grupos esotéricos, les valió una fuerte campaña en su contra. Los Rosacruz de Oro, por ejemplo, publicaron una circular titulada “los iluminados desenmascarados” donde los acusaban de revolucionarios y ateos; en tercer lugar, la expulsión de uno de sus miembros, Joseph Ritter von Utzschneider, provocó que este acudiera a las autoridades para denunciar a la Orden y revelar sus planes.
Esto generó una reacción simultánea en el espacio germánico que desató una oleada de prohibiciones. Comenzó con la duquesa María-Ana de Baviera, quien en 1783 los acusó de mantener relaciones con el emperador de Austria, quien tenía intenciones de conquistar Alemania; luego, en 1784, el elector de Baviera, Charles Theodore, emitió un edicto prohibiendo sus reuniones.
Considerando que todas las comunidades, sociedades y fraternidades fundadas sin autorización de la autoridad pública y confirmación del soberano son ilegales y prohibidas en derecho como sospechosas y peligrosas, Su alteza electoral ha decidido no tolerarlas en sus estados independiente de cuales sean sus denominaciones y constituciones interiores, y ordena categóricamente por el presente a todos los sujetos de retirarse de toda asociación o asamblea secreta12.
Estas medidas obligaron a los Iluminados a pasar a la clandestinidad desde donde iniciaron una nueva campaña contra los jesuitas, a quienes culpaban de su persecución. La Compañía de Jesús, por su parte, respondió a los ataques, lo que produjo un acalorado debate en la prensa, tensionando con ello aún más las sospechas en contra de la Orden.
Esto motivó a que el elector de Baviera publicara otro edicto de prohibición en los siguientes términos:
…estamos vivamente afectados y descontentos al saber que las diferentes logias que se dicen de francmasones e iluminados que se encuentran aún en nuestros estados no han tenido en cuenta nuestra prohibición general publicada el 22 de junio del año pasado contra todas las hermandades no autorizadas e ilegales, que estas continúan no solamente
reuniéndose en secreto, sino que además realizan colectas y reclutan nuevos miembros, buscando así aumentar aún más el elevado número de sus adeptos. Estimamos que dicha sociedad, degenerada desde sus orígenes primitivos, es muy sospechosa, tanto en aquello que concierne a la religión como desde un punto de vista social y político, para que nosotros pudiésemos tolerarla por más tiempo en nuestros estados. Deberíamos esperar, como la experiencia lo ha probado, desafortunadas consecuencias como malestar, desorden y desconfianza general en el público, facciones en los consejos, así como en lo relativo a la religión, la justicia, las buenas costumbres y el Estado. Las prohibimos por la presente de una manera absoluta, como también toda reunión, colecta y reclutamiento de nuevos miembros. Ordenamos a todas las autoridades obedecer exactamente la ejecución de nuestras órdenes y de informarnos secretamente cualquier desobediencia. Declaramos que cualquier suma de dinero que provenga de colectas ilegales será confiscada de la siguiente manera: la mitad será asignada al fondo de pobres y la otra mitad al denunciador, igualmente si es miembro de una de dichas sociedades, con la promesa de mantener su nombre en secreto”13.
La solicitud tuvo resultado, y varios miembros de la Orden entregaron nombres con los cuales la autoridad creó una lista con los 25 jefes de los Illuminaten. Además, durante la investigación encontraron abundante material (cartas, rituales, reglamentos, discursos) lo que le permitió a la autoridad corroborar las sospechas de su carácter conspirativo e irreligioso, ya que entre los papeles había abundantes discursos donde se manifestaba que el príncipe y la religión eran opuestos al progreso de la sociedad. Igualmente, los miembros que eran detenidos realizaban declaraciones exageradas con la finalidad de conseguir el perdón de las autoridades, difamaban a la Orden diciendo que esta buscaba gobernar el mundo, incentivaban a matar, al adulterio y la sodomía14.
Los miembros en el exilio, publicaron numerosos documentos en su defensa, donde se mostraban como mártires del libre pensamiento y de las Luces, calumniados por el oscurantismo y perseguidos por un gobierno fanático. Sin embargo, el elector de Baviera los declaró como una “Orden criminal” y envió copias de la documentación incautada a las principales cortes de Europa para advertirles del peligro de los Iluminados.
De este modo, hacia 1788 la Orden prácticamente desapareció. A pesar de ello, luego de su disolución permaneció la idea de que la sociedad fue reformada adquiriendo un carácter aún más secreto y poderoso. Luego, con el advenimiento de la Revolución francesa se produjo un ambiente de terror en los países germánicos favoreciendo aún más la “leyenda negra”.
La conjunción de ambos elementos, el descubrimiento de la sociedad secreta (calificada de antirreligiosa y revolucionaria) y el triunfo de la Revolución dio paso a la teoría del complot internacional, la cual rápidamente se extendió por toda Europa.
La expansión europea del debate germano
Si bien el escándalo de los Illuminaten puso en alerta a las autoridades europeas, el hecho no pasaba de ser un asunto circunscrito al orbe germano. ¿Cómo se explica, entonces, el alcance continental que logró?
En primer lugar, tanto las corrientes masónicas místicas como las racionalistas forjaron redes de comunicación a nivel europeo, principalmente en Italia, Francia e Inglaterra, lo que facilitó el intercambio de información y la movilización de recursos a favor o en contra de la causa; en segundo lugar, la circulación de sus miembros, pero sobre todo los debates que se produjeron, reactivaron el mercado editorial masónico el cual, al estar plagado de polémicas, logró interesar a un número mayor de lectores; y tercero, a diferencia de lo sucedido en Alemania, en el orbe francés el debate estuvo controlado por sectores de las “luces radicales” quienes se encargaron de difundir las teorías del complot jesuita, acusar de charlatanería a las corrientes místicas y defender a la Illuminatenorden de la persecución que estaba siendo víctima.
El punto inicial en la expansión del debate germánico lo encontramos en la gira que realizó Joseph Balsamo, el conde de Cagliostro, quien comenzó un periplo en Roma que continuó por Barcelona, Madrid, Lisboa, Londres, Países Bajos, Alemania, San Petersburgo, Varsovia, Estrasburgo, Burdeos, Lyon y París, lugar este último donde fue encarcelado y liberado en 1785, para continuar posteriormente su viaje por Bâle, Viena, Aix-les-Bains, Turín, Rovoredo, Trento y nuevamente Roma, donde fue encarcelado nuevamente hasta su muerte15.
Durante su largo viaje, Cagliostro fue dejando tras de sí un número importante de seguidores, principalmente entre la nobleza y en las corrientes masónicas místicas, y detractores, de donde destacaban principalmente masones racionalistas y miembros de las luces radicales.
La “cultura de la movilidad”, favorecía el conocimiento de los nuevos sistemas masónicos en una amplia territorialidad, pero en círculos sumamente restringidos, específicamente entre los participantes de la masonería. Sin embargo, en algunos casos, como el del conde Cagliostro, produjo un movimiento editorial que difundió sus ideas a un nivel más amplio.
A partir de 1785, a raíz del “escándalo del Collar”16 de la reina María Antonieta, en el cual Cagliostro se vio involucrado y estuvo preso en la Bastilla por diez meses, la prensa europea comenzó a difundir noticias del conde donde advertían de los peligros de sus excentricidades, proyectando una imagen satírica del iluminismo masónico.
Así sucedió, por ejemplo, en 1785 con la comedia Le Trompeur de Catherine ii, donde lo ridiculizaban. Igualmente, en Inglaterra, comenzaron a parecer grabados satíricos burlándose de sus supuestos poderes curativos.

El grabado tiene la leyenda: “The Celebrated doctor comte Cagliostro and his assistant: making the necessary preparations for admis- sion into the ancient Order of Egyptian free masonry” (London, 1784).
Imagen 1: Grabado satírico del conde Cagliostro 1784
A nivel editorial, el revuelo que causó el escándalo produjo una nueva ola de publicaciones las cuales, en primer lugar, daban cuenta de los vínculos de Cagliostro con la masonería, para posteriormente centrarse en las críticas de los masones al régimen inventado por el conde. Así, solo en 1785 encontramos impresos en Londres, Hamburgo, Konigsberg, Varsovia, Viena, París, Estrasburgo, Kehl, Francfurt, Leiden17.
Además del usufructo editorial, los miembros de las corrientes masónicas racionalistas, como el conde de Mirabeau, quien al parecer fue miembro de los Illuminaten, aprovecharon el escándalo para expandir la crítica por Europa contra el iluminismo.
En un impreso de 1785 titulado Lettre du compte de Mirabeau à M… sur M.M. Cagliostro et Lavater, el autor critica a Cagliostro, a quien considera como un simple estafador, un charlatán, a quien no le cree en absoluto “sus descubrimientos sobre la piedra filosofal, sobre los medios de prolongar y de eternizar la vida humana y de evocar a los muertos ilustres”18.
A pesar de ello, con el tiempo la imagen del conde fue cambiando, y al momento de escribir su carta, Mirabeau denuncia que ahora lo trataban como “un hombre prodigioso, un benefactor de la humanidad, un filósofo, un sabio, que va a renovar el horrible drama de Sócrates al beber la cicuta”19.
Para dirigir el debate, y de este modo revertir la opinión favorable que en algunos círculos encontraban las tendencias iluministas, Mirabeau analizó varias publicaciones relativas a Cagliostro y dio cuenta que en su gran mayoría se trataba de apologías infundadas. De hecho, puso en evidencia como se omitía en la literatura los numerosos relatos de estafas, préstamos impagos y huidas de países en los que incurrió el conde.
Paralelamente, desarrolló una tesis respecto al surgimiento de estos “profetas místicos” en el orbe germano a quienes vinculaba, al igual que lo hizo la Illuminatenorden, con un complot jesuita:
…los jesuitas tienen diferentes tramas secretas en los países protestantes, donde para saciar su sed de proselitismo, o para ganar una influencia que repare sus desgracias y restablezca con resplandor su sociedad bastante dispersa como aniquilada. Suponemos que para ese objetivo desplegaron un gran número de emisarios cuya principal característica es su pretendida habilidad en las ciencias ocultas, y la curiosidad crédula de los grandes, a quienes ellos saben exaltar la imaginación, fascinar el espíritu, captar la confianza. Parece que M. Meiners ve en Cagliostro a uno de los principales órganos de esa extraña misión.
(…) esa opinión sobre las pretendidas maquinaciones jesuíticas, que todo hombre sensato que no habita en los países situados entre el Rhin y el Danubio, tomara quizá como una visión absurda, es, sin embargo, la de un gran número de hombres sabios moderados, instruidos20.
Por último, el autor se lamenta por el crecimiento de “supersticiosos” (rosacruces, cabalistas, iluminados y alquimistas) y por el hecho de que esas “extravagancias hayan adquirido en Alemania un gran favor”. Si bien no apela a su prohibición, sí exige a las autoridades que, así como los tolera,
haga lo mismo con sus críticos:
…toleren a Cagliostro, toleren a Lavater, Toleren a Sailer, pero toleren también a aquellos que les denuncian como insensatos, porque se resisten a denunciar que son unos sinvergüenzas21.
Así como Mirabeau desde 1785 se encontraba en Prusia al servicio de Federico Guilermo ii, lo que le permitió vincularse con la intelectualidad racionalista y difundir sus ideas en Francia, hubo eminentes miembros de los Illuminaten que salieron del espacio germánico y con ello expandieron su esfera de influencia. Así fue el caso de Jean- Joachim- Christophe Bode, quien en 1787 viajó a París, se vinculó con los miembros de los Philalethes, específicamente con Pierre Paul Savalette de Langes.
Bode, como hemos visto, fue uno de los principales autores de la teoría del complot jesuita a quienes les atribuía una importante influencia en la masonería inglesa y alemana. De hecho, para él las corrientes masónicas místicas eran una “depravación”, ya que eran enemigas de la filosofía de las luces y del liberalismo22.
De este modo, al término de su estadía en París, hizo pública su satisfacción por haber convencido a los franceses de alejarse de las corrientes masónicas:
Mi objetivo principal aquí ha sido un éxito. A mi llegada, supe que el escrito que había enviado, sin saber aun que vendría, había sido leído y había dejado una buena impresión, lo que es muy bueno entre los franceses, quienes son impacientes e inconsistentes. La búsqueda de la alquimia, de la cábala, de la teosofía, de la Teúrgia y de toda suerte de finas ciencias ocultas tenía un objetivo entre estos conventuales, Ellos se han convencido de haber sido hasta ahora unos tontos y han decidido consagrar su tiempo y su espíritu a cosas que podemos alcanzar y que son más útiles a la sociedad humana. Desde ese punto de vista, estoy feliz de mi viaje23.
Bode tenía por finalidad reivindicar la “masonería primitiva” y suprimir los sistemas de altos grados, los cuales eran para él la puerta de entrada a las corrientes esotéricas, místicas y alquímicas. Para Bode, la masonería era simplemente una escuela de virtud, de sabiduría y de búsqueda de la verdad24.
Si bien los vínculos que permitieron la expansión del debate eran fundamentalmente masónicos, existió igualmente cercanía intelectual y amistad, lo que favoreció abrazar la causa de las “luces radicales” germánicas y difundir la teoría del complot jesuita.
Así fue el caso de Nicolas de Bonneville, quien en 1788 publicó Les jésuites chassés de la maçonnerie et leur poignard brisé par les maçons, donde difunde su versión de la teoría del complot jesuita. En el libro, el autor mezcla la teoría de la Compañía de Jesús con la tesis templaria, ambas de origen germánico, para mostrar “las intrigas empleadas por los jesuitas para plegar las alegorías y las iniciaciones de la orden militar de los templarios a los cuatro deseos de la compañía indestructible”25.
De este modo, los jesuitas habrían creado en 1582 los grados rosacruz con la finalidad de cooptar a los masones; y luego, crearon los grados superiores para dirigir secretamente a la masonería. Para demostrar el cambio en la dirección, se basa en la obra de Prichard de 1730, la que ocupa de ejemplo de cómo era la masonería antes de las desviaciones jesuíticas.
Si bien el libro no puede ser catalogado como antimasónico, además que todo indica que Bonneville se inició en la masonería en Inglaterra en 1787, la obra fue mal recibida por los masones. De hecho, el orador de la Cámara de provincias del Gran Oriente de Francia en 1788 prohibió la distribución del prospecto entre los miembros y la logia la Réunion des étranger, rechazó la dedicatoria que Bonneville les hizo en el prólogo del libro26.
Lo relevante de este texto es que Bonneville trasladó el debate germánico al orbe francófono, ampliando con ello la espacialidad del conflicto y la argumentación crítica contra las corrientes masónicas místicas. En segundo lugar, da cuenta de las redes masónicas personales e intelectuales forjadas a raíz del enfrentamiento entre racionalistas y esotéricos. De hecho, la obra de Bonneville tomó prestado muchos de los argumentos del libro de Bode27 (Essai sur l’orige de la franche- maçonnerie), y al mismo tiempo Bode, en 1788, tradujo la obra de Bonneville al alemán y la publicó en Leipzig, alimentando con ello el debate a favor de los Illuminaten.
En la misma línea apareció al año siguiente la obra monumental del conde Mirabeau De la monarchie prussienne sous Frédéric le Grand, en la que le dedicó un apartado al iluminismo.
En el texto, Mirabeau desarrolla la teoría del complot jesuita para explicar el surgimiento del iluminismo en Alemania. Al respecto, comenta que cuando se divulgó la noticia de que Federico Guillermo era francmasón, que tenía “una muy grande logia en Charlottenbourg˝, y había iniciado al príncipe Guillermo de Prusia, su hermano, el “marcgrave” Charles de Brandebourg y al duque Federico Guillermo de Holstein- Beck, se produjo un crecimiento explosivo de la orden ya que “todo el mundo quería ser francmasón”28.
Posteriormente, luego de la guerra de 1755, apareció un grupo dirigido por unos supuestos “superiores desconocidos” con la misión de reformar la masonería y volverla a su “antigua pureza”. Destaca entre estos el barón von Hund, quien inició al duque de Brunswick, dando vida a la “Estricta Observancia” corriente que sostiene que los masones eran la continuidad de los templarios.
Aquí comenzaría, según Mirabeau, “la historia de un delirio” de “charlatanes que dicen conocer el secreto de la vida eterna y la creación de piedras preciosas (alquimia)”29.
Frente a ese escenario, donde la masonería ha sido desnaturalizada y entre las autoridades prima la superstición, para el autor la creación de sociedades secretas era el único camino para enfrentar al despotismo:
…supongamos que hombres virtuosos bajo un gobierno duro, ignorante, despótico, opresor, inclinado a la superstición, al fanatismo, que por lo tanto se mostrará cobarde y querrá culparlos de querer realizar un cambio en tal orden de cosas? ¿Quién tendría el despreciable coraje de reprobar tal objetivo, el cual en todos los tiempos ha inspirado las bellas almas, los grandes hombres, los genios? Tentarlo abiertamente, seria querer destruir ese proyecto desde su nacimiento. Nosotros suponemos que entonces, en tal objetivo, uno recurre a las sociedades secretas, si el gobierno persiste en sus principios30.
Ahora, el modelo asociativo solo se justifica según sus fines, cuando estos persiguen combatir al oscurantismo, allí el secreto era un excelente aliado para el bien. Sin embargo, cuando la sociedad secreta se formaba para divulgar la superstición, constituía una herramienta sumamente peligrosa:
…cuando uno reflexiona que se trata de una sociedad que muy probablemente tiene un proyecto infernal de hundir a los hombres en la cloaca de la superstición, de intoxicarlos de fanatismo, de gobernarlos mediatamente por su jefe, como el imbécil indio del Paraguay, que esta sociedad, completamente indiferente en sus medios, profunda en sus engaños, inalterable en su paciencia, infatigable en su perseverancia... uno teme a la idea de las sociedades secretas31.
De este modo, el conde Mirabeau preparó el terreno para el argumento central: reforzarla tesis del complot jesuita y defender a los Illuminaten de las acusaciones que se hacían en su contra. En el primer punto, cita las obras de Nicolai, Bode y Bonneville para concluir que el complot jesuita era un hecho irrefutable
…mil hechos sorprendentes, mil conjeturas, donde la reunión forma un cuerpo de probabilidades muy importantes, muestran que la francmasonería no sería otra cosa que una afiliación de la orden de los jesuitas, originalmente formada en Inglaterra, expandida después a otros países32.
Pero el punto relevante es que en Baviera al descubrirse esta trama oculta un grupo de “hombres iluminados, virtuosos, celosos por el bien de la humanidad” decidieron crear la sociedad secreta de los illuminaten, con la finalidad de enfrentar el peligro al que se vieron sometidos luego del acceso al poder de Maximilien Joseph, nuevo elector de Baviera, quien hizo de su gobierno “el imperio de los sacerdotes”.
…los jesuitas quieren encadenar a los hombres a los altares de la superstición y del despotismo, los iluminados creen que utilizando los mismos medios, la prudencia, el tiempo, la perseverancia, ellos podrían torcer la ventaja de sus adversarios al no tener ningún rito exterior que los distinga
(…) Su sistema se basaba en atraer jóvenes y conducirlos alalectura, a instruirse, a reflexionar. Luego de formarlos en sus principios, ingresaban a la masonería con la finalidad de hacer que dichas instancias se dediquen a cosas realmente útiles a la humanidad
(…) se trata de hacer un vínculo universal, que una un muy grande número de personas esclarecidas en los lazos primitivos de fraternidad e igualdad.
A través de esta buscan llevar los conocimientos útiles hasta el pueblo, introducir la razón, el buen sentido y un sano conocimiento de los derechos de los hombres33.
Así, Mirabeau presenta a los Illuminaten como mártires de las luces frente al fanatismo y superstición promovido por corrientes esotéricas que no eran otra cosa que una manifestación encubierta de la Compañía de Jesús. De allí que no duda en calificar la persecución del gobierno de Múnich en contra de los Illuminaten como un procedimiento “escandaloso y tiránico”, ya que la Orden tenía como único fin el “de oponer, a través de una sociedad secreta, un obstáculo a la opresión y el fanatismo”34.
Hasta aquí la producción editorial francesa se mostraba a favor de los Illuminaten y eran muy críticos con las corrientes místicas. Sin embargo, en 1788 apareció una obra que desde un punto de vista más bien moderado criticaba el uso de las sociedades secretas. Su autor, Joseph-Niklas zu Windisch-Graetz, chambelán de María Antonieta, analiza el problema de los Illuminaten, tanto de las condenas existentes, como de los textos que sus integrantes publicaron en su defensa.
En relación al texto de Adam Weishaupt, Apologie der Illuminaten, de 1787, plantea que concuerda plenamente con los ideales que reivindica el autor y recomienda su lectura, e inclusive sostiene que de esta se desprende que los Illuminaten “probablemente han sido indignamente calumniados”. Sin embargo, duda de los principios morales que estos reivindicaban, ya que no tendrían una base sólida, debido a que prescinden de la “espiritualidad del alma y de la existencia de Dios”35.
Debido a esta falencia, considera peligroso el modo de organización secreto, ya que la obediencia ciega a sus líderes podría devenir perfectamente en subversión contra el gobierno. De allí que independiente de los fines altruistas que indujeron a los miembros a formar esta sociedad, rechaza el uso del secreto tanto por las sospechas que genera, como por su potencial desviación política.
En 1789, en vísperas de la Revolución, apareció una obra que marcaría el inicio de la teoría del complot. Su autor, Jean Pierre Luchet, quien paradójicamente era masón, a su regreso a París, luego de estar al servicio de Enrique de Prusia, publicó Essai sur la secte des Illuminés.
Luchet denuncia una conspiración llevada a cabo desde Alemania por el “iluminismo”, sin embargo, debido al alcance de nombre, fusiona las corrientes místicas denominadas de esa manera con la Orden de los Illuminaten, fenómenos ideológicamente opuestos que el autor considera como uno solo36.
Luchet era un miembro de la “república de las letras”, era cercano a Voltaire y participó en numerosas sociedades como la academia de Marsella, la academia d’Erfurt, la sociedad real de Lunebourg, la sociedad patriótica de Hesse-Homburg, el Instituto de Bolonia, fue secretario permanente de la sociedad de anticuarios de Cassel, bibliotecario de Federico II de Hesse- Cassel y director del teatro francés.
Su trayectoria personal le daba un mayor nivel de credibilidad a su historia, la cual buscaba prevenir a las autoridades europeas del peligro que acechaba en las sombras: “Los reyes mismos son los más interesados en cortar los pies de ese árbol envenenado, cuyas raíces tocan los infiernos y la cabeza hace sombra a su trono”37.
Su ensayo es cercano a los trabajos de Mirabeau y Bonneville, por ejemplo, comparte las analogías entre iluminados y jesuitas. Sin embargo, se diferencia de estos en que hace extensiva su critica a los Illuminaten. En su texto manifiesta su desprecio por la teosofía y el ocultismo y considera que estos se desarrollaron en Alemania debido al carácter nacional, el cual “se presta para las ideas místicas, debido a que la servidumbre inhibe los espíritus libres. Existe conexión entre la libertad de pensar y la libertad civil”38. Refiriéndose a la conspiración en marcha sostiene:
…pueblos seducidos, o que puedan serlo, sepan que existe una conjuración a favor del despotismo contra la libertad, de la incapacidad contra el talento, del vicio contra la virtud, de la ignorancia contra la luz! se ha formado en el seno de las más espesas tinieblas, una sociedad de seres nuevos que se conocen sin ser vistos, que se entienden sin explicaciones, que se ayudan sin amistad. Dicha sociedad tiene por objeto gobernar el mundo, apropiarse de la autoridad de los soberanos, usurpar su lugar y no dejarles nada más que el estéril honor de portar su corona. Esta adopta del régimen jesuítico la obediencia ciega y los principios regicidas del siglo XVII. De la francmasonería, sus pruebas y las ceremonias exteriores39.
Luchet ve un peligro en la instrumentalización que se ha realizado de la masonería, la cual “presta, sin saberlo, sus misterios, su lenguaje enigmático, sus signos, sus cifras”40. De hecho, el impreso tenía por finalidad contener a las corrientes místicas y conspiradoras que existían al interior de la masonería, como una manera de mantener la pureza de la Orden, ya que para el autor un iluminado era:
…un ser débil, crédulo, inclinado a creer todo lo que le dicen, un espíritu repleto de visiones, de quimeras, de conjeturas, de ideas fuera de la naturaleza, cerrado a todo lo que afirma la historia de siglos precedentes, rechazando todo aquello que no ha sido anunciado por los oráculos o revestido de una formula milagrosa, un hombre que no hace nada por sí solo y que obedece solo a la voz de los delatores, donde las guías principales son consejeros fantásticos41.
Para llevar a cabo su cometido, hacía un llamado para formar una liga de escritores que investiguen y los refuten públicamente, que descubran todos sus secretos y divulguen sus misterios ya que, según Luchet, “basta darlos a conocer para desacreditarlos”. De hecho, plantea cinco puntos para hacerles frente: que los hombres de letras revelen sus errores; inspirar el gusto por la lectura para evitar la ignorancia y ese tipo de engaños; mejorar el sistema de educación; reformar la masonería y eliminar las corrientes místicas y esotéricas; y poner en ridículo a los iluminados a través de sátiras y el teatro.
Paradójicamente, debido al éxito de la obra (esta fue reeditada en 1790 y 179242), se sentaron las
bases de la que será, posteriormente, la teoría del complot masónico.
Conclusión
La historia de los Illuminaten de Baviera y su impacto en el espacio político, religioso e intelectual europeo entre 1775 y 1792 constituye mucho más que un episodio marginal en la historia de las sociedades secretas. Su emergencia, expansión y posterior represión permiten comprender cómo el siglo xviii -lejos de ser exclusivamente el tiempo de la razón y la transparencia- fue también el siglo de los secretos, de los temores inconfesables y de los relatos ocultos. En ese sentido, la Illuminaten orden operó como un catalizador que precipitó el conflicto latente entre racionalismo y misticismo dentro de la masonería, entre ilustración y contrailustración, y entre modelos alternativos de sociabilidad política y cultural.
Uno de los principales hallazgos de este trabajo es que la configuración de la teoría del complot masónico no fue simplemente un producto de la imaginación de sectores conservadores o reaccionarios, sino el resultado de un enfrentamiento real y profundamente ideológico entre corrientes divergentes en el seno de la masonería. El discurso racionalista de los Illuminaten, lejos de ser marginal, fue una estrategia de intervención en el campo masónico y en la esfera pública más amplia, mediante la cual intentaron disputar la hegemonía simbólica y organizativa a las corrientes místicas y católicas. La acusación contra los jesuitas y los rosacruces de ser agentes de oscurantismo encubierto respondió a una estrategia consciente por deslegitimar a las órdenes tradicionales, socavar sus redes de influencia y consolidar un nuevo proyecto cultural y político acorde con los ideales del Aufklärung radical.
Paradójicamente, el despliegue de esta estrategia produjo un efecto inverso: al denunciar el supuesto complot jesuítico, los Illuminaten terminaron siendo acusados de formar parte de un complot aún más subversivo. Su lenguaje militante, su estructura jerárquica, su práctica del secreto y sus vínculos con la masonería les hicieron blanco perfecto de las sospechas del poder político y de los sectores religiosos más conservadores. Así, la teoría del complot que habían contribuido a consolidar terminó siendo dirigida en su contra, acusándolos de querer destruir la religión, derribar las monarquías y subvertir el orden establecido. En este giro irónico, puede rastrearse el nacimiento de una gramática conspirativa moderna, en la que los enemigos del sistema son representados como agentes invisibles, organizados en redes internacionales, dotados de un conocimiento exclusivo y animados por un proyecto mesiánico de transformación radical.
El caso de la difusión del conflicto alemán en Francia refuerza esta lectura. La recepción francesa del escándalo bávaro, lejos de limitarse a una reproducción mecánica de los hechos, implicó una resignificación del episodio dentro del contexto de la inminente Revolución. La intervención de autores como Mirabeau, Bonneville o Luchet muestra cómo el debate sobre las sociedades secretas y su potencial transformador o subversivo se convirtió en una clave interpretativa para entender el proceso revolucionario en curso. De un lado, los Illuminaten fueron exaltados como mártires del libre pensamiento; del otro, fueron denostados como agentes del caos. Esta ambivalencia no solo alimentó una creciente polarización ideológica, sino que fijó una matriz narrativa que sería replicada en los siglos siguientes: la de una sociedad secreta que actúa desde las sombras para modificar el curso de la historia.
Más allá de la contingencia política de la época, la proyección del caso Illuminaten permite observar una serie de mecanismos que serían fundamentales en el desarrollo posterior de las teorías del complot. Primero, la inversión de la sospecha: quienes denuncian una conspiración terminan siendo objeto de la misma acusación. Segundo, la fetichización del secreto: la imposibilidad de verificar las intenciones y actividades de una sociedad secreta la convierte en terreno fértil para toda clase de elucubraciones. Y tercero, la construcción de enemigos absolutos: ya sean los jesuitas, los masones, los iluminados o los revolucionarios, el discurso complotista necesita antagonistas totales, dotados de un poder que desafía la lógica y la evidencia empírica.
Desde el punto de vista historiográfico, este episodio nos obliga a repensar las relaciones entre ilustración y conspiración, entre racionalismo y esoterismo, entre modernidad y sospecha. El siglo xviii, con su exaltación del conocimiento, la razón y el progreso, no eliminó las estructuras narrativas del secreto ni los lenguajes de la sospecha; por el contrario, los reconfiguró. Como ha demostrado la historiografía más reciente, la modernidad no solo dio origen a nuevas formas de visibilidad pública, sino también a nuevas formas de invisibilidad estratégica. Las sociedades secretas, en este sentido, no fueron un residuo del pasado medieval, sino un dispositivo moderno que permitió explorar formas alternativas de organización política, de producción de sentido y de intervención histórica.
Finalmente, al estudiar el caso de los Illuminaten como momento fundacional de la teoría del complot masónico, se hace evidente que no estamos frente a un fenómeno puramente ideológico o discursivo, sino ante un dispositivo complejo que articula temores sociales, conflictos políticos y proyecciones simbólicas. En un mundo en transición, donde las jerarquías tradicionales comenzaban a resquebrajarse y las nuevas aún no se consolidaban, el lenguaje del complot ofreció una explicación simplificadora, emocionalmente potente y políticamente funcional. De allí su perdurabilidad.
Comprender el origen y desarrollo de este lenguaje, como propone este artículo, es una herramienta indispensable para desentrañar las genealogías del pensamiento político contemporáneo y para advertir los riesgos de una cultura pública atravesada por la sospecha permanente.















