Sencillo homenaje a las mujeres pobres
A todos los objetos se les asigna una significación, pues, desde el momento en que se construyen y se nombran, interviene, por un lado, la abstracción para su elaboración y, por otro, la capacidad simbólica cuando se les asigna un signo para clasificarlos y asumirlos como parte de la cultura. En este texto, quisiera compartir cierta visión acerca de un objeto que se viene utilizando desde la antigüedad.
Un Origen Imaginario
A falta de una sistematización que nos aclare tanto su aparición como su evolución, nos conformaremos con dos posibilidades legendarias.
La versión Oriental
Dice una leyenda que la concubina del emperador era una niña joven muy hermosa. Había llegado a palacio porque el monarca, en una de sus salidas a inspeccionar su reino, se enamoró de su delicadeza, pues le recordó la flor del cerezo. Tierna e insignificante si está sola, tenue en un rosado que no hiere la vista; su presencia enloquecedora acompaña y llena de alegría el final del invierno. Desde que la vio, ya no pudo pensar en los asuntos que demandaban su atención. Asomado a una ventana, sentía como el amor lo envolvía en sus fragancias; solo pudo comparar lo que le pasaba con aquellos bosques que se habían vestido de rosado para aliviar la pesadez del invierno. Su nuevo amor era como las flores del cerezo.
No tardó mucho tiempo en mandarla a buscar. Al fin la obtuvo y se convirtió en su favorita. La emperatriz, que no le había dado aún herederos, tuvo agujas en el corazón; los celos la atormentaron al punto que ideó artimañas y juegos invisibles para tornarla infeliz.
La joven se paseaba sola un día por los jardines del palacio; llenaba su alma con el festejo de aquella primavera para aliviar su ánimo adolorido por una envidia que no se merecía. Ella, apenas despuntaba a la vida; además, no había decidido su suerte para nada. Ella fue mirada, escogida y comprada a unos padres que se regocijaron doblemente: por lo recibido y por la buena fortuna de su hija.
En aquel jardín, se respiraba una armonía juvenil como la otorga siempre la primavera. Bordeaban los senderos la mil y una variedades de lilas, su mirada no sabía distinguir dónde había más belleza si en esas tonalidades que rodeaban las lagunas o, en estas mismas, en las que flotaban las flores de loto abiertas, ofreciéndose como una dádiva sin plegaria. Su mente navegaba en esos amarillos y rosados, a ratos era como un colibrí que volaba de un color a otro, ya se posaba en los amarillos y rosados de los lotos, ya iba como poseída a aletear en torno a los hibiscos1que la llamaban con sus campanas tropicales.
En aquel éxtasis, ella pidió a los dioses un regalo para su señor con el cual festejarlo para ganarse aún más su corazón. Pasando las yemas de sus dedos por las flores para empaparse de aquella suavidad, recordó la textura de sus sedas, con las que su señor la halagaba. En medio de aquella sensación, en la que sus manos se deslizaban por los pétalos como lo hacían por sus vestidos, no pudo dejar de preguntarse por qué sus vestidos no eran lisos y tersos como las flores. Ella quería para su señor una vestimenta lisa, sin arrugas, para despejar los diseños de tanto pliegue y arruga que afeaba la seda.
Si la inspiración de los diseñadores eran los jardines, pues trataban de copiar en los vestidos la gala de las flores, por qué no alisaban aquellos horribles pliegues. Regresó a palacio, fue a las estancias donde las esclavas y los servidores tejían y diseñaban prendas. Después de pruebas, aciertos y desaciertos, una sirvienta tuvo la ocurrencia de probar aquel recipiente con el fondo plano y caliente. El primer resultado fue chamuscar la seda; obtuvo una reprimenda del jefe del taller, pero enterada la concubina del experimento, quiso ver otras pruebas y, al fin, surgió el instrumento idóneo para alisar la seda. Era un recipiente redondo, con un mango largo, cuyo depósito se llenaba con brasas de carbón, con el cual se lograba dejar bien planchada la seda.
¡Imaginen cómo habrá halagado al emperador aquella joven innovadora de la técnica!
Una Versión Griega
En el relato anterior, la plegaria fue escuchada y los dioses protegieron a la concubina. No siempre los dioses se comportaron con tanta benevolencia.
Una historia muy diferente viene de otros lares. Cuenta otra leyenda que una de las tantas ninfas habitante de fuentes y ríos se paseaba feliz por un bosque de adelfas en flor. En primavera era cuando las ninfas salían de las aguas para entonar sus cantos como llamado a todos los seres vivos al encuentro festivo y al goce. Esta se hallaba recogiendo un ramo de adelfas blancas y rosadas para dejarlo ir en la corriente del agua como una forma de halagar a Poseidón, su padre. Aunque no vivían en el mar, sino en los lugares de donde brotaban las fuentes que se iban convirtiendo poco a poco en ríos, era su manera de halagar y recordar al dios de las aguas.
En esos afanes se encontraba, cuando escuchó el canto de una alondra muy cerca; sabía muy bien que estas aves solo suben a las montañas por algo inusitado, por lo que puso atención. Su amiga no estaba ahí por casualidad, había remontado vuelo para avisarle algo. No estaba equivocada. Zeus mismo se hallaba cerca y pronto a violarla. Pero la ninfa, sintiendo el peligro, volvió al agua y se diluyó. El dios de dioses podía metamorfosearse para lograr sus propósitos como lo había hecho siempre, pero no podía diluirse.
Furioso emprendió el viaje hasta el mar profundo para ordenarle a Poseidón la entrega de la ninfa. A este no le quedó más que obedecer los designios de Zeus y fue hasta la fuente para capturar a la bella ninfa.
Cuando Zeus la obtuvo, satisfizo sus deseos como lo solía hacer y, después, como doble castigo llevó consigo a la ninfa y se la entregó a Hera como su esclava.
Hera, siempre celosa y posesiva, estuvo meditando varios días la manera de estropear la belleza de su nueva esclava para impedir que su marido continuara fijándose en aquella. Un día se acercó hasta los recintos de Hefestos para verlo trabajar en la fragua y consultarle qué dañaría más a una bella criatura si el fuego o la piedra. Viéndolo trabajar ideó su plan. Le pidió a Hefestos que le prestara uno de los discos que en ese momento labraba. Hefestos, ignorando los deseos de su madre, lo terminó y le hizo una empañadura liviana para que pudiera jugar con él sin problemas.
Hera, sin decirle a nadie su objetivo, llamó a su nueva esclava y le dijo que la requería para que la ayudara en una tarea. Lo fue probando poco a poco sobre la esclava para medir hasta qué temperatura alcanzaba a quemarla y estropear su lozanía. Mientras ensayaba su plan, contempló maravillada cómo la tela del peplo de la ninfa se iba estirando y alisando. Dice la tradición que de los celos de Hera surgió una rudimentaria forma de planchado en la antigüedad. Un disco caliente se deslizaba sobre el tejido para eliminar sus pliegues.
El cuento no aclaró nunca si la ninfa fue quemada y deformada su belleza. Lo que sí se sabe es que Hera la convirtió en su aplanchadora oficial; fue la envidia de las demás diosas, hasta que Afrodita pudo indagar su secreto y lo dio a conocer entre todas las diosas y las humanas.
¿Dónde Situar El Origen De La Plancha?
Ciertamente, en la antigüedad, tanto en China como en Grecia, hubo unos instrumentos usados como planchas rudimentarias. Ambas fantasías sitúan el principio de dicho utensilio en las esferas míticas o en los espacios palaciegos y como parte de la rivalidad femenina impuesta por el poder patriarcal. La rivalidad de las féminas no es gratuita, pues pretende relacionar ese objeto con la competencia por aparecer más bellas frente a la mirada masculina. Desde mi perspectiva, únicamente la vanidad y el deseo de lucirse en las festividades públicas o privadas ha de haber dado origen a una serie utensilios que fueron evolucionando para acabar en las planchas eléctricas que conocemos actualmente.
Lo que sí es muy probable es que fuera un instrumento de trabajo para que las esclavas -o en ciertos casos los esclavosalisaran la ropa para sus señorías, tanto mujeres como varones. Solo el parasitismo humano pudo haber ideado un mecanismo de esa índole. Pues nadie puede hallar placer y regocijo en estar de pie durante horas y horas repasando una ropa que se arrugará irremediablemente apenas se empiece a usar. Como los hades y los infiernos, en su mayoría, han sido concebidos por los varones no existe el castigo de pasarse la eternidad planchando ropa que usarán otros y otras; pero debería de existir para quienes han satisfecho su egolatría narcisista haciendo trabajar a las desvalidas y pobres mujeres, de esta manera purgarían y se enterarían lo que debe ser eso de terrible.
Existen varios museos que muestran colecciones de planchas, ahí se ofrece una evolución bastante clara del utensilio. Sin embargo, ningún museo, que yo sepa, incluye una muestra del deterioro de la salud de quienes tenían o tienen todavía que ejercer esa forma moderna de esclavitud, pues nunca es remunerada en proporción a su dureza, al agotamiento que produce y a los perjuicios en la salud. ¿Existirán estudios para cuantificar las horas de planchado al día en proporción al deterioro físico y a la remuneración, cuando la había?
Los objetos se exhiben fragmentados de los procesos en los que circulan y adquieren diferentes significados, pues no es el mismo objeto en una casa de mediados del siglo XIX a una de este siglo ni tampoco representa el mismo símbolo para una explotada que para una mujer que nunca tuvo que tocar una plancha porque siempre recibió su ropa lista para ser usada. Las manos no solo expresan un lenguaje gestual, han sido esculpidas por el ocio o por el calor de una plancha de carbón, después de haber pasado una jornada completa entre el agua y el jabón.
Pensar en un museo de la plancha que reproduzca al fabricante, al o a la compradora y a la usuaria de la misma, nos proporcionaría realmente una visión integral de su inserción en la cultura. Actualmente, esos museos se ofrecen como un atractivo turístico para apreciar rarezas. Mostrar a una aplanchadora del siglo XVIII en plena función con los objetos existentes, recibiendo las órdenes de su patrona nos proporcionaría una imagen más cercana a su sentido social.
Como no existe tal museo, sí podríamos imaginar, por lo menos intentar, cómo habrá sido la aplanchada de las mujeres que “lavaban ajeno”. Era costumbre de quienes podían pagar contratar mujeres que lavaban y entregaban la ropa aplanchada. Precisamente esa fue la razón de construir lavaderos públicos a principios del siglo XX. Esas mujeres llevaban la ropa ya lavada y seca para realizar el resto en la casa.
¿Cómo eran las planchas en ese momento? ¿Usarían todavía la de hierro que se ponía sobre brasas hasta que tuviera el calor necesario? Debían poseer varias planchas de ese tipo para tenerlas en el fuego porque se enfriaban y había que turnarlas para llevar a cabo la tarea. Las idas y venidas entre el lugar donde planchaban y las brasas en que estas reposaban debía proporcionar un cansancio adicional; por lo demás, había que estar probando el calor de la plancha antes de posarla sobre la tela para no chasparrear una prenda que no les pertenecía y que, probablemente, les cobrarían. Además, ¿cuánto pesarían? ¿Cuántos accidentes ocasionarían como quemaduras o heridas porque una plancha de esas le caía encima a la trabajadora? No deben existir estudios; eso fue parte del universo personal y esos traumas sociales no han de haber suscitado ningún interés o muy poco. Por otra parte, la superficie de la plancha debía mantenerse limpia y pulida en todo momento. ¿Con qué y cómo limpiaban semejante superficie sacada de las brasas?
¿Cuántas mujeres quedaron con el rostro deformado por una parálisis por haberse expuesto al frío después de una sesión de planchado?
Son preguntas sin respuesta aparente.
En 1936, ya estaban usando la plancha de carbón. Carmen Lyra, en Palco de platea en el cielo, hace una referencia a una de este tipo que descansa únicamente el día que se le murió el hijo a la dueña. Es decir, aparentemente, las lavanderas trabajaban todos los días de la semana. La plancha de carbón se consideró un adelanto; sin embargo, no dejaba de acarrear molestias y problemas, las chispas que salían de la misma han de haber quemado más de una prenda; supongo que tendrían que planchar con trapos que cubrirían las piezas para no dañarlas con las chispas o con la ceniza que se producía constantemente conforme se gastaba el carbón; son posibilidades imaginadas.
¿Cuántos días de la semana dedicaban a lavar y cuántos a planchar? Eso para quienes ya estaban incorporadas a un mercado laboral. Para las otras, todas aquellas que hacían labores muy similares para diez, once y hasta dieciocho hijos, cómo serían esas jornadas de lavar. ¿Aplancharían? ¿Les quedaría tiempo para aplanchar?
Quizás podríamos decir que era un lujo dedicado a quien podía pagar. No se puede afirmar ni negar. Todo eso se fue en la niebla que envuelve siempre al anonimato. Las labores domésticas han sido menospreciadas e invisibilizadas; sin embargo, sostienen la vida de los seres humanos. Toda la labor de las mujeres trabajadoras en torno a la preservación de la especie humana ocupa un eslabón muy bajo en la consideración social.
Entre lavada y aplanchada, las mujeres trabajadoras iban completando la enciclopedia que nunca podremos recomponer de sabidurías ancestrales que habían ido caminando por huertos y caminos, por montes y valles, por cocinas y corredores, por santuarios indígenas o africanos y hasta por romerías y sacrilegios. De madres a hijas o entre vecinas y otras familiares iban tejiendo la vida, la salud, la educación y la higiene para conservación de la especie humana.
Las planchadoras han de haber tenido su recetario particular de cómo limpiar planchas, cómo cicatrizar quemaduras a base de achiote u otros ungüentos y, sobre todo, cómo dejar la ropa como si la hubieran alisado las hadas madrinas de un cuento en que ellas nunca serían las protagonistas.
Han de saber que la ropa además de lavarla mucha de ella se almidonaba antes de plancharla. Sí, se engomaba, así se decía. ¡Engomar ropa! Caprichos de las señoras enriquecidas y enloquecidas, de los maridos o de las mismas planchadoras que se veían en aquella ropa como narciso en su laguna. ¿Quién lo sabrá? La cuestión es que había que preparar el almidón en agua al fuego para darle su punto exacto. Cuando estaba listo el menjurje aquel, se sumergía la prenda y después se planchaba con un trapo encima de la prenda para no ensuciar la plancha, que siempre se ensuciaba y había que rasparla y recomponerla con un cabito de candela.
Las lavanderas, después de un día de lavar a mano la ropa, llegaban a la casa a aplanchar los motetes que habían cargado en la cabeza. Una noche o al día siguiente se dedicaban a engomar ropa para después plancharla. No es una película de terror, era la jornada de una mujer pobre.
Había unos pantalones de varón, de una tela llamada caqui, duros y fuertes porque eran prendas de trabajo. Pues esos pantalones también se engomaban antes de pasar a la plancha.
Eso era una parte de la jornada…
El silencio siempre ha marcado con sello de fuego a las mujeres pobres.
Redoblan los silencios
Los silencios rondan las paredes.
Se sumergen como comején en los armarios.
Buscan los escondrijos más inusitados
para atacar desde ahí y lanzar las saetas envenenadas.
Las ganas de contar lo que les sucede quedan heridas
como mariposas nocturnas atrapadas por las velas.
Son pulgas ingratas que devoran las tristezas, pero no las desaparecen,
las van acumulando en esa joroba, en la espalda que se retuerce de dolor,
en los pies hinchados, en esas várices horrorosas que contienen la amargura
de quien no tiene respiro ni alivio.
¡Hay que seguir!
¡Está prohibido desfallecer!
¡Está prohibido dar la espalda! Ahí está La Llorona al acecho, tiene siglos de anudar gargantas
y sumergir madres en esa eternidad,
tan prolongada ya, de ser siempre las culpables por lo que sucede en el hogar,
en la familia y con las criaturas.
El silencio se rompe con el alba, con el llanto del que no ha comido,
con la orden del marido o de la patrona:
El alba entona sus acordes de banda militar para llevarlas a la tarea sin fin
de encarnar a las Sísifas
de tantos dioses y tantas religiones














