Santa Rosa de Turrialba. 3 de enero de 1944. Llueve. Humedad que se cuela por las rendijas del tiempo y va más allá del frío, lamiendo también el acontecer de la tarde.
Una mujer, Josefa, Chepita llevada hasta el cariño, iniciaba el conjunto de momentos, algunos cargados de dolor y otros plenos de alegría, que darían al mun do un ser cuyo numen, oculto entre pañales, tendría que crecer, luchar y abrir trocha entre virtudes, vani dades y desalientos. Nació, y su nombre fue Marco Antonio, de apellido Aguilar, como su padre Anto nio, y Sanabria, como el primer legado de Chepita.
Marco Antonio Aguilar Sanabria, un modelo de niño, fue educado en primera instancia en la anti gua escuela John D. Rockefeller -hoy Jenaro Bonilla Aguilar- de la ciudad de Turrialba, allá por los años cincuenta del siglo XX, y luego en el Instituto de Edu cación de Turrialba (IET) en el año 1957.
Travieso y abusado -decía su padre cuando se le preguntaba sobre sus aventuras-, pero dedicado y estudioso, sobre todo de las reglas del ajedrez, de porte en el que tanto su padre como su tío fueron los campeones de Turrialba y alguna vez de Costa Rica. En realidad, estimulado por ellos, Marco incursionó en el ajedrez antes que en la poesía -¡y lo hizo muy bien, al punto de derrotar a un connotado adversario en la capital!-, lo cual explica el título de este artí culo.
Corría el año 1955. Marzo, el mes de la apertura de escuelas y colegios para recibir a los niños y adoles centes que iniciaban o continuaban con su forma ción educativa.
El IET -que por entonces se localizaba en el centro de la ciudad, donde hoy está el Colegio Nocturno Enrique Menzel, aunque dos años después nos tras ladamos al predio ocupado hoy por el Instituto de Educación Dr. Clodomiro Picado- estaba preparado para recibir a los alumnos de primer año. Quien es cribe fue ubicado en la sección 7-1, junto a otros dos jóvenes que más tarde serían muy importantes en la vida de Marco y en la poesía costarricense: Jorge De lio Bravo Brenes y Laureano Albán Rivas.
Recibidos en al aula por don Omar Salazar Oban do, profesor de español, en su saludo inicial y con el propósito de estimular a quienes comenzábamos los estudios secundarios, sostuvo que los presentes -una vez concluidos sus estudios universitarios- po dríamos llegar a ser presidentes de la República, mi nistros, profesores, maestros, poetas y más, pero que para ello se necesitaba dedicación y estudio cons tante.
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Nos animó más tarde en todas sus lecciones, al po ner en la pizarra un tema y señalar que sobre este todos los alumnos debíamos escribir cuatro reglo nes, según lo interpretado. Fue así como el profesor descubrió que Jorge, Laureano y el suscrito teníamos pasta de poetas. Él se cuidó de estimular nuestra vena literaria, nos dedicó tiempo y esfuerzo, y nos propor cionó la literatura necesaria para que creciéramos en conocimientos.
Cuando cursábamos el tercer año, apareció un joven llamado Marco Aguilar, que le mostró a Jorge Delio una serie de poemas que, más tarde, reunidos todos con él, leímos y comentamos. Encontramos en este imberbe muchacho una fuente poética invaluable.
En 1958 se fundó el Círculo de Poetas de Turrialba, una agrupación sugerida por el profesor Salazar con el propósito de salvaguardar el empuje poético de los cuatro fundadores y abrir las puertas a más perso nas. Así, se unieron al grupo Edith Fernández García, Manuel Calderón Hernández y Gabriel Zelada Zúñi ga. De todos ellos, profesor, fundadores y los que se agregaron después, hoy soy el único sobreviviente.
Recuerdo un poco, porque ya tengo ochenta y dos años, que el profesor Salazar alguna vez nos entre gó algunos pensamientos de Montesquieu y en otra oportunidad de Demócrito, en los cuales se reafir maba ese criterio de desigualdad social que corroía nuestro pensamiento, algo así como que “la injusti cia simulada hecha a un individuo es una amenaza a toda la sociedad”. De esa manera, pensábamos arreglar el mundo con nuestra poesía.
En realidad, no solo incursionamos en el campo poé tico, sino que también tomamos conciencia sobre algunos de los criterios que en la sociedad de enton ces se difundían. Para nosotros, los asuntos religiosos debían manejarse en forma muy personal, sin llegar a ser fanáticos. Desde esta trinchera, nuestra poesía denunciaba los abusos, la ingratitud, y la desigual dad con la que la tierra y los bienes se distribuían entre los hombres.
En relación con nuestras influencias literarias, hubo muchos referentes importantes, porque don Omar nos obligaba a leer mucho. Leímos a costarricenses como Carlos Gagini, Fabián Dobles, Aquileo Echeve rría, Carmen Lyra, Carlos Luis Fallas, Joaquín García Monge, Carlos Salazar Herrera y Joaquín Gutiérrez Mangel, entre los que recuerdo. Entre los escritores extranjeros, Rubén Darío, Gustavo Adolfo Bécquer, Ernest Hemingway, ¿César Vallejo?, Jorge Luis Bor ges, Pablo Neruda y muchos otros. La mayoría de las veces la lectura se hacía individualmente y los libros que nos llevaba el profesor se iban rotando. Otras veces la lectura se hacía en las tardes, cuando estu diábamos para nuestros deberes colegiales en la casa de la abuela materna de Jorge Delio, pues él vivía con ella.
En cuanto a la mecánica de trabajo del grupo, quiero resaltar la forma en que los poemas se sometían a la discusión.
Al respecto, cada miembro tenía derecho a presentar un poema en cada sesión. Este era leído, y lo primero que se tomaba en cuenta era la forma de leerlo, pues considerábamos que el pensamiento y el sentimiento con el cual se escribió debía manifestarse a la hora de la lectura. En segundo término, se consideraba que el tema no fuera trivial ni que fuera una copia o muy influido por las lecturas de otros escritores. Por último, debía ser aprobado por todos los miem bros, con el propósito de que fuera publicado en al gún momento. En caso contrario, se depositaba en un tarro y, al final del taller, los poemas descartados se quemaban. Esta forma de valorar los poemas fue aplicada por Laureano en San José, cuando creó el Círculo de Poetas Costarricenses -al cual se aludirá pronto-, pero en lugar de quemar todo el poema, si era considerado bueno, se le quemaba una esquinita en la parte superior, si se consideraba que debía co rregirse, se quemaba en la parte media y si se consi deraba malo, se quemaba en la parte inferior.
Ahora bien, después de graduarnos de bachilleres, Jorge, Laureano y yo nos separamos, cada uno a cumplir con su propio destino. El Círculo de Poetas de Turrialba se convirtió en el Círculo de Poetas Cos tarricenses, dirigido por Laureano, quien se trasladó a San José y fue auxiliado por Jorge, que se había desplazado a trabajar en Pérez Zeledón.
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Esta nueva sede del Círculo, ahora con una cober tura literaria más amplia, abrió sus puertas y recibió en su seno a personas que hoy se reconocen como grandes poetas de Costa Rica, al punto de haber sido galardonados -al igual que Laureano en 2006- con el Premio Nacional de Cultura Magón. Ellos fueron Alfonso Chase (1999), Julieta Dobles (2013), Ronald Bonilla (2015) y Arabella Salaverry (2022), respecti vamente. A lo largo del tiempo, a estos poetas se su maron Rodrigo Quirós, German Salas, Luis Fernando Charpantier, Lucía Alfaro, Jorge Ibáñez, Carlos Fran cisco Monge, Marjorie Ross, Marco Retana, Argenti na Vargas, Milton Zárate, José Luis Amador y otros.
En mi caso, ya graduado de la Universidad de Costa Rica, fui enviado por el Ministerio de Educación Pú blica a Santa Cruz de Guanacaste, donde trabajé por 30 años como profesor de secundaria en Ciencias Generales y Biología.
Mientras tanto, Marco, aunque por dos años residió en la ciudad de Tres Ríos, en Cartago, realmente no se involucró a fondo con Laureano y Jorge en la con figuración y crecimiento del Círculo de Poetas Costa rricenses. Después, Marco regresó a su antigua casa, pues no soportó la lejanía y, desde entonces, se com prometió a cuidar la campiña turrialbeña.
Marco, poeta sencillo, humilde y laborioso, combi nó su jardín poético con sus destrezas de técnico en electrónica y muchas veces puso a los televisores a declamar su fantasía.
Para retornar al Círculo de Poetas de Turrialba, fun dado en 1958, por nuestra propia iniciativa -como ya se indicó-, se dio a conocer en la capital y fue así como poetas de la talla de Ana Antillón, Carmen Naranjo, Carlos Duverrán, Mario Picado y otros más que escapan a mi memoria nos visitaban una vez por mes, para compartir poesía, ideas y amistad. Todo lo anterior permitió que el Concejo Municipal de esa época, con ayuda del ya citado profesor Salazar, de cidiera apoyar la iniciativa literaria de sus jóvenes miembros, al punto de colaborar con la publicación de pequeños folletos de la lírica del grupo. Por sor teo, a Marco le correspondió publicar el primer folle to que vio la luz, con el título Raigambres.
Por cierto, en aquel entonces, comenté que en Fran cia había un lugar donde publicaban libros, el cual se llamaba Líneas Grises. El profesor Salazar nos dijo que el grupo no era una editorial que publicaría li bros, sino que se trataba de publicar las líneas poéti cas de cada uno de sus miembros, para que la gente las guardara en su biblioteca. Por ello, decidimos llamar a las publicaciones Biblioteca Líneas Grises. El tiraje era de 200 folletos, se imprimían cada tres o cuatro meses, se vendían por la suma de dos colo nes. En Turrialba, algunos profesores y maestros pe dían a sus alumnos que los compraran y los leyeran.
Así, Marco inició su travesía literaria, su entrega a los lectores. Su poemario contenía un poema dedicado a su hermana de doce años:
Padre nuestro, Jesús del desconsuelo, protégeme a esta hermana que ha empezado a levantar su corazón del suelo…
En este pequeño trabajo literario, dio a conocer sus sentimientos: un hombre de pensamiento libre, amante de la naturaleza, religioso, respetuoso como hijo y amoroso como hermano mayor de los otros Aguilar Sanabria que le acompañaban.
Más adelante, en su libro Cantos para la semana, continúa con esa faceta religiosa y de carácter so cial, signo distintivo del Círculo en su inicio. Éramos religiosos, pero no fanáticos -como ya se aclaró-, estábamos de acuerdo con que la tierra estaba mal repartida, con que había mucha desigualdad social y con que los gobiernos colaboraban para que ello fuera así.
Marco, un muchacho parsimonioso, no solo al ha blar, sino también a la hora de tomar decisiones, estaba dispuesto a que su poesía fuera más allá de lo que se podía publicar en los pequeños folletos de Líneas Grises. En broma, decía: “Si Neruda me cono ciera, me contrataría”.
En su pensamiento continuaban palpitando los prin cipios del Círculo y la religiosidad sin compromiso, que fue uno de los caminos en su juventud. Al res pecto, nos dice:
María, por favor limpia este rancho, consíguete una escoba tiesa, dura, y barre, por piedad, esta amargura que cayó como un pájaro en tu rancho…
Ya en la madurez de su poesía, desde su taller o des de cualquier trinchera literaria, Marco levanta bande ra y se coloca en un pedestal, erigido por los lectores, quienes encuentran en su poesía una brillante senci llez y una forma hermosa de describir su sentimiento.
Nos ofrece su valiosa posición de poeta reconoci do y, junto a nuevos y valiosos poetas turrialbeños, como Carlos Luis Salvatierra, Jorge Treval y Roberto Cartín, forman un grupo denominado Comunidad de Autores Literarios y Editores de Turrialba (COA LET), que en adelante se encargaría de ayudar a los poetas jóvenes de la campiña.
Marco destacó también en la escritura de sonetos, modalidad literaria que no cultivó durante su perma nencia en el Círculo, sino que la manifestó ya en su madurez literaria, en gran parte, gracias a la cuidado sa y atenta lectura de sonetistas como Shakespeare, John Donne, Dante Alighieri, Miguel de Cervantes o Francisco de Quevedo.
Como único sobreviviente del Círculo, en las mu chas ocasiones en las cuales he tenido que hablar de los miembros del grupo, he sostenido que pocos escritores de sonetos en Costa Rica superan a Marco. Ejemplo de ello es su libro El tránsito del sol (1996), con un prólogo escrito por el laureado y extinto poe ta costarricense Isaac Felipe Azofeifa y en el que des taca esta cualidad especial de Marco, para concluir que:
.Marco maneja con talento inspirado la ironía, la gracia y el humor, y empapa sus imágenes en la fina percepción de la luz, la lluvia, el sol, la no che, las nubes, el mar… hasta lograr esa cuida dosa transparencia en sus versos
Hoy escribo estas letras sobre este gran poeta, el ami go que conocí en las mejengas de fútbol, el amigo de las tardes de estudio y de lectura de poesía en la casa de la abuela de Jorge Delio, incluso el confidente en asuntos de amor, porque mi novia de entonces vivía junto a su casa. En fin, sobre el hombre, el poeta, el turrialbeño.
Asimismo, aunque en estas páginas recuerdo con mucho cariño a Marco, debo ser justo y dar a los de más poetas del Círculo mi generoso reconocimien to, pues su literatura por siempre estará en el pensa miento y en los anaqueles de los justos lectores
















