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Anuario de Estudios Centroamericanos

On-line version ISSN 2215-4175Print version ISSN 0377-7316

Anuario de Estudios Centroamericanos vol.48  San José Jan./Dec. 2022

http://dx.doi.org/10.15517/aeca.v48i0.53419 

Artículo

Discursos y representaciones de la oposición armada antisandinista en la prensa costarricense (1981-1985)

Discourses and Representations of the Anti-Sandinista Armed Opposition un the Costa Rican Press (1981-1985)

Leonardo Astorga Sánchez1 
http://orcid.org/0000-0001-9753-2158

1Profesor Escuela de Estudios Generales Universidad de Costa Rica, Costa Rica. leonardo.astorgasanchez@ucr.ac.cr

Resumen

A partir de la consulta de material periodístico, como lo es el caso de editoriales, artículos de opinión y reportajes, este trabajo se propone analizar y describir la manera en que se (re)representaba la contrarrevolución en las páginas del diario La Nación y los semanarios Universidad y Libertad. Se plantea como punto de partida de la reflexión que la prensa escrita costarricense se encargó de utilizar un tipo de discurso propagandístico, el cual se encargó de favorecer o desfavorecer a los antisandinistas según la posición político-ideológica de los rotativos. Así, lejos de dar explicaciones sobre lo sucedido en Nicaragua, la prensa se preocupó por atacar, a través del discurso, a aquellos que eran considerados como el otro, la amenaza. De igual manera, se propone que en un contexto de Guerra Fría se resignificaron las maneras empleadas para referirse a los nicaragüenses.

Palabras claves: Nicaragua; Guerra Fría; contrarrevolución; prensa; discurso.

Abstract

Based on the consultation of journalistic material, such as editorials, opinion articles and reports, this paper aims to analyze and describe the way in which the counterrevolution was (re)represented in the pages of the newspaper La Nación. and the weekly magazines Universidad and Libertad. It is proposed as a starting point for the discussion that the Costa Rican written press was in charge of using a type of propaganda discourse, which was in charge of favoring or disfavoring the anti Sandinistas depending on the political-ideological position of the newspapers. Thus, far from explaining what happened in Nicaragua, the press was concerned with attacking, through discourse, those who were considered the other, the threat. Similarly, it is proposed that in a context of the Cold War, the ways in which to refer to Nicaraguans were resignified.

Keywords: Nicaragua; Cold War; Counterrevolution; Press; Discourse.

Introducción

La oposición armada o “La Contra” (que tuvo su rango de acción en la zona norte y fronteriza con Honduras, en el sur que colinda con Costa Rica y en la costa Caribe nicaragüense) fue uno de los colectivos que se opuso y se enfrentó, no solo en el plano militar, también en lo político e ideológico, con el proyecto de la Revolución Sandinista. Huelga decir que, y como lo señala Gilles Bataillon, esa oposición lejos de caracterizarse por ser un bloque homogéneo era más una nebulosa de grupos que llegaron a ser etiquetados con el epíteto de “contras” (2014, p. 9); esa particular forma de hacer referencia a ellos sería, como se verá más adelante, utilizada de manera constante por los medios de comunicación escrita.

La forma de referirse a “La Contra” como un solo bloque hizo que desde la prensa fuera posible establecer una dinámica discursiva simplificada que partía de representaciones que destacaban elementos de una lucha entre el bien contra el mal, en donde la defensa o ataque a los insurgentes se acoplaba a la manera en cómo desde las páginas de los periódicos se promovía una manera de entender qué significaba la democracia y cómo esta podía, o no, ser potenciada o afectada por el proyecto político sandinista. Así, los discursos de la prensa se encargaron de monstrificar o presentar como héroes a “los contras”. Dependiendo de la posición política de los diarios se utilizaba una retórica que se encargaba de quitarle la humanidad al otro, ya fuera el sandinista o el contra.

Este artículo, a partir de la consulta de material periodístico publicado entre 1981 y 1985, en el diario La Nación y los seminarios Universidad y Libertad, se propone analizar, y describir, la forma en cómo se (re)presentaba a los grupos armados que se enfrentaron al gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Es importante mencionar que en el caso de los rotativos consultados estos tomaron dos posicio- nes, una que veía la Guerra Fría como un conflicto entre democracia y comunismo, entre la libertad y el totalitarismo, señalando al gobierno sandinista como un elemento desestabilizador, expansionista y cabeza de playa de la Unión Soviética; esa posición fue adoptada por La Nación.

El posicionamiento tomado por La Nación respondía a que, desde su creación en 1945, este se ha sido identificado como un diario vinculado con los sectores dominantes de la sociedad costarricense. Destacan los integrantes de la familia Jiménez como sus principales accionistas y miembros de la elite financiera y bancaria del país (Robles y Voorend, 2012). Por lo tanto, se trata de un periódico que se ha caracterizado por poseer una ideología conservadora cargada de un fuerte anticomunismo (Soto, 1987, p. 32), y con una posición abiertamente pronorteamericana (Pérez, 1988).

Mientras que los seminarios Universidad y Libertad hicieron suya la idea de que los conflictos experimentados en América Central eran el resultado de relaciones de desigualdad y dependencia que habían provocado situaciones de pobreza y exclusión, ante tal panorama, los grupos subalternos se levantaron en armas para poder cambiar el tipo de sociedad en que vivían; un elemento importante de esa posición fue indicar que el derecho a la autodeterminación de los pueblos era una expresión de los deseos de cambio de quienes se rebelaban. Sobre Libertad se debe mencionar que seminario fue el medio oficial del Partido Vanguardia Popular, principal organización de izquierda de Costa Rica cuya historia data de la década de 1930. Y que se encontró bajo la dirección de Eduardo Mora (Cortés, 2020), hermano de Manuel Mora, líder histórico del comunismo costarricense. Por su parte, Universidad ha sido el medio vinculado con la principal casa de estudios de Costa Rica, la Universidad de Costa Rica; el semanario vio su nacimiento en 1970 y desde ese momento pasó a ser el espacio para que miembros de la comunidad académica y cultural costarricense, especialmente profesores, expresaran sus opiniones y reflexiones en torno a temas políticos, económicos y culturales.

Se trabajó con editoriales, artículos de opinión y reportajes, ya que estos materiales poseían un fuerte carácter ideológico, su contenido y la intención del discurso pretendía defender (perpetuar/continuar) o atacar (cambiar/derrocar) un proceso o proyecto (su imaginario, políticas y estructura). Quienes emitían el mensaje (los líderes de la opinión) se valían de una serie de caracterizaciones para señalar a los enemigos, y también, se hacía una apelación a lo sentimental y emotivo para que quienes leían la información se identificaran o denunciaran a los sandinistas o los contras (Pizarroso, 2008, p. 5).

De tal manera, el discurso mediático de la prensa, -como parte del acto comunicativo- representa y encarna un acto de poder. Asimismo, construye y da forma a una determinada visión o manera de entender el mundo. Esa interpretación sobre la realidad, vista a través de los ojos de la prensa y de quienes escriben en sus páginas, responde y está ligada a los intereses y valores que el medio de comunicación -como espacio de producción del discurso- representa, asume y defiende.

Por tal razón, se debe entender el medio -en este caso la prensa- como una entidad o institución socializadora (Toro, 2011, p. 109) con sus propios intereses y concepciones. En este sentido, el discurso mediático es una práctica o fenómeno social. Es decir, se encarga de construir imaginarios colectivos dotados de sentidos específicos y particulares.

En la prensa costarricense, la discusión sobre “La Contra”, quiénes eran, por qué luchaban, contra quién lo hacían y qué representaban, se convirtió en una verdadera campaña propagandística. Tanto los defensores como los detractores del movimiento trataron de crear climas de opinión (favorables y desfavorables), donde el discurso y las representaciones buscaban influir (persuadir) las actitudes de los lectores con el fin de que aceptaran y defendieran los objetivos deseados por el emisor del mensaje (García, 2001, p. 140).

El conflicto armado nicaragüense representó la oportunidad perfecta para que la prensa, a través de sus publicaciones, y el uso (y abuso) que se le daba a la información, tratara de influir y crear consenso social (aceptación) alrededor de la causa que defendía (acorde a la posición ideológica que poseían los periódicos). Con el fin de ganar el apoyo o la desaprobación y condena, de “La Contra”, la manera en cómo se pre- sentó la información partió de dos estrategias: en primer lugar, se realizó una simplificación, personificación y una dicotomización del conflicto, esto quiere decir, que se identificaba un enemigo contra el cual se dirigían todos los argumentos posibles en una lucha del bien contra el mal, comunismo contra democracia, autodeterminación contra el imperialismo; y en segundo lugar, se exageraron y desfiguraron los contenidos noticiosos, las acciones del enemigo fueron exageradas y se les dio una cobertura reiterada mientras que los actos de quienes se le oponían esta- ban impregnadas de rasgos positivos (García, 2001, pp. 142-147).

El artículo se divide en tres secciones, la primera de ellas tiene como objetivo contextualizar la situación de Nicaragua presentando un panorama general sobre las razones por las cuales se conformó la contrarrevolución armada, no se espera profundizar en el análisis sino establecer el marco al que se hará referencia a través de las publicaciones de los medios costarricenses. Posteriormente, las secciones restantes trabajaran cómo a partir del discurso se crearon representaciones de la oposición armada al Frente sandinista; se plantea que, aunque cada periódico tenía una manera de representar a los antisandinistas, dependiendo de su posición política, hicieron uso de estrategias discursivas similares a la hora de referirse a ellos.

Revolución y contrarrevolución, y lo que sucedía en Nicaragua

Es necesario entender que todo proyecto revolucionario que busca gene- rar un cambio radical de la sociedad (un reordenamiento social que a menudo sucede mediante el uso de la violencia), y que para ello se hace con el poder, e inicia una redistribución de sus cuotas, siguiendo una lógica desde abajo en detrimento de los privilegios de una élite o minoría, favorece y propicia la alienación, la exclusión y, por ende, la oposición. Por tal razón, y Nicaragua no fue la excepción, toda revolución está íntimamente ligada a los esfuerzos y movimientos contrarrevolucionarios (son dos caras de una misma moneda) (Robin, 2010, p. 376).

Como lo señala Ariel C. Armony, una revolución implica el desplaza- miento de las elites que dominaban el Estado y los principales puestos de gobierno y otras posiciones privilegiadas dentro del cuerpo político y económico de la nación, un ataque a su autoridad (que se desintegra) (1999, p. 171). Ante tal situación, quienes llegan a integrar la oposición provienen de esas elites desplazadas, que se unen con otros sectores desencantados o neutrales al régimen, y que poseen un motivo común, como lo es intentar impedir o revertir las transformaciones que van más allá de sus deseos e intenciones, que atentan contra su modo de vida (privilegios) y visión de mundo (imaginario).

Para el caso nicaragüense los pactos que se habían establecido durante la lucha antisomocista quedaron de lado luego que el Frente logró posicio- narse como el principal actor político que buscó hegemonizar el proyecto de transformación del orden social. Desde esa posición el FSLN lejos de responder a las demandas de cada uno de los sectores que pactaron con ellos durante la insurrección se decantó por favorecer a los grupos subal- ternos, una movida política con el fin de garantizar el apoyo popular al proyecto revolucionario.

La manera en cómo se empezó a gobernar, la toma de decisiones y quie- nes las tomaban, favoreció un proceso de radicalización de aquellos que fueron relegados o entraron en conflicto con los intereses y objetivos sandinistas. Serían esos grupos quienes harían de la violencia un recurso para acceder, o disputar, el poder (Bataillon, 2014, p. 18); así como en su momento los sandinistas lo hicieron contra Somoza, ahora sería el turno de quienes se encontraban al margen de valerse de la violencia para recobrar o adquirir posiciones privilegiadas.

En Nicaragua, la acción político-militar contra el gobierno del Frente inició poco después de que este tomó el l poder en julio de 1979. Sectores de la clase empresarial, miembros de la jerarquía eclesiástica de la Iglesia católica, las comunidades indígenas del Caribe, el campesinado (pequeños y medianos productores) pasaran a ser parte de ese heterogéneo colectivo conocido como los antisandinistas (Martí, 1997, p. 99), que unió esfuerzos con los miembros restantes de la antigua Guardia Nacional (exiliados en Miami, Honduras y Guatemala) los grandes terratenientes y otros personajes de la burocracia estatal somocista.

A lo anterior, se debían sumar los planes de la administración Reagan, y su estrategia de Guerra de Baja Intensidad para la región, que se articulaba según tres principios básicos: la reversión de procesos revolucionarios triunfantes (Roll Back), el uso de la contrainsurgencia frente a los movimientos de liberación nacional, y la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico; esos tres principios respondían a una doctrina de Seguridad Nacional en donde el terrorismo y el comunismo (muchas veces sin establecer una diferencia entre ambos) eran amenazas palpables para la sociedad occidental y el mundo libre encabezado por los Estados Unidos (Roitman, 2013, p. 170). Junto con Estados Unidos, también destacaron los esfuerzos de la Junta Militar Argentina (1976-1983), que entre 1979 y 1982, fue la encargada de organizar y entrenar a los contras, imbuyendo al movimiento de un fuerte sentimiento anticomunista (Rabe, 2010, p. 160; Armony, Transnationalizing the dirty war: Argentina in Central America, 2008, p. 148), los militares argentinos trasladaron a Centroamérica toda la experiencia (el Know How) acumulada durante los años de la Guerra Sucia, Terrorismo de Estado, en contra de las organizaciones guerrilleras y la población civil de Argentina (Armony, La Argentina, los Estados Unidos y la cruzada anticomunista en América Central, 1977-1984, 1999, pp. 210-214).

En Nicaragua, la contrarrevolución fue el resultado del encuentro entre actores internos y externos, los cuales se mostraban más interesados en poner fin a lo que el FSLN estaba tratando de desarrollar que en restaurar el orden anterior al triunfo de la Revolución (el somocismo) (Armony, La Argentina, los Estados Unidos y la cruzada anticomunista en América Central, 1977-1984, 1999, pp. 172). Por más que “La Contra” se presentara como una organización político-militar capaz de ser una alternativa política viable al Frente, la realidad fue que esta buscó, ante todo, desgastar a los sandinistas y que gobernar fuera algo sumamente complicado y doloroso (Grandin, 2007, pp. 116).

“La Contra” fue a la vez un medio y un fin para derrocar a los sandinistas, si tal posibilidad no se alcanzaba, sino era posible derrocarlos, se esperaba que el Frente cediera a la presión e hicieran concesiones a la oposición política, y ante el desgaste bélico, aislarlo de las bases populares que apoyaban su Gobierno (deslegitimarlos), haciendo que los sandinistas (debido al conflicto armado) tomaran medidas que perjudicaran el rumbo que en un principio guio al proceso, responder a la lógica de las mayorías, una mayor justicia social. Fue así como la contrarrevolución pasó de responder únicamente a factores externos (Martí, 1997, p. 100), a dar cabida para que colectivos sociales (entre ellos los indígenas y los campesinos) se integraran al movimiento, dotándolo de cierta base social de apoyo (Martí, 1997, p. 103).

Por tal motivo, al trabajar el tema de “La Contra”, hay que ponerle aten- ción a cómo esta logró en muchos casos ser la expresión de descontento de sectores de la población nicaragüense que, sin ser antiguos somocistas o exguardias, se sintieron desencantados de un proceso con el cual entraron en conflicto. Si lo vemos de esa manera, es posible entender porque parte de la población campesina, principalmente de la región norte de Nicaragua se unió a la contrarrevolución.

Y es que los conflictos entre los campesinos y los sandinistas resultaron del desconocimiento de los representantes del Frente de la dinámica del campo. En las regiones rurales nicaragüenses, las relaciones sociales se construían sobre la base del compadrazgo (un fuerte paternalismo), donde el poder residía en quien poseía más tierra, más ganado y acceso al mercado (comercialización), y la figura del finquero (o patrón)1 servía como intermediario entre el exterior y el campesino pobre, con poco o sin acceso a la tierra, que trabaja como mozo o colono en las tierras del finquero (Martí, 1997, p. 238).

Los vínculos que se establecían entre el intermediario y el sustrato subor- dinado mayoritario no se percibían como antagónicos, sino que se basaban en un sistema de lealtades personales (cuya base era el favor), donde destacaban las relaciones horizontales, de ayuda mutua, y verticales, sumamente paternales, donde se respetaba al más fuerte. Sin embargo, con el triunfo de la Revolución, buena parte de los intermediarios fueron igno- rados y en muchos casos perseguidos (Martí, 1997, p. 241). Fueron acusados de somocistas, esa categoría se usó de manera amplia, de manera que abarcó a todos aquellos que habían desempañado cargos admi- nistrativos locales; se ignoró y se persiguió a finqueros a los que todo el mundo les debía un favor o respetaba (Martí, 1997, p. 244).

Los líderes naturales de cada zona fueron sustituidos por autoridades urbanas o miembros jóvenes del Frente que trataron de incentivar la leal- tad al partido y una consciencia (identidad) de clase, contraria a la iden- tidad de oficio que poseía el campesino (propia de relaciones verticales y paternalistas) (Thompson, 1989, pp. 15 y 31); también se favoreció (o forzó en muchas ocasiones) el encuadramiento del campesinado dentro de las organizaciones de masas y en las cooperativas agrícolas.

La nueva institucionalidad revolucionaria buscó crear un movimiento campesino organizado y dirigido desde la ciudad y el Estado (Martí, 1997, p. 243). Tal proyecto, a los ojos de la comunidad campesina fue visto como una intromisión y desmantelamiento de las mediaciones y los patrones tradicionales de autoridad, además, una demanda de obe- diencia, colectivización y control que atentaba contra el individualismo (valor del esfuerzo propio) y la neutralidad (hacia los elementos ajenos a la vida rural) del campesino (Kinzer, 2007, p. 129).

Las autoridades y representantes del gobierno en su búsqueda de crear un proyecto de Estado nación siguiendo los lineamientos del Frente, su ideario y visión de mundo, no llegaron a comprender que los lazos personales, en lo local, eran claves para la dinámica política del campo (Bataillon, 2014, pp. 25-26). Los esfuerzos por lograr un control de la población y la designación, muchas veces haciendo uso de la fuerza, de valores sociales favoreció una enajenación de importantes sectores del campesinado del proyecto sandinista.

“La Contra” supo explotar la imagen de un Estado que irrespetaba la autoridad local, confiscaba y colectivizaba tierras, establecía controles sobre la producción, distribución y la comercialización de los productos agrícolas (Martí, 1997, p. 106). La contrarrevolución canalizó el descon- tento, la decepción y el resentimiento de los campesinos, que se unió al deterioro de la situación económica y a la dificultad del Frente, al centrarse en la cuestión militar y mantener las políticas sociales del inicio de la Revolución.

Entre 1979 y 1981, las fuerzas contrarrevolucionarias no representaron un reto real para la estabilidad política del proyecto sandinista (Martí, 1997, p. 99). Durante esos años, “La Contra” estaba compuesta por una serie de bandas aisladas y mal equipadas, integradas por exguardias somocistas, que se movilizaban y operaban en las regiones montañosas y en las zonas de la frontera norte de Nicaragua (posteriormente, las acciones bélicas se extenderían a la frontera con Costa Rica y el Caribe);2 y también, por las Milicias Populares Antisandinistas (MILPAS), grupo conformado por pequeños agricultores, ganaderos y comerciantes del norte y centro de Nicaragua que empezaron a levantarse contra el régimen sandinista cuando este trató de implantar una visión de mundo (el sandinismo y una moral revolucionara) ajena al imaginario tradicional de la región rural nicaragüense, desarticulando los patrones de autoridad local y remplazándolos por representantes del FSLN que no llegaron a entender la dinámica sociopolítica de la región (Armony, La Argentina, Estados Unidos y la cruzada anticomunista en América Central, 1977-1984, 1999, p. 183), provocando una brecha entre las acciones y el lenguaje teórico de la revolución y los habitantes de la zona (Barry, Castro y Vergara, 1987, p. 179).

A finales de 1981, bajo el auspicio de los Estados Unidos fue creada la Fuerza Democrática Nicaragüense (FDN),3 principal organización contrarrevolucionaria encabezada por ex militares somocistas y civiles anti sandinistas; ese mismo año William Casey, director de la CIA, solicitó al Congreso de los Estados Unidos la aprobación de un programa de 19 millones de dólares para establecer una fuerza armada4 que se encargara de “desbaratar la infraestructura cubano-soviética instalada en Nicaragua” (Pastor, 1995, p. 71; Honey, 1994, p. 198). Con la creación de la FDN, la CIA logró reunir a la mayor parte de bandas antisandinistas que surgieron luego de la desintegración de la Guardia Nacional, y con esto “La Contra” llegó a representar una mayor ame- naza para el régimen.

En 1982, la FDN realizó su primer ataque en territorio nicaragüense, dos puentes en la zona norte fueron volados, a lo que los sandinistas respondieron declarando el estado de emergencia, con mayor censura hacia diarios que se oponían y critican al Gobierno (La Prensa) y fuertes medidas de control y vigilancia sobre la población (Kinzer, 2007, p. 97).

Fue así como, entre 1982 y 1984, las fuerzas contrarrevolucionarias llevaron a cabo una serie de acciones ofensivas de peso y relevancia;5 además, gracias a la canalización del descontento de los campesinos e indígenas, lograron un aumento significativo en el número de personas combatientes.

La situación en el frente Sur (frontera con Costa Rica), donde la principal agrupación armada era la Alianza Democrática Revolucionaria (ARDE),6 dirigida por Edén Pastora, era muy diferente a la que se vivía en la región fronteriza con Honduras. Si bien es cierto, la CIA trató de organizar un contingente armado similar a la FDN, la negativa de Pastora de aceptar la ayuda de la Agencia complicó que ARDE se consolidara como una amenaza militar importante (Honey, 1994, p. 202), junto con ello, la política de neutralidad que se decretó durante la administración de Luis Alberto Monge (1982-1986) contrastaba, en teoría, con las facilidades dabas por el gobierno hondureño, tanto en términos de apoyo logístico a “La Contra” como en la aceptación de ceder parte de su territorio para el establecimiento de bases militares, asimismo, sin dejar de lado la posi- bilidad de establecer un grupo armado, la administración Reagan, consideró más provechoso capitalizar la imagen de Costa Rica como una democracia desarmada y amenazada por el totalitarismo sandinista (Honey, 1994, p. 203).

“La Contra” en las páginas de La Nación

En La Nación, para el diario y sus colaboradores, los combatientes contrainsurgentes representaban lo mejor del nicaragüense, a los verdaderos sandinistas, quienes al ser traicionados no les quedó otra opción más que volver a tomar las armas. De tal manera, entre 1982 y 1985, la retórica del diario no sólo se valió (y utilizó) de las estrategias de etiquetamiento y caracterización propias del contexto de la Guerra Fría, especialmente, aquellas utilizadas por la administración Reagan, que catalogaba a los contras como paladines de la libertad, sino también, de otras, de cómo eran vistos los nicaragüenses; Michael Schroeder, señala que gran parte de los discursos que se construyeron alrededor de los sandinistas y los contras pueden ser rastreados a lo largo de la histo- ria nicaragüense, especialmente durante la lucha de Sandino contra la ocupación norteamericana (Schroeder, 2008, p. 83).

Durante la lucha de Sandino, los primeros sandinistas fueron etiquetados como bandidos y asesinos (Schroeder, 2008, p. 74), características que luego serían recuperadas por La Nación para referirse a los miembros del FSLN (haciendo también referencia a la supuesta violencia que identifica a los nicaragüenses). Fue así como desde el diario, se llevó a cabo una selección, los rasgos positivos de la lucha de Sandino fueron ligados a

“La Contra” mientras que todo aquello censurable y violento fue relacionado con el Frente.

Un editorial, publicado el 17 de abril de 1982 (días después de que Edén Pastora anunciaba que tomaba las armas para combatir al Frente), expone la línea oficial que siguió el diario al tratar el tema de “La Contra”. En él, La Nación hacía un llamado a entender la lucha de “La Contra” como una lucha por la democracia, una lucha patriótica y por lo tanto justa ya que quería salvara a Nicaragua del comunismo:

Pastora acusa a los comandantes de traicionar la revolución; de darse una vida regalada, en contraste con el sacrificio que se le impone al pueblo; de haberse desviado de los objetivos fundamentales de la lucha armada; de comprometer al país y al estado nicaragüense con una serie de grandes errores militares y políticos y de haber usurpado una revolución en que ninguno de ellos disparó un tiro, ni estuvo presente en el campo de batalla. Los acusa también de haber desencadenado una represión indiscriminada contra aquellos que se atrevan a disentir de la línea que están imponiendo y de ahogar la libertad, el pluralismo y la democracia que los nicaragüenses querían. Las palabras y el gesto valiente del ‘comandante cero’, calarán hondo en todos los hombres y países que realmente aman la libertad y que de verdad luchan por una sociedad más justa (La condena moral al régimen sandinista, 1982).

Aunque en el anterior editorial, no se haga referencia directa a “La Contra”, si se pueden identificar las causas que La Nación consideraba los motivos de su lucha, además, el uso de la figura de Pastora (personaje controversial, como se verá más adelante) le daba una autoridad moral y legitimación a los contrarrevolucionarios. Otro punto importante para considerar dentro del discurso de La Nación es que el uso del término contrarrevolucionario, más que una ofensa, debía ser considerado un reconocimiento ante la vocación democrática y patriótica de aquellos a los que se les daba esa denominación.

Como se puede observar en el siguiente editorial, publicado el 23 de diciembre de 1982, luego de la dimisión de un diplomático nicaragüense, el interés de La Nación es tomar la etiqueta contrarrevolucionaria y limpiarla de todo elemento negativo, y al hacerlo lograr legitimar la causa de quienes se levantan en armas. Incluso, se hace un llamado a entender que son los contrarrevolucionarios quienes no solo defienden los principios de la Revolución, sino que tratan de llevarlos a cabo,

especialmente aquellos relacionados con la democracia.

Las declaraciones del ex embajador Fiallos Navarro no son precisa- mente las de un ‘contrarrevolucionario’, sino las de un colaborador de buena fe que ha advertido el rumbo que toma el proceso de cambio (…) el término ‘contrarrevolucionario’ que los sandinistas han aplicado con tanta falta de imaginación a todos aquellos que disienten de las líneas políticas del régimen, al igual que han hecho todos los sistemas comunistas del mundo para ahogar la libre expresión del pensamiento (Las declaraciones de Fiallos, 1982).

Igualmente, como se pudo leer, se busca restarle importancia a ser cata- logado como contrarrevolucionario, y al hacerlo se enfatiza que ser catalogado como tal es la acción de un régimen que se opone a valores como la libertad, justicia y democracia. Con ello, y como lo señala Robin (Robin, 2010, p. 373), se logra una apropiación discursiva de valores que han sido utilizados por movimientos revolucionarios.

Siguiendo con esta estrategia discursiva, La Nación se encargó de carac- terizar a “La Contra” como los verdaderos herederos de los ideales de Sandino, como quienes en verdad combatieron y combaten por Nicaragua. El 2 mayo de 1982, un editorial, confirmaba esa posición del periódico al afirmar que:

La fuerza del movimiento proviene precisamente del sentimiento mayoritario de los nicaragüenses, de que el pueblo no peleó ni ofreció su sangre generosa para que Nicaragua se convirtiera en una dictadura peor que la de Somoza. En este sentido, las acusa- ciones clisés del régimen actual de Nicaragua, según las cuales (el movimiento) habla por la garganta de Reagan, no son más que un recurso barato y de escasa imaginación de la nomenclatura de los comandantes.

La disidencia representada por el ‘comandante cero’, Edén Pastora, y por muchos colaboradores y compañeros de lucha más, no res- ponde a ninguna maniobra internacional ni a intereses bastardos del somocismo, sino a la desviación total y flagrante que un puñado de extremistas, preparados y capacitados en Cuba con ese propósito, han hecho de los fines y objetivos básicos de la insurrección contra el déspota de Somoza (La reinvindicación de sandinismo genuino, 1982).

El editorial, al señalar que “La Contra” era la respuesta del pueblo ante el comunismo que quería implantar el FSLN, y no una maquinación del gobierno de los Estados Unidos, se encargaba de presentar sus actos no como violentos sino como justos y necesarios, humanizando a los insur- gentes que se estaban enfrentando a ese otro representado por los sandinistas (Bataillon, 2014, p. 17); ese tipo de afirmaciones, se mantuvo presente en las publicaciones de La Nación, reforzando la idea de lucha patriótica. El editorial anterior también aclaraba que las motivaciones de “La Contra” se pueden considerar como:

La reivindicación en Nicaragua del verdadero y auténtico sandinismo: del sandinismo patriótico, del Sandino que echó de sus filas a Farabundo Martí; del sandinismo auténtico, del Sandino que fue calificado por el partido comunista de Nicaragua y por la Internacional Comunista de traidor y de vendido al imperialismo de los Estados Unidos, y que hoy esos mismos comunistas, con fariseísmo increíble, han transformado en uno de sus grandes predecesores, para ocultar así, a los ojos del pueblo, sus verdaderas intenciones (La reinvindicación de sandinismo genuino, 1982).

Desde sus editoriales, La Nación legitimaba a la contrarrevolución como un movimiento de liberación, y con ello reforzaba esa apropiación del idealismo e imaginario revolucionario de izquierda (que motivó a los sandinistas durante la insurrección contra Somoza). Fue así como las publicaciones hechas en el diario se convirtieron en un espacio en donde posiciones de derecha, cercanas a la política estadounidense hacia Centroamérica, se trataron de atenuar (o redirigir) al imbuirse de un aura democrática y patriótica, para lo cual, como se ha mencionado, fue necesario una adopción y adaptación de un discurso propio de los movimientos de liberación, e incluso, de la idea de revolución, con el fin de justificar su causa y revertir el orden establecido (Robin, 2010, p. 377), en este caso el régimen sandinista.

El 8 de febrero de 1985, La Nación en otro editorial, publicaba lo siguiente sobre “La Contra”, enfatizando:

la importancia de su lucha, su naturaleza política y democrática, su fuerza y representatividad, y la instancia liberadora a que responde en forma apremiante (…) La lucha por la libertad, pero no como farsa, según decía Marx, sino como verdadera tragedia, ya que la farsa fue la sandinista” (Un frente amplio de oposición, 1985).

Con esa manera de presentar a “La Contra” a la Opinión Pública, se esperaba crear una identificación con ella, dándole una connotación favorable (y extensiva) al término Contra, como lo hacía Pedro Joaquín Chamorro Barrios en un artículo publicado el 4 de marzo de 1985:

Todo el que esté en favor de lo que ellos están en contra, y preci- samente por eso, a esa categoría de ciudadanos -que es la mayoría- les llaman ‘contras’.

Están en contra de los que proclaman su eternidad en el poder, de los que han transformado a un país relativamente rico en un país de miseria, en el país de las colas, en el país del ‘no hay’.

Están en contra de los que declaran la guerra a todo el que se oponga, de los que torturan a sus hermanos y permiten que extranjeros también lo hagan. En contra de los que llenan las cárceles y no los supermercados.

Están en contra de quienes han sublimizado la delación como método de control político, en contra de los que no pueden convivir con nuestros vecinos centroamericanos y ponen a su país en antagonismo con los Estados Unidos.

Están en contra de los que han hecho de un pueblo alegre, sonriente, un pueblo de caras tristes, con miedo y le han sustituido sus esperanzas de vivir en paz y libertad, con la diaria promesa de un holocausto (Chamorro, Estar en Contra, 1985).

Las palabras de Chamorro cobraban más sentido si entendemos que este representaba una figura importante del antisandinismo a nivel inter- nacional. Chamorro no solo era hijo de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, quien en su momento llegara a ser uno de los críticos de la dictadura de Somoza, y cuya muerte se consideró como un punto de quiebre que permitió que la opción armada tomara fuerza. También era el director del diario nicaragüense La Prensa, el cual había sido censurado por el gobierno sandinista debido a su apoyo a la contrarrevolución.

La dicotomización del discurso, como se puede ver en el artículo de Chamorro, era clara, estar en contra (o ser un contra) es amar a la democracia, y oponerse al totalitarismo; la contrarrevolución, por lo tanto, era una verdadera revolución, que se había mantenido vigente desde la lucha contra Somoza y que ahora se enfrentaba a un enemigo más poderoso y vil. Otra estrategia discursiva presente en las publicaciones de La Nación, fue resaltar el sacrifico de “La Contra”, al hacerlo así, el diario cubría con un aura de misticismo y entrega a quienes se oponían al régimen sandinista, como se puede observar en el editorial publicado el 25 de abril de 1984, “morirán nicaragüenses que luchan porque la revolución retorne al rumbo proclamado antes de la caída del dictador Somoza, y esas muertes (son) por enfrentar al más poderoso ejército del área” (Lo que se juega en Nicaragua, 1984).

Esa aura de misticismo se incrementaba ya que “La Contra”, según el diario, luchaba en desigualdad de condiciones, haciendo frente a un enemigo que la superaba en armamento, “hoy en día (…) miles de jóvenes combatientes (luchan) por la libertad de su patria contra las más adversas circunstancias y los siempre pesimistas pronósticos de los incrédulos” (Chamorro, La guerra: única opción del sandinismo, 1985). No obstante, como lo señala Noam Chomsky (2009, pp. 214-215), el movimiento armado contrarrevolucionario (el FDN con mayores recursos que ARDE) contó desde un inicio con un fuerte apoyo monetario, en equipamiento y logística, proveniente no solo de los Estados Unidos y Argentina, sino también de países como Israel, y tenía a su disposición una red clandestina (encabezada y dirigida por Oliver North) de colaboradores (como los exiliados cubanos en Florida y militares estadounidenses retirados), empresas (muchas de ellas dedicadas al lavado de dinero y al narcotráfico), organizaciones inter- nacionales (Liga Anticomunista Mundial, entre otras), fundaciones (como la Konrad Adenauer y la Heritage), iglesias y movimientos protestantes conservadores (los predicadores Billy Graham, Pat Robertson, el Club 700, la Iglesia de la Unificación fundada por Sun Myung Moon), entre otros (Honey, 1994, pp. 325-242 y 357-372; Grandin, 2007, pp. 140-144).

La creación, organización, entrenamiento y apoyo a “La Contra”, permitió a todos los que se vieron vinculados (tanto agentes y personal del gobierno norteamericano, militares de la Junta Militar Argentina, antiguos ex guardias somocistas y miembros de la oposición antisan- dinista) valerse del discurso de la lucha anticomunista, para justificar y legitimar no solo la agresión a la soberanía de un país y la violación a los Derechos Humanos, sino también, una serie de actividades ilegales como el tráfico de armas y drogas y la legitimación de capitales (Armony, La Argentina, los Estados Unidos y la cruzada anti comunista en América Central, 1977-1984, 1999, p. 69). Por supuesto, eso era algo que La Nación evitaba o decidía ignorar, ya que, como se dijo, las acciones de “La Contra” estaban bien intencionadas y representaban una lucha del bien contra el mal, así lo reconocía Aníbal Arana (miembro de la secretaría política de ARDE), en la sección “Foro,” del 24 de agosto de 1983:

ARDE como movimiento revolucionario nicaragüense, sí combate con la violencia de la crítica de las armas o con las armas de la crítica a toda acción de grupo u organización que menoscabe las libertades fundamentales y los Derechos Humanos del pueblo nicaragüense. En esto somos intransigentes (…) por esta moral sandinista y revolucionaria, no tememos ser calificados de crimi- nales de parte de los que apoyan al totalitarismo represivo y genocida del FSLN (Arana, 1983).

Algo muy similar a lo escrito por Arana, se puede leer en el artículo que se publicó el 6 de enero de 1984, que al referirse de los contras lo hacía de la siguiente manera:

Reconocer que tú eres un verdadero patriota, un gran nicaragüense, pues dejaste abandonados a tu rancho, y te fuiste junto con tu madre, tu esposa y tus hijos, añorando y llorando todo lo tuyo, esperando un mañana que cambie las cosas y conquistes el derecho que como nicaragüense tienes a tu patria y a tu hogar.

Prefieres morir con el fusil en la mano y no sufrir la deshonra de verte marginado de tu propio país, por esa casta de desalmados ateos: la nomenklatura de los 9, que comercian con el hambre de los campesinos, apoyados por su ejército corrupto que los mantiene en el poder.

Sé que estás en las montañas, a la intemperie, bajo los rigores de las lluvias, el viento y el frío. Quizás en este día estás triste, y yo también lo estoy porque igual que tú quiero recuperar mi patria, y entonces hermano mío, hombro a hombro, brazo a brazo, puño a puño, sí que sabremos cuidar y defender lo nuestro (Ruiz, 1984).

Enfatizar, en las publicaciones de La Nación, que “La Contra” respondía únicamente a los deseos del pueblo nicaragüense fue otra de las estra- tegias discursivas para idealizar al movimiento, y así lo señalaba en “Foro,” el 25 de enero de 1983, Detlef Von Appum (periodista de la Alemania Federal), “son los únicos (los contras) que pueden afirmar que están libres de cualquier manipulación de las potencias internacionales, y que su única meta es salvar la revolución pluralista democrática nica- ragüense que fue traicionada por los nueve comandantes” (Appum, 1983). Incluso, si dentro de las filas contrarrevolucionarias combatían extranjeros, estos no podían ser catalogados como mercenarios (como si sucedía con los asesores internacionales del régimen), a tal situación se refería Juan Sánchez (subdirector del diario), en un artículo del 11 de setiembre de 1984, “son la vanguardia de muchos otros voluntarios que se entregarán a luchar por la libertad (Se debe) glorificar su entrega y abnegación” (Sánchez, Mercenarios e internacionalistas, 1984).

Los esfuerzos tanto del diario y de quienes escribían y publicaban en él, se centraron en resaltar el carácter campesino del movimiento. La identificación del Contra como campesino (muchas veces joven), pobre y amante de su familia, de su país y su religión fue construida no solo en los editoriales y artículos de opinión, sino también, en una serie de reportajes que se publicaron entre el 13 y el 18 de mayo de 1983. Sobre el primer tipo de publicaciones, destaca un editorial publicado el 31 de enero de 1984, en él se explicaba

la composición del grupo -campesinos humildes, quienes, supu- estamente, deberían ser los principales beneficiarios de una revolución socialista- demuestra la falta de arraigo popular del régimen sandinista, el mismo que ha tratado de justificar la falta de libertad con un presunto avance social inexistente (Los refugiados de Pastorga, 1984).

La periodista Marcela Angulo, en “Opinión de Redactor,” del 18 de

mayo de 1983, también describía a los contras como:

campesinos dispuestos a dar sus vidas por recuperar a su patria de la intervención extranjera sovietizante. Esos a los que la prensa sandinista insiste en llamar ‘bestias’, no son más que niños y niñas, mujeres, jóvenes y ancianos sedientos de libertad, quienes legitiman a un movimiento que muchos pretenden ignorar (Angulo, 1983).

Los reportajes, encargados a Lafitte Fernández (sobre el FDN) y a Edgar Fonseca (sobre ARDE), son las publicaciones que mejor evidencian esa caracterización favorable de “La Contra”, en ellos, los periodistas se encargan de unir todos los discursos y estrategias (lucha patriótica y desigual, el amor por la democracia, la mística del combatiente) y sintetizarlos en la figura del campesino. Fernández describía su encuentro con las fuerzas del FDN de la siguiente:

No sé cuántas veces me pregunté si sólo encontraría bestias adiestradas para matar, como les llaman sus detractores, o sencillamente hombres que han empuñado su fusil para combatir a unos gobernantes cuyas ideas les resultan exóticas.

Es cierto que, entre las dilatadas selvas de esa región, un signi- ficativo porcentaje de exguardias somocistas emprenden hoy fieros combates contra los sandinistas, a quienes acusan de entregar a Nicaragua al comunismo internacional.

No obstante, no están solos ni tampoco sus ojos se iluminan con la sangre o el revanchismo: estiman que la guardia murió en julio de 1979 y ahora se consideran cuerpos militares sin amo y comple- tamente renovados.

En esa misma selva que promueve la clandestinidad de los exsomo- cistas también se mueve un número de hombres mayor, que aunque ahora guerrilleros, jamás habían disparado una ametralladora ni mucho menos lanzado una bomba a nadie.

Se trata de alzados de 14, 15 o 16 años de edad, hombres y mujeres, campesinos que descienden casi desnudos de las colinas reclamando un arma para combatir un sistema con el que no están de acuerdo, o personas que no aceptan que les rechacen a su Dios (Fernández, Nicas de nuevo en la línea de fuego (frente norte), 1983).

Posteriormente, en otro reportaje Fernández complementaba lo anterior, dándole rosto y nombre a los combatientes, humanizándoles, y a la vez deshumanizando a los sandinistas, convirtiéndolos en monstruos:

José es uno de los primeros hombres que conocí (…) tiene 54 años y siempre se dedicó a cultivar la tierra en una pequeña parcela que posee cerca de Matagalpa. Sin embargo, según lo asegura, una vez ascendió el nuevo régimen comenzó a encarar dificultades por su religión (Fernández, Ese soy yo... soy José, 1983).

En la sección “Enfoque,” Fernández continuaba con esa monstrificación

de los sandinistas:

¿Quiere saber, periodista, por qué estoy aquí peleando en las montañas aunque solo tengo 15 años?

Yo nunca había volado pija y hubiese deseado quedarme en la escuela pero fueron ellos, los sandinistas, quienes nos obligaron a hacerlo (Fernández, Ese soy yo... soy José, 1983).

Por su parte, Edgar Fonseca, al describir a los combatientes del frente Sur lo hacía de manera muy similar a Fernández, no obstante, agrega que la situación que vivían los combatientes del frente sur era desesperante:

Hombres de cara dura, arrugadas algunas por el dolor que produce no sólo un clima inhóspito sino estar lejos del hogar, en medio de riesgos y con el futuro endosado a una bala (…) Algunos están con la moral en alto. Otros, ante la dureza de la situación, arrugan más sus caras y le susurran al oído de los visitantes intensos deseos de volver al hogar (Fonseca, Guerrilleros escriben a sus madres, 1983).

En otro reportaje Fonseca continuaba y señalaba que:

Se definen como fervientes enamorados de la libertad. Ansían la democracia, la paz. Sin embargo están en guerra.

De sus conversaciones ilusionadas, se interpreta que si no los doblegó un terremoto, ni la anterior dictadura, tampoco los avasallará el sistema totalitario (Fonseca, ARDE dice empuñar fusiles por la paz, 1983).

Es necesario señalar, y reconocer, que esa construcción discursiva de “La Contra” como campesinos respondía a una realidad, que investigadores como David Stoll (Stoll, 2005), Verónica Rueda (Rueda, 2015) e Irene Agudelo (Agudelo, 2017) han analizado, señalando como los errores cometidos por las autoridades en las regiones rurales de Nicaragua sirvieron de aliciente para que muchos de los pobladores de esa zona se vincularan con el movimiento armado.

Sobre el otro colectivo social que se enfrentó a los sandinistas, los indígenas de la costa Caribe, La Nación en sus publicaciones, las cuales no fueron muchas, rescató que estos fueron los primeros en oponerse al régimen. Es necesario tener presente que la Revolución abrió espacios que luego fueron aprovechados para que los indígenas se organizaran y se enfrentaran al proyecto sandinista, muchos de los líderes indígenas como Brooklyn Rivera, Steadman Fagoth y Hazel Lau fueron parte de organizaciones sandinistas (durante los primeros años, entre 1979-1981), y aprovecharon su posición para realizar proselitismo político entre los indígenas, promocionando la idea de autonomía sobre el territorio indígena (Jenkins, 2013, pp. 178-179), e incentivando el combate como medida de presión.

En 1982, sobre la resistencia indígena La Nación en uno de sus editoriales destacaba “(su) ancestral espíritu de independencia y agresividad” (Los ambiciosos planes del sandinismo, 1982), mientras que en otro se aseguraba que los misquitos “pelean por su independencia como pueden, y los comandantes, en lugar de escrutar el fondo del problema, de buscar soluciones pacíficas, de aliviar la tensión, meten como primera providencia a 100 indios a la cárcel” (El sandinismo apura el paso, 1982). La posición editorial era reforzada con artículos como el de Eduardo Ulibarri (director del periódico), quien consideraba a “la población miskita (…) uno de los fermentos opositores más irreductibles” (Ulibarri, 1982).

Como ya se mencionó anteriormente, la figura de Edén Pastora estuvo cargada de controversia, en un principio, cuando este anunció su lucha contra el régimen, La Nación reconoció que era uno de los personajes más famosos y un héroe de la Revolución, “el comandante Pastora, figura cumbre de la revolución nicaragüense, luchador de larga y probada trayectoria contra el somocismo” (La reinvindicación de sandinismo genuino, 1982), “uno de los más aclamados y reconocidos héroes de esa gran gesta nicaragüense” (Pastora y el futuro de Nicaragua, 1982).

No obstante, las incongruencias ideológicas de Pastora y su negativa a reconocer al FDN y unir esfuerzos (Kinzer, 2007, p. 232), provocó que periodistas y otros colaboradores del diario, muy cercanos a la derecha costarricense (incluso militantes del MCRL), atacaran a Pastora y lo presentaran como un oportunista, que lo que buscaba era figurar antes que preocuparse por liberar Nicaragua, entre ellos destacaba Bosco Valverde (periodista y jefe de información) que desde la sección “Buenos días” se refería a Pastora como “un soldado de la fortuna” (Valverde, La venada careta, 1982) que:

aparte de aquella hazaña, un granito de arena en la lucha que derrocó a Somoza, no ha hecho otra cosa que servir de relacionista público a quienes, con verdadero apego al deseo de que la patria de Sandino sea libre algún día, luchan y mueren en las montañas, sin que nadie conozca siquiera su identidad (Valverde, Revolucionario resentido, 1983).

Fue así como la figura de Pastora fue perdiendo legitimidad (pero no protagonismo) en las publicaciones del diario. Ante tal situación, La Nación se encargó de hacer un llamado a la unidad (contra la que Pastora

atentaba) de todas las fuerzas contrarrevolucionarias, unidad que en el discurso debía superar toda rencilla personal, todo ego y situar al afán democrático por encima de todo:

El sectarismo de Edén Pastora es una semilla que en caso de victoria encendería en la hermana república otra revolución. De lo que se trata es de liquidar el actual régimen de los comandantes y de liberar la ocupación del país; de lo que se trata es de hacer realidad los propósitos porque el pueblo fue a la lucha (El caso Pastora, 1983).

Una opinión parecida a la del editorial anterior, tenía Juan Sánchez:

Ahora se trata de restablecer las mismas libertades de entonces, empuñando también las armas para ello, pero siempre parece existir una razón que conspira contra la unidad de los combatientes, en la mente de Pastora. Antes, el cargo mayor era que en el frente norte peleaban somocistas y los hombres del frente sur podían ‘contagiarse’. Ahora, se trata de un supuesto envío de hombres a Honduras y Argentina a recibir preparación para la batalla. Mañana, quién sabe (Sánchez, Escrúpulos para el combate, 1983).

“La Contra” desde las páginas de Universidad y Libertad

En Universidad y Libertad, se (re) presentó a la contrarrevolución como bandas armadas de exguardias y mercenarios entrenados por los Estados Unidos, que buscaban derrocar a los sandinistas para instaurar el somocismo o un gobierno que respondiera a las exigencias y velara por los intereses (políticos y comerciales) estadounidenses. En cada una de las publicaciones se dio mucho énfasis a las violaciones a los Derechos Humanos llevadas a cabo por los insurgentes, y con ello se trataba de hacer ver a “La Contra” como un grupo de asesinos que atentaban contra las políticas y logros de la Revolución; si bien es cierto, los actos de

violencia no son algo que se pueda negar a la luz de las pruebas e informes que así lo señalan (Rabe, 2010, p. 161), Universidad y Libertad enfatizaron y resaltaron tales actos, buscando simplificar la información y con ello deslegitimar a “La Contra”, deshumanizarlos y enaltecer al FSLN, similar a lo hecho por La Nación.

Somocistas, mercenarios, asesinos, filibusteros y vende patrias, fueron algunas de las características, todas hacían referencia a sujetos ajenos al ser nicaragüense, a lo extranjero y extraño, usadas para describir a “La Contra”, negando que esta fuera capaz de responder a los intereses y exigencias de la población nicaragüense, y privilegiando los factores externos frente a los internos. Esa percepción del movimiento, que reproducía el discurso oficial del Frente, imposibilitó una comprensión real a la hora de distinguir “La Contra” campesina, que luchaba por el respeto y recuperación de su modo de vida tradicional, del resto de la coalición contrarrevolucionaria (con objetivos políticos e ideológicos más cercanos a la administración Reagan) (Martí, 1997, p. 266).

Las publicaciones de Universidad y Libertad no daban crédito a la capacidad de “La Contra” para canalizar y captar el apoyo de los campesinos, que llegaron a tomar las armas para hacer frente a un proyecto que atentaba contra su forma de vida, se rebelaban para defender o restaurar la realidad que la Revolución cambió (Hobsbawm, Bandidos, 1976, p. 22; Hobsbawm, Rebeldes primitivos. Estudios sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX, 1974, p. 15).

Incluso, miembros del FSLN, como Sergio Ramírez, reconocerían poste- riormente, la idoneidad discursiva de la contrarrevolución frente a las complicaciones teóricas del marxismo que promovía el FSLN en el campo:

Y ese discurso de la contra, lejos de complicaciones teóricas, era insidioso pero simple: te quieren quitar tu libertad, quieren quitarte a tus hijos, quieren quitarte tu religión, vas a tener que venderles tus cosechas solo a ellos, y la poca tierra que tenés te la van a quitar, y si no la tenés, nunca te la van a dar en propiedad (Ramírez, 1999, p. 230).

Desde las páginas de ambos seminarios no había cabida para comprender cómo la desarticulación de los vínculos y mediaciones de la vida de los colectivos campesinos e indígenas, el control estricto sobre la vida al que fueron sometidos y la implementación de un nuevo imaginario, hizo que tomar las armas pasara a ser una opción para considerar, la materialización de lo que E. P. Thompson definió como la “economía moral de los pobres” (Thompson, 1989, pp. 65-66). De tal manera, el resentimiento y la violencia, influidas por una serie de categorías morales (lo que estaba o no permitido hacer o lo que es correcto) que resultaron de la interiorización, por parte del campesino, de las formas de coerción a las que estaba siendo sometido generaron una sensación de impotencia y la rabia ante la transformación que se estaba llevando a cabo de su realidad y la ejecución de medidas que iban en contra de su cosmovisión (Martí, 1997, p. 272).

Por consiguiente, no era de extrañar artículos como el del profesor y escritor Alejandro Quesada Ramírez, en la semana del 22 al 28 de abril de 1983, en el número 579 de Universidad, en donde se reproducía esa idea de “La Contra” como un movimiento que respondía a intereses foráneos, y no se hacía ninguna mención a la presencia de campesinos, todo lo contrario, ligaba al pueblo con el proyecto y las ventajas que disfrutaba:

La contrarrevolución nicaragüense es totalmente externa, gestada desde afuera e inyectada desde allí por los procedimientos más oprobiosos. El gobierno norteamericano y los somocistas encabezan esta táctica en forma abierta y cínica. De modo directo e indirecto embisten al sandinismo triunfante. Triunfante porque a pesar de obligarlos a invertir en la defensa de la Revolución un gran porcentaje del esfuerzo nacional, han logrado en corto tiempo alcanzar el poder adquisitivo per cápita, más alto de Centroamérica y los precios más bajos de los artículos de primera necesidad de toda la región. Las mayorías trabajan y comen más y mejor que en el resto del Istmo y que en la dictadura somocista que derrocaron (Quesada, 1983).

En reportajes, como el del periodista Gilberto López, publicado la semana del 8 al 14 de abril de 1983, en el número 577 del semanario Universidad, se negaba la posibilidad de “La Contra” de ganar apoyo y popularidad entre la población:

Según los datos de ‘la contra’ (…) como llaman en Nicaragua a los grupos de exguardias somocistas (…) la intensificación de la lucha servirá de catalizador de ese descontento, provocando un alzamiento popular contra los sandinistas. Nada de lo que se observa en Nicaragua permite avalar esa hipótesis, pero la aventura podrá contribuir a ahondar la tragedia de un pueblo (López, 1983).

Mientras que José Cordero Croceri, político (diputado por el partido Liberación Nacional entre 1958 y 1962), escritor y periodista, en un artículo publicado en la semana del 12 al 18 de noviembre de 1982, consideraba que:

Sabemos que el río San Juan es la vía predilecta de las huestes somocistas que, con todo el apoyo de Reagan, están a la espera de que el Gobierno Sandinista abandone su vigilancia, para introducirse por su cauce y sembrar la muerte y destrucción, por la misma vía tal y como lo hicieron los otros filibusteros de 1856 (Cordero, 1982).

En Libertad, los editoriales y artículos más que agregar, complementaron el discurso de Universidad (como ya se dijo más arriba). Para el semanario comunista, que en “La Contra” los campesinos fueran una importante mayoría, superando a los exguardias, era una realidad que no se podía aceptar. Sin embargo, como lo señala David Stoll, para 1990, año en que se llevó a cabo la desmovilización de los combatientes, un 80 por ciento de ellos tenían como lugar de origen los departamentos montañosos del norte de Nicaragua (p. 146), donde se ubican lugares como Nueva Segovia, Matagalpa y Chontales. La semana del 15 al 21 de abril de 1983, Libertad demandaba:

Tener presente, además que Nicaragua ha sido invadida por el viejo ejército de ocupación yanqui, que antes operaba con el nombre de Guardia Nacional y ahora se encubre bajo el nombre de ‘fuerza democrática’, pero que, cualquiera sea el mascarón que utilice es mundialmente señalada como un ejército expedicionario tan parecido al ‘US Marine Corps’ como una gota de agua a otra (El camino de la paz, 1983).

Dos editoriales, uno de la semana del 6 al 12 de mayo y otro del 16 al 22 de septiembre, ambos de 1983, reforzaban esa posición del semanario, “La Contra” como un grupo de mercenarios asesinos y “extranjeros”, “las bestias somocistas, asesinan a civiles indefensos, matan a las mujeres y a los niños, tratan de crear un ambiente de terror con los mismos métodos utilizados por la genocida exguardia nacional” (No aceptamos intervención de la OEA, 1983), “unos malos nicaragüenses se han prestado para servir de verdugos de su pueblo y llegan a Centroamérica como mercenarios del imperio, armados hasta los dientes y enfebrecidos por un odio animal” (La independencia y el patriotismo, 1983). Además, junto con la monstrificación (o bestialización) de “La Contra”, otra estrategia discursiva usada por Libertad en sus publicaciones fue catalogarla como “bandas contrarrevolucionarias” (Unamos fuerzas para que Reagan no nos arrastre a la guerra, 1983), negando con ello la posibilidad de crecimiento y apoyo popular.

Otro punto importante para tomar en cuenta es que para Libertad y sus colaboradores, ser contrarrevolucionario era oponerse al avance de la justicia social, al bienestar y con ello atacar a los más necesitados, como lo explicaba la dramaturga, escritora y activista de izquierda Virgina Grutter, en “Señales,” de la semana del 17 al 23 de febrero de 1984:

La revolución se hace para cambiar lo que está mal, en la economía, en la sociedad y en la política. Para darle una nueva orientación a la humanidad, hacia la justicia y la abundancia para todo el pueblo.

El contrarrevolucionario está en contra de los grandes cambios a favor del pueblo.

Al contrarrevolucionario lo mueve, entre otras cosas, el odio contra los humildes. No odia la pobreza, sino a los pobres.

El contrarrevolucionario quiere eternizar un estado donde siempre haya pobres que tengan que vender su trabajo, donde el campesino siempre trabaje para el terrateniente. Quiere un mundo con dos clases de habitantes.

Los contrarrevolucionarios hacen contrarrevolución para defender sus privilegios o los de sus amos, para garantizar el derecho de despojar al pueblo de sus conquistas, para defender un mundo donde haya lugar para el vicio, la trampa, la mentira (Grutter, 1984).

Al establecer las razones por las cuales luchaba “La Contra”, razones detestables según el imaginario social de los comunistas y de aquellos comprometidos con las luchas sociales, no sólo se deslegitimaba a la contrarrevolución, sino también, se legitimaba al proyecto sandinista y a sus políticas. Sin embargo, este tipo de discurso no reconocía las fallas y errores cometidos por el FSLN, como lo fue el Servicio Militar Patriótico (SMP).

El SMP al tratar de incorporar a los campesinos a los esfuerzos de defensa del régimen, lo que logró fue alejarlos del proyecto revolucionario. El reclutamiento de milicianos entre el campesinado se hizo muchas veces de manera forzosa, movilizándolos (sin previo aviso ni preparación) a zonas alejadas de su lugar de origen, afectando su sentido de pertenencia y sus sistemas de producción (reproducción de la economía campesina) (Martí, 1997, pp. 251-255). Por tal razón, muchos campesinos decidían unirse a “La Contra”, que les permitía quedarse en su región (zona montañosa de Nicaragua), y que, junto a un discurso más cercano a la realidad campe- sina, y ganándose el apoyo de los líderes comunales desplazados por las autoridades del Frente, logró capitalizar ese descontento.

Libertad y Universidad en su deseo por defender la Revolución fueron incapaces de reconocer que muchas de las políticas de los sandinistas en temas de defensa fueron erradas, el SMP envió a jóvenes sin preparación a enfrentarse y reprimir a campesinos simplemente bajo sospecha de colaborar con “La Contra”, lo cual provocaría no solo críticas por parte de aquellos que en su momento apoyaban al Frente dentro de la pobla- ción nicaragüense, sino que también resistencia a integrarse al Ejército Popular Sandinista. Otro elemento que no fue reconocido por parte de ambos semanarios fueron los desplazamientos forzados que las auto- ridades sandinistas llevaron a cabo contra las poblaciones nativas de la costa Caribe (Jenkins, 2013), y la reinstalación, también hecha a la fuerza, de pobladores de las regiones montañosas en aldeas estratégicas o urbanas (Bataillon, 2014, p. 30).

Sin dejar de señalar que “La Contra” llevó a cabo actos de violencia atroces y violaciones a los derechos humanos, también es necesario reconocer, algo no hecho por los semanarios, que, para muchos, más aún en zonas rurales en donde la presencia sandinista era menor, en compa- ración con las regiones del Pacífico y urbanas, integrarse a la contrainsurgencia era un mecanismo de protección y seguridad. Protección en tanto permitía a quien se integraba contar con una posi- bilidad de defensa ante aquellos a quienes consideraba enemigos de su estilo de vida, y seguridad. Unido a lo anterior, y apoyándose en lo planteado por Bataillon, participar en la contrarrevolución le daba acceso a una alimentación con frecuencia más variada y mejor, además de poderse vestir y calzar (aunque esas posibilidades aplicaban a cuanta ayuda obtuvieran de sus patrocinadores extranjeros) (2014, p. 24).

Finalmente, al igual que en La Nación en Libertad la figura de Edén Pastora estuvo presente en las publicaciones, no obstante, esta desde un principio fue atacada, al considerarlo como un traidor y oportunista, un tipo cobarde y mentiroso que ni siquiera tenía el valor de combatir, ya que se refugia en Costa Rica. Así se hacía ver en un editorial del 23 al 29 de abril de 1982:

Desde hace algún tiempo Pastora entró en contacto con funcionarios del gobierno norteamericano, que supieron utilizar la vanidad, los resentimientos y la falta de sólidos principios revolucionarios del excomandante sandinista para arrastrarlo finalmente al camino de la traición contra su pueblo (La traición de Pastora, 1982).

Conclusiones

Como se pudo observar a lo largo del artículo la manera en cómo desde la prensa costarricense se (re)presentó a la contrarrevolución adquirió un carácter de propaganda. Sin importar si fuera en contra o a favor de esta, lo fundamental era posicionar al otro, al adversario como un monstruo, un ser ajeno y diferente que llegaba a encarnar todo lo malo y despreciable.

Así las cosas, las estrategias discursivas presentes en los periódicos se valieron de una deshumanización y monstrificación del otro. Al hacerlo, se legitimaban las acciones llevadas a cabo por unos o se deslegitimaban los proyectos de los otros; como parte de esa dinámica definir qué era lo que se entendía por democracia y una revolución fue clave, ambos conceptos fueron apropiados y usados dependiendo de la posición política e ideológica de los rotativos y de quienes escribían en sus páginas.

La manera en cómo desde la prensa se hizo referencia a “la contra” se caracterizó por ver a esta como un bloque homogéneo, en donde se uti- lizaban categorías y etiquetas que englobaban todo. Ya fuera verlos como traidores, asesinos o patriotas lo importante, más que preocuparse por entender la dinámica del conflicto, era construir una idea y repre- sentación que se pudiera contrastar con su opuesto, como en el juego de los espejos, se contaba con una imagen distorsionada. Tal particularidad hizo que más que dar una explicación de la complejidad del conflicto en Nicaragua, las razones por las cuales grupos de personas decidían de- fender o enfrentarse al régimen, todo se reducía o a una lucha entre comunismo y democracia o a revolución frente al imperialismo.

De igual manera, resulta llamativo la forma en cómo, independiente- mente del periódico, hubo una concordancia en las maneras de utilizar el discurso periodístico para crear climas de opinión alrededor de lo que sucedía en Nicaragua. A las etiquetas propias del discurso de la Guerra Fría, se le sumaron otras que ya de por sí habían estado presentes en el imaginario costarricense de cómo referirse a los nicaragüenses.

Fue así como en el marco de la Guerra Fría, y de una crisis en la región centroamericana, viejas ideas y representaciones se encontraron con nuevas formas de pensar y ver al otro. El hecho de referirse a “los con- tras” o sandinistas como peligrosos, una amenaza, traidores iba de la mano de ver, desde Costa Rica, al nicaragüense como un problema, y cómo aquello que sucedía en ese país podía afectar y amenazar a la es- tabilidad y soberanía costarricense.

Por tal motivo, el uso de la prensa, especialmente de la sección de Editorial y opinión, resulta muy atractiva para entender la manera en que se le trata de dar forma y manipular la opinión pública en momentos de crisis y conflicto. La prensa sirvió en ese momento de termómetro social y podía jugar el papel de punto de referencia para que las personas se informaran y tomaran una posición sobre determinado tema o suceso.

Queda pendiente investigar cómo lo expuesto por la prensa repercutió en las personas lectoras de la época, hasta qué punto lo publicado tenía una repercusión en el público y cómo (punto importante de análisis) contribuyó en la mentalidad colectiva a entender el conflicto que sucedía en la región. Por el momento, este trabajo espera ser un aliciente para futuras investigaciones sobre medios de comunicación en coyunturas de crisis.

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1 El finquero, era el modelo a seguir, el líder de la comunidad, que a diferencia de los grandes terrate-nientes no se ligó al régimen somocista, sus vínculos se limitaron al ejercicio de funciones administra- tivas (jueces de mesta, presidentes cantonales) que legitimaban su autoridad local. En el imaginario del campesino, la percepción de que las propias fuerzas son el elemento central para el progreso personal era fundamental, por tal razón, la figura del finquero era tan importante y respetada.

2Entre las principales bandas contrarrevolucionarias se puede mencionar a la legión 15 de setiembre (Fundada por Enrique Bermúdez ex coronel de la GN), La Unión Democrática Nicaragüense-Fuerzas Armadas Revolucionarias Nicaragüenses (UDN-FARN), Fuerza Unida Revolucionara (FUR), Fuerzas Armadas Democráticas, las Fuerzas Armadas Anticomunistas (FARAC), entre otras.

3La FDN estuvo integrada por el Ejército de Liberación Nacional, la Alianza Democrática Revolucionaria Nicaragüense y la Legión 15 de Setiembre.

4Como se mencionó anteriormente, la organización y establecimiento de las primeras organizaciones contrarrevolucionarias recayó en manos de oficiales y militares argentinos, pero la Guerra de las Mal-vinas (entre Argentina y Gran Bretaña) provocó que estos abandonaran el programa “Contra” y este fuera tomado por los Estados Unidos y la CIA, quienes siguieron con los lineamientos que establecieron los argentinos en Centroamérica.

5En 1983, “los contras” por primera vez lograron penetrar y asentarse en varios kilómetros de extensión a lo largo del norte y el centro de Nicaragua.

6ARDE estuvo conformada por Frente Revolucionario de Sandino de Edén Pastora, el Movimiento De-mocrático Nicaragüense encabezado por Alfonso Robelo, la Unión Democrática Nicaragüense-Fuerzas Armadas Revolucionarias Nicaragüenses, de Fernando Chamorro y la facción indígena Misurasata de Brooklyn Rivera.

Recibido: 03 de Abril de 2021; Aprobado: 14 de Agosto de 2022

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