La claridad de El amor oscuro (2023), de Hugo Mora
El amor oscuro, de Hugo Mora Poltronieri, fue publicado por Uruk Editores en 2023. Este libro de 11 relatos hace referencia -como se indica desde el título- al amor; específicamente, a los amores del mismo sexo, en distintas épocas, sociedades, contextos, etc., incluso cuando la homosexualidad no existía como concepto, ni era vista de forma negativa en ciertas culturas o grupos sociales. Este trabajo realmente es un esfuerzo por darles acceso a la expresión pública a esas formas relacionales relegadas en la historia. El libro, por lo tanto, está revestido de lo que Michel Foucault (2007) llamó un “discurso de réplica”, el cual, en este caso, busca reaccionar ante valores, normas, representaciones, etc., que condenaban (aún lo hacen) la homosexualidad.
Como afirma el sociólogo francés Didier Eribon (2001), la represión de la homosexualidad ha nutrido, históricamente, la determinación de expresarla y los relatos de El amor oscuro son una evidencia de ello. Al respecto, quiero referirme, en primer lugar, al relato “La gran noche de Rafael”, donde se expone parte de la violencia experimentada por los homosexuales en Costa Rica. El texto está ambientado en San José, en 1967. En él, se presenta a Rafael, un hombre que, desde la adolescencia, supo que era “rarito”. Este conocimiento de sí lo fue aislando de los demás, por lo que se acostumbró a una “soledad obligada”, como afirma el narrador. No es hasta que cumple 21 años que decide salir a buscar un lugar de encuentro para hombres. Sin embargo, en este espacio, encuentra formas de intimidación que, en nuestro país, se reprodujeron por mucho tiempo (y que se mantienen en el silencio), como lo fue la intervención constante de la policía en los bares y otros lugares de “ambiente” para “controlar” a esos sujetos que se salían de la norma, de lo considerado “sano” y, por ende, “lícito”.
Como explica José Daniel Jiménez Bolaños (2016, 63-64), debido a la escasez de fuentes, es difícil (si no imposible) elaborar una reconstrucción de la vida gay en Costa Rica antes de la aparición del VIH/SIDA. Sin embargo, algunos investigadores (Ramírez y Vargas 2007, citadas por Jiménez Bolaños) han establecido que, a partir de la década de 1950, empezaron las redadas en el país. Estas también fueron comunes durante el gobierno de José Joaquín Trejos, entre 1966 y 1970 -el relato de Mora se ubica, como dije, en 1967-, cuando (cito un testimonio recogido por Fallas y Gómez 2012): “La policía se metía a los bares, se llevaba a todo mundo, la gente se organizaba pero siempre llegaban y aun así siempre se llenaban los bares, pero se los llevaban y se pelaban ‘cocos’ a las personas y permanecían encerradas toda la noche” (153).
El amor oscuro, como vemos, forma parte de una toma de la “palabra gay”, la cual ha sido desarrollada, de manera explícita, en el campo literario de nuestro país, por autores como Uriel Quesada, José Ricardo Chaves, Ronald Campos, Alexánder Obando, David Ulloa, Ronald Hernández, entre otros. Por lo anterior, es posible decir que estamos ante “literatura gay”, un concepto que puede ser criticado, pero que, como explica el estudioso argentino Adrián Melo (2011), resulta valioso si lo entendemos como una “categoría política”. Para Melo, la literatura gay no se relaciona necesariamente con la sexualidad del autor, sino con las temáticas desarrolladas en las obras literarias y con la valoración que se puede ofrecer de ellas. Ciertamente, corresponde a una literatura centrada en la homosexualidad masculina, pero vista desde 1) la acción militante, 2) la solidaridad cultural y 3) el goce erótico (entre otros posibles aspectos). Afirma el investigador:
Lo que es indiscutible es que el discurso literario homosexual nace con la militancia -y como una forma central de acción militante- dentro de las identidades gays. Aún más, el discurso literario junto con el discurso teórico son los lugares por excelencia en los que se cuestiona a las categorías dominantes (en un entramado complejo en el que muchas veces el cuestionamiento puede coexistir con la repetición o el reconocimiento de los valores de la cultura hegemónica). (Melo 2011, “Prólogo”).
Por lo anterior, desde mi perspectiva, la etiqueta de “literatura gay” (o “literatura LGBTIQ+”), en relación con este trabajo de Mora, es adecuada en tanto el libro recupera, de manera ficcional, experiencias de vida vinculadas, principalmente, con hombres que disfrutan de estar con otros hombres y lo realiza de forma expresa contra los poderes que menciona en la introducción: el poder político y el poder religioso. Ambos, asegura el autor, nos han llevado a entender todo lo relacionado con el sexo como prohibido, indecente, pecaminoso. Las consecuencias de lo anterior son amplias, lo cual es ejemplificado en varios de los relatos de Mora. Por ejemplo, en el “El amor entre las flores”, un texto que retoma una tragedia nacional, la “Tragedia del Virilla” (al respecto, véase el libro de Ovares Barquero 2016, Tragedia en el Virilla, 1926), para ponerla en diálogo con la tragedia que experimenta una pajera de hombres (Narciso y Jacinto, de ahí el título del relato), en el contexto de la Costa Rica de 1926, luego de que uno de estos muera en el accidente ferroviario, que tomó la vida de cientos de personas que viajaban a Cartago.
Sin dar más detalles sobre lo que sucede, es claro, para mí, que el relato refiere el desprecio de la sociedad y de la Iglesia contra los sujetos que se consideran “desviados”. No extraña que, en el pueblo, luego de que todos se enteraran del amor entre estos hombres jóvenes, se impusiera, “por encima del dolor causado por la tragedia, un sentimiento de rechazo y vergüenza por la revelación inesperada de algo que se calificó de inmediato como una relación “antinatural”, algo imposible de aceptar para la gente tan decente” (Mora 2023, 113), según explica el narrador del relato. El odio que se desata no es sino la evidencia de la homofobia que nos define dentro de las sociedades heterocentradas y patriarcales. Se trata de un odio que nos antecede, que viene de afuera, pero que rápidamente se hace parte de nosotros. De ahí que sea necesario este tipo de trabajos que, como afirma el autor:
Solo aspiran a abrir el camino hacia una mayor exposición de lo que ha sido hasta hace poco la vida del colectivo: empezando por la oscuridad de la vida en las cavernas, pasando por el destello luminoso de los heroicos tiempos helenos, hasta llegar a circunstancias igualmente humanas en la vida moderna, pero oscurecidas por el fanatismo castrante en que los poderes legales y fácticos han sumido todo lo relativo a la expresión humana de afectividad y goces sexuales. (Mora 2023, 12-13).
Queda clara la finalidad militante (y hasta pedagógica) del texto de Mora, según la definición que he dado de “literatura gay”. Lo anterior también es evidenciado mediante los relatos con los que inicia el libro. Son dos historias que podrían parecer lejanas (incluso podría parecer que juegan con cierta idealización de la homosexualidad en otros tiempos), pero que son importantes para el autor, porque enfatizan el objetivo de su trabajo literario: exponer las diferentes realidades humanas vinculadas con la afectividad y con el goce sexual, principalmente, entre hombres. Los relatos a los que me refiero son “Las lanzas coloradas” y “Cita inmortal en Queronea”. El primero se ubica en la prehistoria, en una tribu africana en la que los jóvenes son iniciados en la adultez con la penetración de los hombres mayores del mismo grupo social. El segundo contextualizado en la Atenas del siglo IV a. C., donde la institución de la pederastia se mantenía vigente. Esta fue una tradición aristocrática educativa y de formación moral entre dos hombres (uno adolescente y otro maduro), que incluía el disfrute sexual. El padre le buscaba al hijo un “erastés” (un amante) fuera de la familia, para que lo “raptara” de forma ritual y vivieran juntos por un período.
Explica el narrador de este relato: “Los griegos, en su luminosa cultura, nunca redujeron la sexualidad a las posiciones extremas de hoy día: heterosexualidad u homosexualidad. Tal distinción carecía de sentido en aquella cultura” (Mora 2023, 30). Así, queda claro que estos relatos activan un discurso de legitimización homosexual, a partir de la mostración, en otras culturas y otros tiempos, de esta mezcla sorprendente entre la relación pedagógica, la sociabilidad exclusivamente masculina y el homoerotismo. Las referencias al mundo antiguo como una forma de militancia o de apología no son nuevas en la literatura gay ni en la cultura letrada (el papel que jugaron los helenistas de Oxford es, como asegura Eribon, central para la cultura homosexual moderna). Desde el siglo XIX, en Europa, ya se utilizaban dichas referencias como una forma de resistencia, que llevó hasta la conformación de “asociaciones” secretas, como la de la “Orden de Queronea”, constituida, en 1897, en el Reino Unido, por el escritor y poeta George Cecil Ives. Explica Eribon:
En muchos sentidos, la referencia a la Grecia antigua y a la filosofía platónica (la cual promovía las relaciones entre hombres y el homoerotismo) desempeñó al principio el papel de un «código homosexual». Y esta manera de expresar el amor entre hombres pronto se convertiría en el trasfondo sobre el que iban a elaborarse obras más explícitamente homosexuales. (2001, 223).
Como vemos, este trabajo se monta sobre una tradición y realmente lucha contra la invisibilidad gay, la cual no es natural, sino el resultado de las dinámicas sociales que, históricamente, llevaron a que los individuos sexodisidentes se mantuvieran en la oscuridad para encubrir la parte “nocturna” de su vida, lo cual tampoco quiere decir que no desarrollaran formas de sociabilidad en los diferentes contextos, hasta en los más hostiles, como ya lo mencioné en relación con “La gran noche de Rafael”, pero que, podemos ver en un relato como “Llamar al pan, pan”, el cual se ubica en 1954, y en el que leemos una historia narrada desde tres perspectivas: la del hijo, la de la madre y la del amante del hijo, un médico al que el joven conoce durante una cita médica. En este relato, la madre es una mujer excepcional que apoya a su hijo en todo y el hijo, por supuesto, se apoya en ella. El joven conoce al médico y empiezan a construir una relación por la atracción iniciada desde el primer momento. Finalmente, la madre interviene hasta el punto en el que ella misma les ayuda para que mantengan su relación al formar parte de una suerte de “comedia”, que todos deben representar para seguir las reglas de la heterosexualidad más convencional, como se exigía en ese momento. Así, construyen una “familia tradicional” que solo funciona como una fachada.
En otro relato, “El amor es de colores”, también se muestra cómo las familias no son necesariamente lo que parecen, de manera que la familia que encontramos en el texto está, primero, conformada por dos hermanos (ella y él); luego, por la hermana, su pareja masculina y el hermano; finalmente, por los dos hombres (el hermano y la pareja masculina de la hermana) y la hermana y una nueva amiga. Una familia de dos parejas homosexuales. El relato termina con una moraleja: “La vida afectiva de los seres humanos puede cambiar a lo largo de todo su camino: todo depende de las circunstancias porque hay toda una zona de grises -¡de felices grises!- entre esos extremos absolutos a que todavía reduce nuestra vida afectiva y sexual una sociedad enemiga de la libre expresión de sentimientos” (Mora 2023, 74). Como vemos, el trabajo de Mora expone, como una manera de entender su valor emancipatorio, parte de la historia de la sociabilidad gay, nos muestra parte del “mundo” de los homosexuales.
Digo que dicha mostración tiene un efecto emancipatorio, ya que, gracias a ella, gracias a la visibilización del “mundo gay” (entendido de forma amplia), las vidas de los gays y de otros sujetos minorizados han evolucionado, aunque sea una evolución diferenciada, que no ha alcanzado a todos por igual. Como explica Eribon (2001, 47), lo que necesitamos es que la homosexualidad y otras sexualidades disidentes sean expresables y mostrables, de manera que todos (incluidos los heterosexuales) podamos beneficiarnos de las conquistas hechas por la visibilidad y la afirmación de la diversidad, para que podamos vivir más serenamente y no disimular ya por completo lo que se es, ni limitar lo que se puede llegar a ser. Sigue el autor francés:
Si, como insiste parte de la obra de Foucault, al menos el primer Foucault, una sociedad se define por lo que hay en ella de decible y pensable, puede afirmarse que la visibilidad gay y lesbiana (LGBTIQ+) ha tenido por efecto transformar la sociedad en su conjunto, ya que ha modificado profundamente lo que es posible decir, lo que se puede ver y, por consiguiente, pensar. La movilización homosexual, la salida a la luz del día y la intensificación de la vida «subcultural» representan sin duda (junto con el feminismo) uno de los mayores entredichos en que ha sido puesto el orden establecido, sexual y social, pero asimismo «epistemológico», del mundo contemporáneo. (Eribon 2001, 47-48).
Como dije antes, en la “literatura gay”, un elemento muy importante, en relación con la visibilidad homosexual, es la mostración de lo erótico. Lo es ya que la sexualidad de los hombres gays, hasta nuestros días, sigue estando atravesada por un fuerte rechazo social. No extraña, entonces, que Mora, en varios de los relatos, recurra a esta estrategia literaria, e incluya episodios de goce erótico explícitos vinculados con los protagonistas y con sus experiencias sexuales. El homoerotismo conlleva, acá, un cuestionamiento a esas estructuras sociales que marcan una diferencia entre lo normal y lo anormal, y que, finalmente, criminalizan lo que definen como lo “desviado”; en este caso, en relación con la norma sexual. Asegura Mora en la introducción: “En estos dos milenios, la tradición cristiana ha impuesto su particular e inhumana visión de la sexualidad como heterosexualidad obligatoria, limitada a su utilidad reproductiva, desprovista de todo placer, calificando a todo lo otro, que es mucho más, como perversiones” (2023, 13). Así, la mostración de lo erótico, en este texto literario costarricense, constituye uno de los elementos más importantes trabajados en contra de las imposiciones inscritas en los cuerpos de los sujetos. El erotismo tiene, en este caso, una finalidad política y es, por ello, otra forma de “salir del closet”; o sea, de salir de la vergüenza, de la culpa instaurada en las personas.
Y, con lo anterior, aquí no es solo relevante la vida sexual de los personajes, sino también la constitución de relaciones; es decir, lo relativo a las formas de vinculación que van más allá de lo sexual y que demuestran las distintas vivencias de los sujetos representados. Como explica Eribon, el orden social margina y agrupa a la vez. Podríamos decir que las comunidades marginadas son promovidas por el mismo sistema social, pero, claro está, con sus condiciones… Y muchas de ellas están relacionadas con el silencio, con el ocultamiento. Por ello, “las vidas gays son vidas diferidas; sólo comienzan cuando el individuo se reinventa al salir de su silencio, de su clandestinidad vergonzante” (Eribon 2001, 49). Sigue el estudioso francés: “Cuando (el individuo) elige dejar de sufrir y, por ejemplo, forma otra familia -compuesta por sus amigos, sus amantes, sus antiguos amantes y amigos de éstos- y reconstruye así su identidad tras haber abandonado el campo cerrado y sofocante de la heterosexualidad” (Eribon 2001, 49).
Esto lo vemos en el último relato del libro de Mora titulado “Las cosas maravillosas”, donde un joven estudiante, Rodolfo, se enamora de un joven un poco mayor que él, Rodrigo. La narración, ubicada en la San José de 1955, empieza por hablarnos sobre el peso de las palabras; específicamente, sobre aquellas injuriosas utilizadas para señalar a los hombres homosexuales. Es la madre del narrador quien las utiliza y quien le hace ver a él, a sus catorce años, la capacidad que tiene el lenguaje opresivo para definir caminos sociales. Las injurias son agresiones verbales que dejan huella en la conciencia. Se inscriben, como explica Eribon (2001, 29), desde las edades más tempranas, en la memoria y en el cuerpo (porque la timidez, el malestar, la vergüenza son actitudes corporales producidas por la hostilidad del mundo exterior) y modelan las relaciones con los demás y con el mundo; por lo tanto, perfilan la personalidad, la subjetividad, el “ser” mismo del individuo.
Sin embargo, el narrador nos muestra cómo el lenguaje agresivo, utilizado por su madre, detonó en él la curiosidad por saber más sobre la homosexualidad aunado al interés que le despertó conocer a aquel joven al que su madre le dirigía su desprecio. La atracción fue realmente mutua entre estos dos muchachos, quienes empezaron una amistad a escondidas. Esa amistad luego fue a más, hasta el punto en el que Rodrigo introdujo a Rodolfo en una “nueva gramática de los cuerpos”, la cual le ofreció al segundo la oportunidad de pensarse de una forma diferente al descubrirse pleno en su sexualidad. Si bien, en este caso, su aprendizaje no conlleva una ruptura total con el silencio y el ocultamiento, su vida ya no podía volver a ser la misma. Afirma el narrador:
En el curso de estos dos días, mi vida había tomado un rumbo completamente diferente del seguido hasta entonces. Yo había entrado en un mundo nuevo, un mundo raro, del que no tenía ni idea. Y me había gustado. Era todavía muy joven, si bien intuía que, en adelante, nada sería fácil para mí, ni para Rodrigo, ni para lo nuestro. En tan poco tiempo, ya me había empezado a acostumbrar a todas esas cosas que con él había aprendido. Y yo estaba decidido a continuar en ese camino, pasara lo que pasara. (Mora 2023, 138).
Inicia, así, el proceso de ruptura con la injuria y con la familia que lo rechaza; por ende, comienza también un proceso de construcción subjetiva un poco más libre. Tener la voluntad para ser lo que realmente se es (sea lo que esto sea) corresponde a la enseñanza que nos deja este relato de Mora y, consecuentemente, toda su propuesta literaria, la cual, como hemos visto, narra las historias desde lo que llamé, en relación con la “literatura gay”, “solidaridad cultural”; es decir, narra desde el respeto a aquellos considerados “otros”. Por ello, para finalizar, podemos decir que El amor oscuro se aleja de las narrativas del insulto, tan comunes en relación con los hombres homosexuales para promover la dignidad del “otro”, la de su diferencia humana.













