Don Quijote En Bicicleta
He ido muchas veces a Santa Cruz, pero casi siempre en bicicleta. Cada dos o tres domingos, a las nueve de la mañana, comenzaba a pedalear trabajosamente para arriba, una subida que no terminaba nunca. Inclusive después de mi primer infarto, no renuncié al placer de recorrer esos kilómetros tan queridos para mí. ¡Hay que ver lo que pesaban ya los cincuenta años que llevaba a la espalda, unidos a la enfermedad coronaria! Nunca cronometré lo que duraba en el trayecto, pero les garantizo que muy pocos serían capaces de subir tan despacio como yo. M i interés no era solamente ver potreritos y vaquitas. Aunque el paisaje era un componente fundamental en mis paseos, la verdad es que en los almanaques cursis que nos regalan los diciembres en la zapatería se puede ver lo mismo. Pero Santa Cruz significa para mí muchísimo más. Es respirar ese aire tan diferente del que nos tragamos aquí abajo, altamente contaminado con humo y delincuencia. Es conversar con esa gente buena, es sentir que lo miran a uno con ojos limpios. Es caminar tranquilo, despreocupado del que nos llega por la espalda. Es toparse con Zúñigas, Romeros y unos pocos apellidos más que se repiten constantemente.
Fue en esa carretera donde sufrí la peor caída de mi brillante carrera ciclística. Venía bajando casi por la plaza de fútbol de El Carmen. Por la derecha caminaban dos muchachas con un enorme perro negro, que de repente se cruzó frente a mí. Desgraciadamente, yo venía a una velocidad mayor que la acostumbrada, y no hubo tiempo de hacer nada. La bicicleta quedó en el sitio del percance, mientras mis huesos volaban, dando exactamente media vuelta en los aires, de manera que caí de espaldas en el pavimento. No tuve ninguna lesión grave; quiero decir, huesos que brados o algo así. Pero sí rasponazos profundos y dolorosos en casi todo el cuerpo. Sorprendentemente, el zaguate no apareció por ningún lado. Las muchachas, por su parte, huyeron de la escena entre asustadas y divertidas, sin preguntar por lo menos cómo estaba yo. Tampoco los que jugaban fútbol en la plaza se preocuparon por mí, tal vez convencidos de que la acrobacia era planificada.
Había logrado sentarme en media carretera, y me sentía muy mal. Todo me dolía, y todavía estaba aturdido. Sin embargo, después de una inspección general, decidí que mis lesiones me permitían montar nuevamente en el vehí culo. Entonces tomé conciencia de que la pobre bicicleta también había sufrido un fuerte traumatismo, y su rueda delantera no apuntaba hacia adelante, como debe ser, sino hacia la derecha. Con mucho dolor la sostuve entre mis rodillas ensangrentadas, y logré enderezar la manivela, que era lo que realmente estaba torcido. Así pude continuar el viaje, aunque muy despacio, dado que el aro estaba dañado y la marcha era irregular, con cierto balanceo ridícu lo, como si el suelo estuviera lleno de huecos. Durante ese largo viaje de regreso a casa comprendí nítidamente los sentimientos de Don Quijote cuando volvía a El Toboso después de la batalla contra los molinos de viento.
Escribo estas cosas, porque el pasado febrero se cumplieron 90 años de la aprobación del plebiscito por el que Santa Cruz se unió a Turrialba, fecha de capital importancia para los turrialbeños. Ahora que la zona está de moda en los noticieros, por causa de las erupciones del volcán, me cuentan que algunas personas quieren vender lo que tienen, a cualquier precio, para escapar de allí. Pero yo confío en que los verdaderos santacruceños se van a mantener en sus propiedades y sus costumbres, sin temor a nada. Cosas como estas a la larga enriquecen y fortalecen a los pueblos.
Recordemos que Santa Cruz es la tierra de Laureano Albán -otro apellido ilustre por esos rumbos-, orgullo de las letras costarricenses. Tierra de Jorge Debravo, el poeta más querido en nuestra patria. Me basta cerrar los ojos para ver aquella escena surrealista: don Joaquín, su padre, atendiendo un minúsculo negocio sin clientes ni mercadería. No sé quién podía comprarle algo, si no había casas alrededor, ni iglesia, ni plaza de fútbol, ni nada. Únicamente él con varias ratas, dos atunes, cinco velitas, dos bolsas de café en polvo, sal, azúcar y casi nada más. No se tarda ban tres minutos para hacer el inventario. Y en la casa, doña Tina con sus ojos celestes, que al verme se le llenaban de agua. Pasaba yo hasta la cocina a robarle un bollito de pan casero, hasta el día en que comenzaron a llevárselo de alguna panadería. Me lo contó al borde de las lágrimas, tal vez sintiéndose culpable por no hornear el pan ella misma, como siempre.
Santa Cruz significa para mí mucho más que potreros y vaquitas.
Revista Lectores, p. 4- Marzo, 2010
Un Desconocido Llamado Jorge
El pasado 31 de enero de 2012 se cumplieron 74 años del nacimiento de Jorge Debravo. En su memoria, Costa Rica celebra esa fecha como el Día Nacional de la Poesía. Su muerte infame, en un accidente de tránsito, le llegó en el momento en que se consagraba como poeta, y esto se tradujo en un “boom” en la lectura de su obra. Todos los intelectuales, estudiantes y gente común andaban con un libro suyo debajo del brazo, a fines de los años sesenta y durante todos los setenta. La Editorial Costa Rica editaba sus libros uno tras otro, caso único en la historia de nuestra poesía.
Pronto se cumplirán 45 años de esa desgracia y las cosas han cambiado radicalmente: se acabó la Guerra Fría, los movimientos sociales de esos años se resolvieron, o por lo menos se eclipsaron, y a la mayoría de los estudiantes universitarios de ahora no les preocupa ni les importa lo que pasa en Costa Rica, ni mucho menos lo que sucede en el mundo.
Jorge Debravo se convirtió en una figura emblemática, absorbido en gran medida por la “cultura oficial”, cual quier cosa que eso signifique. Algunos políticos no están satisfechos si en sus discursos no aparece por lo menos una cita de Jorge; hay escritores que lo menosprecian y otros incluso se atreven a manosearlo. Me contaba mi amigo Ronald Bonilla que un poeta josefino escribió una versión propia -o no sé si llamarlo parodia- de un poema de Jorge, con vulgaridades incluidas. Me cuenta que este caballero lo ha leído en público varias veces, para festejo de cierto público que nunca falta (a propósito, me repugna esa cosa que llaman “poesía urbana”, aterrada de palabras soeces, que regocija a algunos asistentes a los recitales de poesía).
¿Saben quién fue Jorge los que lo mencionan o usan sus versos para artículos, política e incluso artesanía? Me parece que no. Se habla mucho y se conoce poco de nuestro querido poeta. Él vivió poco tiempo, y la mayor parte de ese tiempo se la pasó en Guayabo, donde no había nada; ni una plaza de fútbol, ni una escuela, ni una iglesia. Ocho o diez casas dispersas en los potreros. Nada. El lapso en que todos lo vimos brillar, aunque prolífico, fue escaso.
Poco tiempo antes de morir mi incomparable amigo Isaac Felipe Azofeifa, me recordó que no se ha escrito una parte de la biografía de Jorge: la que cuente su historia recién llegado a Turrialba, su asombro frente al cine, las modestas librerías y bibliotecas de la comunidad, el fútbol -que le sorprendía, pero no le interesó jamás- y otras cosas citadinas. “Eso le toca a usted, Marco -me dijo don Isaac-. Quiero leerlo antes de morir”. Estábamos en la Casa de la Cultura Turrialbeña hace varios años y todavía me apeno cuando lo recuerdo, porque hasta la fecha no lo he escrito. Es decir, he hablado de este tema en numerosas entrevistas y artículos, pero me falta ordenar y clasificar todo, para publicarlo en un solo texto y agregarlo a la ya extensa bibliografía de nuestro poeta.
Esto nos ayudaría a comprender quién era este personaje extraño salido de la nada, este niño que -como ya lo he dicho- no tuvo juguetes, que no pateó jamás una pelota, que antes de entrar a la escuela no tuvo un lápiz ni un cuaderno, y que aprendió a leer con ayuda de doña Tina, su madre, la cual era prácticamente analfabeta, aunque lo que le faltaba de conocimiento académico le sobraba de amor. Tal vez por eso mismo lo recuerdo como un adolescente jovial y bastante feliz, aunque carente, por lo dicho antes, del sentido lúdico de las cosas.
Termino declarando que me mortifica mucho el abuso que algunos músicos han hecho con sus versos, al po nerles música chocante. Para los que no lo conocieron, es bueno decir que él escuchaba música culta exclusi vamente, que amaba a Camille Saint-Saëns y otros clásicos, mientras que detestaba las canciones bailables de entonces, como el merengue, el chachachá y el rock and roll.
Pensando en todo esto, me parece que no hay nada qué hacer. Jorge Debravo nos pertenece ahora a todos, pero no todos saben manejar su herencia apropiadamente. Que Dios perdone a quienes ultrajan su memoria.
Revista Lectores, p. 4- Abril-Mayo 2012
Consejos Para Comenzar El Año 1960
El sistema que tenemos para medir el tiempo es bastante bueno, pero también macabro. Lo curioso es que pen sar en un siglo no me produce angustia, pero ya las semanas, días, horas, y sobre todo los segundos, resultan muy amenazantes para mí. Tic tac, tic tac, tic tac. Como una relojina macabra, imitando el ritmo de nuestro corazón asustado. Tal vez he visto muchas películas donde la bomba explota en el momento en que el segun dero llega al doce.
Definitivamente los mencionados segundos suenan más peligrosos que los siglos -¿suenan los siglos? -, tal vez porque nos recuerdan la fugacidad de la vida.
“Los días de nuestra edad son setenta años y si en los más robustos son ochenta años…, pronto pasan y vo lamos”, sentencia la Biblia en el Salmo 90. O sea, que yo llegué el 3 de enero anterior a la edad de “volar”: setenta años, porque no tengo nada de robusto. Pero los creyentes sabemos que la vida le pertenece a Dios y Él sabrá cuándo nos llama para aclarar las cuentas.
Comienza el 2014, las noches fresquitas y los propósitos de Año Nuevo, verdaderos algunos, falsos en su mayo ría. Es hora de estirarse como un gato viejo, bostezar y ver de qué manera echamos a andar con el almanaque nuevo. Otra vez lo mismo, pero siempre diferente, porque todo se transforma, se modifica. No hay nada está tico en el Universo ni en nosotros, por más que lo parezca. Jamás hubo un enero como este ni un lunes como este en los siglos pasados, ni los habrá en el futuro. Dios nos e repite.
Además, con este artículo se cumplen cinco años de atormentar a los turrialbeños y gentes de otros lares con estos comentarios. Cómo me habrá aguantado la dirección de esta revista, es un misterio. Y cómo es que la gente sigue comprándola, es aún más difícil de comprender.
Me insinuaba don Luis Romero, editor de la revista Lectores, que por qué no comentaba en esta fecha el poema de Jorge Debravo Consejos para Cristo al comenzar el año, publicado hace más de medio siglo, en el Año del Señor de mil novecientos sesenta. Buena idea.
Jorge escasamente sobrepasaba los veinte años, estaba recién salido de Guayabo y recorría las calles de Turrial ba como si fuera París. Apenas comenzaba a leer poesía respetable y era muy consciente de que escasamente andaba gateando como poeta; en el prólogo confiesa, con la terrible honestidad que tuvo siempre, que “No me duele en lo absoluto que estos poemas parezcan malos. O que lo sean…”. Los compara con “niños retrasados”. Y es que a Jorge no le gustan “para nada los poetas ininteligibles” y le interesa sobre todo que se le comprenda. Esa es su propuesta.
Consejos para Cristo se compone de nueve cantos breves, que conforman en realidad un solo poema, unitario en la forma y sobre todo en el fondo. El tono es de confianza con Jesucristo, aclarando desde el principio que son amigos. Muestra desde entonces su malestar con los curas y se permite recomendarle a Cristo que les re cuerde lo que es el cristianismo. Aquí aparece el génesis de su pensamiento futuro, siempre al lado de los des poseídos y angustiado por la injusticia que nos rodea. Le pregunta a Jesucristo, con las buenas intenciones más conmovedoras que se puedan imaginar, “qué piensas hacer en este año que comienza”. Sufre por los niños con hambre, los alcohólicos, las prostitutas, los políticos sucios. Pero sabe que somos impotentes ante el tamaño de estas calamidades y le ruega a su amigo que “por qué no nos ayudas un poquito”. He dicho muchas veces que Jorge fue siempre un niño y este poema es posiblemente la muestra más clara de eso.
Le dice a Cristo que no quiere que las gentes hablen mal de Él y por eso le propone que “venga, allá de cuando en cuando, / a pasar por lo menos / los fines de semana / en estos pueblos”. O sea, que se ofrece a trabajar gratuitamente como asesor de imagen para Dios. Ese es el encanto de Consejos para Cristo al comenzar el año: su ternura, su inocencia, su increíble buena fe.
Solo Jorge Debravo podía escribir una cosa así.
Revista Lectores, p. 4- Enero 2014
La Mula Vieja Y El Día Del Padre
En el tiempo que tengo de hacer estos comentarios, me ha ocurrido varias veces que, como hoy, termino escribiendo sobre temas que no deseo y se me “quedan en el tintero”, como decíamos antes, cosas que sí quisiera comentar. Pero qué le vamos a hacer; aquí vamos de nuevo.
Acaba de pasar el Día del Padre; ¡vieran cómo lo dudé para ponerle mayúsculas! La publicidad es como la del Día de la madre, solo que más modesta. Como que es más fácil vender la idea del regalo para mamá que para papá. De todas maneras, el comercio tiene que meter el diente sin misericordia hasta donde sea posible. Así será. Supongo que las ventas son mucho más bajas en esta festividad que en aquella. Y es que incluso a muchos padres no les entusias ma el asunto para nada. En las escuelas, las maestras a menudo no saben qué hacer. Con frecuencia terminan con una fiesta igual a la de las madres, y muchos padres ni siquiera asisten o se aburren terriblemente, para desesperación de las pobres educadoras, que hacen lo mejor que pueden.
Y entonces, preguntarán ustedes, ¿por qué hablar del asunto? Bueno, porque de tanta publicidad, de tanto manoseo del tema, de tanto escuchar a Piero cantando Mi querido viejo casa tras casa, casi como “la mula vieja” a fines de diciembre, se me antojó hablar de mi progenitor; “mi tata”, en lenguaje confianzudo.
El mío, que murió hace como siete años, fue extraordinario. Yo sé que la mayoría de las personas pensarán así del suyo, pero el mío realmente lo fue.
Un campesino que escasamente terminó la educación primaria, talentoso estudiante que no hizo la secundaria, por que entonces no se podía. El colegio más cercano estaba en Cartago y la estadía allá era incosteable para mi abuelo. Ya muy anciano, me confesó que siempre estuvo frustrado por eso. Tuvo la bendición de conseguir una mujer única y maravillosa para casarse, procrearon seis hijos y vivieron juntos casi sesenta años. Cuando digo que nunca tuvieron un pleito, la gente piensa que no es posible. Por supuesto que alguna vez a uno de ellos se le escapaba una palabra fuera de tono y entonces el otro “no escuchaba”, por lo que el asunto no pasaba a más. Nunca estuvo tan bien utili zado aquello de que cuando uno no quiere, dos no pelean.
Tremendo futbolista, los equipos de pueblos vecinos acostumbraban a pedirle que los reforzara, costumbre habitual de aquellos tiempos en que no había tantos jugadores como ahora.
Pero en lo que verdaderamente descolló, fue en ajedrez. Había un boticario, cuyo nombre no recuerdo, que en aquellos lejanos años veinte o treinta del siglo pasado, solamente tenía un contrincante: un sacerdote, cuyo nombre tampoco recuerdo, lo cual era, con seguridad, aburridísimo. Pues bien, parece que el hombre se empeñó en enseñar el complicado deporte a los muchachos de entonces, en parte para popularizarlo, en parte para conseguir nuevos rivales.
El asunto es que los hermanos Aguilar (mi padre y mi tío Fernando) superaron rápidamente al maestro, al punto de que el pobre boticario tuvo que volver a jugar con el cura, porque los jóvenes de Santa Rosa lo aplastaban sin mi sericordia.
Por desgracia, no era posible para ellos jugar en campeonatos nacionales y, cuando lo hicieron, ya pasados los cincuenta años, vieron con sorpresa que eran los mejores ajedrecistas del país. Mi tío, en especial, no encontró rivales en San José y dos años consecutivos fue Campeón Nacional, ambos campeonizaron dos veces por equipos, acompañados por don Jorge Ramírez y don Gerardo Budowski, gran científico, gran ajedrecista y eximio caballero. Gracias a eso fueron llamados a la Selección Nacional, jugaron contra selecciones de otros países, se subieron a un avión y fueron al extranjero, cosa solamente posible gracias a sus habilidades frente a un tablero. Espero que algún día lo nombren miembro de la Galería Turrialbeña del Deporte, a la par de su hermano. Sería lo justo.
Mi padre amó a sus hijos, y trabajó a lo salvaje para que nada nos faltara. Mi padre amó a su esposa, y supo honrarla y serle fiel hasta la muerte. Hombre de tangos y furibundo tomador de café, tenía una memoria enciclopédica, espe cialmente para la historia y la geografía, sus temas favoritos. Yo le preguntaba a menudo sobre estos asuntos y era un verdadero placer escuchar las respuestas, casi siempre condimentadas vehementemente con sus propias opiniones.
Para escribir todo lo que recuerdo de él, tendría que hacer un libro. Y tal vez lo haga. Por el momento me conformo con este comentario, a manera de desahogo ante el hecho de no tenerlo ya, y ante la centésima vez que escucho a Piero y su nostálgica canción.
Revista Lectores, p. 4- Junio, 2011
La Mula Vieja Y El Día Del Padre
En el tiempo que tengo de hacer estos comentarios, me ha ocurrido varias veces que, como hoy, termino escribiendo sobre temas que no deseo y se me “quedan en el tintero”, como decíamos antes, cosas que sí quisiera comentar. Pero qué le vamos a hacer; aquí vamos de nuevo.
Acaba de pasar el Día del Padre; ¡vieran cómo lo dudé para ponerle mayúsculas! La publicidad es como la del Día de la madre, solo que más modesta. Como que es más fácil vender la idea del regalo para mamá que para papá. De todas maneras, el comercio tiene que meter el diente sin misericordia hasta donde sea posible. Así será. Supongo que las ventas son mucho más bajas en esta festividad que en aquella. Y es que incluso a muchos padres no les entusias ma el asunto para nada. En las escuelas, las maestras a menudo no saben qué hacer. Con frecuencia terminan con una fiesta igual a la de las madres, y muchos padres ni siquiera asisten o se aburren terriblemente, para desesperación de las pobres educadoras, que hacen lo mejor que pueden.
Y entonces, preguntarán ustedes, ¿por qué hablar del asunto? Bueno, porque de tanta publicidad, de tanto manoseo del tema, de tanto escuchar a Piero cantando Mi querido viejo casa tras casa, casi como “la mula vieja” a fines de diciembre, se me antojó hablar de mi progenitor; “mi tata”, en lenguaje confianzudo.
El mío, que murió hace como siete años, fue extraordinario. Yo sé que la mayoría de las personas pensarán así del suyo, pero el mío realmente lo fue.
Un campesino que escasamente terminó la educación primaria, talentoso estudiante que no hizo la secundaria, por que entonces no se podía. El colegio más cercano estaba en Cartago y la estadía allá era incosteable para mi abuelo. Ya muy anciano, me confesó que siempre estuvo frustrado por eso. Tuvo la bendición de conseguir una mujer única y maravillosa para casarse, procrearon seis hijos y vivieron juntos casi sesenta años. Cuando digo que nunca tuvieron un pleito, la gente piensa que no es posible. Por supuesto que alguna vez a uno de ellos se le escapaba una palabra fuera de tono y entonces el otro “no escuchaba”, por lo que el asunto no pasaba a más. Nunca estuvo tan bien utili zado aquello de que cuando uno no quiere, dos no pelean.
Tremendo futbolista, los equipos de pueblos vecinos acostumbraban a pedirle que los reforzara, costumbre habitual de aquellos tiempos en que no había tantos jugadores como ahora.
Pero en lo que verdaderamente descolló, fue en ajedrez. Había un boticario, cuyo nombre no recuerdo, que en aquellos lejanos años veinte o treinta del siglo pasado, solamente tenía un contrincante: un sacerdote, cuyo nombre tampoco recuerdo, lo cual era, con seguridad, aburridísimo. Pues bien, parece que el hombre se empeñó en enseñar el complicado deporte a los muchachos de entonces, en parte para popularizarlo, en parte para conseguir nuevos rivales.
El asunto es que los hermanos Aguilar (mi padre y mi tío Fernando) superaron rápidamente al maestro, al punto de que el pobre boticario tuvo que volver a jugar con el cura, porque los jóvenes de Santa Rosa lo aplastaban sin mi sericordia.
Por desgracia, no era posible para ellos jugar en campeonatos nacionales y, cuando lo hicieron, ya pasados los cincuenta años, vieron con sorpresa que eran los mejores ajedrecistas del país. Mi tío, en especial, no encontró rivales en San José y dos años consecutivos fue Campeón Nacional, ambos campeonizaron dos veces por equipos, acompañados por don Jorge Ramírez y don Gerardo Budowski, gran científico, gran ajedrecista y eximio caballero. Gracias a eso fueron llamados a la Selección Nacional, jugaron contra selecciones de otros países, se subieron a un avión y fueron al extranjero, cosa solamente posible gracias a sus habilidades frente a un tablero. Espero que algún día lo nombren miembro de la Galería Turrialbeña del Deporte, a la par de su hermano. Sería lo justo.
Mi padre amó a sus hijos, y trabajó a lo salvaje para que nada nos faltara. Mi padre amó a su esposa, y supo honrarla y serle fiel hasta la muerte. Hombre de tangos y furibundo tomador de café, tenía una memoria enciclopédica, espe cialmente para la historia y la geografía, sus temas favoritos. Yo le preguntaba a menudo sobre estos asuntos y era un verdadero placer escuchar las respuestas, casi siempre condimentadas vehementemente con sus propias opiniones.
Para escribir todo lo que recuerdo de él, tendría que hacer un libro. Y tal vez lo haga. Por el momento me conformo con este comentario, a manera de desahogo ante el hecho de no tenerlo ya, y ante la centésima vez que escucho a Piero y su nostálgica canción.
Revista Lectores, p. 4- Junio, 2011
Cornizuelos De Los Últimos DíaS
Algunas cosas cambian tanto con el tiempo, que a veces lo que antes nos entretenía resulta en estos días un atropello contra el planeta. Recuerdo a nuestro gran novelista Carlos Luis Fallas presumiendo de los grandes cabros y venados que mató años atrás, cuando abundaban esos bichos en nuestras montañas. Aunque hubo visionarios que nos advir tieron sobre el exterminio de esas y otras especies, nadie los escuchó, y pronto tendemos que llevar a nuestros hijos y nietos al zoológico o al taxidermista para que las conozcan.
Pero bueno, yo no quiero jugar el papel del fariseo, que juzga a los demás creyéndose muy bueno, cuando en realidad él mismo es igual o peor que las víctimas de su juicio.
En mi niñez había una temporada en que pasaban innumerables mariposas por el pueblo, creo que alrededor de febre ro y marzo. Los niños las esperaban con grandes ramas, para matarlas. Aunque no era mi ocupación favorita, alguna vez yo participé también en algo tan idiota y repugnante. Cientos de mariposas verdes, a las que llamábamos “repo llos”, y otras de diferentes colores morían diariamente en la plaza de fútbol, frente a mi casa. Ningún adulto nos dijo jamás que no lo hiciéramos. ¿Qué ruta tomarán ahora, si es que existen? Eran muchos miles de ellas y no es posible que el vandalismo de unos pocos niños ignorantes las exterminara, aunque sí pudieron hacerlo los cambios radicales en el clima. Pero el hecho es que los niños de ahora no han visto un espectáculo como ese y posiblemente no lo vean jamás.
Mis hijos y mis nietos ignoran lo que es una mojarra, un barbudo o un tepemechín, especies que abundaban en el río Turrialba y hasta en el humilde Colorado. Tampoco conocen una pava o una piapia, pajarraco que nos delataba cuan do jugábamos a escondernos en los cafetales, por lo que las detestábamos.
Algunas veces estuve tirado largo rato en el zacate boca arriba, viendo cómo un gavilán planeaba, giraba, se devolvía a cientos de metros de altura sin mover apenas las alas, atisbando con su mirada telescópica el momento en que un pollito se alejara de la madre para bajar a la velocidad del rayo y arrebatarlo. Ahora los pollitos están en las granjas, uniformados de amarillo, a salvo de los depredadores naturales y no se ve un gavilán por ninguna parte.
Durante mi primera infancia, en Santa Rosa, por esos mismos meses aparecían unos abejoncitos muy pequeños, de cuatro milímetros si acaso, exclusivamente en una uruca que había a pocos metros de la casa. Eran de un color verde tornasol bellísimo, que me maravillaba. Los ponía a caminar en mi mano sin pensar siquiera en hacerles algún daño: no me había contaminado todavía con las conductas tóxicas de los niños -y a veces no tan niños- de la ciudad. Me pregunto si existirán todavía esas fabulosas miniaturas.
Hace poco conversaba con Luis Romero, director de la revista Lectores y redactor, distribuidor, cobrador, agente de publicidad, etc. Me preguntaba él a dónde fueron a parar los abejones de mayo y esa pregunta dio origen a este co mentario.
Yo no había reparado en eso, pero tiene razón. Hace tiempo no tenemos aquellas visitas multitudinarias de coleópteros que incluso dieron origen a refranes y frases relativas al acontecimiento. Por ejemplo, cuando un borracho trastabillaba, no faltaba quién dijera que parecía un abejón de mayo. Pues bien, como Luis es periodista, sabe preguntar y de esa pregunta nació el estímulo para escribir estas líneas. Y es que, a pesar de ser tan joven, mi amigo ya nota algunos cam bios más que dramáticos en nuestro entorno. Él recuerda bien que hace unos años, por esas mismas fechas, siempre sufríamos una verdadera invasión de esos insectos que a veces se metían a las casas y pegaban repetidamente en los vidrios de las ventanas, cegados por la luz eléctrica.
En este punto hago un paréntesis para un comentario: no recuerdo quién me dijo hace años que no comprendía cómo un animal así puede volar, si tiene la figura menos aerodinámica que se pueda imaginar; como ver un ayote con alas. Yo tampoco comprendo…, y sin embargo vuelan.
Termino como no me gusta terminar, con un comentario pesimista. Hay unos abejones enormes, mucho más grandes que sus congéneres, con unos cuernos que asustan al más pintado, como decían los abuelos, a los cuales se les atri buían falsamente poderes afrodisíacos. Hasta donde sé, a pesar de su apariencia amenazante, los cornizuelos son por completo inofensivos. Dice Luis que la última vez que vio uno, estaba en un frasco de alcohol, en la casa de un tío.
Revista Lectores, p. 4- Noviembre, 2011
Tijeras De Santa María
En noviembre del 2009 se publicó en esta misma revista un lindo artículo sobre los barberos de Turrialba, que produjo los más variados comentarios. Supongo que se agotó, en vista de la cantidad de veces que escuché hablar en la calle del asunto.
Viendo la foto de estos hombres con sus gabachas blancas y sus filosas tijeras, recuerda uno quién sabe qué cantidad de historias de estos personajes tan significativos en la vida de los pueblos.
Se han escrito hasta óperas acerca de ellos. Recordemos El barbero de Sevilla, de Rossini, obra cumbre de la lírica universal. Y los nuestros no pueden quedarse atrás. Yo mismo le he puesto la cabeza a casi todos ellos. ¡Cuántas horas habré permanecido sentado en esas sillas oliendo vaselinas y talcos! ¡Cuántas veces habré escuchado sus opiniones sobre todos los temas, humanos y divinos, desde la labor del presidente, las iglesias, los futbolistas y chismes del barrio, hasta el costo de los entierros! Solo les ha faltado cantarme ópera, como el Fígaro de la mencionada obra.
Y yo, por mi parte, también les he contado mis cosas por años y años, al tiempo que escucho sus rítmicos ti jeretazos peligrosamente cerca de mis orejas, que milagrosamente conservo intactas. Los barberos son casi de la familia.
Observando las fotos, nos damos cuenta de que casi todos están viejos. Parece que no ha existido la necesaria renovación y el arte de la barbería ha pasado a las salas de belleza, mayoritariamente atendidas por mujeres. Eso me parece magnífico, siempre que no desaparezcan del todo los barberos, así como casi desaparecieron los zapateros, los sastres y tantos otros oficios y profesiones.
En lo que nos incumbe como turrialbeños, tuvimos a Lalo, un barbero famoso, de quien se cuentan las más inverosímiles hazañas, que algún día se recopilarán, para delicia de los jóvenes que no lo conocieron. Él y su esposa Elodia, que le servía de contraparte cada vez que contaba sus historias fabulosas, forman parte de nues tra riqueza cultural y no debemos perderla. Con gran dificultad me resisto a la tentación de comenzar ahora mismo a escribir algunas de estas deliciosas anécdotas.
Pero hay un cuento que de ninguna manera puedo pasar por alto, si ya me puse a hablar de barberos y similares. Aquí les va, según me lo contó uno de los caballeros que sale en las fotos con gesto formal y cara de inocente.
Pues resulta que un miércoles a las diez de la mañana, estaba nuestro barbero parado en la puerta esperando al primer cliente, que no aparecía por ningún lado. Tendría ya su media hora de estar sencillamente viendo llover, cuando apareció un caballero desconocido, de unos cuarenta años. Aclaremos que los barberos de los pueblos pequeños conocen a casi todos sus peludos visitantes, por lo que la aparición del desconocido estimuló la curiosidad del señor de las tijeras.
-¿Usted es don Fulano de tal?
-Para servirle.
-Me lo han recomendado como uno de los mejores barberos de por aquí.
-Bueno, se hace lo que se puede-, respondió modestamente el aludido.
-Pero primero yo quiero saber si aquí pelan como en Santa María de Dota.
-Aquí pelamos como en cualquier parte. Usted me dice qué corte quiere y yo me encargo del
resto. Ya son muchos los años en esto y es muy difícil que falle -respondió nuestro personaje, entre orgulloso y ofendido.
-Según eso, ¿usted me garantiza que aquí pelan como en Santa María de Dota?
-¡Claro que sí!
-Entonces, comencemos. Un recorte “oscurito, oscurito”. No me gusta verme muy pelón.
Y comenzó la “peluqueada”. No había prisa, en vista de la total ausencia de clientes, de manera que nuestro coterráneo se tomó su tiempo para hacer un trabajo impecable y dejar en claro que en asuntos de cortar pelos nadie lo iba a superar, ni aquí ni en Santa María de Dota. Hasta el más pequeño de los pelitos recibió su recorte cuidadoso. Veinte minutos después dio el trabajo por terminado, sacudió la capa y le pasó la consabida brocha con talcos por el cuello. El cliente se puso de pie, mirándose detalladamente en el espejo.
-¿Así le gusta?
-Sí, muy bien. Ahora siéntese usted.
-¿Para qué?
-¡Para pelarlo, por supuesto! -respondió el cliente, cogiendo peine y tijeras.
-¿Está loco? Solo a mi hermano le pongo yo la jupa.
-Entonces, ¿cómo hacemos? Le pregunté bien claro si usted pelaba como en mi pueblo. Allá yo pelo a mi ve cino y después él me pela a mí, de manera que nadie paga.
Revista Lectores, p. 4- Enero, 2010
Una Tarde Con El Ladrón De Gallinas
Uno de estos domingos publicó Rosibel Morera en el periódico La Nación un artículo sobre Carlos Luis Fallas, nuestro más sólido novelista, contándonos asuntos de su vida en la intimidad de la familia. Esta publicación, encuadrada en el centenario de su nacimiento, tuvo el efecto de revolver en mi memoria algo que sucedió hace más de cuarenta años.
Llegué un día a la antigua casa de Mario Picado, mi amigo del alma, en el Paseo de los Estudiantes, y me pidió que lo acompañara a visitar a Calufa, en Alajuela. Esto sucedió, si no me equivoco, en el lejano 1966. Calufa era amigo de Mario, pero a mí escasamente me había visto un par de veces en el viejo edificio del Partido Van guardia Popular y jamás habíamos cruzado palabra.
El finado doctor Luis Burstin nos había informado en la reunión de la célula que los médicos de la Unión Sovié tica, adonde lo habían mandado, desahuciaban completamente a Fallas. Un cáncer hepático, si mal no recuer do, se había extendido a los órganos vecinos, y la muerte del novelista era cosa de meses o incluso de días. Por esta razón, yo sabía que esta invitación providencial me ofrecía la primera y seguramente última oportunidad de conversar con él. El camino hacia Alajuela se me hizo largo a causa de la ansiedad.
El hombre que encontramos en esa casa era muy diferente al que se había cruzado conmigo en los oscuros pasillos del Partido. Si aquel lucía pensativo y apurado, este era cálido, disfrutaba terriblemente de las bromas y celebraba cada ocurrencia con una carcajada. Nunca he escuchado a nadie a quien le suenen tan sabrosas las palabrotas.
Nos habló de sus hazañas en la cacería, de los fabulosos venados que mató en su juventud -nadie hablaba en esos tiempos de animales en peligro de extinción-, de historias de la guerra civil del 48, de todo lo que le faltaba escribir sobre las huelgas bananeras, sobre la vida y personajes de esas fincas y esos tiempos. Tenía mil proyectos literarios para “cuando me cure de esta carajada”. Yo no me cansaba de escucharlo en la enorme biblioteca que recuerda muy bien el artículo de Rosibel. Cada vez que se callaba, yo le preguntaba algo, para que no se detuviera aquel río de anécdotas y recuerdos:
“La vida es muy exagerada con sus historias” -nos dijo-. “En uno de mis libros hay un barbero que ganó la lotería dos veces, cuando trabajaba en los bananales. Las dos veces se despidió de todo el mundo, jurando que nunca volvería por aquellos miserables vecindarios, pero las dos veces regresó al poco tiempo, arruinado por el vicio de los dados. Ya son muchas las veces que alguien me acusa de mentiroso por eso, sin saber que el barbero realmente existió. Vivía aquí, a pocas cuadras, y no fueron dos, sino tres las veces que se arruinó. Si lo cuento como verdaderamente sucedió, los lectores tiran allí mismo el libro a la basura.”
Y sus risas rebotaban en todas las paredes. Seguidamente, pero sin parar de reírse, nos aclara que la acusación de mentiroso no le mortifica para nada, puesto que “en esta vida ya me han acusado de todo, incluso de robar gallinas, cuando la revolución”.
Nunca he pasado una tarde como esa. Nunca conocí un conversador como él.
Revista Lectores, p. 4- Febrero, 2009
Virginia Por Turrialba
Apenas comenzaba la noche, cuando salimos tiritando del pequeño auditorio de la Universidad de Costa Rica en Turrialba, quejándonos del aire acondicionado del lugar, demasiado frío para nuestro gusto. Incluso hubo quien de sertó por temor a una pulmonía o algo así. Terminábamos de ver un estupendo documental de la televisión alemana sobre Virginia Grüter, que me revolcó hasta el fondo los sedimentos de la memoria; yo estaba todavía conmocionado y un poco nostálgico.
La mayoría de los presentes no conoció a Virginia personalmente y muy pocos habrán leído algo de sus escritos, pero estoy seguro de que también salieron impresionados, en vista del silencio que se sentía en la sala durante la proyección.
Yo mismo la conocí ya bastante anciana, aunque sabía de ella a través de lo que había leído: un pequeño librito de poesía y Desaparecidos, ese terrible documento sobre las víctimas de la dictadura de Pinochet; hasta que un día apareció en el taller donde yo trabajaba una señora bastante estrafalaria, preguntando por Marco Aguilar.
Se presentó a sí misma como Virginia Grüter, para mi sorpresa y alegría, en vista de que me habían hablado mucho de ella, especialmente Francisco Zúñiga, el escritor, que la conocía de toda la vida.
A raíz de esto, la idea que yo tenía de ella era cosa de fábula. Fumaba cigarrillo tras cigarrillo, tosía, buscaba aire, se ahogaba como si el humo fuera muy espeso, pero jamás paraba de hablar. Tenía una voz áspera, arruinada por el tabaco, pero una dicción correctísima, propia de la actriz que era. Se la imaginaba uno en un anfiteatro ateniense interpretando Antígona o alguna otra tragedia. Tenía la voz, el porte y el talento para eso.
Cuando uno cuenta las aventuras que pasó esta mujer, de fijo pensarán los interlocutores que hay exageraciones o incluso mentiras descaradas. Nacida en Puntarenas y adoptada desde muy pequeña por un alemán, ella y su familia fueron a dar a los Estados Unidos en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, donde la llevaron a un campo de inter namiento. Allá no sufrió los rigores de los campos de concentración nazis, pero se vio privada de la libertad siendo una niña. Sufrió mucho entre las alambradas de ese lugar, soñando en su Puntarenas lejano y su libertad.
Un trueque de prisioneros de guerra la mandó, con toda su gente, a Alemania, donde la sorprendió la adolescencia. Si en Estados Unidos hubo abundancia de comida estando presos, ahora eran libres, pero escaseaba el alimento, además de que tanto ella como su familia tuvieron que quedarse en la Alemania de Hitler, sin tener ninguna afinidad con el fascismo. Contaba que su padre era el encargado de la lucha contra “el bicho de la papa”, alguna plaga de la agricultura.
Después de su regreso a Costa Rica, se casó en un matrimonio infeliz que le dejó, según contaba, muchas agresiones y tres hijos estupendos. Más tarde estuvo en la lucha contra la dictadura de Anastasio Somoza, estimulada por el hecho de que una hija suya fuera encarcelada y torturada por esa dictadura.
Pasado un tiempo, y ya casada por segunda vez, fue a parar a Cuba, donde ocupó el puesto de directora nacional de Teatro.
Según contaba, esa fue una de las etapas más felices de su vida. De esos días me contó una sabrosa anécdota: resulta que un año se dio una cosecha extraordinaria de caña y el gobierno de la isla movilizó a toda la población activa para que no se perdiera nada. Virginia fue de las primeras voluntarias y recibió pantalón, “cotona” (blusa), botas, sombrero y, por supuesto, el cuchillo para la faena. Cerca de ella, gente de teatro, escritores, ministros y el mismí simo Fidel Castro, todos uniformados. Micrófonos, cámaras, periodistas y toda la maquinaria propagandística del gobierno informando de algo tan novedoso. Cuando se dio la orden de largada, nuestra amiga se lanzó cuchillo en mano contra la primera caña que se le atravesó en el camino, con la desgracia de que ese machetazo fue el primero y último de su vida porque, a causa del exceso de fuerza y entusiasmo, cortó la caña, cortó el pantalón, cortó la bota y siguió directo a la espinilla. La herida fue de cuidado, e inmediatamente la llevaron al hospital, pegando gritos y sangrando a mares.
Poco tiempo después salió avergonzada de Cuba, por un oscuro asunto en el que, según parece, acusaban a alguien cercano a ella de algún delito contra el Estado. En realidad, ignoro qué sucedió, porque Virginia no hablaba de eso. Al menos conmigo no lo hacía, y no era buena idea intentar que hablara de lo que no quería; aunque cuando se conmigo, el enojo le duraba tres minutos, tal vez porque sabía que yo la quería mucho, que comprendía su estado y no estaba buscando bronca con ella.
Un día me dijo: -Si te llevan al siquiátrico, no permitás que te apliquen “electroshock”. Eso te cocina las neuronas. Te joden para toda la vida.- Yo no supe qué responder y ella puso esa expresión terrible que se le daba tan bien.
Otro día comenzó una frase: -Yo no sé si vos sabés… ¡no, qué vas a saber! Vos no sabés nada.- Algo más masculló, que no comprendí, y se quedó pensativa. No quise preguntarle qué era lo que ella sabía y yo ignoraba, porque había un mundo de cosas en ese apartado (Puntarenas, EE. UU., Alemania, Nicaragua, Cuba, Chile, etc.)
Su última aventura fue en Chile. Muy enamorada, según me dijo, se casó con el editor de una revista. Fue absolu tamente feliz mientras gobernó Allende, haciendo teatro callejero casi todos los días. Pero el golpe militar del 11 de setiembre de 1973 terminó con todo; su marido se esfumó de inmediato y para siempre. Ella comenzó una lucha día a día para localizarlo, pero estaba derrotada desde el comienzo y tuvo que venirse para Costa Rica cuando su propia vida estuvo en peligro. Esto está narrado en su ya mencionado libro Desaparecidos, un documento espeluznante.
¿Pueden sucederle tantas cosas terribles a una misma persona? Sí pueden. A Virginia le sucedieron.
-No me hablés por la espalda. Me asusta que me hablen por la espalda-, me dijo un día con mirada amenazante. O tal vez de temor, no sé. Yo no quería asustarla; lo que quería era que continuara hablando para aprender todo lo posible de esta mujer increíble, esta anciana que se empeñaba en suicidarse fumando sin parar. Alguien me advirtió, tal vez el Ángel de la Guarda, que no le pidiera abandonar el vicio. Eso la enfurecía.
Era -por lo menos- dos personas en una. Un rato usted hablaba con Virginia y de repente estaba con la actriz, el personaje. Un momento estaba en la sala de su casa en el barrio Recope y, de inmediato, sin transición, estaba en el escenario. Pero me parece que la mayor parte del tiempo, en mayor o menor medida, actuaba.
Un día se vio en el espejo:
-Estoy horrible: vieja, fea y pobre- dijo, con semblante sombrío.- Enseguida soltó una carcajada estrepitosa.
-Pero yo era muy linda cuando joven (poniéndose las manos en la cintura).- Y me enseñaba una pintura grande que tenía colgada en la sala. Un retrato de su juventud.
-Y pobre tampoco. Tengo unas casas en Puntarenas.
-Venite el jueves a cenar conmigo- me dijo una vez. Pero el jueves me recibió con ojos de sorpresa:
-¿Y ese milagro?
-Nada, quise venir a verte.
-Vení, vení, a ver si esta muchacha inútil nos hace café.
A veces cogía un libro de poesía alemana y se ponía a traducir. Lo que no hacía, y no comprendo por qué, era leer sus propios poemas.
Después desapareció de Turrialba y supuse que pronto volvería, pero ya no la vi más, hasta que supe de su muerte, que me dolió en el alma, porque yo sentía que estaba comenzando apenas a
conocer a esta persona-personaje, complicadísima.
¿Por qué no le pregunté más sobre su existencia fabulosa? ¿Por qué no le pregunté más sobre Alemania, Nicaragua y tantas otras cosas? Pero me quedo con lo positivo: supe muchísimo de esta mujer atormentada y talentosa, en parte gracias a mi paciencia y a que no pregunté demasiado.
Sirvan estas palabras para compartir un poco de todo eso.
Revista Lectores, p. 4- Diciembre, 2014
Sobre Piedras, Ayotes Y Poetas
Como el cerebro no se detiene nunca, tiene que ocuparse de los más diversos temas y situaciones, desde los más profundos e importantes, hasta los más idiotas e intrascendentes.
Hace poco escuchaba de un pueblo que afirma tener las mejores playas del mundo, y me puse a pensar cuán tos creerán que sus playas no tienen comparación en este planeta y más allá. Alguna ciudad tiene la “parte antigua” más hermosa de América; otra, el anfiteatro más viejo de que se tenga noticia; el de más allá tiene el mejor clima del mundo, las mujeres más bellas, los mejores ayotes, etc.
Al final de mi reflexión, terminé preguntándome si habrá ciudad que no esté orgullosa de algo. Aclaro que no tengo la intención de burlarme y posiblemente cada uno tendrá su razón. Yo mismo no me siento libre de pe cado en cuanto a esto -ni en cuanto a lo demás-, de manera que no voy a lanzarle la primera piedra a nadie.
A propósito de piedras, alguien me contó hace años que las del río Turrialba eran posiblemente las mejores del mundo para la escultura. Tenían alguna cualidad maravillosa que facilitaba el trabajo del artista y, por esta razón, varias de las mejores esculturas que se han realizado en Costa Rica son de piedras turrialbeñas, lo cual es cierto. Algo así como el equivalente nuestro de los mármoles de Carrara. ¡Qué no hubieran esculpido Fidias y Miguel Ángel con semejantes piedras! Y yo me lo creí, ansioso como está uno de que sus cosas sean las mejores. Estuve tentado a comprar un mazo y unos cinceles para dedicarme a ese arte tan admirable y de esta manera pasar a la inmortalidad sin mucho esfuerzo.
Pero una noche cometí un error garrafal: conversando en el restaurante La Feria con Luko Hilje, biólogo de los mejores e historiador destacadísimo, me puse a presumir del asunto y él, con su profunda mirada de entomó logo, me dijo que iba a investigar el caso. Yo presentí que nada bueno iba a salir de allí, conocedor de lo serio y minucioso que es mi querido amigo. Pocas semanas después, me dio su veredicto inapelable: las piedras del Turrialba no tienen absolutamente nada especial. Son vulgares y silvestres como todas las piedras de todos los ríos del mundo. Aquello me cayó -perdonen la redundancia- como una piedra. No sé con qué ojos vería a Luko en ese terrible momento, pero les aseguro que estuve a punto de terminar todo trato con él allí mismo y tal vez lo hubiera hecho, si su amistad no fuera tan entrañable para mí.
Tiempo después, en el mismo restaurante, que es donde nos reunimos habitualmente artistas y escritores, reci bimos a don Beto Cañas, uno de los íconos de la cultura costarricense. El sitio estaba lleno de gente y, en me dio del desorden, todo el mundo quería decirle algo, preguntarle algo, contradecirle algo a este personaje tan controversial. Yo dije -y lo sostengo- que era un honor para nosotros tener semejante visita. El hombre pasó en poco rato por todos los estados de ánimo imaginables: mientras cenábamos se puso feliz, nostálgico, se enojó, dio cátedra sobre historia, política, literatura y no recuerdo qué más. Nadie quería perderse una sola palabra de don Alberto Cañas.
De repente, alguien le hizo una pregunta que me sobresaltó, porque a mí me la han hecho muchas veces distintos periodistas, profesores o simplemente amigos: “¿Qué tiene Turrialba, para dar poetas de ese calibre y en esa cantidad?”. Laureano Albán dice que algo en las aguas del Valle produce ese extraordinario fenómeno. Yo, posiblemente con menos imaginación, no he sabido qué responder, escudándome en el argumento de que nadie está obligado a saber todas las cosas.
Pero esta pregunta me hizo parar las orejas y la respiración. Con mucho disimulo me acerqué todo lo que pude para escuchar la respuesta, esperando una frase de gran profundidad, algo genial. Y Beto, con esa voz tan par ticular, que es la delicia de los imitadores, contestó: “¡No tengo la menor idea!”.
Revista Lectores, p. 4- Junio, 2009
Los Hijos De Las Peñas
Hace tiempo he tenido la curiosidad de preguntarle a alguno de mis amigos historiadores cuáles son los hechos más detestables en nuestra vida como nación. Sería bonito levantar una lista de lo más sucio y lo más cobarde que hemos hecho los costarricenses. Esas cosas por las cuales se nos cae la cara de vergüenza, a pesar de los años transcurridos. Aunque viéndolo bien, no tendría nada de bonito, pero sí sería muy instructivo. Porque de eso se trata: de aprender.
Por ejemplo, recordamos El Pacto del Jocote, por medio del cual el general Vicente Villaseñor entregó sus tropas en manos del invasor Francisco Morazán, en lugar de enfrentársele, como le había encomendado su jefe y amigo, nues tro presidente don Braulio Carrillo. Esto nos costó muertes, atropellos y el saqueo de nuestras arcas: en pocos meses el Tesoro Público quedó reducido a catorce pesos. Sí, en efecto, catorce pesos. El dictador quiso escapar, pero los pobla dores lo delataban por donde pasaba y terminó sus días frente a un pelotón de fusilamiento, donde ahora es el Parque Central, en San José. De otro modo, los costarricenses lo hubieran linchado, tal era el odio que se había ganado.
Mientras gobernaba Morazán, los salvadoreños que hacían de soldados y policías se quejaban de que por las noches algunos josefinos, arriesgando la vida, gritaban: “¡Viva Sapo’e Laja!”, como se conocía cariñosamente a don Braulio. Aunque usted no lo crea, hoy día tenemos una escuela llamada “El Pacto del Jocote” y bautizamos con el nombre del opresor un hermoso parque en el centro de San José. Lo fusilamos, pero lo homenajeamos.
En estos días se cumplen 150 años de un fusilamiento muy diferente: el de don Juanito Mora y el general José María Cañas en Puntarenas, uno de los acontecimientos más asquerosos de nuestra historia. Perdón, asquerosos no es la palabra, pero en este momento no se me ocurre una más dura. Más insultante. Los valientes patriotas que conduje ron a nuestras tropas en su hora más brillante, los que derrotaron a William Walker, esclavista maldito. Los que nos llenaron de orgullo y dejaron con la boca abierta a los filibusteros, que jamás esperaban encontrar combatientes tan dispuestos a morir por la patria. Nuestros mejores líderes fusilados por sus mismos soldados. ¡Vergüenza, deshonor! No hay abrasivo, detergente ni ácido que borre esa mancha. No habrá perdón para los asesinos.
Pero a los que piensan que estas son cosas de otros tiempos, les tengo una noticia: estamos llenos de filibusteros y partidarios de filibusteros. Por desgracia nacidos en Costa Rica, con cédula y a veces pasaporte costarricense.
Decía el maestro Joaquín García Monge que “no somos hijos de las peñas”, para significar que tenemos arraigo en esta tierra; quiero decir, padres, abuelos y bisabuelos enterrados aquí. El apego, que llaman. Pero, por desgracia, algu nos compatriotas desnaturalizados no lo entienden así. De las maneras más cobardes y sucias, pretenden apearse a Juanito y compañía del justo pedestal en que los hemos puesto. Con mentiras, con “bromas” y chistes desafortunados intentan desprestigiarlos, ensuciarlos, demeritar su hazaña y su grandeza. Incluso se han atrevido a meterse con Juan Santamaría, negando su existencia o ridiculizando su muerte heroica. Dios los perdone.
La historia debe servir para mejorar, para corregir los errores del pasado. La historia no debe ser arqueología, sino lección de vida. Tanto las cosas que nos enorgullecen, como las que nos llenan de oprobio, deben ayudarnos a co rregir el presente y alumbrarnos el camino futuro. Pero esto no siempre funciona así: me cuentan que en un colegio privado de San José no conmemoran el 11 de abril, pero el 4 de julio hacen una Asamblea para explicar a los alumnos el significado de esa y otras fechas importantes para Estados Unidos. Al parecer, algunos profesores llaman a nuestra celebración “el día del empujón”, en relación con el cuento de que el soldado Juan no fue voluntario, sino empujado por algún bromista, uno de esos chistes que solo les pueden hacer gracia a los que no tienen patria. Y solo ellos se ríen, los descastados, como se hubiera reído William Walker. Estos especímenes no merecen llamarse costarricenses.
Existe un fenómeno llamado “malinchismo”, oriundo de México, pero adaptado a la mayoría de los países latinoa mericanos. Se refiere a la Malintzin o Malinche, una mujer indígena que ayudó al invasor Hernán Cortés contra los aztecas. Aunque la mayoría de los historiadores la ve como la imagen misma de la traición, otros consideran injusto el trato que se le ha dado, alegando que no tenía otra opción, además, que su lealtad no era con ese pueblo, al cual no pertenecía, sino con su propia gente, enemiga mortal de los aztecas. Pero nuestros Malinches no tienen esa excusa.
Yo, por ejemplo, soy hijo de Antonio y de Josefa; soy nieto de Fernando, Federico, Micaelina y Rafaela, todos ellos enterrados en el cementerio de Turrialba. Esos otros, en cambio, son hijos de las peñas
Revista Lectores, p. 4- Agosto-Setiembre, 2013.
¿Supiste Que Murió Mac?
Cuando yo era niño, vivía frente a la plaza pública, a cincuenta metros del río Colorado, que en ese tiempo era limpio. Hacíamos pequeñas pozas, a las que acudían muchos niños, algunos de los cuales nadaban desnudos. Contaban que una vez llegó de sorpresa una maestra, enojada por las constantes fugas de los alumnos y la mayoría huyó corriendo hacia el cafetal en que tenían los uniformes. Pero uno de ellos, más tímido que el resto, se quedó en media poza, pidiéndole a “la niña” que se fuera, porque le daba muchísima vergüenza salir sin ropa. Pero ella se sentó a esperar en una piedra y su pobre alumno se fue poniendo morado del frío, hasta el momento que, casi de noche, decidió salir a toda velocidad, tapándose con las manos “las partes más principales”.
Fácilmente pescábamos allí barbudos y sabrosas mojarras que freía yo mismo, porque mi madre no las tocaba, ale gando que esos bichos tenían espinas por donde se los cogiera.
Al otro lado quedaba el caserío de La Cecilia, terriblemente sucio, cuyas calles eran una mezcla hedionda de barro, boñiga y miseria, salpicando por infinidad de “tucas” del aserradero, en tiempos en que abundaba la madera. La úni ca atracción del sitio para los niños de entonces eran los hermosos caballos de carreras que tenían en un corral aparte y un toro gigantesco, famoso semental, cuyo nombre lamentablemente no recuerdo. Se decía que ya había pasado sobradamente la edad del retiro, pero como cumplía de manera tan eficaz su envidiable tarea, el dueño se negaba a mandarlo al matadero.
Un poquito más abajo se encontraba la Calle de los Negros, limpia y a salvo de los malos olores, con esas casitas de madera pintadas, llenas de plantas ornamentales y flores, donde efectivamente vivían varias familias de “morenos”. Este era un eufemismo que se usaba frecuentemente para referirse a esos vecinos, que apreciábamos tanto. También a una quebrada que pasa al final de la mencionada calle le decíamos “La quebrada de los negros”. No recuerdo ningún episodio de racismo ni malestar por la presencia de esas personas. Al contrario, siempre hubo respeto y cariño para quienes eran tan gentiles y agradables.
Pasados los años, queda solo uno en toda esa calle: algunos se fueron, otros murieron, como Jorge, Raúl y ahora -¡ay!- Mac. Este último es recordado entre la gente joven y la ya no tan joven como una especie de abuelo, dueño de la soda donde iban a fumar y comer empanadas con refrescos los estudiantes del IET (Instituto de Educación de Turrialba), escapando del escrutinio de los profesores y de los altos precios de la soda del colegio.
Aunque dicen que a veces se enojaba, yo nunca lo vi perder los estribos. Por el contrario, lo recuerdo siempre son riente, saludando a medio mundo desde su prehistórica bicicleta.
Sobre Jorge, carpintero y abuelo de dos sobrinas mías, bien se podría escribir todo un anecdotario. Mucha gente lo invitaba a un café o a un trago con tal de sentarse un rato a filosofar con él, y nunca los decepcionó. Era muy ingenioso y no creo que nadie le ganara una discusión. Se contaba que el padre Brown, empeñado en evangelizarlo, tuvo con él largos debates, que aparentemente terminaron empatados, aunque alguien me dijo, muy en serio, que el traslado del sacerdote resultó providencial, porque de otro modo el negro Jorge lo hubiera convencido de colgar los hábitos.
Lo mismo se puede decir acerca de Raúl, chofer de ambulancia, que más de una vez me hiciera estallar en carcajadas, relatándome sus andanzas de faldas, con una cerveza en la mano. Fue el único mujeriego del barrio. También es justo reconocer que era un hombre inteligente y sensible. Siempre recordaré su queja de que la Caja del Seguro Social no capacita en primeros auxilios a quienes manejan estos vehículos, lo que le costó muchas angustias y congojas. En un libro que espero publicar alguna vez, narro una de estas anécdotas, que le escuché en la cantina Cinco Esquinas.
Digo todo esto por una razón: hace un tiempo, alguien -no recuerdo quién- me dijo que la historia de los negros en Turrialba está sin escribirse y me pidió que me encargara de eso. Bueno, yo no soy historiador y me pareció en ese momento que no era la persona indicada para algo tan importante. Meses después, mi amigo Joaquín Ramírez, hermano del finado Fofo y hermano de no sé cuántos más, me dijo algo parecido, recordándome que tiene una tía de más de noventa años, perfectamente lúcida; o sea, una verdadera mina de información.
¿Es que ningún historiador turrialbeño se va a arrollar las mangas para entrarle al asunto? ¿Se nos van a morir los poquitos negros que quedan, se va a olvidar todo lo que saben y recuerdan? ¿Vamos a perder ese tesoro? ¿Me va a tocar a mí, ignorante en la materia -y en todas las materias- el honor de “comprarme la bronca”?
Revista Lectores, p. 4- Noviembre, 2010
Del Venado A La Lechuza
Para quienes analizamos el asunto, está muy claro que la conducta de las gentes está cambiando cada vez con mayor velocidad y tanto que, en algunos casos, lo que antes era maravilloso, se ha convertido en delito execrable.
Dos hechos separados por más de cincuenta años en el tiempo tienen, si los vemos bien, una conexión casi umbi lical.
Comencemos por el principio, como debe ser.
Las llamadas “redes sociales”, en Internet, son verdaderas maravillas: nos permiten intercambiar fotos, videos y textos a la velocidad de la luz con cualquier habitante del planeta que tenga acceso a una computadora. Aunque tienen también su lado oscuro, que raya a menudo en lo espantoso; desde las instrucciones para hacer una bomba, la fór mula de un veneno pavoroso o la pornografía infantil. Pero mejor no hablemos de lo malo.
Hace unos días, mi amigo Rodolfo Rivera puso en su perfil de Facebook una foto vieja. Se trata de una escena que en su tiempo llenó de orgullo a su protagonista, pero que ahora nos enfurece o por lo menos nos mortifica: un señor posa feliz de la vida junto a dos venados muertos y su cría (suponemos). En ese momento no se cambiaba por nadie, en vista de que barrió con toda la familia de venaditos.
Yo he visto fotos similares de conocidos turrialbeños que, aparte de sus actividades ordinarias, disfrutaban de lo lindo matando cabros salvajes, venados, tepezcuintles y cuanto bicho se les pusiera por delante.
En un artículo anterior llamado Una tarde con el ladrón de gallinas, cuento yo cómo Carlos Luis Fallas, nuestro eximio novelista, me contó en su casa de Alajuela de sus hazañas como cazador, presumiendo de la cantidad y el tamaño de sus presas.
Nadie pensaba entonces que esos animales podían llegar a extinguirse. Cuando yo era niño, en Santa Rosa, había familias enteras cuyos varones se dedicaban a este “deporte”. A veces pasaban frente a mi casa con unos perros extraordinarios, que arrastraban sus largas orejas por el suelo y ladraban de esa manera tan dramática como yo no había escuchado antes; un sonido prehistórico, como si el animal sufriera alguna desesperanza.
Pero los tiempos cambian aceleradamente y ahora vemos las cosas desde otro ángulo. Quienes eran hasta los años setenta casi héroes, resultan hoy en día depredadores, enemigos de la vida en el planeta y cosas peores. Resulta claro para mí que no se debe juzgar el pasado con los códigos del presente y, si bien no sería justo etiquetar a los cazadores de hace cincuenta años como enemigos de la humanidad, sí lo podemos -debemos- hacer con quienes hoy día, a sabiendas del daño que hacen, persisten en esa práctica criminal. A tal extremo llega la inconsciencia de algunos de estos vándalos, que son capaces de darle fuego a todo un bosque en temporada seca para sacar sus víctimas de entre la vegetación, de manera que roedores, reptiles, felinos y todo ser viviente sufre la muerte más espantosa.
Todo esto me viene a la memoria a causa de una noticia sorprendente: vimos en televisión cómo un futbolista hace lo que está entrenado para hacer: patear. Lo malo es que su patada va directamente a una pobre lechuza que antes había recibido el golpe de la bola y, posiblemente, agonizaba. Poco después, el desventurado pájaro muere. La es cena es cruda y yo comprendo la furia de mucha gente contra el protagonista de este incidente, que posiblemente en otro tiempo hubiera causado risa.
“Cambia, todo cambia”, nos decía Mercedes Sosa, cuya muerte no hemos digerido todavía. A lo largo y ancho del mundo la gente quisiera hervir en aceite al futbolista, más hábil para patear aves que bolas de fútbol, el cual jura, al borde de las lágrimas, estar arrepentido y promete no volver a patear una lechuza el resto de su vida. Se siente teme roso, en vista de que ha recibido hasta amenazas de muerte. Recordemos que esto sucedió en Colombia, donde una amenaza así es muy digna de tomar en serio. O sea, que el asunto se salió de toda proporción.
Y es que así son las cosas actualmente. La tecnología sacude la conciencia del mundo, globaliza la furia y destroza las fronteras. Internet y la televisión, venados y lechuzas, todo revuelto en el espacio cibernético, a veces para bien, a veces para mal, con la complicación de que lo que es malo para unos resulta magnífico para otros.
Como decíamos antes, que Dios nos agarre confesados.
Revista Lectores, p. 4- Marzo, 2011
Crónica De Los Tres Quebrados
Me hice la promesa de que no iba a hablar del Mundial de Fútbol en estos comentarios. Y no lo haré, al menos directamente.
Pero la historia que les voy a relatar está salpicada de goles, gritos, saltos, camisetas rojas y toda esa coreografía.
Resulta que yo estoy a la espera de una cirugía mayor, que se debió realizar hace año y medio, por lo menos, y que, por una u otra razón, está pendiente todavía. Es como una espada de Damocles que pende sobre mi cabeza, recor dándome que somos polvo y en cualquier momento volveremos al polvo, como dice la Escritura.
Bueno, pues finalmente se fijó la fecha: 20 de junio del 2014, a las 9:00 a. m.
Se nota que esos médicos no saben nada de fútbol, porque ese día y a esa hora jugaba Costa Rica contra Italia, en Brasil. ¿Se dan cuenta cómo tengo que tocar el tema, aunque no quiera? Bueno, pensaba yo; si salgo con vida, lo primero que voy a preguntar cuando despierte será el resultado del partido.Y si no, ya no me va a importar.
El 19 por la tarde ingresé al Hospital Max Peralta de Cartago, donde me dieron un pantalón bastante corto y una camisa muy grande, que resaltaba mi escasez de carnes. Bueno…, me consolaba yo, tampoco los demás se ven muy guapos.
De inmediato fui a dar con mis huesos a un salón de cirugía para varones. Eran ocho camas, cuatro a cada lado. Dos ancianos muy deteriorados, que casi no abrían los ojos, otros pacientes en regular estado y al fondo, uno al lado mío y dos al frente, tres muchachos muy joviales, con un rasgo en común: un yeso en el antebrazo izquierdo. Le pregunté al que tenía a la par, y me dijo que los tres venían en una misma motocicleta, se cayeron y ese fue el resultado.
Luego comenzó el desfile de médicos, enfermeras y similares; uno no sabe lo que son, cada uno con su uniforme diferente. Unos, a extraerme sangre; otros, información. Cuestionarios iban, cuestionarios venían, simpáticas mu chachas pidiendo todos los datos imaginables, y más enfermeras, más agujas por la tarde, por la noche y por la madrugada. Creo que todos dormían, excepto el que esto escribe.
Al amanecer, el ambiente por todo el hospital era distinto. Casi todo el personal llevaba camisetas de la Selección y las conversaciones se referían al Mundial: “Estoy seguro de que les metemos cuatro, por lo menos”. “¡Qué va, Italia es Italia! Con que no nos maltraten mucho, me conformo”. Y cosas por el estilo.
Con ese ambiente de fondo, se presentaron cuatro personajes ante mi cama, dos hombres y dos mujeres, supongo que por aquello de la igualdad de género. “Don Marco -me dijeron, en un tono de funeral que casi me mata-, no lo podemos operar hoy. Dice el anestesiólogo que falta un examen y que, por el estado de su sangre, hay riesgos de sangrado. De modo que está libre. Puede irse”. Aunque no me lo dijeron exactamente así, esa era la idea.
Pero la cosa no era tan fácil: faltaban los trámites administrativos, de los cuales se encargó un hijo mío, y lo peor era que yo estaba conectado a una bolsa de suero (vacía) con su respectiva tripa y aguja, lo que me impedía la libertad y nadie me liberaba de semejante atadura.
Entre tanto, para mi desesperación, el partido ya había comenzado, y se escuchaban por los salones los gritos y chillidos emocionados de los que, en los pasillos exteriores, estaban viéndolo. En el salón quedaban solamente los viejitos, que ya no se enteraban de nada. Por fin llegó una muchacha a tender las camas, le expuse mi caso, se com padeció de mí y me desató de inmediato. ¡Aleluya, hermana! Yo volé a ver a Costa Rica-Italia, uniéndome al grupo más cercano, porque había varios televisores y, por supuesto, en cada uno veinte o más espectadores.
En esas condiciones vi el primer tiempo. Para el segundo, finalmente había salido del hospital y lo pude observar con mi familia en una soda de los alrededores.
En cuanto a los tres quebrados, la misma noche en que los conocí me confesaron muertos de la risa que se trataba de una broma. El primero se dio en el antebrazo con el cuchillo con que estaba chapeando, el segundo se cayó de un caballo, y el tercero se enredó en los pedales al bajarse del auto, puso el brazo para protegerse y sufrió una fractura doble bastante fea. Era el más afectado, por ser zurdo. ¡Y yo creyendo el cuento de la moto!
Revista Lectores, p. 4- Agosto, 2014
¿Máquina De Qué?
Hace más de medio siglo, era yo un niño. Mi familia no era precisamente pobre, de acuerdo con los parámetros de enton ces. Teníamos una pequeña finca de café en Santa Rosa, con tres casitas modestísimas que se les prestaban a los peones, con la condición de que ayudaran en la recolección del grano. Además, éramos dueños de la casa en que vivíamos, frente a la plaza pública, a una cuadra el colegio, el gimnasio (“La Arrocera”, se llamaba entonces), los bomberos, etc.
Pero nada de esto nos hubiera garantizado la estabilidad, de no ser porque teníamos a mi padre: un trabajador bárbaro, sin vicios, cuidadoso al extremo de su escaso dinero y amoroso con sus hijos; amoroso al estilo de antes o, como diría un sicólogo, afectivo, no demostrativo. En síntesis, aunque éramos -somos- seis hermanos, no nos faltaba alimento, ropa, zapatos, útiles escolares, ni nada de lo elemental. Eso sí, jamás tuvimos lujos. Todo era sencillo.
En Cinco Esquinas alquilaban bicicletas, y esa era la única manera en que mis amigos y yo podíamos encaramarnos en un aparato de esos. Cincuenta céntimos la hora parecen actualmente una cantidad irrisoria, pero en esos años era una suma de la que rara vez disponíamos, de manera que no eran muy frecuentes nuestras aventuras ciclísticas.
Normalmente reuníamos esa plata entre dos amigos y repartíamos el uso del vehículo equitativamente. En todo caso, no nos alcanzaba para mucho; si acaso una vuelta por el lago del IICA -actual CATIE- y otras por el parque.1 Solamente los ricos tenían bicicleta y entre mis amistades no había ninguno. No es que sufriéramos por eso. Teníamos tanto en qué ocu par nuestros ocios, que no nos alcanzaba el tiempo para todo lo que hubiéramos querido.
En primer lugar, los ríos, en los que hacíamos pozas de las que luego no queríamos salir. Cuando por fin llegábamos a la casa, estábamos todos azules y con los dedos arrugados, lo cual nos delataba con nuestras madres. Además, estaban las excursiones para robar frutas, especialmente a La Cecilia, donde conseguíamos guabas, bananos, caimitos, naranjas, limones y lo más prohibido: caña dulce. Había que huirles a los guardas de la hacienda, aunque yo no sé realmente si eran guardas o sencillos trabajadores que deseaban congraciarse con los jefes. Como sea, les teníamos pavor y, cuando los veíamos venir, corríamos desesperados en diferentes direcciones, con lo cual los confundíamos.
Íbamos a ver la llegada de las avionetas en el aeropuerto de la hacienda La Roncha, el paso de los trenes, etcétera, etcétera, etcétera. Sin olvidar las horas y horas jugando fútbol, hasta que la oscuridad lo impedía. Las frutas, el fútbol y los ríos de mi pueblo son como una marca sobre mi vida. El aroma de mi niñez y parte de mi adolescencia.
Tecleando esta noche en la computadora, me viene a la memoria otra de mis carencias en esos tiempos ya tan lejanos: la máquina de escribir. Por supuesto que yo deseaba con toda el alma hacerme de uno de esos tesoros, pero ni siquiera se me ocurrió pedírsela a mi padre, conociendo nuestra precaria situación financiera. La primera que toqué pertenecía al periódico El Turrialbeño, donde José Gómez y Mario Loaiza me alcahueteaban.
Ya por entonces yo escribía poesía y la publicaba en los diarios de entonces: La República, La Prensa Libre y La Nación, que tenían una Página Literaria los domingos. Normalmente yo escribía en un cuaderno y Jorge Debravo se lo llevaba para su oficina en la Caja del Seguro, donde lo mecanografiaba en ratos libres.
Y ahora sí nos aproximamos al fondo del asunto.
Hace unos dos o tres años, estaba yo dando una charla en el Instituto Tecnológico, en Cartago, cuando mencioné la máqui na de escribir, me pareció escuchar un murmullo entre los cincuenta o más jóvenes presentes, lo cual me hizo detenerme. Los observé y decidí soltarles una pregunta sorprendente: “¿Ustedes saben lo que es una máquina de escribir?”. Nadie respondió. Entonces cambié la pregunta: “¿Cuántos conocen una máquina de escribir?”. Dos de ellos levantaron la mano.
Esto nos ilustra la velocidad de los cambios en la vida moderna. En poquísimos años, una cosa infaltable en oficinas y co mercios resulta desconocida para la mayoría de los niños y adolescentes actuales. Una pieza de museo, como los tiestos de los aborígenes. Pero no hablemos muy alto, porque nuestras computadoras actuales, de las cuales estamos tan orgullosos, muy pronto correrán la misma suerte.
Pero no quise complicar las cosas esa mañana y preferí no hablarles de que los primeros libritos los imprimimos en mi meógrafo, para lo cual tuvimos que ahorrar meses y comprar esténciles…, ¡porque todavía estaríamos en ese auditorio dando explicaciones!
Revista Lectores, p. 4- Febrero, 2011
¿Máquina De Qué?
Hace más de medio siglo, era yo un niño. Mi familia no era precisamente pobre, de acuerdo con los parámetros de enton ces. Teníamos una pequeña finca de café en Santa Rosa, con tres casitas modestísimas que se les prestaban a los peones, con la condición de que ayudaran en la recolección del grano. Además, éramos dueños de la casa en que vivíamos, frente a la plaza pública, a una cuadra el colegio, el gimnasio (“La Arrocera”, se llamaba entonces), los bomberos, etc.
Pero nada de esto nos hubiera garantizado la estabilidad, de no ser porque teníamos a mi padre: un trabajador bárbaro, sin vicios, cuidadoso al extremo de su escaso dinero y amoroso con sus hijos; amoroso al estilo de antes o, como diría un sicólogo, afectivo, no demostrativo. En síntesis, aunque éramos -somos- seis hermanos, no nos faltaba alimento, ropa, zapatos, útiles escolares, ni nada de lo elemental. Eso sí, jamás tuvimos lujos. Todo era sencillo.
En Cinco Esquinas alquilaban bicicletas, y esa era la única manera en que mis amigos y yo podíamos encaramarnos en un aparato de esos. Cincuenta céntimos la hora parecen actualmente una cantidad irrisoria, pero en esos años era una suma de la que rara vez disponíamos, de manera que no eran muy frecuentes nuestras aventuras ciclísticas.
Normalmente reuníamos esa plata entre dos amigos y repartíamos el uso del vehículo equitativamente. En todo caso, no nos alcanzaba para mucho; si acaso una vuelta por el lago del IICA -actual CATIE- y otras por el parque.1 Solamente los ricos tenían bicicleta y entre mis amistades no había ninguno. No es que sufriéramos por eso. Teníamos tanto en qué ocu par nuestros ocios, que no nos alcanzaba el tiempo para todo lo que hubiéramos querido.
En primer lugar, los ríos, en los que hacíamos pozas de las que luego no queríamos salir. Cuando por fin llegábamos a la casa, estábamos todos azules y con los dedos arrugados, lo cual nos delataba con nuestras madres. Además, estaban las excursiones para robar frutas, especialmente a La Cecilia, donde conseguíamos guabas, bananos, caimitos, naranjas, limones y lo más prohibido: caña dulce. Había que huirles a los guardas de la hacienda, aunque yo no sé realmente si eran guardas o sencillos trabajadores que deseaban congraciarse con los jefes. Como sea, les teníamos pavor y, cuando los veíamos venir, corríamos desesperados en diferentes direcciones, con lo cual los confundíamos.
Íbamos a ver la llegada de las avionetas en el aeropuerto de la hacienda La Roncha, el paso de los trenes, etcétera, etcétera, etcétera. Sin olvidar las horas y horas jugando fútbol, hasta que la oscuridad lo impedía. Las frutas, el fútbol y los ríos de mi pueblo son como una marca sobre mi vida. El aroma de mi niñez y parte de mi adolescencia.
Tecleando esta noche en la computadora, me viene a la memoria otra de mis carencias en esos tiempos ya tan lejanos: la máquina de escribir. Por supuesto que yo deseaba con toda el alma hacerme de uno de esos tesoros, pero ni siquiera se me ocurrió pedírsela a mi padre, conociendo nuestra precaria situación financiera. La primera que toqué pertenecía al periódico El Turrialbeño, donde José Gómez y Mario Loaiza me alcahueteaban.
Ya por entonces yo escribía poesía y la publicaba en los diarios de entonces: La República, La Prensa Libre y La Nación, que tenían una Página Literaria los domingos. Normalmente yo escribía en un cuaderno y Jorge Debravo se lo llevaba para su oficina en la Caja del Seguro, donde lo mecanografiaba en ratos libres.
Y ahora sí nos aproximamos al fondo del asunto.
Hace unos dos o tres años, estaba yo dando una charla en el Instituto Tecnológico, en Cartago, cuando mencioné la máqui na de escribir, me pareció escuchar un murmullo entre los cincuenta o más jóvenes presentes, lo cual me hizo detenerme. Los observé y decidí soltarles una pregunta sorprendente: “¿Ustedes saben lo que es una máquina de escribir?”. Nadie respondió. Entonces cambié la pregunta: “¿Cuántos conocen una máquina de escribir?”. Dos de ellos levantaron la mano.
Esto nos ilustra la velocidad de los cambios en la vida moderna. En poquísimos años, una cosa infaltable en oficinas y co mercios resulta desconocida para la mayoría de los niños y adolescentes actuales. Una pieza de museo, como los tiestos de los aborígenes. Pero no hablemos muy alto, porque nuestras computadoras actuales, de las cuales estamos tan orgullosos, muy pronto correrán la misma suerte.
Pero no quise complicar las cosas esa mañana y preferí no hablarles de que los primeros libritos los imprimimos en mi meógrafo, para lo cual tuvimos que ahorrar meses y comprar esténciles…, ¡porque todavía estaríamos en ese auditorio dando explicaciones!
Revista Lectores, p. 4- Febrero, 2011
Detestables Individuos
El mes pasado cumplí cuatro años de escribir estos comentarios, para disgusto de muchos y regocijo de pocos. Repa sando lo publicado, me percato de que últimamente he venido tratando temas muy áridos, siendo mi naturaleza más bien divertida, como lo saben los que me conocen. Pero es que a veces suceden cosas que me obligan a coger la pluma (léase computadora), “con un cuchillo entre los dientes”.
Todos sabemos que el 31 de enero se celebra en Costa Rica el Día Nacional de la Poesía. Se escogió ese día por ser el natalicio de nuestro amado poeta Jorge Debravo. No voy a hablar mucho de Jorge, porque siento que ya dije todo lo que había que decir sobre él; un hombre bueno, cariñoso, respetuoso en el hablar, que detestaba la música chatarra, maduro a pesar de sus pocos años. Para decirlo en una sola frase, un campesino decente, limpio de corazón. Hasta aquí vamos bien. Ahora veamos la parte oscura de esta historia.
Resulta que en San José hay un grupito de escritores -que no poetas- haciendo algo que se ha dado en llamar “rea lismo sucio”. Yo no sabía casi nada del asunto, porque es algo totalmente ajeno a mi manera de ser. Pero a fines del año pasado se celebró en Pérez Zeledón el II Encuentro Nacional de Escritores y parece que eso alborotó el panal. Don Guillermo Fernández A. presentó una ponencia sobre el tema y muchos nos enteramos gracias a eso. Aunque yo sería más feliz si nunca lo hubiera sabido.
Los que andan en esto tienen tanto de poetas como yo de Míster Universo. De hecho, se aproximan más bien a la antipoesía, una antipoesía pedestre, sin talento, sin el respeto elemental que se necesita para la convivencia en una sociedad como la nuestra. No conozco ni quiero conocer sus libros ni publicaciones, pero me cuentan que hablan mucho de licor, bohemia y todo lo que encontramos en “San José de noche”, a lo cual no le pongo yo ningún reparo. Dice la Biblia que “de la abundancia del corazón habla la boca”. A fin de cuentas, estamos en un mundo bizarro, donde se paga carísimo por un pantalón roto y deshilachado, mientras los jóvenes se peinan, o más bien diríamos que se despeinan, levantándose los pelos por todo lado. Lo que antes era desorden, vergüenza y pobreza, es ahora, para ellos, el colmo de la elegancia. Están en su derecho.
Uno de estos caballeros escribe la siguiente joyita: “Debajo de ese lunar tan sexi / crece en silencio / un tumor ma ligno”. El mismo autor de la ponencia, que parece encantado con este fenómeno, dice que “lo grotesco se convierte en divertimento y regocijo”
.
Repito: cualquiera puede escribir lo que le dé la gana, incluso burlándose de algo tan dramático como el cáncer. Lo lamentable es que encuentre quiénes le rían la gracia.
Nada de esto me hubiera movido a desperdiciar mi tiempo y el de ustedes, a no ser porque atacan a Laureano Albán con su Movimiento Trascendentalista y a Debravo. No voy a defender a mi amigo Laureano, porque él se defiende muy bien solo y no parece estar interesado en este pleito. Conociéndolo, posiblemente dirá lo que yo dije: son como perros ladrándole a la luna. Además, está la sospecha de que estas personas buscan la pendencia para conseguir protagonismo.
Pero la intención primaria de ellos es “desacralizar” a Jorge Debravo. El mismo autor de lo anterior, a quien Dios re prenda, se luce con esta perla: “Murió el Gran Poeta de la Patria / en fatal accidente de tránsito. / ¿Y qué le pasó a la moto?”. Dicen que cuando lee esto en los lugares donde se reúnen, sus camaradas aúllan y patalean de la emoción. Comenta Guillermo Fernández que “con este breve poema Chaves banaliza la importancia que se le ha dado a Jorge Debravo, cuyas supuestas calidad y trascendencia nadie ha puesto en duda”. Párrafo confuso; aquí el escritor se enredó en una paradoja, porque no podemos hablar de la supuesta calidad, para enseguida salir con que nadie la ha puesto en duda.
Pero el colmo viene cuando este militante del “realismo sucio” se atreve a parafrasear la última estrofa del poema “Hombre”, uno de los más conocidos de Jorge, que dice así: Soy hombre, es decir / animal con palabras / y exijo, por lo tanto, / que me dejen usarlas”. Y este señor, uno de los “detestables individuos” que dice mi amiga Clarita Solano, lo ensucia diciendo: “Soy hombre, tengo pene / y exijo, por lo tanto, / que me dejen usarlo”. ‘
¿Y saben qué pasó? A este señor le dieron el Premio de la Editorial Costa Rica de laño 2012.
Una bofetada para Turrialba y para los que amamos la memoria de Jorge.
Revista Lectores, p. 4- Febrero, 2013
El Tren, El Río Y Los Almendros
Gran parte de las actividades del recordado Festival Nacional de las Artes se realizó en la explanada del ferrocarril, donde alguna vez se quiso establecer la Plaza Jorge Debravo, con resultados lamentables: en un pueblo donde hay tantos autos y tan poco lugar para estacionarse, pues sencillamente el lugar se convirtió en estacionamiento público. Las baldosas son tan malas, que la simple lluvia las deshace. Los poyitos, a las pocas semanas estaban quebrados y volcados; lástima los esfuerzos, especialmente de don Walter Coto. Últimamente se convirtió en sede para las ventas de la feria de lo agricultor, lo que significa que durante los fines de semana se vuelve una explanada de tugurios.
A propósito, qué falta me hacen los hermosos almendros, llenos de pájaros y ardillas, que inexplicablemente fueron cortados sin que los defendiéramos. Poco a poco los pueblos pierden su identidad, las cosas que los caracterizan y los vuelven distintos a los otros. Por desgracia, nosotros somos cada vez más iguales a todos los demás.
Durante el mencionado Festival, era evidente que la mayoría de los espectadores eran muy jóvenes y no tenían la menor idea de lo que significan los rieles en que estaban parados. Pero los rieles están allí. Nunca volverán a sentir el peso de una locomotora, pero están allí. Hace años que nadie los usa, pero están allí. Por allí pasaron no solo nuestros productos, especialmente café y bananos, sino también lo que no producíamos, como el trigo, las telas y las máquinas. Asimismo, las compañías de ópera y zarzuela, circos, grupos teatrales, obispos, embajadores de países lejanos, etc. En realidad, todo lo que iba y venía de Europa, tenía que pasar por esos rieles. Por ahí pasó la historia de Costa Rica. Quiero decir, Minor Keith, Carlos Luis Fallas, los peones jamaicanos, italianos, chinos, españoles, nicaragüenses y de tantas otras nacionalidades, muchos de los cuales fueron, pero no regresaron.
La llegada del tren era un gran acontecimiento. Mucha gente dejaba lo que estaba haciendo para enterarse quién iba, quién venía, quién pasaba. Recuerdo a Melo, dueño de la única compra y venta del pueblo. Cuando escuchaba el pito ya cercano, allá por el cementerio, sencillamente cerraba el negocio para correr a la estación. Hasta el negocio más importante se quedaba para más tarde. Al terminar el espectáculo, se disgregaba la gente en todas las direccio nes y la paz regresaba al pueblito.
Los limonenses eran capítulo aparte: muchos se bajaban en Turrialba, para hacer el resto del viaje a San José en au tobús, porque resultaba mucho más rápido de esa manera. A menudo las señoras, no sé por qué, traían unas valijas enormes y pesadas, imposibles de llevar a la carrera, como se necesitaba para coger un buen asiento. Allí aparecían los “llevo llevo”, adolescentes o niños que cargaban las pesadas maletas por unas monedas, mientras las señoras los seguían a la carrera, tal vez con el temor de que huyeran con sus valiosas valijas.
A menudo ponían un vagón especial para turistas -camisas hawaianas y cámara Kodak colgando en el pescuezo-, lo cual atraía un número mayor de vendedores de helados, refrescos y comida, especialmente niños. A veces los extranjeros les lanzaban monedas y se divertían tomándoles fotos, mientras se arrebataban el dinero en los barriales. Se contaba que en Peralta el tren le cortó la mano a un niño por coger una de esas monedas debajo de las ruedas. No sé si será verdad o una leyenda macabra producida sin duda por la conducta inhumana de los foráneos.
El ferrocarril era parte consustancial de Turrialba. Cuántas veces, por las noches yo escuchaba desde mi casa el soni do de esas bocinas profundas y melancólicas, tan queridas por los turrialbeños.
Nadie dudaba de que estaría con nosotros para siempre, hasta el día en que ocurrió lo impensable. De pronto el gobierno decidió que dejaba pérdidas y sencillamente no quiso reparar los daños que produjo un temporal. Desde entonces, Turrialba no es lo mismo. Desde entonces se me quitaron las ganas de ir a Limón, aunque no las de andar en tren. Los dueños de camiones fueron los únicos favorecidos: ¿cuántos aparatos de estos se necesitan para transpor tar lo que arrastra una sola locomotora? Todavía me parece mentira el hecho de que nunca más volveré a atravesar esos túneles con mis hijos, asombrados de esas noches cortas y repentinas, mientras máquina y vagones circulaban lentamente por las orillas mismas del río Reventazón.
Por cierto, hasta el río nos quitaron. ¡Quién lo hubiera creído!
Tiempo De Morir
La muerte tiene significados diferentes para cada pueblo; es un asunto cultural. En algunas partes incluso la veneran (“La Santa Muerte”), le hacen altares y ponen calaveras llenas de flores, costumbre que a mí me parece macabra y de mal gusto; eso, porque soy de Turrialba, Costa Rica, y para nosotros la muerte es el peor enemigo. Incluso los dibujantes nos la pintan horrible y todo el mundo le pone apodos, por ejemplo “la pelona”. Por eso, nos encanta “Uvieta”, el relato de Carmen Lyra. Allí, el personaje tiene poder sobre ella, la sube a un arbusto y no le permite bajar durante tanto tiempo, que ya los viejitos “andaban dundos”.
Pero la cosa es que, en algún momento, pasará su guadaña sobre nuestros días y punto final.
Vamos a la Biblia: El Predicador nos dice en el libro del Eclesiastés que “todo tiene su tiempo… tiempo de nacer y tiempo de morir...”. No descubrió nada nuevo, pero lo dijo de una manera tan hermosa, que da gusto leerlo y releerlo. A mí, por lo menos, me encanta.
En los últimos tiempos, parece que a “la pelona” le dio por hacer turismo en el barrio y se ha llevado a mucha gente. Voy a referirme a dos casos: Francisco (Johnny) Delgado y Rafael Ayala, conocido como “Manolo”. Poe ta, narcisista y filósofo el primero; pintor, estudioso del asunto indígena y escritor, el segundo. Amigos entre sí, pasaron los últimos años de sus vidas muy enfermos. Fumadores empedernidos ambos, Francisco fumó hasta el último suspiro y Manolo consiguió dejar el hábito hace ya algún tiempo.
Johnny estudió filosofía, economía y no sé qué más. Se fue para México, pero tuvo que volver al tiempo por una historia nunca bien aclarada, que le hizo temer por su vida en el país del norte. Ya de regreso en Turrialba, siguió con su producción literaria, ganó premios de poesía, hizo un importante trabajo como guía de escritores jóvenes, y dedicó gran parte de su tiempo y esfuerzos a escribir una novela de más de mil páginas, y algunos otros proyectos que, al parecer, dejó inconclusos. Quedaron huérfanos no solo sus hijos sanguíneos, sino un grupo de muchachos, alumnos suyos que encontraron en él a un hombre que sacaba el tiempo para enseñarlos y corregirlos sin contemplaciones, en una curiosa relación casi socrática.
Manolo fue otra cosa: enamorado de la pintura desde joven, perfeccionó el dibujo y los colores, pero, según me cuentan, muchos de sus cuadros terminaron en manos de comerciantes por sumas ridículas, o cambiados por filetes y chorizos en una carnicería. Muchos pintores han sufrido lo mismo a través de los siglos, tanto en Francia, Italia y Holanda, como en Turrialba. Conmigo tuvo una relación de cariño y respeto. Incluso pintó la portada de mi libro El tránsito del sol, lo cual en algún modo nos unió. Varias veces lo visité en su taller, donde compartimos el café negro y caliente que a ambos nos gustaba, y me habló de un libro que estaba escribiendo, del cual no llegué a leer nada.
Quedó pendiente una charla sobre el petroglifo de Las Vueltas de Tucurrique y algunas otras cosas acerca de los indígenas de Costa Rica. Con Francisco también quedaron cosas en el tintero, especialmente sobre el asunto de la conversión al cristianismo, camino que yo también recorrí. Habíamos pactado sentarnos a compartir vi vencias y -¡por supuesto! - un café sobre esa y otras cosas, pero la muerte y el hábito que tenemos muchos de dejar las cosas para después lo impidieron.
Quejarse no tiene sentido. Como dicen los gringos, “de nada vale llorar sobre la leche derramada”.
Revista Turrialba Desarrollo, p. 2- Octubre, 2015
Epílogo
Al llegar aquí, amigo lector, ya estará usted suficientemente familiarizado con la vida y la obra escrita de Marco Aguilar, gracias a este recorrido por sus poemas y sus artículos en prosa, todos de gran factura. Complementados con las percepciones de algunos de sus amigos, al igual que ilustrados con abundantes imágenes, todo el conjunto permite en tender mejor al creador literario que fue Marco, de bidamente contextualizado en el entorno geográfico y humano en que le correspondió vivir. Ese fue su fecundo legado humano y literario.
No hay duda de que hoy -a exactamente dos años de su partida-, y a pesar de su ausencia física, Marco sigue vivo en los corazones de quienes lo admiramos y amamos, y, sobre todo, ha quedado inmortalizado en su obra escrita.
En tal sentido, confiamos en que el tributo colectivo encarnado en el presente dosier contribuya a pre servar su memoria. Es decir, a que su obra tenga la misma permanencia de las hermosas montañas que circundan el Valle Sagrado en el cual él nació y don de, con la habilidad y el perfeccionismo propias de un orfebre, Marco fraguó y engarzó una a una sus palabras, para entregarlas generoso al pueblo turrial beño y a la humanidad












