Marco Aguilar fue un poeta oriundo de Turrialba - tierra de poetas- que prefirió la tranquilidad de la provincia a la ruidosa urbe y a las carrerillas de la farándula que corrompen la labor del artista. Amigo y correligionario de Jorge Debravo -“hermano”, lo llamaba-, por tanto, fundador del Círculo de Poetas Turrialbeños, más tarde Costarricenses; su obra, la mentablemente, ha sido invisibilizada por el canon y la tramoya literaria nacional.
Luego de la muerte de Debravo (1967) y tras una bre ve estancia de dos años en San José -mejor dicho, en Tres Ríos de Cartago, pequeña ciudad que se aco moda mejor a la capital josefina que a la antigua me trópoli cartaginesa-, con la publicación de sus dos primeros poemarios, decide regresar a su Turrialba natal donde se dedicara al noble y extraño -para un poeta- oficio de técnico en radio y televisión.
Su poesía, tallada y esculpida en silencio, se compo ne de seis libros con tirajes muy cortos: Raigambres, Turrialba, Costa Rica: Biblioteca Líneas Grises, 1961; Cantos para la semana, Turrialba, Costa Rica: Biblioteca Líneas Grises, 1962; Emboscada del tiempo, San José: Imprenta Tormo, 1984, y Ediciones Zúñiga y Cabal, 1988; El tránsito del sol, San José: Ediciones Zúñiga y Cabal, 1996; Obra reunida, San José: EU NED, 2009; Profecía de los trenes y los almendros muertos, Nueva York: Nueva York Poetry Press, 2020.
Quizás por esa razón -los tirajes cortos en su ciudad natal- las nuevas generaciones de versificadores cos tarricenses no conocen la ardorosa búsqueda de este bardo turrialbeño. Y, sin embargo, son variados los poetas y críticos que han valorado la obra de Marco Aguilar como una de las propuestas más coherentes y lúcidas de la poesía contemporánea costarricense. No obstante -paradoja criolla y cruel que no cesa-, nunca se le reconoció con ningún premio ni se le brindó la atención que merecía en la academia ni en los ámbitos oficiales y/o periodísticos.
Tal vez el mayor reconocimiento en vida fuese la pu blicación de su Obra reunida por parte de la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia (EUNED), atina da decisión de esa casa editorial universitaria, a la sa zón dirigida, en su consejo editorial, por el polémico y nunca bien ponderado escritor y político Alberto Cañas Escalante.
Por cierto, y como elemento curioso -léase furioso-, en la primera edición, los datos biobibliográficos del autor eran más escuetos que los del compilador, quien, al parecer, pretendía quedarse con los dere chos de autor. Habrase visto mayor infamia, sobre todo tratándose de un poeta humilde, de escasos re cursos y con nula percepción de aquellos derechos. Eso, de alguna manera, subraya la condición de un poeta que “no desea hacer literatura”, tal y como apuntaba su compañero de viaje, el parteaguas Jorge Debravo. Es decir, estamos ante un poeta que había comprendido a cabalidad su papel en tanto produc tor de poemas, no para la fanfarria de los premios, el reconocimiento simbólico y/o material -contante y sonante-, o los viajes, sino, sencillamente, porque debía decir lo que le atormentaba o deleitaba y pu jaba por salir.
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La antología de la EUNED nos permite ingresar al mundo poético de Aguilar, donde lo primero que nos sorprende es la calidad formal del vate. Son pocos los poetas costarricenses que han acudido al soneto, esa estrofa tan difícil y compleja, verdadera apues ta estilística para cualquier poeta, con resultados tan frescos y efectivos, porque Marco Aguilar introduce en el soneto, como en mucha de su poesía, cierto humor y cierta cotidianidad que le restan ese carác ter solemne y nobiliario que arrastra. Dicho de otra manera, experimenta dentro de una forma canónica para otorgarle contemporaneidad y gracia. Y lo logra con creces.
Pero no se crea que Marco Aguilar solamente se in clinaba por el soneto en el extenso maremágnum del verso libre moderno y posmoderno. No, también acudió al verso blanco y a la libertad estrófica sin perder la musicalidad interna y el propósito que ani ma al poema. Trato de decir que ni en el soneto ni en el verso libre el poeta se extravía, es decir, el tema, lo referido o lo que se desea comunicar está presente en la forma y se desplaza como pez en el agua. Esto exactamente con el poemario Emboscada del tiem po (1988), auténtica epopeya y canto general, que logra posicionarse como uno de los esfuerzos más logrados de la poesía costarricense de los últimos treinta años.
Lo importante de la antología que intentaron birlar le es que, además del ya mencionado y de sus dos primeros libros, Raigambres (1961) y Cantos para la semana (1963), con el estupendo El tránsito del sol (1996) -donde resuena El tránsito del fuego, de Eunice Odio-, incorpora tres libros inéditos del poe ta: La miel de cada día, Mi voz nace de piedra y Otra poesía reunida. ¡Lástima que el segundo no aparezca completo! Esto, porque nos permite asistir a la “evo lución” del trabajo aguilariano en tanto crecimiento silencioso de un auténtico trabajador de la palabra, que no se dejó encandilar por los fuegos fatuos de la fama y la tontada. En ese crecimiento, poético y espiritual, podemos observar la sencillez encerrada con maestría en formas poéticas finamente elabora das. Como en el buen vino, los años agregan el sabor del añejamiento.
La profesión de Marco Aguilar, en tanto labor para el sustento del productor poético y su familia, esta ba en el taller de radio y televisión. Pero su verdade ro oficio se expresa en la palabra precisa y rigurosa, en el endecasílabo finamente logrado, en el soneto portentoso, pero no pretencioso, en el poema épico donde se lamenta del destino humano signado por la violencia y la exclusión. Y en el amor, la ternura y la solidaridad que se incuban en la profunda sensi bilidad de un verdadero poeta. Todo ello con la sutil y sosegada visión que dan tanto la provincia como la distancia de los centros del poder cultural y sus ácidos dispositivos, donde pululan enfermizos egos, oscuras transacciones y serruchadas de piso.
Debemos agradecer a la EUNED aquel acierto edi torial que en mucho rescataba una de las voces más auténticas de nuestra poesía, “regionalizada” y, por tanto, invisibilizada. Una voz que no se arredraba, aunque no arriesgara en la parafernalia posmoder na y su sintomática palabrería hueca por la pasarela de “flashes”, premios y alabanzas. Mucho menos se asoma al grotesco valle de la transacción y el acuer do para el próximo premio, el evento venidero, la antología o el librito coeditado. Una voz de auténtica raigambre costarricense, pero sin perder la exactitud meridiana en el concierto universal y sinfónico de la palabra.
Como lo reseñara en su momento don Alberto Ca ñas Escalante en una de sus columnas periodísticas -recordándonos la apreciación de aquel otro grande poeta olvidado, Alfredo Cardona Peña (1917-1995), quien, desde su voluntario exilio en México, apunta ba que de los poetas de Turrialba, a su juicio, “el de más porvenir era Marco Aguilar”-, el poeta no nos defraudó: aparte de ese enorme e insurgente río líri co que es Jorge Debravo, podríamos afirmar que fue el poeta más importante del círculo y quizás de su generación.
Marco Aguilar vivió por la poesía y para la poesía, a pesar de las carencias de su entorno y las tremebun das vicisitudes de una vida modesta, además de que enfrentó la muerte en variadas ocasiones debido a una enfermedad cardiaca y hasta la pandemia del coronavirus.
Un poeta con mayúsculas, un extraordinario ejem plo vital y creativo















