Cuando aparecieron en el escenario nacional los sorprendentes “poetas de Turrialba”, recuerdo que Alfredo Cardona Peña, desde México, me escribió diciéndome que, a su juicio, el de más porvenir era Marco Aguilar.
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Luego, conforme el grupo se fogueó y maduró, Agui lar pareció hacerse a un lado. Y tras los poemarios iniciales de 1962 (Canciones para la semana y Rai gambres), mientras [Jorge] Debravo y [Laureano] Albán asumían posición de cúpula en la poesía costarricense, Aguilar cayó en un silencio solo inte rrumpido en 1984 con un libro extraño, ambicioso e insatisfactorio: Emboscada del tiempo. La promesa detectada por Cardona Peña parecía viajar hacia la invisibilidad.
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Preciosamente editado por Francisco Zúñiga Díaz y Erick Gil Salas, aparece ahora, como gran sorpresa, el cuarto y triunfal poemario de Marco Aguilar: una colección de 44 sonetos -18 de ellos absolutamente magistrales- prologada por el maestro [Isaac Felipe] Azofeifa, con el poco atractivo título de El tránsito del sol. Y hay que procurar que Cardona Peña, donde esté, escuche que le gritamos: “Tenías razón, Alfredo, Marco Aguilar es un poeta a lo grande”.
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Lo primero que sorprende en estos sonetos de Marco Aguilar es que el poeta no ha abandonado el rumbo inicial que compartió con su compañero Debravo.
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Los sonetos de 1996 participan de los aspectos diga mos experimentales con que los dos turrialbeños se lanzaron al mundo, y por eso la característica más vi sible -y yo diría audazmente que más “turrialbeña”- de estas deliciosas composiciones, es el empeño del poeta de despojar al soneto de la solemnidad y aristocrática elegancia que le han sido tradicionales, como si el género lo hubiese inventado Benvenuto Cellini.
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El soneto -recordar las piezas magistrales de [Julián] Marchena- se envuelve tradicionalmente en un len guaje exquisito y refinado. En sus sonetos, Aguilar se esfuerza, por el contrario, en manifestarse de manera sencilla y con un lenguaje coloquial.
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Por eso, sus sonetos amorosos hablan de amores co munes y corrientes - al alcance de los lectores que no son poetas-, con palabras comunes y corrientes.
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Conversan con la amada y esperan que la amada res ponda en el mismo tono. Un esfuerzo por despojar al soneto del ropaje de joyería que le dio el modernis mo, parecido al que hace medio siglo iniciaron los piedracielistas colombianos.
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La temática de Marco Aguilar difiere de la de Debra vo, en el tanto en que el hombre a que se refiere es él, mientras que Debravo se refirió siempre a todos nosotros. En Debravo campeaba “el hombre”, en Aguilar, “un hombre”, el poeta, él.
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Pero es un él tan simple y diáfano, que sin esfuerzo alguno absorbe al lector. Las notas ocasionales de pesimismo se le antojan a uno momentáneas ante una poesía “clara como un anillo” que diría Neruda, y que rebosa asombro ante el mundo. El parentesco entre los dos poetas, a pesar de todo, es más que todo literario y, si se quiere, generacional. Son hermanos, pero no gemelos.
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Con este libro se confirma y refuerza el estupendo aporte de la Turrialba de 1960 a la literatura costa rricense. Tres poetas (Debravo, Albán y Aguilar) de gran calibre.
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La incorporación de Aguilar a la trinidad tiene que ser motivo de regocijo. ¿Sería mucho pedirle a Aure lia Dobles que incluya en algún próximo número de Áncora un muestrario de esta estupenda obra?













