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Comunicación

versión On-line ISSN 1659-3820versión impresa ISSN 0379-3974

Comunicación vol.33 no.2 Cartago jul./dic. 2024

http://dx.doi.org/10.18845/rc.v34i2.7667 

Comunicación

Mi padre, entre la poesía y la familia

My Father, Between Poetry and Family

Silvia Aguilar Rodríguez1 

1Hija del poeta Marco Aguilar. Tiene estudios en la Universidad Nacional (UNA), en Literatura y Lingüística, con énfasis en Español. Además de aficionada al arte, es escritora y acuarelista. Como actriz de teatro, participó del grupo de representación teatro estudiantil de la UNA, UNÁnime, en el que fue parte de su elenco por tres años. Feminista interseccional, radica actualmente en Puerto Viejo, Limón. Contacto: esther12aguilar@gmail.com

Resumen

Silvia Aguilar, su hija menor, presenta una visión acerca del poeta Marco Aguilar desde la intimidad del ámbito familiar. Con ello se logra conocer no solo los sólidos vínculos afectivos de él con sus padres, esposa, exesposa, hermanos e hijos, sino que también aspectos que permiten entender mejor el carácter y las aficiones de Marco, así como algunos factores que moldearon su personalidad, lo cual sin duda influyó en su obra escrita.

Palabras-clave: costarricense; poesía turrialbeña; familia; identidades; Marco Aguilar

Abstract

Silvia Aguilar, his youngest daughter, gives an insight into the intimacy of the poet Marco Aguilar’s family life. With this, it is possible to learn not only about his strong emotional bonds with his parents, wife, ex-wife, siblings and children, but also about aspects that allow us to better understand the character and hobbies of Marco, as well as some of the factors that shaped his personality, which undoub tedly influenced his written work.

Keyword: Costa Rican poetry; Turrialban poetry; family; identities; Marco Aguilar

Se conoce que muchos artistas son malas parejas, malos padres, así que su arte y la vida escabrosa los llevan a cometer locuras. Sin embargo, aunque mi papá no fue ajeno a la vida bohemia, su prioridad, su vida y su amor siempre estuvieron en la familia.

Soy la menor de cinco hermanos, mujer, la única morena entre todos. Mi bisabuela paterna, Micaeli na, era morena, dicen que muy parecida a mí y tam bién a mi tía Felicia; fuimos las que salimos extra horneaditas, con un tonito caramelo tentación y algo de extra-picante en la actitud. Mi papá fue el mayor de seis hermanos, seguido por Jorge, Vilma, Gerardo, Guillermo y Felicia.

Creció en una familia amorosa, tranquila y suma mente divertida. Mi abuelo Antonio era un pequeño cafetalero turrialbeño, así como un gran deportista y, sobre todo, ajedrecista, al punto de ser campeón na cional. A principios del siglo XX, conoció a mi abue lita Josefina en la zona rural, se casaron y, bueno…, el resto es historia.

Contaba mi papá que mi abuelo preguntaba qué les traía para el desayuno y todos empezaban a pedir cosas diferentes, por lo que salía furioso y exclama ba: “¡Qué barbaridad! ¡En vez de agradecer que hay comida, todos piden algo distinto!”. Sin embargo, al regresar, traía todo lo solicitado. Recuerdo a mi abue lo comiendo helados conmigo, ambos “chorreados”, muertos de la risa.

Aunque mi papá nació en 1944, cuando el machis mo calaba hasta los huesos, él trató de romper con esas actitudes. Al menos en mi crianza, se empeñó en que fuera independiente, fuerte y que rompiera estereotipos. Hasta hoy, he intentado seguir sus con sejos, al menos en eso, lo cual siempre agradeceré.

Para él, sus padres eran su pilar y los íbamos a ver cada domingo. Veíamos tele y mi abuelo solía darme el suplemento Zurquí, una de las extintas secciones dominicales del diario La Nación; me los guardaba, y nos sentábamos a resolver las trivias y otros jue gos. Su muerte representó un golpe muy duro para mi papá y para mí, aunque ahora comprendo que lo fue más para él; en todo caso, mi abuelo ya estaba anciano y sufriendo. Cuando mi abuelita partió, no solo fue un evento muy fuerte, sino que ocurrió un 15 de agosto, Día de la Madre, muy temprano; a las tres de la madrugada, nos dieron la noticia de que, de manera inesperada, Chepita se había despedido de nosotros.

La familia Aguilar Sanabria frente a su casa: Vilma, Felicia, don Antonio, Marco, doña Josefa, Guillermo, Gerardo y Jorge. Foto: Silvia Aguilar.

Tita Che, como le decíamos mis hermanos y yo, era dulce, cariñosa y divertida. Recuerdo sentarme en el piso de la sala, mientras ella me trenzaba el pelo. Hacía el mejor arroz con leche del mundo; sin ofen der a ningún lector, el de mi abuela simplemente era especial. Era muy simpática y, posiblemente, de ahí le vino a mi papá su pícaro sentido del humor.

Para hablar de mi papá, él empezó sus andanzas como escritor muy temprano en su vida de adoles cente. Junto con Jorge Debravo, su amigo íntimo des de los tiempos colegiales, además de leer poemas en francés -que traducían al español-, creaban y compartían sus propios textos, para después criticar y discutir entre ellos sus creaciones. Empezó a publi car muy temprano en periódicos, que en esos años, bueno… ¡te volvían popular! Me imagino que ten dría encantada a más de una muchacha de la época. ¡Imagínense un rebelde, revolucionario y pelilargo poeta, y que salía en los periódicos! Modestia aparte, papi era un hombre muy guapo.

La vida de bohemio lo consumió un poco. Batalló con el alcoholismo y la adicción al tabaco, lo que años después incidiría en sus problemas cardíacos y agravaría los males respiratorios.

Puesto que de la poesía no se vive, su oficio era el de radiotécnico; se dedicaba a la reparación de te levisores, radios y otros artefactos electrónicos, en el puro centro de su natal Turrialba. Se casó con Nidia Monge Montoya, gestora cultural primero y enferme ra después; una mujer fuerte, hermosa e inteligente, a quien amo con todo mi corazón. Tuvieron a Ana, Rita y Fernando; los otros dos hijos de papi, que so mos Allan y yo, vinimos por otras rutas.

Tenía un taller en el centro de la ciudad, en la ribera derecha del río Colorado, gracias al cual mantenía a su familia. Entiendo que esos años fueron duros, por varias cuestiones económicas y errores de juventud, lo que provocó que el matrimonio terminara. Esto para mi papá fue traumático, pues, si para algo tenía un talento extraordinario, era para padre. Es cierto que era un poeta excelente, pero como papá, como familia, como ser humano, era realmente de otro mundo.

Marco y Antonio (Toñito) Rodríguez. Foto: Silvia Aguilar.

Fue precisamente en la época del divorcio que papi consiguió otro lugar para trabajar. Lo hizo en el taller de los hermanos Rodríguez, porque, en una de las crecidas recurrentes del río Colorado -inmemoriales en la historia de Turrialba-, al primer taller se lo lle vó la correntada. Él comentaba que esta temporada fue la más dura de su vida, ya que cometió serios errores. Por ejemplo, en el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) le ofrecieron trabajo, pero él no lo aceptó, de lo cual se arrepentiría toda la vida; ahora interpreto esto como un rasgo de lo que actualmente se denomina “síndrome del impostor”, es decir, él no se creía que lo suficientemente capaz de laborar ahí.

Ahora bien, ¿cómo describir un vínculo tan poderoso y fuerte como el que teníamos él y yo? Hay cosas que no se pueden describir, sino que se deben vivir. De bido al divorcio, él se privó de compartir momentos cruciales con mis hermanos mayores. Tenía mucho miedo de repetir eso en mi crianza. En realidad, nun ca fue un padre ausente con ninguno de sus hijos; más bien, siempre todos éramos “una sola bola”. Todos nos amamos mucho. Fue él quien construyó y nos instó a poner a la familia siempre primero, a no hacer divisiones entre nosotros. De hecho, mis hermanos y hermanas son la mejor herencia que me dejó.

En cuanto a Ana -su hija mayor-, papi siempre con tó con una mujer responsable y aguerrida, pues su actitud ante las cosas es la de no preocuparse, sino ocuparse de ellas. Es interesante que la pasividad de mi papá, que rehuía al conflicto y solía procrastinar en lo que urgía, contrastaba mucho con el tempera mento de Ana, tan independiente, valiente y fuerte, “de armas tomar”. Siempre que alguien en la familia necesita de ella, corre a ayudarlo, al punto de que papi decía tener plena certeza de que ella nunca nos iba a abandonar. Por eso, tiene bien ganado el título de “mamá gallina”.

Después de varios años de divorciado, papi conoció a mi mamá, Vilma Rodríguez Arguedas, quien es téc nica de laboratorio y ya tenía a mi hermano Allan. Papi y él forjaron una relación de padre-hijo de una manera que, bueno…, tal vez solo ellos dos podían entender. ¡Se amaban tanto, pero tanto! Andaban en bicicleta, se contaban secretos, se molestaban y, en cuanto a fútbol, eran liguistas, barcelonistas y mila nistas, así como fanáticos de Argentina y Brasil. En los momentos de enfermedad, Allan cuidó a papi con tal abnegación, que sus hijos biológicos nun ca tendremos palabras ni acciones suficientes para agradecerle su amor y entrega en tiempos tan duros. Allan siempre le dijo “Tito”, como muestra de amor y respeto.

A propósito de Allan, comparto aquí una anécdota de papi. Se refiere a una señora que era clienta del taller, quien no podía entender cómo ese muchacho, pelirrojo y de ojos color miel, era hijo de él. Narraba que:

La señora me veía minuciosamente cada vez que yo hablaba, y cuando hablaba Allan brincaba, lo veía en detalle, sin disimular nada. Yo estaba muerto de risa por dentro, de verla, porque, cla ro…, yo sabía lo que estaba pensando. Creí que no se iba a atrever a comentar nada. En eso, se despide Allan de mí:-Bueno Tito, ya me voy. Y la señora me pregunta: -¿Es su hijo?, -Sí seño ra, Allan es mi hijo. Y entonces me dijo, con un tonito entre acusador y criticón: -Pues no se pa recen

.

Como papi tenía el talento de hacerse pasar como muy serio, cuando en realidad no era nada serio, sino superbromista, vio la oportunidad de aprove charse de la imprudencia de la señora, y le respondió “¿Ah sí? Pues… ¿sabe qué? No es la primera persona que me dice eso. Voy a tener que hablar seriamente con mi esposa al respecto”. En palabras de él, la se ñora “se puso rojititica” y le replicó: “¡Ay no! No me vaya usted a tomar en serio. Si son i-gua-li-ti-cos. Si apenas entró él al taller supe que tenían que ser padre e hijo”. Honestamente, no sé cómo hizo para mantenerse serio. Apenas llegó a la casa nos contó de su broma, y dijo: “¡Por imprudente! Esas cosas no se dicen, pues si Allan de verdad fuera un ‘golazo’, y yo un marido agresor, ¿qué destino le podría esperar a Vilma?”.

Debo decir que mi padre y mi madre eran como el agua y el aceite, sumamente diferentes, tanto como nadie pudiera imaginarlo. Cuando se conocieron, esas diferencias eran aún más grandes, ya que él era ateo y ella ferviente religiosa. Quien haya conocido a mi papá en los últimos años de su vida, jamás ima ginaría lo distinto que él mismo decía que era en su juventud. Así que, de ellos solo sé que fueron amigos por muchos años y después novios, hasta que llegué yo a sus vidas.

En familia: Laura Quirós Aguilar (hija de Rita), Michael Aguilar Barahona (hijo de Fernando), Silvia Aguilar Rodríguez, Vilma Rodríguez Arguedas (segunda esposa), Rita Aguilar Monge, Nidia Monge Montoya (primera esposa), Osvaldo Morales Castillo (esposo de Ana), Marco, Ana Aguilar Monge y Valeria Aguilar Rodríguez (nieta). Foto: Silvia Aguilar.

Papi tuvo una relación muy especial con todos sus hijos. Ya hablé de Ana. En el caso de Rita, Ritica o Riti -la segunda-, él siempre pensó que era la más dulce, amable y obediente, y tenía razón. Con el paso del tiempo, ella nos ha logrado demostrar que también es fuerte, determinada y que puede lidiar con lo que sea que la vida le ponga al frente. Sin embargo, creo que para papi ella siempre fue su bebé. Me acuerdo cómo narraba, con amargura, que una vez, en un conflicto por defenderla, le majó un piecito; habían transcurrido más de dos décadas de ese incidente y, al evocarlo, se le aguaban los ojos. Decía: “Pobre Ri tica, estaba ahí, de unos seis añitos, y hasta le majé un piecito. ¡Pobrecita mi chiquita!”. En verdad, papi se derretía de amor por Riti y sé que ese amor era mutuo.

Finalmente, con Fernando se hablaban en inglés a menudo, además de que se contaban chistes. Papi amaba a Fer. Decía: “Fernando es muy cariñoso, increíblemente cariñoso”. Eso sí, nunca lo logró convencer de que le gustara el fútbol ni de algunos otros consejos, pero bueno…, así somos los hijos, no siempre escuchamos a nuestros padres. La última vez que los vi juntos fue en la puerta de nuestra casa, donde se abrazaban y besaban diciéndose cuánto se amaban.

Además de nosotros -los cinco hijos que crió-, papi fue como un segundo padre para varias personas. El día del funeral, así me lo dijeron más de cinco perso nas. Ese era un don suyo.

Los lectores podrán imaginar que escribir esto es di fícil para mí, es duro. Recordar cómo era él, imagi narlo contando las historias de siempre, pues era un gran conversador. En realidad, las palabras son insu ficientes para expresar todo lo que siento y sentía por él. Nadie me veía en los peores momentos. Solo él. A él le conté mis mayores dificultades y sufrimientos, pues era un auténtico amigo.

Recuerdo que cuando yo tenía seis años me compró un carrito, porque yo quería uno, aun cuando toda la familia se oponía. No se me olvida la enseñanza que me dio cuando me dijeron que no podía jugar con carritos, por ser mujer. “Nunca, permitás que te digan que no podés hacer lo mismo que hace un hombre, por ser mujer. ¿Oíste, mi amor?”. Sí, escu ché y aprendí.

Ahora bien, para referirme a su producción literaria, papi disfrutaba de sus momentos de soledad en la casa para escribir, y decía que si no escribía, se asfi xiaba. Era una necesidad esencial en él. Le gustaba hacerlo en silencio, en la tranquilidad. Asimismo, era muy detallista, minucioso en su trabajo como escri tor. Además de su poesía, en los últimos años incur sionó en la prosa y escribió artículos mensuales para la revista Lectores. Siempre tuvo temor de publicar una novela, aunque ya la tenía pensada, palabra por palabra, en su mente.

Aunque, ahora fallecido, de seguro que con el paso de los años se valorará a fondo y de manera impar cial su obra de poeta y escritor, puedo afirmar -en plena concordancia con varios críticos- que papi fue un excelente artista, incansable en su labor creativa, a lo cual sumaba sus sobresalientes, aunque menos conocidas, dotes de declamador.

Hay un hecho que no se debe ignorar: cuando nací, la salud de mi papá ya estaba afectada, al punto de sentirse muy enfermo. Por ejemplo, a los cincuenta años, sufrió un infarto y tenía las arterias obstruidas, por lo que requirió cirugía, la cual se retrasó cuatro años por razones administrativas del sistema hospi talario. Asimismo, debido a sus padecimientos, por años tomó pastillas, en algunos momentos hasta die ciocho medicamentos diarios. Ingerir tantas sustan cias de manera cotidiana, poco a poco alteró seria mente su digestión. Trece años después, requirió la segunda operación del colon, debido a una fístula. Además, hacia el final de su vida padeció una neu monía que nunca terminó de sanar bien y que, agra vada por su ya delicado estado de salud, nos llevó finalmente a una forzosa despedida.

A pesar de tantas adversidades, papi trataba de dis frutar de la vida, e incluso a veces se mofaba del dolor, rasgo que sin duda heredé de él. En el fondo era pesimista y a menudo estaba triste, pero rara vez conversaba de esas cosas. En eso nos entendíamos sin palabras. Nos dedicamos innumerables miradas, abrazos y consuelo, haciéndonos reír uno al otro. Nos divertíamos viendo a Les Luthiers, Chaplin y Harold Lloyd, así como los programas televisivos Dr. House y Bones. También veíamos fútbol y hablába mos de literatura; recuerdo que me dio a leer Cien años de soledad a mis doce años. Él amaba com partir conmigo su amor por el arte, la literatura y el fútbol.

Me enseñó el hábito de peinarme en las noches, ha cerme una trenza, y de siempre salir de la casa bien aseada y desayunada. Pero, sobre todo, me enseñó la cortesía y la amabilidad, así como a entender que todas las personas tenemos tiempos difíciles en nues tras vidas, por lo cual siempre se debe tratar bien a los demás.

Estoy segura de que él hubiese querido dejarme otras enseñanzas, religiosas, vivenciales e incluso econó micas. No lo culpo, y tampoco me culpen a mí. Su cede que él era de 1944 y yo de 1995

Recibido: 16 de Junio de 2024; Aprobado: 14 de Agosto de 2024

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