Introducción
El presente artículo analiza las relaciones interétnicas en la Región Norte de Costa Rica durante el periodo 1900 - 1910. Se intenta dilucidar sobre las relaciones interétnicas entre el pueblo malecu y los nuevos pobladores no indígenas, así como la relación con el naciente Estado costarricense. Para esto se realizó una revisión documental de diversas fuentes escritas como informes institucionales, diarios de viajero, anuarios estadísticos y fuentes secundarias.
El análisis explora las primeras relaciones del pueblo malecu con los nuevos pobladores de la región y el Estado, en este sentido se intenta comprender a partir del concepto de control cultural las transformaciones ocurridas en este territorio en construcción. Se parte del hecho de que los grupos subalternos, como los indígenas, fueron invisibilizados dentro del proceso de consolidación del Estado costarricense al ser víctimas de un discurso homogeneizante, el cual privilegió una cercanía con el concepto de la cultura europea en términos de un proceso civilizador y dejó de lado una serie de pueblos que resistieron durante el proceso de colonización (Chacón y Guevara, 1992). La aparición de los estados nación en América Latina trajo consigo una serie de transformaciones, como la disminución de los territorios indígenas, consecuencia del ideario liberal de la propiedad privada y los nuevos procesos de relaciones interétnicas que consolidaron la ladinización de pueblos enteros.
Es importante señalar que este artículo se enmarca en una investigación mucho más amplia que abarcó este tema en un periodo comprendido entre las décadas de 1880 y 1970, como parte de un proyecto de graduación inscrito en el Posgrado de Historia de la Universidad de Costa Rica, por lo que la revisión de las fuentes primarias proviene de dicho proceso metodológico, pero en este caso particular se profundizó en la primera década del siglo XX.
La región norte de Costa Rica en contexto
Hasta mediados del siglo XIX la Región Norte de Costa Rica fue territorio habitado por el pueblo malecu. Dicho pueblo indígena no sufrió los embates de la conquista española, ya que fue una región poco explorada, particularidad que comparte con otros territorios como Talamanca. El poco contacto con la población no indígena podría tener diversas explicaciones: las características geográficas de la zona, las rutas utilizadas para la conquista e incluso algunas formas de resistencia propias de los grupos indígenas. Cabe mencionar que no eran el único grupo en las llanuras del norte; sin embargo, el resto de los pueblos que se mencionan en las crónicas españolas ya no existían para el periodo de análisis (Castillo, 2004; Sánchez, 2015; Solórzano, 1997).
Con la independencia dicho territorio no estaba dentro del control del reciente estado costarricense, sin embargo, dos procesos obligaron al estado a tomar acciones en la región: la Campaña Nacional de 1856 - 1857, que traza los primeros caminos hacía el río San Juan, y el conflicto del pueblo malecu con los huleros provenientes de Nicaragua, este último proceso implicó casi el exterminio de esta población.
La Región Norte de Costa Rica se puede considerar una de las últimas fronteras del estado costarricense previo al proceso de instalación del aparato estatal; fue un territorio considerado como salvaje, inhóspito y ante todo vacío. Esta representación tuvo implicaciones en relación con las primeras acciones de exploración y luego en las políticas que intentaron fomentar la colonización efectiva durante el siglo XIX y principios del siglo XX.
Predominó en este contexto una mirada hacia la región como un espacio salvaje que debía ser colonizado, misma imagen que se generaría hacia la población indígena que habitaba estas tierras. La ideología de la mejora los convirtió a los ojos del Estado en una población sumida en la barbarie que tenía que ser conquistada culturalmente para lograr su sobrevivencia, es decir, debía ser asimilada mediante el discurso del estado nación (Madrigal, 2021, p. 153). Ejemplo de este proceso son las expresiones utilizadas para describir a los malecus, en las que se reitera la necesidad de civilizarlos a partir del cristianismo y la salvaguarda física mediante la presencia militar ubicada en los primeros resguardos construidos en la región.
Las incursiones de huleros desde Nicaragua y el choque violento con el pueblo malecu se convierte en un hito para la región, ya que implicó la llegada de tropas del ejército de Costa Rica y la construcción de un resguardo militar; sin embargo, esto no implicó la presencia efectiva del estado en el territorio y mucho menos la salvaguarda del pueblo malecu. Este periodo inicia una serie de transformaciones socioculturales que implicaron nuevas relaciones culturales, sociales y económicas.
Las relaciones interétnicas en la región
Las relaciones interétnicas en la región norte de Costa Rica son de vieja data. Es posible interpretar a partir del dato arqueológico y lingüístico que el pueblo malecu no fue un grupo étnico aislado, por el contrario, tuvo desde hace miles de años diversas redes de intercambio económico, social y cultural. El proceso de conquista y colonia que sufre todo el continente americano cambia muchas de estas dinámicas y la llegada de no indígenas durante el siglo XIX sería un nuevo escenario de conflicto para el pueblo malecu.
Bonfill (1991) plantea que para el análisis de las relaciones interétnicas es necesario abordar el concepto de control cultural, entendido como un sistema en el que se ejerce una capacidad social sobre ciertos elementos culturales, los cuales son necesarios para la sobrevivencia tanto biológica como social de un pueblo. Estos elementos que el autor categoriza entre materiales, emotivos, conocimientos, formas de organización y simbólicos pueden ser tanto propios como ajenos, es decir, pueden ser considerados por un grupo como parte de un patrimonio que se ha heredado de generación en generación o pudo ser apropiado por diversos mecanismos sociales. Desde esta perspectiva la cultura es una estructura cambiante en la larga duración y propensa a diversos factores que generan estos cambios socioculturales.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, el pueblo malecu sufrió un genocidio por parte de huleros provenientes de la frontera norte del país, estos hechos fueron discutidos y analizados por diversos autores como Boza y Solórzano (2000) y Edelman (1998), quienes concuerdan en la instrumentalización del naciente estado costarricense utilizando como otredad al hulero nicaragüense. El discurso referente a la salvación del pueblo malecu, vinculado a la llegada de tropas del ejército, fue el inicio de nuevas relaciones interétnicas que transformarían el paisaje de la región y la misma cultura indígena que sobrevivió al embate de los huleros.
En el caso de los malecu, estos sufrieron un proceso profundo de desestructuración y casi exterminio tras las excursiones de no indígenas que se dirigieron a la región para extraer el hule, producto sagrado para su cultura. Este contacto con el mundo no indígena implicó la muerte de gran parte de la población, así como un proceso violento de cambio sociocultural que borraría diversos elementos culturales que caracterizaban a dicho pueblo.
En la segunda mitad del siglo XIX, el obispo Bernardo Thiel realizó una serie de visitas en las cuales logró iniciar un contacto permanente con el pueblo malecu. Es Thiel quien denuncia en medios nacionales la violencia hacia este pueblo indígena y describe en sus crónicas los abusos cometidos durante las incursiones de los huleros a estos territorios (Edelman, 1998; Castillo, 2004). Ante estas denuncias una de las primeras acciones que tomó el estado fue construir un resguardo militar, el cual tendría como objetivo el control del territorio.
Roberto Castillo (2004) estimó en su tesis doctoral que la población de malecus anterior a la entrada de los huleros era de entre mil doscientas a dos mil personas, distribuidas en dieciocho palenques; la violencia ejercida durante más de treinta años de enfrentamientos disminuyó la población a apenas 267 malecus, ubicados en cinco palenques, en su mayoría montaña adentro.
El saldo de este proceso fue la disminución de la población, la pérdida de la mayor parte de su territorio y el contacto con nuevos elementos culturales hasta ahora desconocidos. Este contexto generó una relación asimétrica entre el pueblo malecu y el no indígena, que recibe los embates de un proceso vinculado a la explotación de un recurso natural como el hule como parte de la naciente expansión del capitalismo en Centroamérica.
La construcción de la región y la llegada del Chiúti1
En el periodo comprendido entre 1900 y 1910, la región estaba en un proceso de poblamiento espontáneo por parte de colonos no indígenas y la presencia estatal era mínima. Las primeras expresiones del estado costarricense en la región datan del conflicto bélico de la Campaña 1856-1857; su objetivo fue la búsqueda de accesos al río San Juan. Fueron además los militares quienes construyeron los primeros caminos y realizaron denuncios de tierra. La fundación de Villa Quesada sería un hito para la región y el inicio de un proceso complejo de flujos migratorios tanto internos como externos (Badilla y Solórzano, 2010).
Para finales del siglo XIX se comienzan a asentar a las orillas de los ríos San Juan y Frío migrantes provenientes de Nicaragua, quienes inician el proceso de conformación de las comunidades de Upala, Los Chiles y Guatuso. Además, se suman campesinos de otras regiones del país, quienes comienzan a configurar nuevas relaciones interétnicas en la región. El pago del estado con la asignación de baldíos por las exploraciones realizadas por ex soldados de la Campaña Nacional generó las primeras expresiones de la propiedad privada y serían estos primeros exploradores no indígenas quienes fundan posteriormente Villa Quesada.
El contexto de la región en esta década se podría describir en tres escenarios: primero, el pueblo indígena malecu que estaba en proceso de recomposición ante la pérdida de la mayoría de su territorio, la destrucción de los palenques, la muerte de gran parte de su población y la desestructuración de casi todas sus formas culturales de organización social, económica y política. Segundo, la llegada de los primeros colonos no indígenas que se asientan en poblados cercanos a las cuencas del río San Juan y río Frío, principalmente población nicaragüense que estuvo vinculada a la extracción del hule durante las últimas décadas del siglo XIX, pero también pequeñas oleadas de población costarricense provenientes de otras regiones que se asientan principalmente en el poblado de Guatuso. Por último, un estado incipiente que está dando sus primeros pasos en la región, pero no tenía aún control sobre el territorio, mucho menos de la frontera norte.
Es posible interpretar a partir de algunas fuentes escritas que junto a la llegada de huleros en la región estuvieron pobladores de diversas nacionalidades, entre ellos grupos de protestantes y algunos pobladores dispersos. Jose Daniel Carmona (1897), sacerdote que acompaña al obispo Thiel en su quinta visita al territorio de los denominados guatusos, describe que cerca de la vivienda de Juan Álvarez, un soldado que habitaba en Guatuso, también se asentaron un grupo de misioneros protestantes provenientes de Estados Unidos. Según la crónica ellos interactuaban con los malecus con el objetivo de evangelizarlos. Sobre este grupo de protestantes Carmona escribe:
Mr. William Arthur, escocés, que viene siendo como el jefe de todos, estaba acostado en una tijereta, pareciéndome muy enfermo de los pulmones. Habitaban al lado izquierdo del río y en un rancho sin paredes. Han hecho un buen desmonte, y empezado el trabajo de una casa de dos pisos, en donde siete hombres y una señora esperan ver más tarde aumentado su número con nuevos colonos de los Estados Unidos.
Son protestantes indenominados, que tiene por base la Biblia con esta libre interpretación que ha dado lugar a la inmoralidad a nombre de la misma biblia, independientes dicen ellos, de la Bible Institute, sociedad religiosa de Filadelfia, y de la Bible Union de Chicago. Vinieron por su propia cuenta, aunque en caso dado recibirán amparo de las sociedades dichas. Se gobiernan por mayoría de votos, lo que les da las apariencias de comunidad religiosa. (Carmona, 1897, p. 202)
La presencia de misioneros de distintas denominaciones religiosas y nacionalidades es clara en el territorio para finales del siglo XIX, además de comerciantes, viajeros y huleros que todavía se mantenían en la región. Parece evidente la falta de controles por parte del Estado y la escasa población en los territorios del norte; sin embargo, ya se empiezan a establecer los primeros colonos. La presencia de huleros por más de treinta años fue el inicio de la llegada de población proveniente de Nicaragua, aunque las crónicas también dejan claro la presencia de estadounidenses y europeos, aún con un mínimo contacto con la población malecu, lo que vendría a cambiar durante el siglo XX (Madrigal, 2021, p. 87).
El geógrafo Roberto Castillo (1992) plantea que el proceso de colonización de tierras que inicia a finales del siglo XIX y llega hasta el año 1910 se debe a la extracción de hule silvestre. En este contexto se movilizaron cuadrillas de ocho a diez hombres por los ríos Zapote, Medio Queso y Guacalito utilizando pequeñas embarcaciones y en sus orillas construían ranchos usando materiales del bosque. Posterior a la primera década del siglo XX se asentaron nicaragüenses que utilizaron los ríos Frío, Guacalito, Pizote, Buenavista, Caño Ciego y Sabogal para establecerse en sus orillas.
Para Edelman (1998) el comercio del hule en Centroamérica estuvo vinculado a compañías extranjeras. Algunos países de la región cedieron grandes extensiones de tierra para la extracción de hule, sin embargo, pese a estos esfuerzos la inserción en la economía mundial fue marginal; aunque para Nicaragua la economía alrededor del hule significó un tercio de sus divisas durante la segunda mitad del siglo XIX.
En términos generales podemos hablar de que durante el siglo XIX surge un proceso de poblamiento incipiente de la Región Norte de Costa Rica por dos vías: migrantes nicaragüenses y algunas familias de diversas regiones de Costa Rica. Los primeros colonos y exploradores de la región fueron excombatientes de la campaña de 1856 - 1857, quienes fundan Ciudad Quesada. Este auge de colonización se vincula a una de las mayores crisis regionales a nivel centroamericano como lo fue la Campaña Nacional de 1856 - 57 (Girot, 1989, p. 18).
A nivel económico existió una fase denominada extractiva en la Región Norte del país. Para Girot (1989) este periodo comprende del año 1860 hasta 1950, en el cual, luego del conflicto bélico contra William Walker, se utilizó el río San Juan y sus afluentes para diversas actividades comerciales. En este sentido, el principal impacto en la región fue el ciclo del hule, pues generó un choque violento con el pueblo malecu, el cual terminó diezmado y al borde de su desaparición. La creación de Villa Quesada tuvo un impacto importante para el poblamiento no indígena, ya que se convirtió en un foco de penetración hacia los territorios más al norte. Otro foco desde Guanacaste fue Tilarán que permitió un mejor acceso a Guatuso. Sin embargo, fue hasta la segunda década del siglo XX que se fundarían poblados como Florencia, Pital, Guatuso, Los Chiles y Upala entre los años 1911 y 1925 (Girot, 1989, p. 22).
El uso de las vías fluviales fue una característica del transporte dentro de la región, ya que la colonización que inició a finales del siglo XIX se da por este medio, así como su consolidación por lo menos desde los focos migratorios del norte de la frontera. Esta característica se mantuvo hasta la segunda mitad del siglo XX e incluso fue la principal vía de acceso durante la consolidación de la presencia estatal en la década de 1960. El río Frío se utilizó también para la introducción de plantas de guineo, plátano, semilla de maíz, frijoles, arroz y cacao (Borge, 1992), lo que es un indicador del nuevo paisaje que se forjó en la región a partir de la llegada de nuevos pobladores no indígenas.
Es posible plantear que durante las primeras décadas del siglo XX se consolidó el proceso de poblamiento no indígena, expresado en algunos datos como la existencia de 98 000 hectáreas de denuncios de tierra en San Carlos para 1908, aunque solamente 20 000 estaban en uso. Había presencia de ganadería extensiva, por lo que el 80% de dichos terrenos eran pastos (Girot, 1989). Además, comienzan a formarse poblados que se convertirían en centros económicos para la región, como Upala, Guatuso y Los Chiles.
Una segunda fase de la migración nicaragüense inició en 1910 vinculada al contexto político de Nicaragua, en el que campesinos desplazados utilizaron los ríos Frío, Guacalito, Pizote, Buenavista, Caño Ciego y Sabogal. Dicha población se estable en fincas a orillas de estos ríos para tener acceso al agua para consumo y transporte fluvial, lo que generó la creación de asentamientos dispersos y alineados con fincas de ambos lados del río (Castillo, 1992). Este vínculo con Nicaragua se expresó en diversos intercambios comerciales, principalmente el de la ganadería. La importación de animales a pie por la frontera de Nicaragua tuvo un gran auge entre l906 y 1910; por ejemplo, en 1906 se importaron 10423 cabezas, lo que representó un valor de 549985 colones, mientras que para 1910 ya la cifra alcanzaba las 23015 cabezas con un valor de 927288 colones (Madrigal, 2021, p. 95).
Un ejemplo de la dinámica comercial de la época es un registro de hacienda que consigna el listado de mercadería ingresada por el resguardo de Los Chiles desde San Carlos de Nicaragua, dentro de los productos destacan: canfín, azúcar, harina, queso, sal común, jabón y harina. Solamente para el mes de marzo de 1909 se consignaron 224 kilos en productos de importación con un precio de 17 colones (Archivo Nacional de Costa Rica (ANCR), 1909, citado por Madrigal, 2021). Otro ejemplo del poblamiento de esta región es el proceso de consolidación del poblado de San Rafael de Guatuso, ya que el primer registro censal data de 1892 con 82 personas -este dato no toma en cuenta la población de indígenas malecus-, mientras que para 1911 la población era de casi 300 personas (Madrigal, 2021).
La colonización de no indígenas del territorio norte fue un proceso lento en comparación con otras regiones del país. Las descripciones hacia la década de 1920 no difieren mucho de la última visita de Thiel, principalmente en el territorio más al norte donde se observan algunas fincas dispersas y la llegada de familias que se asientan a orillas de los ríos, practicando una agricultura de subsistencia. La excepción notable es Ciudad Quesada, lugar que emergió como un centro económico importante. El resto de los poblados mantienen vínculos más estrechos con Nicaragua, facilitados por las características geográficas que permiten la navegación por el río Frío y San Carlos hacia el San Juan. Esto posibilitó que los primeros colonos no indígenas fueran pobladores provenientes de Nicaragua, quienes fueron configurando los poblados de San Rafael, Los Chiles y Upala (Ugalde, 1973).
Las siembras alrededor de los palenques malecu y en sus antiguos territorios son un indicador clave de la incipiente llegada de colonos. Como se menciona en la crónica de (Carmona Carmona, 1897), Juan Álvarez, encargado del resguardo militar, fue uno de los primeros colonos no indígenas que informó sobre la siembra de 5000 árboles de hule y 2000 matas de café. Posteriormente, otros pobladores introdujeron cultivos como arroz, frijoles, banano y raicilla (Ugalde, 1973). Para 1909, el censo agrícola ya reportaba cultivos significativos de café, banano, caña, cacao, caucho y, en mayor cantidad, maíz, arroz, plátano y yuca (Badilla y Solórzano, 2010).
El pueblo indígena Malecu: entre la sobrevivencia y las nuevas relaciones interétnicas
Para este periodo no se tiene mucho conocimiento de la población indígena malecu, la principal fuente cercana a estos años es la crónica realizada por Amando Céspedes, en la cual se describe un levantamiento censal realizado por el agente de policía Carlos Álvarez, quien registra una población indígena de 118 personas (Céspedes, 1923, p. 120). Este sería el mayor reporte etnográfico para las primeras décadas del siglo XX, a las cuales se le suman denuncias sobre violencia policial hacia los malecus en la década de 1930 (Diario ABC, 1930). Otros informes los retratan como un pueblo al borde de la desaparición y en completa “barbarie” (ANCR, 1911).
Para entender la situación del pueblo malecu durante el periodo 1900 al 1910 es necesario analizar dos situaciones: en primer lugar, los malecu no tuvieron un contacto permanente con el mundo no indígena hasta finales del siglo XIX, ya que el territorio no fue colonizado durante el periodo de conquista española y las fuentes apenas dan luz sobre algunas exploraciones durante el siglo XVIII (Fonseca, Solórzano y Alvarenga, 2002). En segundo lugar, durante un periodo de treinta años sufrieron el asedio de huleros que entraron en la región, lo que cual generó un violento conflicto que terminó con la muerte de la mayoría de la población malecu, la destrucción de los palenques y la desestructuración de sus formas sociales, económicas y políticas de organización. La violencia ejercida durante más de treinta años de enfrentamientos disminuyó la población a apenas 267 malecus, dato que brinda Carmona (1897) en la última visita del obispo Thiel.
También es importante mencionar que el pueblo male cu no era un grupo aislado, sino que tenía miles de años interactuando con dicho entorno natural y cultural. Esta interacción se ve afectada por la conquista española, pues, si bien no la viven directamente, provoca que algunos de sus pueblos, como los votos, desaparezcan de sus territorios y, por ende, se transformen las relaciones entre estos. Las relaciones interculturales entre malecus y votos están vivas dentro de la memoria actual del pueblo malecu, representadas en sus narraciones orales, las cuales persisten hasta hoy. A finales del siglo XIX, con la llegada de los huleros, los colonos no indígenas y el naciente estado costarricense, nacen nuevas relaciones interétnicas que transforman los elementos culturales y cultura autónoma que mantenía el pueblo malecu.
La primera década del siglo XX para el pueblo malecu fue de sobrevivencia; la presencia del resguardo militar no implicó la protección para este pueblo que tenía mermada su población y su capacidad de organización a nivel cultural. La mayoría de sus elementos culturales cambiaron al tener que adentrarse en la montaña para salvar sus vidas; sin embargo, no existen muchas fuentes sobre este proceso y menos para el presente periodo de análisis. En este contexto se pueden señalar algunos hechos importantes: se mantienen cinco palenques habitados durante este periodo que perduraron hasta la década de 1940, estos con una población que sobrepasa las cien personas que todavía mantienen su lengua, parte de su cosmogonía y prácticas productivas en relación con la tierra. En la primera década del siglo XX se da un proceso de transición, de reconstrucción de los poblados y aún no existe mucho contacto ni con el estado ni con los nuevos colonos no indígenas.
Anterior a la llegada de población no indígena, los malecu se dedicaban a la siembra de plátano, yuca, cacao, pejibaye y maíz. Los palenques estaban rodeados de diversas plantaciones, principalmente de plátano y cacao. Además, extraían una diversidad de plantas de los cercos que rodeaban los palenques y de montaña adentro, complementado con la pesca, caza de mamíferos y reptiles. Durante la primera década del siglo XX mantenían poca relación con poblaciones no indígenas, pero muestran menos agresividad hacia el contacto, viven diseminados a orillas del río Frío, en medio de siembras de yuca, cacao, plátano, maíz y ojoche (Madrigal, 2021, p 151). Además, no existen reportes de intercambios de productos o de mano de obra con no indígenas. Para la década de 1920 la descripción de la forma de vida era similar a las crónicas del siglo XIX, pues en cada palenque vivían varias familias, tenían su fogón, herramientas domésticas, hamacas, machetes de coyol, redes rudimentarias, arcos y flechas de corteza de pejibaye y también presencia de grandes ollas de cerámica, además, se describe la construcción de palenques sin paredes, con techo de suita o palma (Carmona, 1897; Céspedes, 1923).
Para Castillo (2004) los palenques funcionaban como unidades independientes, esto debido a que los patrones de residencia eran matrilocales y que la costumbre era vincularse con personas de otros palenques para la reproducción sexual. Por otro lado, no existía un sistema político estructurado, por lo menos después de los sucesos relacionados con los huleros. El concepto de familia extensa se entiende como el conjunto de tres o cuatro familias que viven juntas bajo un mismo techo, las cuales dividían sus labores de acuerdo con su sexo y especialidad (Ibarra, 1999).
El impacto de la llegada del obispo Thiel con relación a los ataques violentos de los huleros y un proceso subsecuente de evangelización dieron como saldo una población de malecus cristianizada para 1923, cuando se realiza la visita del obispo de Alajuela Antonio del Carmen Monestel, registrada por Amando Céspedes (1923).
Luego del proceso de violencia ejercida por las cuadrillas de huleros, el pueblo malecu tiene que enfrentar la llegada de cientos de colonos no indígenas. Este fenómeno marcó un cambio significativo en el paisaje del territorio, introduciendo la siembra de cultivos ajenos a la cultura indígena, adoptando prácticas de producción extensiva que afectaron la tenencia de tierras del pueblo malecu y generando tensiones en un contexto de reconfiguración regional.
La construcción de los primeros resguardos militares implicó también la siembra de productos como arroz, frijoles, café y caña de azúcar, que poco a poco cambiaron el paisaje de la región y se introdujeron lentamente en las prácticas alimentarias del pueblo malecu. La relación violenta con los huleros implicó la introducción de otros elementos ajenos como herramientas de labranza y de caza, como el machete de metal y las armas de fuego, que fueron desplazando el uso de la madera y la cacería con arco y flecha.
La llegada de personas no indígenas después del conflicto con los huleros trajo consigo la introducción del cristianismo, un proceso iniciado por el obispo Thiel y que se intensificó en las décadas siguientes con la llegada de otros misioneros, tanto católicos como protestantes. Este proceso incluyó la instrucción religiosa impartida en escuelas construidas en la región.
El establecimiento del sistema escolar en respuesta a la reciente llegada de colonos comenzó hacia la década de 1920. Pese a esto, se mantuvieron algunos elementos de su cosmogonía, aunque muchas prácticas asociadas a las creencias propias del pueblo malecu fueron perdiendo vitalidad, lo cual generó que menos personas las practicaran durante la década de 1970, época en que la mayoría de los indígenas malecu se consideraban cristianos, principalmente católicos.
El cambio cultural se hace evidente con el contacto continuo con la población no indígena. Sin embargo, la primera década del siglo XX marca el inicio de estas nuevas relaciones, aunque ya desde el siglo XIX se puede observar la aparición de ciertos elementos culturales que fueron adoptados por el pueblo malecu. Es importante retomar a Bonfill (1991), ya que la apropiación de elementos ajenos a la cultura es un mecanismo utilizado por grupos subalternos para mantener su sobrevivencia en contextos adversos; en el caso de los malecu el contacto con nuevos pobladores que los superan en número implicó el contacto con nuevas formas de alimentación, producción, normas y costumbres que poco a poco se introdujeron en la cultura malecu. Estos cambios se profundizan en las siguientes décadas transformando usos de la lengua y la cosmogonía. Pese a este contexto de asimetría en el que la cultura no indígena impuso su hegemonía, durante este periodo el pueblo malecu mantuvo el control cultural alrededor de algunos elementos.
Un extraño en la región: la llegada del Estado Costarricense
Previo al año 1900, las actividades más importantes en la región por parte del estado fueron las exploraciones durante la Campaña Nacional 1856-1857, que tenían como finalidad la búsqueda de rutas militares hacía el río San Juan. El territorio no estaba explorado por el estado y se consideraba un espacio vacío, del cual claramente no tenía el control. Previo a la construcción del resguardo militar en 1882, el estado se limitó a la emisión de regulaciones y gestiones administrativas sobre este territorio del cual tenía muy poco conocimiento. El periodo comprendido del presente análisis tiene una escasez considerable de fuentes escritas, lo cual se explica ante la casi nula presencia del estado.
Las últimas dos décadas del siglo XIX son importantes para comprender el intento de control del territorio sobre la frontera norte de Costa Rica. La acción con mayor impacto en el corto y mediano plazo fue el envío del General Juan Álvarez junto a una tropa de 40 soldados con el objetivo de repeler a los grupos de huleros que ejercieron una violencia sistemática contra el pueblo malecu, aunque esto no implicó la salvaguarda de dicha población (Camona, 1897). Junto a esta acción, Tomás Guardia decretó que quien trasegara indígenas dentro del territorio nacional sería condenado a diez años de prisión en la Isla del Coco (Castillo, 2004). Además, se realizaron acciones diplomáticas para que el gobierno nicaragüense colaborara en el regreso de malecus que fueron vendidos y llevados a este país, pero estas acciones no tuvieron respuesta.
La representación sobre el territorio es de un espacio vacío, con poca población y con una serie de recursos que el estado costarricense debe gestionar; un lugar inexplorado y salvaje. La infraestructura estatal es casi inexistente, las primeras escuelas se construyen hasta la década de 1920. L a construcción de caminos es casi nula, por lo que las vías fluviales mantienen su dominio como medio de transporte. Esta imagen de un espacio vacío se puede apreciar en las descripciones sobre los potenciales recursos que se encuentran en este territorio, como lo describe un informe de la Secretaría de Marina y Guerra de 1911:
Los terrenos comprendidos entre el río de “Las Piedras” y el “Sabino”, los cuales son propiedad de la Nación, son de primera calidad, los riegan aguas en gran abundancia, y la calidad de estas aguas es de la mejor que puede conseguirse en cuanto a condiciones de potabilidad; el clima es sano, fresco y agradable y la feracidad de las montañas es sorprendente, hasta el punto que no se acertaría a expresar con palabras el espectáculo que ofrece la naturaleza a las miradas del viajero, y prefiero no hacerlo, porque en realidad señor secretario, cualquier descripción que intentara yo hacer de las bellezas de aquella riquísima sección del territorio y de sus condiciones excepcionales, que algún día se convertirán en un imperio de riqueza para el país, cualquier relación, repito, que tratare de hacer resalta la inmensa importancia que tiene aquella zona, a la cual es preciso volver los ojos con cariño, a fin de convertirle en uno de nuestros primeros centros de actividad agrícola y comercial, con enorme provecho para el estado y para los particulares que emprendan negocios, en los cuales encontrarían no sólo las facilidades que la tierra virgen y fértil ofrece a sus cultivadores.
Me atrevo a decir que no hay una tierra, más rica y con mejor porvenir. La vereda que se recorre para llevar a San Rafael desde Saino, fue hecha por Juan Irigaray alías paisano. Desde pequeño huyó de su hogar pera internarse entre los indios guatusos. (ANCR, 1911, p. 3)
Esta idea se mantuvo durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Luego de la construcción del resguardo militar, que para la década de 1920 ya se encontraba en franca decadencia (Céspedes, 1923), existen pocas fuentes que describan acciones del estado en dicha región. Por ejemplo, un acta de la Comisión de Fomento del Palacio Nacional menciona para el año 1904 el apoyo de 5 mil colones para la apertura de una vía entre Cañas y barrio el Zapote (ANCR, 1904). Ya para este año se consideraba a la población del Zapote como un futuro centro de importancia para la región, poblado que con los años se convertiría en Upala. El informe, además, señala la existencia de una casa de gobierno en malas condiciones y la necesidad de nuevas construcciones, describe también la existencia de servicio de correo a cargo del soldado Domingo Barrantes entre San Rafael y Cañas, recorrido que se realizaba una vez a la semana (ANCR, 1911).
Las principales acciones del estado costarricense hacia finales del siglo XIX y principios del siglo XX se vinculan al ordenamiento territorial, relacionadas a las dádivas recibidas por las personas participantes en las exploraciones, las cuales fueron pagadas principalmente con el derecho a terrenos baldíos. La Secretaría de Gobernación decretó la entrega de diez caballerías de terrenos baldíos no cultivados a Concepción Quesada, a León Fernández y al obispo Bernardo Thiel, además del pago de más de 1000 pesos por las expediciones realizadas (Colección de las leyes y disposiciones legislativas y administrativas emitidas en el año 1881. Edición oficial, 1881, p. 147).
La presencia del Estado en el norte de Costa Rica fue tardía, es hasta mediados de la década de 1970 que se consolida la instalación de infraestructura estatal, proceso vinculado al desarrollo de actividades agrícolas, así como la regulación de los nuevos poblados surgidos por los procesos migratorios tanto internos como externos del país. A mediados del siglo XIX el Estado tiene una presencia mínima, expresada en el envío de militares a resguardar el territorio de la llegada de huleros que explotaban ilegalmente este producto silvestre y quienes diezmaron a los pobladores de los palenques malecus.
Conclusiones
La Región Norte de Costa Rica durante la primera década del siglo XX presenta una serie de características a tomar en cuenta para su análisis; existe un aislamiento en relación a la construcción del estado nación costarricense y es precisamente algunos años previo a este periodo que el estado coloca su mirada en dicho territorio, principalmente por el conflicto militar iniciado en 1856, luego por las incursiones de huleros y, finalmente, por el poblamiento espontáneo en una primera fase de migrantes nicaragüenses. Para este periodo no existe un control territorial y la presencia estatal se reduce a dos resguardos que para la segunda década del siglo XX estaban en franco abandono. Es decir, la presencia del estado costarricense es mínima para el periodo y no existe un control sobre la frontera norte.
Entre 1900 y 1910 inicia un proceso de poblamiento no indígena, gran parte de este por personas que cruzan desde Nicaragua, vinculado en un primer momento al ciclo de extracción del hule y en un segundo momento por los conflictos políticos del país ante la privatización de tierras. A este proceso se suma la llegada de familias de otras regiones de Costa Rica que se asientan principalmente en San Rafael de Guatuso.
La llegada de cientos de pobladores cambia el paisaje del territorio y, además, impacta en el uso de las tierras ancestrales del pueblo indígena malecu, esto implica nuevas relaciones interétnicas que, sin duda, disminuyen el control sobre diversos elementos culturales que con el paso de las décadas generan cambios socioculturales importantes. El pueblo malecu, sobreviviente a la conquista española y disminuido en términos de población ante la violencia ejercida por los huleros a finales del siglo XIX, se convierte para inicios del siglo XX en una minoría, en un grupo subalterno que tuvo que lidiar con una nueva lengua, otro tipo de intercambio de productos, nuevas formas de explotación del recurso natural y en general con nuevas relaciones interétnicas. Fue un periodo de sobrevivencia en el que tuvo que enfrentarse al choque cultural con el mundo no indígena representado en el estado y el campesinado recién llegado.
Las denuncias de Thiel y la construcción del resguardo militar fueron acciones que colaboraron a controlar las incursiones de los huleros, sumado a los cambios en la economía internacional que mermaron el contrabando de hule sobre todo en Costa Rica y Nicaragua. Esto permitió que, durante algunas décadas, al final del siglo XIX y principios del siglo XX, el pueblo malecu se mantuviera al margen o, por lo menos, esto se podría interpretar ante la ausencia de fuentes, lo que le permitió recuperar la cantidad de población que poco a poco volvió a crecer, así como mantener parte de los elementos culturales considerados propios. Pese a este proceso, el pueblo malecu logró mantener el poder de decisión sobre una serie de elementos culturales, lo que permitió su sobrevivencia como grupo diferenciado a otros que se asentaron en la región. Es decir, el pueblo malecu mantuvo el control cultural necesario para la reproducción de una serie de elementos que consideró parte de una herencia patrimonial, pero adaptó y se apropió de otra serie de elementos que le permitió sobrevivir como pueblo indígena. Esta adaptación expresada en la asimilación de expresiones de la cultura no indígena permitió al pueblo malecu lidiar con los nuevos pobladores de la región. Las primeras evidencias de cambio sociocultural fueron producto del intercambio violento con los huleros y el posterior vínculo mediante el obispo Thiel, contexto en el que se introducen herramientas de metal, armas de fuego, ropa, anzuelos y fósforos.
Pese a estos procesos de asedio y la llegada de nuevos mecanismos de aculturación, se mantienen algunos rasgos descritos durante el siglo XIX, como la alimentación basada en la caza y recolección vinculada al bosque, siembras de yuca, plátano, cacao y pejibaye alrededor de las unidades habitacionales. También destacan elementos de la cultura material, como ollas de cerámica, hamacas de burío, machetes de madera, flechas y arcos de pejibaye. Pese a la escasez de fuentes, la primera década del siglo XX se concibe como una etapa en la que se mantienen algunos elementos culturales, pero en la que también se inicia y profundiza el cambio sociocultural a partir de un mayor contacto con el no indígena. Dichos cambios tendrán repercusiones en lo que Bonfill (1991) denomina control cultural sobre una serie de categorías consideradas elementos culturales que se van transformando en las décadas siguientes.














