Introducción
Escribir sobre la ambigüedad o sobre la indeterminación no es una tarea sencilla. En parte, esto puede deberse a las complejas relaciones que se han presentado con las políticas conservadoras cristianas que llevan años achacándole a grupos de izquierda o feministas la vocación por promover aspectos que, para el sector más tradicional de la población, se perciben como tareas “perversas” que causan inestabilidad dentro de lo que entienden como la “naturaleza humana” y de la familia tradicional. Por ello, lo ambiguo está cargado de sospecha.
En términos generales, existe poco aprecio o interés académico por el concepto teórico de la ambigüedad. Por ejemplo, para ámbitos del conocimiento como la lingüística o la literatura, esta categoría ha estado presente en discusiones que la asocian a una posibilidad no deseable, aunque tolerable, mientras no llegue a manifestarse de forma permanente (Peña, 1982; Rivero, 1975). En el caso de la bioética, lo ambiguo causa ansiedad en tanto su uso puede llevar a relativismos peligrosos para analizar la salud y el bienestar de cualquier persona (Pardo-Caballos, 2010). Es decir, la percepción hacia la ambigüedad suele moverse entre un evento inconveniente y perjudicial hasta otro que es soportable mientras no riña con las condiciones que se establezcan como habituales o frecuentes.
En lo que se refiere a los estudios feministas o de género, y en muchos trabajos que se han interesado por la sexualidad, lo ambiguo sí ha sido importante en las reflexiones que critican las posturas dicotómicas jerárquicas y autoritarias que no dan cabida a más de dos posibilidades contrapuestas (Preciado, 2020; Halberstam, 2018; Butler, 2011). Estas preocupaciones plantean lo importante de ampliar la mirada de análisis, para entender que la homogenización y la uniformidad han sido estrategias de poder que dejaron a una incalculable cantidad de posibilidades por fuera. En esos casos se plantea que la indeterminación o la dificultad para clasificar a las personas, a las prácticas o a las acciones es parte de la existencia humana y, por lo tanto, la ambigüedad resulta ser una constante despreciada de las lógicas normalizadoras.
En el presente documento se entenderá lo ambiguo como una percepción de un discurso cultural que recalca la desestabilización de situaciones, contextos, expresiones o condiciones consideradas como estáticas u homogéneas. En los estudios de género y sexualidad se reconoce cómo la sociedad manifiesta, dentro de ciertos mandatos o advertencias, la necesidad de representar una clara y definida performatividad de las vivencias y prácticas que se establecen a través de lógicas dicotómicas para ordenar la sociedad (Butler, 1998). Juguetes, expresiones sexuales o emocionales, gustos alimenticios, carreras universitarias, cremas de cuidado personal, formas de mover el cuerpo, todo ello está reglamentado con el fin de alentar la precisión de las decisiones, las acciones y los deseos que se valoran como adecuados en las personas.
La percepción de lo ambiguo en relación con las expresiones del género, suele estar ligada a emociones de angustia, de sospecha o de desconfianza. Así, cuando una sociedad se rige bajo normas muy dicotómicas y alguien detecta signos de ambigüedad, esta suele despertar indicios de alerta por las posibles consecuencias insospechadas que podría ocasionar. Si bien el contexto costarricense ofrece innumerables opciones para discutir sobre este tipo de imágenes de molestia, el periodo que interesará estudiar aquí es la década de 1990, no solo por la consolidación de modelos norteamericanos de estilos de vida que impactaron a la sociedad costarricense (consumo, malls, tarjetas de crédito, acceso a conocimientos a través de medios digitales), sino también porque en una investigación anterior más amplia, que se tituló “Debates sobre salud sexual y la salud reproductiva en Costa Rica” (Fernández-Carvajal, Preinfalk-Fernández, Sequeira-Rovira, 2020), se detectó que, para estas fechas, existió una recurrencia informativa precisamente en noticias escritas en La República sobre angustias que se ligaban a la ambigüedad o la indeterminación de las personas.
Ya que se tomará en cuenta el contexto cultural de influencia del estilo de vida que provenía del Norte Global, esta investigación se basará, sobre todo, en las angustias referidas a lo ambiguo que estuvieron ligadas a personas del mundo del espectáculo internacional, de la música o la cinematografía. De hecho, aquellos años fueron testigos de diversas alusiones ligadas a la indeterminación que, inclusive, llevaron a mencionar la frase de la existencia de un “boom andrógino” (Méndez, 1992, p. 2B) basado en la preocupación por la feminización de los hombres dentro de las proyecciones de Hollywood. Asimismo, otras notas periodísticas que aparecieron en La República sobre cambios de sexo o lo que se consideraba como hermafroditismo no serán consideradas en el presente trabajo, excepto aquellas referencias que fueron explícitamente escritas dentro del territorio nacional, esto último con el fin de valorar las angustias costarricenses sobre las situaciones mencionadas anteriormente.
Como se verá más adelante, una mayoría de las alusiones sobre cantantes y músicos se enfocaron en los cuerpos de sujetos considerados como hombres, de los cuales se sugería que coqueteaban con aspectos femeninos en sus vestimentas, en sus actitudes, en la representación de sus rasgos físicos y en su sexualidad. Si bien no es la primera vez que se trabaja académicamente sobre las molestias causadas por la música que escuchaba o veía la juventud de las dos últimas décadas del siglo XX, y que eran ligadas al consumo de drogas o al satanismo (Hernández-Parra, 2022; Díaz-Arias, 2018; Hernández-Parra, 2018), anteriormente no se ha profundizado en las molestias vinculadas a la ambigüedad que generó esa exposición a la farándula internacional en el territorio costarricense. Por lo tanto, es necesario esclarecer que uno de los objetivos de este trabajo es analizar los discursos que circularon en La República sobre la ambigüedad de cantantes y actores famosos y, en segundo lugar, valorar cuál era el contenido de las noticias escritas en Costa Rica que mostraban preocupaciones sobre estos mismos temas.
Elementos contextuales de la década de 1990
La última década del siglo XX imprimió un reforzamiento en las tendencias neoliberales de las relaciones económicas y sociales que se extendieron a diversos contextos. Por recomendaciones emanadas de los países del Norte Global, estas visiones se aconsejaron como propuestas ideales para combatir la ineficiencia y favorecer la competencia de las personas, los mercados y del Estado. Como lo ha dicho la filósofa Wendy Brown (2021) una serie de agentes políticos y técnicos fueron los encargados de difundir “el neoliberalismo como un proyecto global en los años noventa” (p. 124). Flexibilización, competencia, desregulación, emprendedurismo y eficacia se designaron como valores necesarios para que las naciones pudieran prosperar. Sin embargo, como se verá más adelante, las acciones de “innovar” o de “flexibilizar” no tuvieron una valoración similar de apoyo cuando se trató de las conductas asociadas a la sexualidad, a la moral o al género.
Para el contexto costarricense, durante este mismo período se fortalecieron tendencias de lógicas de flexibilización (económicas o sociales) y una continuada eliminación de las protecciones estatales. A través de los Programas de Ajuste Estructural (PAES), iniciados una década antes, se consolidó en el país la importancia de recortar los gastos e inversiones del Estado y liberalizar la economía (Sánchez-Sánchez, 2004; Vega, 1996). Bajo el eufemismo de “modernizar” (Cerdas, 2000, p. 226) hubo todo una intencionalidad de lógicas de tecnócratas por privatizar y, supuestamente, hacer más eficiente el aparato estatal que consumía demasiados recursos para los resultados, los cuales eran valorados como insuficientes.
Dentro de ese contexto, el bipartidismo seguía imperando bajo el Partido Liberación Nacional (PLN) de tendencia socialdemócrata y el Partido Unidad Social Cristiana (PUSC) más ligado al socialcristianismo. Junto al PLN y al PUSC, a finales de esa década, inició el nombramiento de diputados vinculados al cristianismo conservador en la Asamblea Legislativa, aunque la creación de estructuras partidarias con ligámenes evangélicos que deseaban llegar a ese poder de la República, inició en 1982 (Villena-Fiengo, 2018). De esta manera, fue hasta 1998 cuando se concretó que, por primera, vez un diputado de tendencia claramente religiosa alcanzara a ser elegido legislador, tal y como fue el caso de Justo Orozco por el partido Renovación Costarricense. Esto dio pie a que grupos cristianos evangélicos procuraran generar un mejor posicionamiento en temas políticos, los cuales finalmente no se concretaron tal y como lo habían planeado, pues también intentaron sin éxito “la creación de una oficina de asuntos religiosos” (Fuentes-Belgrave, 2019, p. 88). En el espacio católico, siempre con una amplia visibilidad desde la prensa, dos figuras notorias, como lo fueron Monseñor Román Arrieta y el padre Minor Calvo, se erigieron como protagonistas en la realización de llamados a la ciudadanía para mantener una moral cristiana intachable y ligada a prácticas de clara definición sobre los papeles que debían cumplir los hombres y las mujeres. En el caso de Román Arrieta, sus exhortaciones incluyeron aspectos no solo ligados a la moral sexual, sino también al ámbito social y económico (Picado-Gatjens, 2011), así como hacia los gustos musicales. (Díaz-Arias, 2018, p. 157).
Asimismo, bajo las apuestas económicas-culturales que se promovieron, se impuso un marcado sentido de consumismo ligado a valores asentados en países del Norte Global. La mirada cultural fue puesta en el extranjero, gracias a la importación de modelos culturales y de ocio: “es la época de los “malls”, la tarjeta de crédito, la informática, el culto al cuerpo, en fin, de la progresiva incorporación a una cultura global de consumo” (Vega, 1996, p. 140). Tal y como lo recuerda Iván Molina (2003), durante los años noventa, el auge de la publicidad ligada a marcas globalizadas, imprimió nuevas perspectivas que proponían como punto de referencia a identidades con sentidos de pertenencia cercana a patrones estadounidenses o europeos. Así las cosas, los grandes centros comerciales brindaban una concentración de tiendas en un lugar cerrado, aséptico y supuestamente seguro. Esta ambientación favoreció “un proceso de transculturación cuyo alcance es especialmente visible en el universo urbano” (Molina, 2003, p. 99).
Ya para esas décadas, los debates propuestos en la mesa por parte del Movimiento de Liberación de la Mujer en Costa Rica, desde los años 1970, fueron cimentando modificaciones graduales sobre el cuestionamiento de los roles sexuales, el aislamiento de las mujeres en espacios domésticos y las desigualdades que ellas sufrían en ámbitos laborales remunerados (Ugalde-Quesada, 2021). Asimismo, los años noventa vinieron aparejados de una mayor visibilidad de las luchas feministas que impulsaron la Ley de Promoción de la Igualdad Social de la Mujer en 1990; la Ley contra el hostigamiento sexual en el empleo y la docencia en 1995; la modificación, en 1998, del Centro Nacional para el Desarrollo de la Mujer y la Familia (que posteriormente se convirtió en el Instituto Nacional de las Mujeres); y las luchas que se produjeron para que pudiera firmarse el Decreto 23913-S, en 1999, para permitir el derecho a cualquier persona mayor de edad a esterilizarse. La visibilidad de este movimiento también se concretó al inicio de dicha década con el II Encuentro Lésbico Feminista de América Latina y el Caribe, el cual fue visto con desprecio y molestia por las autoridades religiosas y políticas del país (Serrano-Madrigal, 2002).
Un elemento de necesaria puntualización para referirse a las preocupaciones sobre la ambigüedad es que, para aquellos años, se produjeron modificaciones importantes en la forma en que se controlaban los contenidos televisivos que ingresaban a suelo costarricense. Mientras que en otros momentos se facilitó un mayor control de la censura sobre las franjas horarias y las programaciones en las transmisiones de la pantalla chica o del cine proyectadas en el país, lo cierto es que esta década proveyó nuevas dificultades para realizar esa labor de vigilancia. Primero, en los años ochenta, las televisoras por cable empezaron a ser un dolor de cabeza de las autoridades censoras en función del contenido ininterrumpido y sin filtros o sin supervisión que se podía consumir los siete días de la semana (De Marín, 1982). Pero, posteriormente, con la llegada de Internet en la década de 1990, la facilidad para acceder a cualquier tipo de contenido hacía temer que la audiencia de materiales pornográficos ilimitados creciera “como hongos” (Starcevic, 1996, p. 4A).
Tal y como lo analiza el historiador David Díaz Arias (2018), la década de 1980 trajo una serie de modificaciones que conjuntaron la identidad juvenil, entre ellas se destaca la exposición de este sector a videos musicales y el consumo de múltiples estilos melódicos y sus consiguientes representaciones que ingresaban a los espacios domésticos a través de la televisión. A nivel internacional, esto se fue concretando de la mano de la cadena MTV y, para el caso de Costa Rica, en los años ochenta apareció el programa “Hola Juventud”, conducido por Nelson Hoffmann (Díaz-Arias, 2018), y que continúo por varias décadas más. La visualización de los más populares videos musicales de aquellos años a través de la pantalla chica fue una importante modificación en la forma de consumir música que existía en el país. Todas estas representaciones no resultaron indiferentes para la población y muchas fueron aceptadas con entusiasmo. Como Hoffmann lo recordó tiempo después, él mismo se encargaba de censurar algunos videos, entre los que destacaba, por ejemplo, “Boys, Boys, Boys” de Sabrina, el cual aparentemente también era muy esperado por la audiencia (Rojas, 2014). Asimismo, se presentaron molestias por la cultura de la música metal, ligada a la juventud que confluyó entre los últimos años de 1980 y principios de 1990, al presentarla como cercana a cultos satánicos (Díaz-Arias, 2018; Hernández-Parra, 2018).
Así las cosas, esta década muestra signos de preocupación por la indeterminación y la entrada más marcada de valores o influencias internacionales, lo que también concuerda con los reportajes que se analizarán en las notas periodísticas de este trabajo.
Estrategia metodológica y conceptos útiles para el análisis
El estudio de las huellas culturales inscritas por las regulaciones del género se enmarca desde la metodología cualitativa que se interesa en estudiar aquellas conductas ligadas al propio género (que han sido alentadas o desalentadas), dentro de una o varias sociedades. Para la historiadora Joan Scott (2013, p. 266), el interés feminista sobre el género se debió a la necesidad de cuestionar el “determinismo biológico” que estaba presente en las crónicas que utilizaban a la naturaleza como el basamento de explicación prioritario de las conductas, las expresiones y los deseos de las personas. Para desarrollar estas reflexiones, se debe tomar en cuenta el contexto y las informaciones encontradas como elementos que organizan y uniforman las prácticas discursivas que se desean estudiar.
Como el presente documento intenta hacer una revisión retrospectiva de las impresiones sobre la ambigüedad en la década de 1990, el uso de material periodístico resulta ser una herramienta ideal. Para ello, se revisaron noticias del periódico La República que fueron publicadas entre 1990 y 1999, el cual es el único medio informativo impreso que está digitalizado ininterrumpidamente durante todos esos años en la página web del Sistema Nacional de Bibliotecas (SINABI). La investigación se centra en la década de los años noventa no solo por ser un espacio de fuerte influencia cultural norteamericana (centros de diversión, consumo, música, valores), sino también porque se detectó una angustia recurrente por la ambigüedad o la indeterminación dentro de una investigación previa más grande sobre la sexualidad y el género para la que se revisaron informaciones periodísticas desde 1965 hasta 1999 (Fernández-Carvajal, Preinfalk-Fernández, Sequeira-Rovira, 2020).
Para el análisis se tomaron reportajes aparecidos durante la década de 1990 que hicieron referencia explícita o de forma general al tema de la ambigüedad. Sin embargo, también se utilizaron algunas pocas informaciones periodísticas, de los años 1980, para plantear una perspectiva más clara sobre la progresión de la indeterminación sexual y de género de ciertos personajes del mundo de la farándula internacional. Para efectos de esta investigación, se excluyeron las noticias muy específicas o contextuales particulares sobre el cambio de sexo o el hermafroditismo que sucedieron en otros países, y también aquellas informaciones que sugerían a la bisexualidad como un problema dentro de la pandemia del VIH-SIDA. Además, sí se incluyeron en el análisis todas las notas que hicieron alusión a la ambigüedad o a la indeterminación escritas en el territorio nacional. La siguiente tabla muestra el recuento de las informaciones periodísticas que harán parte de este trabajo:
Tabla 1: Distribución de las noticias revisadas según el año de aparición y la cantidad encontrada para la década de 1990.
| Año | Cantidad de noticias revisadas |
| 1990 | 1 |
| 1991 | 2 |
| 1992 | 5 |
| 1993 | 3 |
| 1994 | - |
| 1995 | - |
| 1996 | 2 |
| 1997 | 1 |
| 1998 | 5 |
| 1999 | 2 |
| Total | 21 |
Fuente: Elaboración propia
Como puede observarse, para esta investigación se encontraron 21 noticias que versaron sobre diversos aspectos de lo ambiguo o lo indeterminado y que se reparten en casi todos los años, exceptuando 1994 y 1995, donde no se pudo ubicar algún reportaje sobre estas preocupaciones. Muchas de estas informaciones se enfocaron en hacer alusión a personajes famosos de países como Estados Unidos, Inglaterra o España, quienes aparecieron recurrentemente en películas, videos musicales, conciertos o que, inclusive, visitaron Costa Rica para presentar sus shows. De estas 21 noticias, hubo 10 que fueron producto de la elaboración de personas que habitaron en territorio costarricense, y que no estuvieron basadas exclusivamente en cables internacionales.
Es necesario decir que la preocupación principal de estas informaciones estaba concentrada sobre los cuerpos de aquellos sujetos que se pensaron como hombres por la asignación de su nacimiento, y solo 3 noticias volcaron su mirada a sujetos considerados como “mujeres”. Lo anterior señala una fuerte centralidad en la vigilancia hacia los hombres y una marcada preocupación por las transformaciones de los patrones sobre la masculinidad que se estaban experimentando en aquella década. Ante esto último se debe aclarar que las conductas que se premiaron respetaron la solidez en los lineamientos tradicionales y fueron castigados aquellos patrones percibidos como enigmáticos o confusos. Este hallazgo es coincidente con investigaciones de periodos anteriores o similares en Costa Rica que plantean una mayor recriminación hacia los varones por presentarse como indeterminados o por tener prácticas sexuales no heterosexuales (Sequeira-Rovira, 2020a; Sequeira-Rovira, 2020 b; Jiménez Bolaños, 2016). En el caso de las mujeres costarricenses de épocas similares, existe menos información sobre las recriminaciones que les hicieron por ser percibidas como ambiguas o apartarse de los patrones sexuales que se suponía debían mantener (Sequeira-Rovira, 2021; SerranoMadrigal, 2002). Lo anterior, probablemente se produjo porque, ante la sociedad, ellas experimentaron una mayor flexibilidad de los roles de género femeninos en contraposición de lo que sucedió con los hombres. De hecho, en estas sociedades han existido recriminaciones más fuertes hacia los hombres femeninos que hacia las mujeres masculinas (Halberstam, 2008), pues la feminidad presenta un valor menos importante que la masculinidad.
Lo anterior lleva a plantear tres conceptos como los fundamentos centrales para esta investigación. El primero de ellos es el de ambigüedad, que, como se mencionó anteriormente, se relaciona con una percepción cultural que enfatiza la desestabilización de situaciones, contextos, expresiones o condiciones consideradas como estáticas u homogéneas y que por esto mismo produce angustia o incomodidad. La impresión de la ambigüedad tiene que ver con una estética que riñe con ciertos patrones normalizados que, supuestamente, son asociados a lo correcto, lo apropiado, lo decoroso o lo natural. Un ejemplo recurrente en la crítica de estas miradas normalizadoras es el análisis del uso de los baños públicos por parte de personas que no son reconocidas claramente como “hombres” o “mujeres” (Bornstein, 2016; Halberstam, 2008; Preciado, 2006). Investigaciones como las antes citadas han establecido que, en el manejo de estos espacios, aparentemente ordinarios e inocentes, se fortalecen los estereotipos de género normalizados.
Un segundo concepto es el de género, el cual ha sido clave para el estudio feminista. Dentro de esta rama del conocimiento, la categoría anterior supone una construcción de patrones sociales que se exponen ante la sociedad como un reflejo de la diferencia sexual que se percibe como naturalizada. En términos dicotómicos, generalmente se habla de roles masculinos o femeninos que se imponen a las personas. Sin embargo, “el género no siempre se constituye de forma coherente o consistente en contextos históricos distintos” (Butler, 2011, p. 49). En este sentido, y como lo ha dicho Halberstam, “el género ambiguo, aparezca donde aparezca, se transforma inevitablemente en desviación” (Halberstam, 2008, p. 43). Un tercer concepto es el de masculinidad. Para algunos teóricos, dicha categoría tiene que ver con un proceso relacionado a roles y actuaciones de hombres (Kimmel, 2004) y, para otros, también es válido considerar la construcción de la masculinidad a través de cuerpos que la sociedad ha asumido que son de “mujeres” (Halberstam, 2008). Un aspecto importante que se suele señalar es que la masculinidad en las sociedades occidentales toma forma cada vez que se opone a la feminidad (Kimmel, 2004; Connell, 2003). Lo anterior implica una constante mirada de ambos conceptos que se influyen mutuamente para tratar de excluirse y, por lo tanto, la ambigüedad o la indeterminación del género podría traer cierta censura en las sociedades.
A continuación, se analizará más en detalle las preocupaciones ligadas a lo ambiguo que fueron expuestas en el periódico La República sobre personajes de la farándula internacional.
La ambigüedad de cantantes y grupos musicales que aparecieron en las noticias
El sobresalto por la ambigüedad que se les achacó a los hombres, considerados como femeninos o ambiguos, por la prensa nacional e internacional se puede rastrear en La República desde mediados de los años ochenta. Uno de los personajes que más llamaron la atención y que fue motivo de varias manifestaciones de molestia fue el cantante Boy George, vocalista del grupo Culture Club. Inclusive, las publicaciones que se hacían sobre él podían manejar cierto grado de ambigüedad interna. Por ejemplo, aunque en una misma nota se decía que tenía “un estilo fresco, imaginativo” (Boy George, 1985, p. 19), también se resaltaba que “mantiene su empeño en usar vistosas ropas y disimular casi perfectamente su sexo” (Boy George, 1985, p. 19). En varios reportajes se develaba un interés particular por pronunciarse sobre su apariencia, sus amistades o sobre su sexualidad. Un elemento que se resaltaba en varias ocasiones era la frase repetida de que tenía un “aspecto andrógino” (Boy George y la estela de las drogas, 1986, p. 42; Jenkins, 1987, p. 14). Por esa misma razón, se hicieron referencias a su “atuendo femenino… cejas depiladas, cabellos largos trenzados” (Boy George y la estela de las drogas, 1986, p. 42), que finalmente dejaban al descubierto a una persona “sin identidad sexual ni moral” (Jenkins, 1987, p. 14). En un reportaje que se titulaba “El demonio quiere convertirse en ángel”, se informaba como Boy George estaba intentando dejar las drogas y acercarse al budismo, pero al mismo tiempo se le recriminaba por un “desarraigo afectivo, tanto de su familia como de su sexo y hasta de los hombres que ama” (Jenkins, 1987, p. 9).
Otro personaje que también fue noticia por la sensación de ambigüedad desde mediados de los años ochenta, fue el cantante Prince. En su caso, los reportajes no recordaban tanto un estilo que se alejaba de cánones masculinos tradicionales, sino que sugerían la relación que tenía con una “exuberancia escénica” (Prince, 1985, p. 18), o que sus conciertos eran “extraños” (Rock: “Prince es el príncipe”, 1988, p. 47). Sin embargo, ya para los años noventa, al recordar que se había cambiado el nombre a un signo que no se podía pronunciar se dijo de él que era “un símbolo de la provocación y la ambigüedad” (EFE/Redacción, 1998, p. 2B). Tanto Prince como Boy George representaban un estilo que reñía con valores masculinos de antaño, sin embargo, no eran los únicos que estaban en una condición parecida. Además de los cantantes anteriores, también se hicieron referencias similares hacia otros artistas del mundo del espectáculo como Michael Jackson, Elton John, Freddie Mercury, David Bowie, Ricky Martin y al grupo español Locomía (Starcevic, 1996, 1B; Méndez, 1992, p. 4B).
De hecho, un conjunto musical que acentuaba los comentarios sobre lo ambiguo fue precisamente Locomía. Como lo menciona uno de los reportajes “Ambigüedad es la mejor palabra que describe la imagen” de su representación (Méndez, 1992, p. 4B). Aunque la noticia sugería, probablemente con doble sentido, que se trataba de “cuatro galanes”, también afirmaba que “es difícil precisar si son hombres o mujeres” (Méndez, 1992, p. 4B). Para el reportaje, ellos reafirmaban la expresión de comportamientos excéntricos y perniciosos: “la exhuberancia de su vestuario y sus movimientos tan amanerados no hacen más que confirmar un comportamiento supuestamente desviado” (Méndez, 1992, p. 4B).
A principios de los años noventa, cuando Locomía estaba cerca de llegar a Costa Rica, se recalcaban “sus trajes raros”, así como “su imagen y ademanes” (Méndez, 1992, p. 10B). Asimismo, se discutía si “ese aire andrógino solo era un “ardid” publicitario” o, por el contrario, era “la confirmación de sus preferencias sexuales” (Méndez, 1992, p. 10B). Esto generaba especulación pues, supuestamente, habían confirmado en Perú que ellos “usaban la imagen andrógina para vender su música” (Méndez, 1992, p. 10B), tal y como el artículo suponía que lo hacía Michael Jackson o Prince.
A pesar de las molestias anteriormente señaladas, es necesario enfatizar que el tono utilizado hacia las mujeres famosas fue muy diferente. Por una parte, casi no hubo reprobaciones similares hacia ellas, pero cuando rozaban con algo parecido, se les conectó con explicaciones más benignas. Por ejemplo, en alguno de los reportajes se habló de cantantes como Kathryn Lang, Sophie Hawkings y Melissa Etheridge, cuyas nacionalidades eran canadienses y estadounidenses (Starcevic, 1996, 1B). Sin embargo, en sus casos se trató de separarlas de los rastros de indeterminación al señalar que “No se trata de estrellas ambiguas” (Starcevic, 1996, 1B), sino que eran parte del “lesbian chic” de la música popular: mujeres declaradamente lesbianas y notablemente exitosas” (Starcevic, 1996, 1B). Lo anterior también hablaba de mayores permisos para las visiones que había hacia estas mujeres, en contraposición con hombres como Boy George o Ricky Martin. Por una parte, se decía que ellas “han reconocido abiertamente su inclinación sexual” (Starcevic, 1996, 1B), mientras que ellos parecían ser más ambiguos en ese terreno.
Las expresiones de género que se asociaron a las mujeres favorecieron que ellas pudieran tener una mayor elasticidad en la forma en cómo expresaron diversas escalas o grados de su feminidad. Sin embargo, las recriminaciones hacia los hombres pensaron la masculinidad como un elemento más rígido e inflexible. Probablemente, el hecho de que los hombres o lo masculino fuera considerado como “lo universal” (Butler, 1998, p. 314) -es decir, como ese valor que representa los más altos estándares de perfección (racionalidad, fortaleza, vigor, valentía)- al mezclarse con lo femenino provocaba una degradación de aquello que se suponía era una virtud natural y un símbolo de lo humano. Sin embargo, los reportajes de la época dejaban ver que la indeterminación en el terreno sexual o en los gustos en ropa o maquillaje de los cuerpos de personajes famosos considerados como “hombres” eran solo parte del problema. Una preocupación que podía tener un mayor alcance estaba representada en la influencia que podía oscurecer los deseos de las otras personas que no eran ambiguas y de alguna manera, propagar este tipo de gustos.
Como se dejaba ver en algunos reportajes, uno de los elementos que impactaba eran las razones que llevaban a que estas personas se convirtieran en ídolos y que fueran perseguidos por las mujeres: “por mucho tiempo miles de mujeres suspiraron frente a las portentosas figuras de John Wayne, Clark Gable y Johnny Weismuller” (Méndez, 1992, p. 2B), quienes estaban catalogados como “firmes, decisivos y dominantes: eran viriles” (Méndez, 1992, p. 2B). Alejados del portento de la virilidad que podían exudar los hombres rudos, para esa década se hablaba de “figuras y grupos andróginos”, tales como “Michael Jackson y Prince en Estados Unidos, Ricky Martin y Locomía en Latinoamérica” (Méndez, 1992, p. 2B), los cuales “no han tenido problema alguno en conquistar al público femenino” (Méndez, 1992, p. 2B). Esto, se presentaba como un problema contextual de un tiempo donde tanto los hombres como las mujeres experimentaban modificaciones de representación ante la sociedad y de los gustos expresados. ¿Podía la androginia o la ambigüedad convertirse en la norma que justificara el que las mujeres terminaran siendo atraídas por hombres femeninos o por otras mujeres?
De hecho, unos años después, en 1998, un reportaje similar publicado en La República se preguntaba por los gustos de las mujeres y qué era lo que las atraía a sus parejas. Allí, se mostraban los resultados de un estudio que probaba el que ellas ya no estaban tan interesadas en el “hombre rudo a lo Sylvester Stallone” (Roma, 1998, p. 8B). En parte, la nota evidenciaba que esto era un consuelo para ellos: “Ahora los hombres pueden suspirar aliviados pues pueden decir basta a los sacrificios de horas y horas en el gimnasio y a las dietas para conseguir importantes músculos” (Roma, 1998, p. 8B). A finales de los noventa, se proponía que para las mujeres era más seductor un “rostro” que podía “tener algo de femenino” (Roma, 1998, p. 8B), que otro más masculino. La referencia era el actor Leonardo DiCaprio, quien había sido el protagonista en la película Titanic, y era un modelo de ese tipo de gustos. (Roma, 1998, p. 8B).
Así las cosas, lo interesante era que el estudio que habían llevado a cabo investigadores de una universidad escocesa contradecía las ideas que anteriormente existían sobre la atracción sexual dicotómica y sobre heterosexualidad: a los hombres masculinos les gustan las mujeres femeninas y viceversa. Mediante una elaboración de rostros en computadora se descubrió que tanto hombres como mujeres preferían aquellos que eran femeninos. En cambio, los que eran muy masculinos no fueron recibidos con agrado. El artículo alertaba que los resultados arrojados por el experimento desmentían “la teoría tradicional formulada y sostenida por estudios sobre el comportamiento animal, según los cuales la atracción entre los sexos aumenta cuando más marcadas son las diferencias entre varones y mujeres” (Roma, 1998, p. 8B). Si efectivamente era el tiempo del “boom andrógino” (Méndez, 1992, p. 2B) ¿podían estos modelos de hombres femeninos o delicados estar generando confusión entre las personas? ¿estaban siendo perjudicados los hombres más masculinos y tradicionales?, ¿podía la cultura estar contradiciendo a la naturaleza? Allí, era claro que se concentraba una preocupación central que suponía una modificación presentada como peligrosa en tanto alejaba a las personas de lo normal y de la naturaleza.
La ambigüedad representada en las noticias elaboradas en Costa Rica
Es complicado conocer cómo vivieron las personas adultas, jóvenes y niños de aquella época en Costa Rica la ambigüedad reportada en las noticias del periódico. Aunque es posible realizar entrevistas a quienes hoy rondan alrededor de 40, 50 años o más, y sus respuestas pueden ser muy valiosas, esto tendría que ser parte de otra investigación. No es descabellado suponer que el éxito de un programa como Hola Juventud en la población joven, y donde aparecían videos musicales de los cantantes anteriormente mencionados o la presencia del grupo Locomía en tierras costarricenses, eran un indicativo de un gusto musical que, al menos, toleraba esta ambigüedad. Sin embargo, otra forma de acercarse a parte de esas ideas es revisando reportajes de aquella época que tuvieron a lo ambiguo o algún tipo de indeterminación como parte de sus reflexiones. Con ello se podría precisar sobre algunas de esas angustias. Es interesante que, en ese contexto, donde la ambigüedad era recriminada en personajes de la farándula, también apareciera una noticia que más bien propuso a cierto tipo de indeterminación en los gustos y habilidades como un valor.
Se trató de un reportaje sobre la androginia (Briceño, 1992, p. 4B), que estaba basado en los datos de un estudio realizado en la Universidad de Costa Rica sobre el estudiantado de dicha casa de estudio (Álvarez, 1992). La noticia ponía el acento en la existencia de un “alto porcentaje de la población universitaria (que) reúne características psíquicas andróginas” (Briceño, 1992, p. 4B). Bajo una muestra de 400 estudiantes de dicha casa de estudio, se llegó a la conclusión que alrededor de 31% tenían personalidades andróginas, es decir, adoptan cualidades “apropiadas para los dos géneros, por ejemplo, aquellas que muestran al individuo seguro, atrevido y dominante pero también dulce y cariñoso” (Briceño, 1992, p. 4B). La noticia aclaraba que esto era algo ventajoso, pues a este grupo se le facilitaba el equilibrio y un mejor desenvolvimiento en el trabajo. Sin duda, esta percepción benigna de la ambigüedad era algo novedoso, toda vez que los rasgos ambiguos habían sido considerados como sospechosos. Pero también, la indeterminación que se exaltaba en el reportaje y en la investigación lo que hacía era valorar las personalidades que tomaban rasgos ligados a estereotipos “femeninos” y “masculinos” para desenvolverse en el ámbito laboral (firmeza, asertividad, buen trato, etc.).
En la lógica neoliberal de la producción de individuos que se insertan al ámbito laboral y donde se les pedía ser flexibles, esto era promocionado como una virtud. Sin embargo, como bien lo decía el reportaje, la androginia se quedaba en lo puramente psíquico, y no implicaba una modificación en la indeterminación de la representación de estos estudiantes universitarios y futuros trabajadores (ropa, movimientos del cuerpo, etc.), ni tampoco en una fluidez de la orientación sexual. Lo que buscaba el reportaje era recalcar que el mercado de ese momento se interesaba en una flexibilidad de la adaptación mental o anímica en las distintas ramas laborales que se podían escoger. Por ello, todo lo que pudiera servir al mercado laboral para formar individuos emprendedores que no tuvieran miedo a adoptar normas menos estrictas de personalidad era considerado como un valor, mientras que la indeterminación en gustos de la sexualidad o del género seguía siendo percibido como inadecuado.
De hecho, la ambigüedad sexual era altamente cuestionada en el país, como quedaba patente no solo en los reportajes que se hicieron en Costa Rica sobre Boy George o Locomía (Méndez, 1992, p. 4B; Méndez, 1992, 10B), sino también en otras notas que aparecieron en aquellos años. Un primer reportaje que trataba sobre este tema buscaba aclarar las razones por las que una persona podría estar interesada en un cambio de sexo. Así, desde el Departamento de Información y Educación de la Asociación Demográfica Costarricense se respondía que esta decisión se tomaba producto de la experiencia de eventos insatisfactorios en los primeros años de vida. Sin embargo, este mismo reportaje ligaba la decisión con una especie de trastorno mental donde la persona buscaba ser el centro de atención: “Muchas veces el deseo consciente o inconsciente de cambio de sexo induce a algunas personas a prácticas homosexuales y al travestismo: usar ropa del sexo opuesto para atraer la atención de las demás personas” (Preguntas de interés. Cambio de sexo, 1993, p. 14A), una concepción que es debatible en la actualidad y que responde a visiones médicas esencialistas que el mismo feminismo ha criticado (Bornstein, 2016; Butler, 2011; Halberstam, 2008). Finalmente, se proponía que era mejor tolerarse tal y como uno era: “lo deseable es que cada persona se acepte tal como es, hombre y mujer y asuma su sexualidad, la acepte y la viva satisfactoria y responsablemente dentro de un contexto social” (Preguntas de interés. Cambio de sexo, 1993, p. 14A). Con ello se dejaba claro la imposibilidad del cambio de sexo y, sobre todo, su inconveniencia.
De esta manera, parecía que la indeterminación en la respuesta que daba la Asociación Demográfica Costarricense era solucionada con una medida personal: admitir y confesarse con el sexo “verdadero” asignado al nacer. La fórmula era: aceptar, reconocer y continuar con la vida. Es decir, desaparecer de los pensamientos los rasgos ambiguos. Como lo dijo Foucault (2007) la obsesión occidental de preocuparse de esta veracidad en el sexo se convirtió en una creencia importante en la lógica que reguló los cuerpos en Occidente desde el siglo XIX. Estas mismas ideas de normalidad fueron retomadas no solo por la ciencia médica, que buscó normalizar los cuerpos ambiguos (Repo, 2013), sino también por parte del feminismo que creyó en la existencia de una tajante separación entre la naturaleza y la cultura o entre sexo y género. Sin embargo, también desde los años noventa, posturas como las que Butler (2011) planteó en El género en disputa fortalecieron la necesidad de cuestionar esta dicotomía y plantear dentro del feminismo la construcción social del sexo.
Además de la noticia antes reseñada en relación con las explicaciones que se daban en Costa Rica sobre el cambio de sexo, otro reportaje publicado en La República, de importante relevancia para este trabajo, fue un campo pagado (es decir, un espacio informativo que para ser publicado requiere una erogación de dinero y cuya responsabilidad recae sobre la persona firmante y no sobre el medio de comunicación) que hacía referencia a molestias suscitadas porque hombres homosexuales estudiaban en la Universidad Internacional de las Américas (UIA). La redacción del segmento fue elaborada por un sacerdote, quien reprendía que, si esa población quería estudiar en la UIA, debía ocultar cualquier signo visible de su orientación sexual. A este grupo le advertía: “no se exhiban, provocando, con prendas y adornos que les den un aspecto afeminado o ambiguo: licras, aretes, pelos… y no intenten, sobre todo, iniciar a otros a sus prácticas antinaturales” (Lootens, 1993, 9A). A todas luces, el acento de intranquilidad estaba concentrado no tanto en la existencia de los homosexuales dentro del campus universitario, sino más bien en la posibilidad de una imitación de sus conductas por otros jovencitos. Las palabras del sacerdote eran groseras, pues tildaba a las relaciones gays de “MASTURBACIÓN MUTUA” o una “parodia estéril” del acto sexual (Lootens, 1993, 9A, mayúscula en el original). El problema de esta visibilidad estaba concentrado en un objeto, con el que el sacerdote tenía un alto desagrado. Se trataba de “un arete en la oreja izquierda”, que era leído como un “mensaje gay” en busca de “provocación” (Lootens, 1993, 9A). La ambigüedad develada en una confirmación hacía que estallara diciendo: “tal arete, para un homosexual, puede significar algo tan erótico e INDECENTE como la desnudez de la mujer para un heterosexual” (Lootens, 1993, 9A, mayúscula en el original).
Así las cosas, este tipo de noticias confirmaban un acento de desagrado, incomodidad y, en menor medida una valoración positiva de algún tipo de indeterminación en personajes más o menos anónimos en los reportajes que fueron escritos por personas en el territorio costarricense. Lo señalado anteriormente con estas notas aparecidas en La República confirman que la flexibilidad solo era tolerada en tanto apoyara la creación de mejores profesionales dispuestos a ajustarse a las demandas del mercado. Sin embargo, todo lo que tuviera cercanía con una flexibilidad en el ámbito de las preferencias sexuales, y muchas veces relacionado con el género, eran altamente sospechosas y motivo de reprobación o censura social.
Conclusiones
Aunque durante los años noventa, a nivel internacional, surgieron segmentos en el famoso programa Saturday Night Live (SNL) como It’s Pat o The Ambiguously Gay Duo, que ofrecieron espacios para satirizar lo ambiguo, lo cierto es que esta época también vio una consolidación de una relación entre el conservadurismo y el neoliberalismo (Cooper, 2022) que fortaleció una serie de recomendaciones para no alejarse de los patrones supuestamente naturales y bíblicos de cómo debía ser el comportamiento humano. No es de extrañar que, frente a esas mismas influencias, en un país como Costa Rica, los discursos cristianos implantaran, a finales de los años noventa, postulados sobre la ideología de género para evitar la ambigüedad en el uso de ciertos términos, en las conductas o en la influencia que podían tener organismos internacionales en la educación sexual costarricense (Sequeira-Rovira, 2019). Así, estos discursos conservadores intentaron plantear la necesidad de valores monogá micos, una familia tradicional y una diferenciación entre lo que se pensaba que eran los hombres y las mujeres.
Como lo ha mostrado el presente trabajo, las acusaciones que se hicieron sobre sujetos masculinos que parecían “femeninos” o ambiguos (ya fuera Boy George, los cantantes del grupo de Locomía, o los estudiantes de la UIA), sugerían deficien cias en la representación de la masculinidad expresada en sus cuerpos y actitudes. Estas noticias no dejaban claro el supuesto origen de esta “carencia”, sin embargo, se pueden encontrar suposiciones en cuanto a factores genéticos, culturales o una mezcla de ambos: es decir, no existió una respuesta uniforme. Las explicaciones giraron en racionalizar estas conductas a través de un problema de drogas (Boy George y la estela de las drogas, 1986, p. 42), un ardid publicitario (Méndez, 1992, p. 10B), traumas infantiles o la necesidad de llamar la atención (Preguntas de interés. Cambio de sexo, 1993, p. 14A).
En todo caso, las informaciones recalcaron una y otra vez que ellos no eran suficientemente capaces de mostrar al mundo la masculinidad que los apartaba de los rasgos femeninos. Su identidad era producto de una mezcla, era un compuesto, era promiscua en un sentido de una combinación de aspectos moralmente reprochables. Desde la lógica de la performatividad, donde se supone que la expresión de la masculinidad (o feminidad) es un “acto” (Butler, 1998, p. 310) que se desarrolla constantemente, estas personas fallaron al “actuar mal el propio género” (Butler, 1998, p. 311).
Así, cantantes como Freddie Mercury, Boy George, e inclusive el actor Leonardo DiCaprio proyectaban, a un mismo tiempo, las angustias sobre la indeterminación en un terreno que se había propuesto como una proyección de la naturaleza. Sin embargo, las percepciones sobre lo ambiguo y andrógino se habían concentrado particularmente sobre el sujeto masculino que escapaba a la performatividad dicotómica clara y definida y que, como decían las informaciones del periódico, anteriormente fueron asociadas al “hombre rudo a lo Sylvester Stallone” (Roma, 1998, p. 8B) o a figuras como “John Wayne, Clark Gable y Johnny Weismuller” (Méndez, 1992, 2B). La angustia por la ambigüedad supuso que efectivamente existían individuos estables en sus preferencias y sin fractura en su identidad, en sus prácticas, en su corporalidad o en su comportamiento durante toda su vida. Asimismo, se supuso que existieron otros sujetos “raros” que eran moralmente reprobables y que podían influir negativamente en la juventud.
Como se ha mencionado anteriormente, los disgustos analizados de la década de 1990 en Costa Rica estuvieron ligados a la desaprobación por la indeterminación del género o de la sexualidad, pero no hacia otro tipo de construcciones de sujetos económicos flexibles y multifuncionales. Para esta investigación, no es posible proponer si estas percepciones de rechazo sobre la ambigüedad eran aplicables a toda la sociedad costarricense. Sin embargo, por los indicios de gustos musicales de los cantantes populares en Costa Rica y señalados como ambiguos se puede sugerir, por lo menos, una especie de tolerancia en poblaciones jóvenes de estas expresiones ambiguas. Lo que sí es claro observar es la existencia de una valoración de disgusto en los cables internacionales y nacionales por aquellos sujetos que fueron presen tados como un modelo para las personas de menor edad, precisamente por su inde terminación sexual y de género.
Para aquel momento, los productos comerciales y los gustos por el consumo cosmopolita habían provocado modificaciones en el “estilo de vida” y un reforza miento de la “globalización cultural” proveniente del norte (Molina, 2003, p. 103). Esto era transmitido no solo a través de los videos musicales que llegaban a los televisores de las casas de habitación, sino también a través de películas o series que sugerían una vivencia y un estilo de vida basado en modelos heterosexuales, blancos y de clase media o alta de los Estados Unidos o Europa. En los documentos revisados queda patente que la ambigüedad puede ser tanto una situación esperable de ciertos contextos, como una incomodidad estética o una situación peligrosa. En este último sentido, existió la preocupación por evitar, suprimir, anular, amortizar o detener cualquier traza de ambivalencia sobre todo de los sujetos masculinos en un acercamiento a la feminidad.
Una de las preocupaciones que estuvo contenida en esta indeterminación se ligó a la posibilidad de provocar o torcer el camino recto en la vivencia de los jóvenes. Para Ahmed (2019), la valoración de la orientación (racial, sexual, geográfica) no es nunca un elemento que deba tomarse a la ligera. Como ella lo recuerda el “amor sexual a menudo es expresado con metáforas direccionales” (2019, p. 101). Esto implica la creencia no solo de una línea recta de deseo, sino también de la posibilidad que alguien (ambiguo o no) pueda torcer esta direccionalidad que se considera como natural. Para las perspectivas conservadoras, médicas o moralistas, la línea recta del deseo, (donde también se incluyen expresiones de género), supone que allí no puede existir ningún tipo de indeterminación. Así, lo ambiguo podría hacer sospechar que la rectitud de la sexualidad o el género no es algo natural, sino que responde a patrones culturales que son modificados con el tiempo. De hecho, los estudios sobre masculinidad entienden que no se puede hablar de un solo tipo de sujeto masculino, sino que, inclusive, en una misma sociedad pueden convivir diversos tipos de asociaciones hacia lo que se considera como rasgos de la masculinidad (Halberstam, 2008; Kimmel, 2004; Connell, 2003).
De acuerdo con las noticias de periódico, las preocupaciones de la indeter minación supusieron una transformación de modelos apreciados como Rambo (Sylvester Stallone), Tarzán (Johnny Weismuller) o el vaquero masculino y rudo (John Wayne), por múltiples posibilidades con características insospechadas. Cuando a finales de la década de 1990, personajes trans o drag queen como Dana International y RuPaul advertían ser más femeninas que las modelos famosas como Linda Evan gelista, señalaron también que “las mujeres renunciaron a su feminidad y entonces llegamos nosotros” (Los travestidos contra las modelos, 1998, p. 8B), o sino que “por nosotros se vuelven locos tanto los hombres como las mujeres” (Los travestidos contra las modelos, 1998, p. 8B).
Esto no solo suponía la preocupación por la existencia de hombres ambiguos y por mujeres atraídas ante estos modelos indeterminados, sino también por hombres que consideraban ser los representantes de la verdadera feminidad. Lo anterior, propuso el foco de angustia en un trastocamiento de la naturaleza humana. Mientras que en Estados Unidos o Inglaterra la ambigüedad estaba representada en Boy George, Freddie Mercury o RuPaul, en Costa Rica no solo eran estas tendencias que se mostraban en cables internacionales o en programas musicales o películas, sino también había que lidiar con los jóvenes que usaban aretes “en la oreja izquierda” (Lootens, 1993, 9A) para provocar o los grupos y cantantes ambiguos que visitaban el país.
Al hablar de ambigüedad podría pensarse que esta característica es necesariamente el camino “adecuado” para “subvertir” el género dicotómico. Sin embargo, como lo ha dicho Butler un género que tiene características ambiguas no necesariamente perturba el orden social, sino que también puede funcionar para mantener “intacta la sexualidad normativa” (Butler, 2011, p. 16). La percepción de la ambigüedad más bien puede provocar mandatos más estrictos para guardar una especie de pureza en la representación del género. Este trabajo no pretende plantear todas las aristas que la sociedad costarricense experimentó en la década de 1990 sobre la ambigüedad, sino que desea ser un aporte en la búsqueda de la construcción o reconstrucción de temáticas que pueden pasar desapercibidas por considerarse de menor importancia que otras.
NOTAS
El término hermafrodita fue utilizado por la ciencia médica (Stoller, 1984; Money y Ehrhardt, 1982) para describir a las personas que tenían genitales ambiguos. Con el tiempo, este término se ha reemplazado por la palabra intersexual.
La bisexualidad es la atracción sexual que alguien siente tanto por “hombres” como por “mujeres”; esta situación fue vista como un problema de ambigüedad para la ciencia médica (Stoller, 1984).
Concepto que supone una estética de características masculinas y femeninas que conviven al mismo tiempo.














